La Importancia De Vivir
- Автор: Yutang Lin
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «La Importancia De Vivir». Краткое содержание книги:
Pero hay más que esto. El lector se ve llevado siempre a un mundo de pensamientos y reflexiones. Aunque se trate de un libro de hechos físicos, hay una diferencia entre ver esos hechos en persona, o vivirlos, y leer sobre ellos en los libros, porque entonces los hechos asumen siempre la calidad de un espectáculo y el lector se convierte en un espectador desapasionado. La mejor lectura es, pues, la que nos lleva a este mundo contemplativo, y no la que se ocupa solamente del registro de los hechos. Considero que no se puede llamar leer a esa tremenda cantidad de tiempo que se pierde con los diarios, porque los lectores comunes de diarios se preocupan sobre todo de obtener noticias sobre hechos y acontecimientos.
La mejor fórmula sobre el objeto de la lectura, a mi juicio, fue dada por Huang Shanku, un poeta Sung y amigo de Su Tungp'o, que dijo: "Un sabio que no ha leído nada durante tres días siente que su conversación no tiene sabor (que se hace insípida), y su cara se hace odiosa al mirarla (en el espejo)". Lo que quiso decir es que la lectura da al hombre cierto encanto y sabor, que es el objeto de la lectura, y sólo puede llamarse arte a la lectura con este objeto. No se lee "para mejorar el espíritu", porque cuando se comienza a pensar en mejorar el espíritu o la mente, desaparece todo el placer de la lectura. Estas son las personas que se dicen: "Debo leer Shakespeare, y debo leer Sófocles, y debo leer Cervantes, para poder ser un hombre culto". Estoy seguro de que un hombre así no será culto jamás. Una noche se forzará a leer Hamlet de Shakespeare, y saldrá de ello como de un mal sueño, con el único beneficio de poder decir que ha "leído" Hamlet. Todo el que lea un libro con sentido de obligación es porque no comprende el arte de la lectura. Este tipo de lectura con fines de negocios es igual a la lectura de los archivos y antecedentes, por un político, antes de pronunciar un discurso. Es apenas pedir consejo e información de negocios, y no leer.
Leer para cultivar el encanto personal del aspecto físico y del sabor en la palabra es, pues, según Huang, la única especie de lectura que se puede admitir. Este encanto del aspecto debe ser interpretado, evidentemente, como algo más que la belleza física. Huang no se refiere a la fealdad física en su frase. Hay caras feas que tienen un encanto fascinador y caras hermosas que son insípidas para quien las mira. Entre mis amigos chinos hay uno cuya cabeza tiene la forma de una bomba y, sin embargo, verle es siempre un placer. La.cara más hermosa entre las de los autores occidentales contemporáneos, por cuanto he podido apreciar en las fotografías, era la de G. K. Chesterton. ¡Tenía tan diabólico conglomerado de bigotes, anteojos, enmarañadas cejas y fruncido ceño! Al mirarla se sentía que dentro de esa frente había una buena cantidad de ideas en acción, prontas para saltar en cualquier momento por aquellos ojos extrañamente penetrantes. Esa cara era una de las que Huang llamaría hermosas, una cara que no estaba hecha por el polvo y el colorete, sino por la pura fuerza del pensamiento. En cuanto al sabor del discurso, todo depende de la forma de leer. Que uno tenga sabor o no cuando habla, depende de su método de lectura. Si un lector obtiene el sabor de los libros, demostrará ese sabor en sus conversaciones, y si tiene sabor en sus conversaciones no podrá menos que tener sabor en lo que escribe.
Por ende, considero el sabor, o el gusto, como la llave de toda la lectura. Sigue necesariamente de ello que el gusto es selectivo e individual, como el gusto en la comida. La forma más higiénica de comer es, al fin y al cabo, la de comer lo que gusta, porque entonces tiene uno seguridad de la digestión. Cuando se lee, como cuando se come, lo que hace bien a uno puede matar a otro. El maestro no puede forzar a sus discípulos a que gusten de lo que él gusta como lectura, y un padre no puede esperar que sus hijos tengan los mismos gustos que él. Y si el lector no tiene gusto para lo que lee, pierde el tiempo. Ya lo dice Yüan Chunglang: "Podéis dejar de lado los libros que no os gustan, y que los demás los lean."
Por lo tanto, no puede haber libros que uno debe leer. Porque nuestros intereses intelectuales crecen como un árbol o fluyen como un río. Mientras haya savia adecuada ha de crecer de algún modo el árbol, y mientras haya agua del manantial el río seguirá corriendo. Cuando el agua choca con un escollo de granito no hace más que girar a su alrededor; cuando encuentra un valle bajo y placentero se detiene y se extiende por un rato; cuando se encuentra en un hondo estanque de la montaña está contenta de quedar allí; cuando se encuentra en unos rápidos, corre adelante. Así, sin esfuerzo alguno, sin propósito determinado, llegará seguramente un día al mar. No hay en el mundo libros que se deban leer, sino solamente libros que una persona debe leer en cierto momento en un lugar dado dentro de circunstancias dadas y en un período dado de su vida. Llego a creer que la lectura, como el matrimonio, está determinada por el destino o yin-yüan. Aunque haya cierto libro que todos deben leer, como la Biblia, hay un momento para hacerlo. Cuando los pensamientos y la experiencia de una persona no han llegado a cierto punto para leer una obra maestra, la obra maestra sólo le dejará mal sabor en el paladar. Confucio dijo: "Cuando se tienen cincuenta años se puede leer el Libro de los cambios", lo que significa que no se debe leer a los cuarenta y cinco años. El sabor extremadamente suave de las frases del mismo Confucio en las Analectas, y su madura sabiduría, no pueden ser apreciados hasta que el lector ha madurado.
Además, el mismo lector cuando lee el mismo libro en períodos diferentes logra un diferente sabor. Por ejemplo, gozamos más un libro cuando hemos tenido una conversación personal con el mismo autor, o después de haber visto un retrato suyo; y se logra un sabor diferente, a veces, después de haber roto una amistad con el autor. El lector obtiene un sabor cuando lee el Libro de los cambios a los cuarenta años, y otra especie de sabor cuando se lee a los cincuenta, después de haber visto más cambios en la vida. Por lo tanto, todos los buenos libros pueden ser leídos con provecho y con renovado placer por segunda vez. En mis días de estudiante se me hizo leer Westward Ho! y Henry Esmond, pero si bien fui capaz de apreciar Westward Ho! cuando no tenía veinte años, el verdadero sabor de Henry Esmond me escapó completamente hasta que reflexioné, años más tarde, y sospeché que había en este libro mucho más encanto que el que había sido capaz de apreciar yo.
La lectura, pues, no es un acto simple; tiene dos caras: el autor y el lector. La ganancia neta proviene tanto de la contribución del lector, por medio de su propia visión íntima y su experiencia, como del autor mismo. Con respecto a las Analectas de Confucio, el confucianista Ch'eng Yich'uan, de la época de Sung, dijo: "Hay lectores y lectores. Algunos leen las Analectas y sienten que nada ha ocurrido; a algunos complacen uno o dos renglones, y otros comienzan a sacudir las manos y a danzar inconscientemente".
Considero que el descubrimiento del autor favorito es para cada uno el acontecimiento más crítico en el desarrollo intelectual. Hay algo que se llama afinidad de espíritus, y entre los autores de los tiempos antiguos y modernos debe tratar uno de encontrar a aquél cuyo espíritu sea semejante al suyo. Sólo de esta manera se puede obtener algo realmente bueno de la lectura. Hay que ser independiente y buscar a los maestros. Nadie puede decir quién será el autor favorito de cada uno; quizá no lo pueda decir el mismo lector. Es como el amor a primera vista. No se puede decir al lector que ame a este o aquel autor; pero cuando ha encontrado el autor que ama, lo sabe por una especie de instinto. Conocemos casos famosos de descubrimientos de autores. Hay sabios que han vivido en edades diferentes, separados por muchos siglos, pero con modos de pensar y de sentir tan semejantes que al reunirse en las páginas de un libro parecían ser una sola persona que encontraba su propia imagen. En la fraseología china decimos de estos espíritus semejantes que son reencarnaciones de la misma alma, como se decía de Su Tungp'o que era una reencarnación de Tschuangtsé o de T'ao Yüan-ming, ( [73]) y de Yüan Chunglang que era una reencarnación de Su Tungp'o. Su Tungp'0 dijo que cuando por primera vez leyó a Tschuangtsé tuvo la sensación de que desde la niñez había estado pensando las mismas cosas y asumiendo los mismos puntos de vista. Cuando Yüan Chunglang descubrió una noche a Hsü Wench'ang, un autor contemporáneo a quien no conocía, en un librito de poemas, saltó de la cama y llamó a gritos a su amigo, y su amigo empezó a leer y gritóla su vez, y luego ambos leyeron y gritaron de tal modo que el sirviente quedó muy intrigado. George Eliot dice que su primera lectura de Rousseau fue un choque eléctrico. Nietzsche sintió lo mismo acerca de Schopenhauer, pero Schopenhauer era un maestro enojadizo y Nietzsche un discípulo de mal talante, y era natural que el alumno se rebelara más adelante contra el maestro.
[73] Su Tungp'o realizó la hazaña de escribir un conjunto de poemas con las rimas empleadas por T'ao en sus poemas completos, y al fin de la colección de Poemas de Su sobre Rimas de T'ao dijo de sí mismo que era la reencarnación úe T'ao, «quien admiraba por sobre todos los demás predecesores.