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Электронная книга - «La guerra del fin del mundo». Краткое содержание книги:

La guerra del fin del mundo
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piernas o su miedo les sacan ventaja. Corre veloz, torcido, desancado, la cabeza sumida, pensando hipnóticamente que una de esas balas que queman y que silban le está destinada, que corre hacia ella, y que uno de esos cuchillos, hoces, machetes, bayonetas que entrevé lo aguarda para poner fin a su carrera. Pero sigue corriendo entre nubes de tierra, percibiendo y perdiendo y recobrando la figurita fortachona, como con aspas, del cura de Cumbe. De pronto, lo pierde del todo. Mientras lo maldice y odia, piensa: «Adonde va, por qué corre así, por qué quiere morir y que muramos». Aunque ya no tiene aliento —va con la lengua afuera, tragando polvo, casi sin ver pues los anteojos se han cubierto de tierra — sigue corriendo, derrengándose: las pocas fuerzas que le quedan le dicen que su vida depende del Padre Joaquim.

Cuando cae por tierra, porque tropieza o porque el cansancio le dobla las piernas, siente una curiosa sensación bienhechora. Apoya la cabeza en sus brazos, trata de que entre el aire a sus pulmones, escucha su corazón. Mejor morir que seguir corriendo. Poco a poco va reponiéndose sintiendo que la palpitación de las sienes se calma. Está mareado y con arcadas pero no vomita. Se saca los anteojos y los limpia. Se los pone. Está rodeado de gente. No tiene miedo ya ni le importa. El cansancio lo ha librado de temores, incertidumbres, imaginación. Por lo demás, nadie parece fijarse en él. Están recogiendo los fusiles, las municiones, las bayonetas, pero sus ojos no se engañan y desde el primer momento saben que, además, esos grupos de yagunzos, aquí, allá, más allá, están también decapitando a los cadáveres con sus machetes, con la aplicación con que se decapita a los bueyes y a los chivos, y echando las cabezas en costales o ensartándolas en picas y en las mismas bayonetas que esos muertos trajeron para ensartarlos o llevándoselas cogidas de los pelos, en tanto que otros prenden fogatas donde comienzan a chisporrotear, a chasquear, a retorcerse, a estallar, a chamuscarse, los cadáveres descabezados. Una fogata está muy cerca y ve que, sobre dos cuerpos que se asan, unos hombres con trapos azules arrojan otros restos. «Ahora me toca —piensa—, vendrán, me la cortarán, se la llevarán en un palo y echarán mi cuerpo a esa fogata.» Sigue amodorrado, vacunado contra todo por la infinita fatiga. Aunque los yagunzos hablan, no los entiende.

En eso ve al Padre Joaquim. Sí, el Padre Joaquim. No va sino viene, no corre sino anda, con los pies muy abiertos, sale de ese terral que ha comenzado ya a producir en sus narices el cosquilleo que precede los estornudos, siempre haciendo gestos, muecas, señales, a nadie y a todos, incluso a estos muertos quemados. Viene embarrado, desgarrado, los pelos revueltos. El periodista miope se incorpora cuando pasa frente a él, diciendo: «No se vaya, lléveme, no deje que me arranquen la cabeza, no deje que me quemen…». ¿Lo oye el cura de Cumbe? Habla solo o con fantasmas, repite cosas incomprensibles, nombres desconocidos, acciona. Él camina a su lado, muy junto, sintiendo que esa vecindad lo resucita. Advierte que a su derecha caminan, con ellos, la mujer descalza y el Enano. Demacrados, enterrados, rotos, le parecen sonámbulos. Nada de lo que ve y oye le sorprende o asusta o interesa. ¿Es esto el éxtasis? Piensa: «Ni siquiera el opio, en Salvador…». Ve a su paso que los yagunzos están colgando en los árboles de favela salpicados a ambos lados del sendero, quepis, guerreras, cantimploras, capotes, mantas, correajes, botas, como quien decora los árboles para la Nochebuena, pero no le importa. Y cuando, en la bajada hacia el mar de techos y escombros que es Canudos, ve a ambas orillas de la trocha, alineadas, mirándose, acribilladas por insectos, las cabezas de los soldados, tampoco su corazón se enloquece ni regresan su miedo, su fantasía. Ni siquiera cuando una figura absurda, uno de esos espantapájaros que se plantan en los sembríos, les obstruye el camino y reconoce, en la forma desnuda, adiposa, empalada en una rama seca, el cuerpo y la cara del Coronel Tamarindo, se inmuta. Pero un momento después se para en seco y, con la serenidad que ha alcanzado, se pone a escudriñar una de las cabezas aureoladas por enjambres de moscas. No hay duda alguna: es la cabeza de Moreira César.

El estornudo lo toma tan desprevenido que no tiene tiempo de llevarse las manos a la cara, de atajar sus anteojos: salen despedidos y él doblado por la ráfaga de estornudos, está seguro de oír el impacto que hacen al chocar contra los guijarros. Apenas puede, se acuclilla y manotea. Los encuentra al instante. Ahora sí, al palparlos y sentir que los cristales se han hecho añicos, retorna la pesadilla de la noche, del amanecer, de hace un

momento.

—Alto, alto —grita, poniéndose los anteojos, viendo un mundo trizado, resquebrajado, puntillado—. No veo nada, les suplico.

Siente en su mano derecha una mano que sólo puede ser —por su tamaño, por su presión — la de la mujer descalza. Tira de él, sin decir una palabra, orientándolo en ese mundo de pronto inaprensible, ciego.

Lo primero que sorprendió a Epaminondas Gonce, al entrar en el palacio del Barón de Cañabrava, en el que nunca había puesto los pies, fue el olor a vinagre y a yerbas aromáticas que impregnaba las habitaciones, por las que un criado negro lo conducía, alumbrándolo con un candil. Lo introdujo a un despacho con estanterías llenas de libros, iluminado por una lámpara de cristales verdosos que daba apariencia selvática al escritorio de extremidades ovaladas y a los confortables y mesitas con adornos. Curioseaba un mapa antiguo, en el que alcanzó a leer escrito en letras cardenalicias el nombre de Calumbí, cuando entró el Barón. Se dieron la mano sin calor, como personas que apenas se conocen.

—Le agradezco que viniera —dijo el Barón, ofreciéndole asiento—. Tal vez hubiera sido mejor celebrar esta entrevista en un lugar neutral, pero me permití proponerle mi casa porque mi esposa está delicada y prefiero no salir.

—Espero que se recobre pronto —dijo Epaminondas Goncalves, rechazando la caja de cigarros que el Barón le alcanzó—. Todo Bahía espera verla otra vez tan sana y bella como siempre.

El Barón se había adelgazado y envejecido mucho y el dueño del Jornal de Noticias se preguntó si esas arrugas y ese abatimiento eran obra de la vejez o de los últimos acontecimientos.

—En realidad, Estela se halla físicamente bien, su organismo se ha recuperado —dijo el Barón, con viveza—. Es su espíritu el que sigue dolido, por la impresión que fue para ella el incendio de Calumbí.

—Una desgracia que nos concierne a todos los bahianos —murmuró Epaminondas. Alzó la vista para seguir al Barón, que se había puesto de pie y estaba sirviendo dos copas de cognac—. Lo he dicho en la Asamblea y en el Jornal de Noticias. La destrucción de propiedades es un crimen que nos afecta a aliados y adversarios por igual. El Barón asintió. Alcanzó a Epaminondas su copa y brindaron en silencio, antes de beber. Epaminondas colocó su copa en la mesita y el Barón la retuvo, calentando y removiendo el líquido rojizo.

—He pensado que era bueno que habláramos —dijo, despacio—. El éxito de las negociaciones entre el Partido Republicano y el Partido Autonomista dependen de que usted y yo nos pongamos de acuerdo.

—Tengo que advertirle que no he sido autorizado por mis amigos políticos para negociar nada esta noche —lo interrumpió Epaminondas Gonce.

—No necesita su autorización —sonrió el Barón, con sorna—. Mi querido Epaminondas, no juguemos a las sombras chinas. No hay tiempo. La situación es gravísima y usted lo sabe. En Río, en Sao Paulo, asaltan los diarios monárquicos y linchan a sus dueños. Las señoras del Brasil rifan sus joyas y sus cabellos para ayudar al Ejército que viene a Bahía. Vamos a poner las cartas sobre la mesa. No podemos hacer otra cosa a menos que queramos suicidarnos. Volvió a beber un sorbo de cognac.

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