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Электронная книга - «Memorias De Una Geisha». Краткое содержание книги:

En esta maravillosa novela escuchamos las confesiones de Sayuri, una de las más hermosas geishas del Japón de entreguerras, un país en el que aún resonaban los ecos feudales y donde las tradiciones ancestrales empezaban a convivir con los modos occidentales. De la mano de Sayuri entraremos un mundo secreto dominando por las pasiones y sostenido por las apariencias, donde sensualidad y belleza no pueden separarse de la degradación y el sometimiento: un mundo en el que las jóvenes aspirantes a geishas son duramente adiestradas en el arte de la seducción, en el que su virginidad se venderá al mejor postor y donde tendrán que convencerse de que, para ellas, el amor no es más que un espejismo. Apasionante y sorprendente, Memorias de una geisha ha batido récords de permanencia en las listas de superventas de todo el mundo y conquistado a lectores en más de veintiséis idiomas. Su publicación en Suma coincide con el estreno en España de la superproducción basada en esta novela.
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– Oigo acercarse a la camarera con nuestra cerveza -dijo Nobu-. Lo sabrás cuando se retire.

La puerta se abrió, y la camarera dejó la cerveza sobre la mesa. La cerveza era un artículo escaso durante aquellos años, de modo que ver llenarse el vaso con el líquido dorado era emocionante. Cuando la camarera se fue, elevamos nuestros vasos, y Nobu dijo:

– ¡He venido a brindar por tu danna!

Bajé el vaso al oír esto.

– He de decir, Nobu-san, que, pese a todo, hay unas cuantas cosas por las que cualquiera de los dos podríamos brindar. Pero me llevaría semanas llegar a imaginarme por qué querría usted beber en honor de mi danna.

– Debería haber sido más concreto. ¡Por la estupidez de tu danna! Hace cuatro años te dije que era un hombre que no merecía la pena, y el tiempo me ha dado la razón. ¿No crees?

– La verdad es que… ya no es mi danna.

– ¡Mejor me lo pones! Y aunque lo fuera tampoco podría hacer nada por ti, ¿no? Sé que van a cerrar Gion, y todo el mundo está asustado. Hoy me ha llamado a la oficina una geisha…, no diré su nombre…, pero puedes imaginártelo, ¿no? Me pedía si le podía dar un trabajo en la compañía.

– ¿Y qué le respondió usted, si se puede preguntar?

– No tengo trabajos para nadie, ni siquiera para mí. Incluso el Presidente puede quedarse sin trabajo pronto y terminar en prisión si no hace lo que le ordena el gobierno. Les ha convencido de que no tenemos los medios para fabricar bayonetas y cascos de bala, ¡pero ahora quieren que diseñemos y construyamos aviones de combate! ¿Corno vamos a fabricar aviones de combate si lo nuestro son los electrodomésticos? A veces me pregunto en qué estará pensando esa gente.

– Nobu-san debería hablar más bajo.

– ¿Quién podría oírme? ¿Tu general?

– Hablando del general -dije yo-. Efectivamente fui a verlo hoy para pedirle ayuda.

– Tuviste suerte de encontrarlo todavía con vida.

– ¿Es que ha estado enfermo?

– No, enfermo, no. Pero terminará quitándose la vida un día de estos, si tiene valor para hacerlo.

– Por favor, Nobu-san.

– No te ayudó, ¿no?

– No. Dijo que ya había agotado todas sus influencias.

– No habrá tardado mucho en hacerlo. ¿Por qué no reservó para ti la influencia que pudiera tener, por poca que fuera?

– Hacía más de un año que no lo veía.

– Y a mí hacía más de cuatro años que no me veías. Y yo he reservado mi mejor baza para ti. ¿Por qué no viniste a buscarme antes?

– Me imaginaba que estaba enfadado conmigo. Mírese, Nobu-san. ¿Cómo me iba a atrever a venir a verlo?

– ¿Por qué no? Puedo librarte de la fábrica. Tengo acceso a un auténtico paraíso. Créeme que es perfecto, para los tiempos que corren; como el nido para un pájaro. Y tú eres la única a la que se lo ofrezco, Sayuri. Y ni siquiera a ti te lo ofreceré si no te inclinas ahora mismo aquí delante de mí y admites el error que cometiste hace cuatro años. ¡Tienes razón en decir que estoy enfadado contigo! Puede que no volvamos a vernos. Puede que haya perdido mi única oportunidad. No te contentaste con apartarme de tu lado, sino que además malgastaste los mejores años de tu vida con un estúpido, un hombre que no va a pagar las deudas que tiene con el país, cuanto menos las que tiene contigo. ¡Y sigue viviendo como si no hubiera hecho nada malo!

Es fácil imaginar cómo me sentí después de oír todo esto; pues Nobu era un hombre que podía arrojar sus palabras como si fueran piedras. No eran sólo las palabras o lo que significaban, sino su forma de decirlas. Al principio había decidido que no iba a llorar, dijera lo que dijera; pero enseguida se me ocurrió que tal vez lo que quería Nobu era verme llorar. Y eso era tan fácil como dejar que una hoja de papel se te escape de entre los dedos. Cada lágrima que rodaba por mis mejillas respondía a algo diferente. ¡Había tanto por lo que llorar! Lloraba por Nobu y por mí; lloraba al pensar qué sería de todos nosotros; incluso lloraba por el General Tottori, y por Korin, que estaba cada vez más gris y con los ojos más hundidos por la vida en la fábrica. Y luego hice lo que me pedía Nobu. Me aparté de la mesa para dejar espacio e hice una profunda reverencia, hasta tocar el suelo.

– Le pido perdón por la tontería que cometí.

– Venga, levántate ya. Me basta con que me digas que no volverás a hacerlo.

– No volveré a hacerlo.

– Malgastaste todos los momentos que pasaste con ese hombre. Te advertí de lo que pasaría, ¿no? Tal vez te has aprendido la lección, y en el futuro seguirás tu destino.

– Seguiré mi destino, Nobu-san. No espero nada más de la vida.

– Me alegra oírtelo decir. ¿Y adonde te conducirá tu destino?

– Hasta el hombre que dirige la Compañía Eléctrica Iwamura -dije, pensando, claro está, en mi Presidente.

– Y así será -dijo Nobu-. Ahora bebamos.

Me humedecí los labios -pues estaba demasiado confusa y triste para tener ganas de beber-. Luego Nobu me habló del nido que había reservado para mí. Era la casa de su buen amigo Arashino Isamu, el creador de kimonos. No sé si te acordarás de él, pero era el invitado de honor en la fiesta que había dado el barón en su hacienda años antes, a la que asistieron Nobu y el Doctor Cangrejo. La casa del Señor Arashino, que era también su taller, estaba a orillas del Kamo, a unos cinco kilómetros de Gion, río arriba. Hasta hacía pocos años, él, su esposa y su hija se habían dedicado a hacer kimonos en el encantador estilo Yuzen que le había hecho famoso. Últimamente, sin embargo, todos los fabricantes de kimonos habían recibido la orden de hacer paracaídas, pues, al fin y al cabo, estaban acostumbrados a trabajar con las sedas. Era un trabajo que no me costaría aprender, dijo Nobu, y la familia Arashino estaba contenta de tenerme con ellos. El propio Nobu arreglaría los papeles con las autoridades. Escribió la dirección del Señor Arashino en un trozo de papel y me lo dio.

Le di repetidamente las gracias. Y cada vez que le decía lo agradecida que le estaba, Nobu parecía más contento consigo mismo. Y cuando estaba a punto de proponerle que diéramos un paseo sobre la nieve recién caída, consultó su reloj y apuró el último sorbo de cerveza.

– Sayuri -me dijo-. No sé cuándo volveremos a vernos o cómo será el mundo cuando lo hagamos. Puede que los dos hayamos visto muchas atrocidades para entonces. Pero siempre que necesite recordar que en el mundo hay belleza y bondad pensaré en ti.

– ¡Nobu-san! ¡Tendría que haber sido poeta!

– Sabes perfectamente bien que no hay nada poético en mí.

– ¿Significan sus encantadoras palabras una despedida? Esperaba que diéramos un paseo juntos.

– Hace demasiado frío. Pero puedes acompañarme a la puerta y nos despediremos allí.

Le seguí por las escaleras y al llegar al portal de la casa de té, me agaché para ayudarlo a calzarse. Luego yo misma introduje los pies en los altos geta de madera que llevaba para protegerme de la nieve y acompañé a Nobu hasta la calle. Años antes, le habría estado esperando un coche fuera, pero en los tiempos que corrían sólo los oficiales del ejército iban en coche, pues nadie podía encontrar la gasolina necesaria. Le sugerí acompañarlo hasta el tranvía.

– No quiero que me acompañes ahora -me respondió Nobu-. He de reunirme dentro de un rato con nuestro distribuidor. Ya tengo demasiadas cosas en la cabeza.

– He de decir, Nobu-san, que me gustaron más las palabras de despedida que me dijo antes de salir de la habitación.

– En ese caso, la próxima vez, quédate allí.

Le hice una reverencia de despedida. La mayoría de los hombres habrían vuelto la cabeza en un momento u otro; pero Nobu avanzó trabajosamente sobre la nieve hasta llegar a la esquina, giró en la Avenida Shijo y desapareció. Tenía en la mano el trozo de papel con la dirección del Señor Arashino. Me di cuenta de que lo estaba estrujando de tal modo que si se lo hubiera podido exprimir habría salido jugo. No sabía por qué me sentía tan nerviosa y asustada. Pero tras quedarme absorta mirando caer la nieve, observé las profundas huellas de Nobu extendiéndose hasta la esquina, y entonces supe lo que me perturbaba de tal modo. ¿Cuándo volvería a verlo? ¿O cuándo volvería a ver al Presidente? ¿O incluso cuándo volvería a Gion? Hacía muchos años, de niña, me habían arrancado de mi hogar. Supongo que fue el recuerdo de aquellos espantosos años lo que me hizo sentir tan sola.

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