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Электронная книга - «La guerra del fin del mundo». Краткое содержание книги:

La guerra del fin del mundo
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—Ya que quiere franqueza, le confesaré que sin lo ocurrido a Moreira César en Canudos no estaría aquí ni habría conversaciones entre nuestros partidos —asintió Epaminondas Goncalves.

—En eso estamos de acuerdo —dijo el Barón—. Supongo que también lo estamos en lo que significa políticamente para Bahía esa movilización militar en gran escala que organiza el gobierno federal en todo el país.

—No sé si la vemos de la misma manera. —Epaminondas cogió su copa, bebió, paladeó y añadió, fríamente —: Para usted y sus amigos es, desde luego, el fin.

—Lo es sobre todo para ustedes, Epaminondas —repuso amablemente el Barón—. ¿No se ha dado cuenta? Con la muerte de Moreira César, los jacobinos han sufrido un golpe mortal. Han perdido la única figura de prestigio con que contaban. Sí, mi amigo, los yagunzos han hecho un favor al Presidente Prudente de Moráis y al Parlamento, a ese gobierno de «bachilleres» y «cosmopolitas» que ustedes querían derribar para instalar la República Dictatorial. Moráis y los Paulistas van a servirse de esta crisis para limpiar al Ejército y la administración de jacobinos. Siempre fueron pocos y ahora están acéfalos. Usted también será barrido en la limpieza. Por eso lo he llamado. Vamos a vernos en aprietos con el gigantesco Ejército que viene a Bahía. El gobierno federal pondrá un jefe militar y político en el estado, alguien de confianza de Prudente de Moráis, y la Asamblea perderá toda fuerza si no se cierra por falta de uso. Toda forma de poder local desaparecerá de Bahía y seremos un simple apéndice de Río. Por más partidario del centralismo que sea, me imagino que no lo es tanto como para aceptar verse expulsado de la vida política.

—Es una manera de ver las cosas —murmura Epaminondas, imperturbable—. ¿Puede decirme en qué forma contrarrestaría el peligro ese frente común que me propone? —Nuestra unión obligará a Moráis a negociar y pactar con nosotros y salvará a Bahía de caer atada de pies y manos bajo el control de un virrey militar —dijo el Barón—. Y le dará a usted, además, la posibilidad de llegar al poder. —Acompañado… —dijo Epaminondas Gonce.

—Solo —lo rectificó el Barón—. La Gobernación es suya. Luis Viana no volverá a presentarse y usted será nuestro candidato. Tendremos listas conjuntas para la Asamblea y para los Concejos Municipales. ¿No es por lo que lucha hace tanto tiempo? Epaminondas Gonce enrojeció. ¿Le producían ese arrebato el cognac, el calor, lo que acababa de oír o lo que pensaba? Permaneció silencioso unos segundos, abstraído. —¿Sus partidarios están de acuerdo? —preguntó al fin, en voz baja. —Lo estarán cuando comprendan qué es lo que deben hacer —dijo el Barón—. Yo me comprometo a convencerlos. ¿Está satisfecho?

—Necesito saber qué va a pedirme a cambio —dijo Epaminondas Gonce. —Que no se toquen las propiedades agrarias ni los comercios urbanos —repuso el Barón de Cañabrava, en el acto—. Ustedes y nosotros lucharemos contra cualquier intento de confiscar, expropiar, intervenir o gravar inmoderadamente las tierras o los comercios. Es la única condición.

Epaminondas Gonce respiró hondo, como si le faltara el aire. Bebió el resto del cognac de un trago.

—¿Y usted. Barón?

—¿Yo? —murmuró el Barón, como si hablara de un espíritu—. Voy a retirarme de la vida política. No seré un estorbo de ninguna especie. Por lo demás, como sabe, viajo a Europa la próxima semana. Permaneceré allá por tiempo indefinido. ¿Lo tranquiliza eso? Epaminondas Gonce, en vez de responder, se puso de pie y dio unos pasos por la habitación, con las manos en la espalda. El Barón había adoptado una actitud ausente. El dueño del Jornal de Noticias no trataba de ocultar el indefinible sentimiento que se había apoderado de él. Estaba serio, arrebatado, y en sus ojos, además de la bulliciosa energía de siempre, había también desasosiego, curiosidad.

—Ya no soy un niño, aunque no tenga su experiencia —dijo, mirando de manera desafiante al dueño de casa—. Sé que usted me está engañando, que hay una trampa en lo que me propone.

El Barón asintió, sin demostrar el menor enfado. Se levantó para servir un dedo de cognac en las copas vacías.

—Comprendo que desconfíe —dijo, con su copa en la mano, iniciando un recorrido por la habitación que terminó en la ventana de la huerta. La abrió: una bocanada de aire tibio entró al despacho junto con la algarabía de los grillos y una lejana guitarra—. Es natural. Pero no hay trampa alguna, le aseguro. La verdad es que, tal como están las cosas, he llegado al convencimiento que la persona con las dotes necesarias para dirigir la política de Bahía es usted.

—¿Debo tomar eso como un elogio? —preguntó Epaminondas Gonce, con aire sarcástico.

—Creo que se acabó un estilo, una manera de hacer política —precisó el Barón, como si no lo oyera—. Reconozco que me he quedado obsoleto. Yo funcionaba mejor en el viejo sistema, cuando se trataba de conseguir la obediencia de la gente hacia las instituciones, de negociar, de persuadir, de usar la diplomacia y las formas. Lo hacía bastante bien. Eso se acabó, desde luego. Hemos entrado en la hora de la acción, de la audacia, de la violencia, incluso de los crímenes. Ahora se trata de disociar totalmente la política de la moral. Estando así las cosas, la persona mejor preparada para mantener el orden en este Estado es usted.

—Ya me sospechaba que no me estaba usted haciendo un elogio —murmuró Epaminondas Goncalves, tomando asiento.

El Barón se sentó a su lado. Con el parloteo de los grillos entraban en la habitación ruidos de coches, la cantilena de un sereno, una bocina, ladridos.

—En cierto sentido, lo admiro. —El Barón lo observó con un brillo fugaz en las pupilas—. He podido apreciar lo temerario que es, la complejidad y la frialdad de sus operaciones políticas. Sí, nadie tiene en Bahía las condiciones suyas para hacer frente a lo que se avecina.

—¿Me va a decir de una vez por todas lo que quiere de mí? —dijo el dirigente del Partido Republicano. En su voz había algo dramático.

—Que me reemplace —afirmó el Barón, con énfasis—. ¿Elimina su desconfianza que le diga que me siento derrotado por usted? No en los hechos, pues nosotros tenemos más posibilidades que los jacobinos de Bahía de entendernos con Moráis y los Paulistas del Gobierno Federal. Pero psicológicamente sí lo estoy, Epaminondas. Bebió un sorbo de cognac y sus ojos se alejaron.

—Han ocurrido cosas que nunca hubiera soñado —dijo, hablando solo—. El mejor Regimiento del Brasil derrotado por una banda de pordioseros fanáticos. ¿Quién lo entiende? Un gran estratega militar hecho pedazos en el primer encuentro… —No hay manera de entenderlo, en efecto —asintió Epaminondas Gonce—. Estuve esta tarde con el Mayor Cunha Matos. Es mucho peor de lo que se ha dicho oficialmente. ¿Está enterado de las cifras? Son increíbles: entre trescientas y cuatrocientas bajas, la tercera parte de los hombres. Decenas de oficiales masacrados. Han perdido íntegramente el armamento, desde los cañones hasta las facas. Los sobrevivientes llegan a Monte Santo desnudos, en calzoncillos, desvariando. ¡El Séptimo Regimiento! Usted estuvo cerca, en Calumbí, usted los ha visto. ¿Qué está ocurriendo en Canudos, Barón? —No lo sé ni lo entiendo —dijo el Barón, con pesadumbre—. Supera todo lo que imaginaba. Y, sin embargo, creía conocer esta tierra, a esta gente. Esa derrota ya no se puede explicar con el fanatismo de unos muertos de hambre. Tiene que haber algo más. —Lo miró otra vez, aturdido—. He llegado a pensar que ese fantástico embuste propagado por ustedes, de que en Canudos había oficiales ingleses y armamento monárquico, podía tener algo de cierto. No, no vamos a tocar ese asunto, es historia vieja. Se lo digo para que vea hasta qué punto me pasma lo ocurrido con Moreira César. —A mí, más bien, me asusta —dijo Epaminondas—. Si esos hombres pueden pulverizar al mejor Regimiento del Brasil, también pueden extender la anarquía por todo el Estado, por los Estados vecinos, llegar hasta aquí… Encogió los hombros e hizo un gesto vago, catastrófico.

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