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Un asesinato musical

Электронная книга - «Un asesinato musical». Краткое содержание книги:

De la celebrada autora israeli, Batya Gur, nos llega una nueva novela de Michael Ohayon, la cuarta de esta popular serie de thrillers fascinantes e inteligentes. En esta ocasion, Michael Ohayon, un detective culto, solitario y encantador, entabla amistad con una chelista perteneciente a una familia de musicos de fama internacional. Pero su aficion a la musica le llevara a investigar un inesperado caso de doble asesinato que afecta el entorno de su nueva amiga y que tiene que ver con el descubrimiento de un antiguo requiem barroco. Puede una obra de arte convertirse en el movil de un crimen brutal?
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– Es imposible definir con precisión todos los aspectos del estilo clásico -dijo Theo con una sonrisita forzada-, es decir, del estilo que maduró con Haydn y Mozart -los rostros jóvenes lo contemplaban con tensa expectación. Un chaval sentado junto al piano echó un vistazo a la gran grabadora que tenía a su lado, en el suelo.

Michael observó los listones de la persiana desvencijada que había junto a la cristalera y los restos de cinta adhesiva, vestigios de la Guerra del Golfo, aún pegados en el cristal.

– Porque, como todo en general -continuó Theo pensativo, mirando por la ventana-, esa definición no puede quedar restringida al campo de la música y, en definitiva, ha de dar cabida al medio social, a la manera en que la gente, rica y pobre, vivía día a día. Tal como es imposible comprender la música rock sin conocer el mundo en que vivimos, tampoco se puede comprender a fondo el estilo clásico sin saber cuál era su contexto.

Michael contempló la cara de Yuval. El chico escuchaba con toda su atención, inclinado hacia delante en la dura silla. Un rayo de sol aislado iluminó la pelusa de su mejilla y luego arrancó un destello a la flauta plateada de una chica que jugueteaba con un mechón de su lisa melena. Nita tenía los ojos cerrados. Michael comprendió que estaba resentida con él, que le estaba haciendo el vacío, que lo veía como a un enemigo.

– El periodo que nos ocupa, como sabéis, se centra aproximadamente en la segunda mitad del siglo XVIII -dijo Theo-, y el clasicismo parece ser el estilo musical más sistemático y contenido que nunca haya existido. A nosotros, desde la perspectiva de nuestro siglo, nos resulta encantador -dijo sardónicamente-. A veces demasiado encantador. Encantador hasta la idiotez -de pronto rompió a silbar el comienzo de Eine kleine Nachtmusik; se interrumpió y continuó-: A veces nos preguntamos: ¿por qué están tan contentos? -volvió a silbar entonadamente-. En esta música hay una alegría incomprensible, y cuando no es alegre, posee una belleza que puede parecer exagerada, una belleza excesivamente bella. Conozco personas que aborrecen el clasicismo porque les resulta falso por esto que os comento, como un museo de cartón piedra de un mundo caduco.

Yuval sonrió al oír esa expresión y la chica de la flauta se echó a reír a carcajadas y se interrumpió de golpe. Michael había reparado en el tono inocente y un tanto teatral de Theo, que hacía prever que luego desmontaría la argumentación que estaba exponiendo.

– Se considera que el clasicismo surgió tras el periodo barroco, y en estrecha relación con él en tanto en cuanto viene a refutarlo, se desarrolla en oposición a él, realiza la transición de la polifonía y las complejidades del contrapunto al mundo más sencillo de la homofonía. Y la forma musical básica -Theo hizo una pausa y se pasó la mano por el pelo, al parecer haciendo un esfuerzo de concentración- que se perfecciona en el periodo clásico es la sonata. Pero todo esto ya lo sabéis, así que mi intención es hablar de un asunto más profundo, del estilo musical en sí mismo -dijo Theo; se quitó las gafas, las dejó sobre el piano y se frotó los ojos-. ¿Qué tipo de metáfora del ser humano, qué estado de ánimo, que sentimientos expresa la música clásica? Ésa es la pregunta fundamental. Los románticos consideraban que la música del periodo clásico era abstracta. Pero al escucharla hoy, lo primero que se nos ocurre, y así lo reconoceremos si somos sinceros, es preguntarnos: ¿es triste o alegre? Sabemos que, entonces igual que ahora, se estimaba que las tonalidades menores expresan tristeza, y eso ya no es una abstracción.

Theo hizo una pausa, como en espera de que sus oyentes ratificaran lo que había dicho. Los jóvenes mostraban expresiones meditabundas y algunos movieron la cabeza en señal de asentimiento. Theo se puso las gafas.

– Ahora bien, hay una manera de descubrir qué sentimientos pretendían expresar los compositores con su música, y esa manera es examinar la música que componían para acompañar un texto. O incluso una palabra aislada. Si revisamos las misas y las misas de réquiem compuestas desde finales de la Edad Media hasta nuestros tiempos, vemos que las mismas palabras latinas se acompañan con músicas muy distintas, y esto, naturalmente, refleja los distintos mundos en que vieron la luz las diversas obras musicales. Todas las misas arrancan con una plegaria, el Kyrie, luego viene el Gloria y a continuación la parte principal, el Credo.

Los jóvenes, inmóviles, guardaban un silencio respetuoso y cargado de suspense.

– El Credo es el núcleo de la confesión de fe de los católicos -explicó Theo-. Comienza con la declaración de que se cree en Dios y también, aunque esto os pueda sonar absurdo, en las otras dos personas de la Trinidad: Jesucristo, hijo de Dios, y el Espíritu Santo, que se encarnó en Jesús a través de la Virgen María. Jesús bajó de los cielos para salvarnos, y fue crucificado y resucitó de entre los muertos. Ascendió al cielo y está sentado a la derecha de Dios. Esto es lo que dice el Credo de las misas compuestas en cualquier siglo.

Un chico pecoso sonrió. Nita apretó las manos y miró fijamente un punto en la lejanía. A Michael le pareció que se esforzaba en eludir su mirada, y, por un instante, creyó que iba a levantarse y a irse. «¿Qué daño te he hecho yo?», le imploraba con los ojos, tratando de abrirse camino hacia ella, pero los ojos de Nita rehuían los suyos. Continuó mirándola. Era consciente de lo que le había hecho. Sabía muy bien que había desaparecido inopinadamente de su casa y que la niña también se había esfumado con la misma brusquedad. Y que no hablaba con ella desde la víspera. Pero sin saber por qué creía, con convencimiento incluso, o quizá quería creer, que ella tenía confianza en él. Suficiente confianza para comprender que a Michael no le había quedado otro remedio, que para seguir adelante con la investigación se había visto obligado a apartarse de ella. Él había pensado que su separación sería temporal, que tan sólo duraría unos días. Pero después de verla, comprendió que no se había dado tiempo para pensar las cosas a fondo. No había analizado la situación ni las posibles reacciones de Nita. No había tenido en cuenta cómo se tomaría ella su ausencia, prefiriendo aferrarse a la vaga convicción de que comprendería lo que estaba en juego, como si pudiera leerle el pensamiento, como si pudiera comprender por sí sola todo lo que había que comprender.

Ella lo miró de pronto y un apagado rubor se extendió por sus lívidas mejillas. Algo semejante a una sonrisa se pintó en las comisuras de sus labios contra su voluntad. Puede que fueran imaginaciones suyas, pero a Michael le pareció que a sus ojos asomaba una chispa de comprensión, e incluso tal vez de alivio por verlo allí.

Theo se dirigió al equipo de música, colocado en un estante ante una pared de ladrillos, junto a una chimenea y una pila de leña, sacó un disco compacto del reproductor y lo examinó atentamente.

– Lo que quiero que hagamos ahora -dijo distraído, volviendo a meter el disco en el equipo- es que comparemos la adaptación mozartiana de un pasaje que hemos oído hace unos minutos en el Credo de la Misa en si menor de Bach, las palabras Et homo factus est: «Y el hombre fue hecho». Y, en particular, que comparemos la música que cada compositor le pone a la palabra «hombre». Con esa música, cada compositor revela, queriéndolo o no, lo que significa para él ser hombre, y no sólo eso -Theo agitó un brazo con entusiasmo-, al poner música a esa palabra también expresan su concepción de lo que le sucedió a Dios al convertirse en hombre, si ese hecho fue bueno o malo.

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