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Электронная книга - «La Importancia De Vivir». Краткое содержание книги:

En las páginas que siguen presento el punto de vista chino, porque no puedo remediarlo. Sólo me interesa presentar un criterio de la vida y de las cosas como lo han visto los mejores espíritus chinos, y como lo han expresado en su sabiduría popular y en su literatura. La importancia de vivir condensa una filosofía risueña y tolerante que, en su trasplante de la China milenaria al campo cultural occidental, procura maravillosos estímulos en el arte de vivir.- La importancia de vivir, en tanto compendio de la filosofía que propone Lin Yutang, desentraña el sentido de la vida y nos permite comprender cuánto podemos obtener del medio en el que nos desenvolvemos, cualesquiera que fuesen nuestras circunstancias. Si sabemos armonizar nuestros instintos e impulsos, nos dice el autor, podemos hacer que el cielo y tierra se entiendan dentro de nosotros y obtener de la vida frutos insospechados. Se trata de una filosofía risueña y tolerante que, en su transplante de la China milenaria al campo cultural occidental, adquiere nueva lozanía y procura maravillosos estímulos en el arte de vivir
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Un hombre educado, pues, es el que tiene los amores y los odios justos. Esto es lo que llamamos gusto, y con el gusto viene el encanto. Tener gusto o discernimiento requiere capacidad para pensar las cosas hasta el fondo, independencia de juicio y resistencia a ser engañado por cualquier forma de embeleco: social, político, literario, artístico o académico. No hay duda que en nuestra vida adulta estamos rodeados por una cantidad de embelecos o farsas: de fama, de riqueza, patrióticos, políticos; hay poetas de farsa, políticos de farsa, dictadores de farsa y psicólogos de farsa. Cuando un psicoanalista nos dice que la realización de las funciones intestinales durante la infancia tiene una relación definida con las ambiciones y la agresividad y el sentido del deber en la edad madura, o que la constipación produce, a la larga, tacañería de carácter, todo lo que puede hacer un hombre de gusto es sentirse divertido. Cuando un hombre se equivoca, bien, se equivoca, y no hay necesidad de que nadie se impresione o quede pasmado por un gran nombre o por el número de libros ha leído él y nosotros no conocemos.

El gusto, pues, está íntimamente asociado con la valentía, los chinos siempre asocian shih con tan, y la valentía o independencia de juicio, como sabemos, es virtud muy rara la humanidad. Vemos esta valentía o independencia intelectual durante la infancia de todos los pensadores y escritores que después han llegado a algo. Estas personas se niegan a que les guste un poeta determinado aunque sea la grande sensación de su época; pero cuando en realidad les gusta un poeta, pueden decir que les gusta, y esto es debido a su juicio íntimo. Esto es lo que llamamos gusto en literatura. También se niegan a prestar su aprobación a la escuela corriente de pintura, si choca con sus instintos artísticos. Esto es gusto en el arte. También se niegan a quedar impresionados por una filosofía de moda o una teoría reciente, aunque las respalde el más grande de los nombres del momento. No se dejan convencer por ningún autor hasta que se convencen en lo íntimo; si el autor les convence, tiene razón el autor, pero si no les puede convencer, son ellos quienes tienen razón y no el autor. Esto es gusto en el conocimiento. No hay duda de que esta valentía intelectual o independencia de juicio requiere cierta confianza infantil, trivial, en sí mismo, pero ese yo es lo único a que se puede a aferrar uno, y en cuanto un estudiante renuncia a su derecho al juicio personal ya está destinado a aceptar todos los embelecos de la vida.

Confucio parece haber pensado que la erudición sin pensamiento era más peligrosa que los pensamientos sin el apoyo de la erudición; fue él quien dijo: "Pensar sin aprender nos hace caprichosos, y aprender sin pensar es un desastre." Debe haber visto buen número de estudiantes del último tipo en sus días para pronunciar esta advertencia, una advertencia muy necesaria en las escuelas modernas. Es bien sabido que la educación moderna y los modernos sistemas escolares, en general, tienden a alentar la erudición a expensas del discernimiento, y consideran el acaparamiento de información como un fin en sí mismo, como si una gran suma de erudición pudiera formar a un hombre educado. Pero ¿por qué se desalienta, en la escuela, a quien quiere pensar? ¿Por qué ha torcido y falseado el sistema educacional la placentera búsqueda de conocimientos para convertirla en un mecánico, medido, uniforme y pasivo amontonamiento de informaciones? ¿Por qué concedemos más importancia al conocimiento que al pensamiento? ¿Cómo damos en decir que un universitario es un hombre educado, sólo porque ha cumplido las unidades u horas de estudio necesarias en psicología, historia medieval, lógica y "religión"? ¿Por qué hay clasificaciones y diplomas en las escuelas, y cómo ha podido suceder que en el ánimo del estudiante las clasificaciones y los diplomas lleguen a ocupar el lugar de la verdadera meta de la educación?

La razón es sencilla. Tenemos este sistema porque educamos a la gente en masas, como en una fábrica, y todo lo que ocurre dentro de una fábrica debe suceder según un sistema muerto y mecánico. A fin de proteger su fama y "standardizar" sus productos, la escuela debe darles diplomas como certificados. Con los diplomas nace la necesidad de pasar de curso, y con esto vienen las clasificaciones, y a fin de que haya clasificaciones debe haber lecciones, exámenes y pruebas. Todo esto forma una secuencia enteramente lógica y no hay forma de escapar de ella. Pero las consecuencias de los exámenes mecánicos son más fatales de lo que imaginamos. Porque inmediatamente se acentúa la necesidad de memorizar los hechos, más que el desarrollo del gusto o del juicio. Yo he sido maestro y sé que es más fácil hacer un conjunto de preguntas sobre fechas históricas que sobre vagas opiniones acerca de vagas cuestiones. También es más fácil clasificar así a los alumnos.

El peligro está en que después de instituir este sistema es fácil que olvidemos que ya nos hemos desviado, o que quizá desviemos, del verdadero ideal de la educación que, como digo, es el desarrollo del buen gusto en el conocimiento. Es útil recordar todavía que Confucio dijo: "La erudición que consiste en la memorización de hechos no califica a nadie para ser maestro". No hay temas obligatorios, no hay libros, ni los de Shakespeare, que uno deba leer. La escuela parece proceder según la estúpida idea de que podemos delimitar un volumen mínimo de la enseñanza de historia y geografía que se puede considerar absolutamente indispensable para el hombre educado. Yo soy bastante educado, aunque me confundo antes de decir cuál es la capital de España y en una época pensé que Habana era el nombre de una isla contigua a Cuba. El peligro de prescribir un curso de estudios obligatorios es que implica que un hombre que ha seguido el curso prescrito sabe ipso facto todo lo que debe saber un hombre educado. Es absolutamente lógico, pues, que un universitario recibido cese de aprender o de leer libros después de dejar sus estudios, porque ya ha aprendido todo lo que tiene que saber. ( [71])

Debemos abandonar la idea de que los conocimientos de un hombre pueden ser probados o medidos en una forma cualquiera. Tschuangtsé ha dicho muy bien: "¡Ay, mi vida está limitada, y el conocimiento no tiene límites!" La busca de conocimiento es, después de todo, solamente como la exploración de un nuevo continente, o "una aventura del alma", como dice Anatole France, y ha de ser un placer en lugar de convertirse en tortura si se mantiene el espíritu de exploración con ánimo desaprensivo, interrogativo, curioso y aventurero. En lugar del amontonamiento medido, uniforme y pasivo de información, tenemos que mantener este ideal de un placer individual positivo y creciente. Una vez abolidos los diplomas y las clasificaciones, o considerados solamente en lo que valen, la busca del conocimiento se- hace positiva, porque el estudiante se ve forzado al menos a preguntarse por qué estudia. AI presente, ya se ha respondido a la pregunta en su nombre, porque el estudiante no duda de que estudia en la escuela primaria para pasar a la secundaria y en la secundaria para pasar a la universitaria. Todas estas consideraciones ajenas a uno deben ser dejadas de lado, porque la adquisición de conocimientos no es cuestión de nadie más que de uno mismo. Al presente, todos los estudiantes estudian por el título, y muchos de los buenos estudiantes estudian por sus padres o sus maestros o sus futuras esposas, para no parecer desagradecidos a sus padres que gastan tanto dinero para educarlos, o porque quieren parecer simpáticos a un profesor que es bueno y simpático con ellos, o para poder salir de la escuela a ganar un sueldo elevado con que alimentar a la futura familia. Sugiero que todas estas ideas son inmorales. La búsqueda del conocimiento no debe ser cuestión de nadie más que de uno mismo, y sólo entonces podrá ser un placer, y podrá ser positiva, la educación humana.

II. EL ARTE COMO JUEGO Y PERSONALIDAD

El arte es, a la vez, creación y recreo. De las dos ideas, creo que la más importante es la del arte como recreo, o como puro juego del espíritu humano. Por mucho que aprecie, como aprecio, todas las formas de la labor creadora inmortal, sea en pintura, arquitectura o literatura, creo que el espíritu del verdadero arte puede hacerse más general y penetrar en la sociedad sólo cuando mucha gente goce del arte como pasatiempo, sin esperanzas de lograr la inmortalidad. Es más.importante que todos los estudiantes de un colegio jueguen al fútbol o al tenis con regular habilidad, y no que el colegio produzca unos cuantos campeones de atletismo o de fútbol para los torneos nacionales; también es más importante que todos los niños y todos los mayores puedan crear algo propio como pasatiempo, y no que la nación produzca un Rodin. Yo prefiero que todos los niños aprendan en la escuela a modelar arcilla, y todos los presidente de banco y peritos económicos dibujen sus tarjetas de Navidad, por ridículos que sean sus intentos, y no que haya unos pocos artistas que trabajen en el arte como en una profesión. Es decir, estoy por el amateurismo en todos los terrenos. Me gustan los filósofos aficionados, los poetas aficionados, los fotógrafos aficionados, los magos aficionados, los botánicos aficionados y los aviadores aficionados. Tanto placer me causa escuchar a un amigo que toca ni bien ni mal una sonatina de noche, como escuchar a un concertista profesional de primera clase. Y a todos encantan los magos aficionados, los amigos que nos divierten en casa, más que los magos profesionales en un escenario, y todo padre goza más con el teatro de aficionados que hacen sus hijos que con una pieza shakesperiana en las tablas. Sabemos que eso es espontáneo, y sólo en lo espontáneo reside el verdadero espíritu del arte. Por eso considero tan importante que la pintura china sea esencialmente el producto de los pasatiempos de los sabios y no de artistas profesionales. Solamente cuando se mantiene el espíritu de juego puede el arte escapar de la comercialización.

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[71] Se refiere el autor a las universidades de los Estados Unidos, de régimen muy diferente al que impera en los institutos similares de los países latinos. (N. DEL T.)

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