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Un asesinato musical

Электронная книга - «Un asesinato musical». Краткое содержание книги:

De la celebrada autora israeli, Batya Gur, nos llega una nueva novela de Michael Ohayon, la cuarta de esta popular serie de thrillers fascinantes e inteligentes. En esta ocasion, Michael Ohayon, un detective culto, solitario y encantador, entabla amistad con una chelista perteneciente a una familia de musicos de fama internacional. Pero su aficion a la musica le llevara a investigar un inesperado caso de doble asesinato que afecta el entorno de su nueva amiga y que tiene que ver con el descubrimiento de un antiguo requiem barroco. Puede una obra de arte convertirse en el movil de un crimen brutal?
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Miró a Michael en espera de una reacción. Al ver que no reaccionaba, Yuval prosiguió:

– Muchas personas se sienten ofendidas por Dora. Yo nunca me he ofendido. A veces me enfada, pero no me siento insultado. Por ejemplo, una vez que estábamos escuchando a Bach, de pronto me preguntó que quién tocaba mejor, Milstein o yo. Bueno, pues si se me hubiera ocurrido criticar a Milstein, Dora se habría echado las manos a la cabeza y habría dicho: «¿Quién te has creído que eres para criticar a Milstein?». Pero si hubiera dicho que Milstein es maravilloso, me habría gritado: «¿Qué dices? ¡No deberías hablar así! Tienes que pensar que tú eres maravilloso, que eres mejor que Milstein». Cosas así -dijo Yuval a la vez que se volvía hacia Michael y sonreía con inocencia-. Es evidente que no soy capaz de tocar como Milstein y, por otro lado, tampoco me gusta todo lo que él hace. Tengo que darle mil vueltas a lo que voy a decir cuando escucho música con ella. Lo mejor es no preocuparme de lo que quiere que diga. A veces parece que está en la luna -dijo, e inmediatamente se asustó de sus palabras-. No porque sea mayor, no se vaya a creer. Tiene muy bien la cabeza -le aseguró a Michael-. Siempre ha sido así, hace veinte años era igual, me lo han contado los alumnos mayores. Un día te puede decir que has tocado mejor que otro día y al día siguiente te dice lo contrario. A veces da la sensación de que está poniendo a prueba tus nervios.

– A mí me ha dicho que para ser artista hay que tener un ego muy fuerte -murmuró Michael a la vez que introducía el coche en un espacio libre, entre un par de grandes olivos, y apagaba el motor.

– Pues yo debo de tenerlo -dijo Yuval tranquilamente, y sacó las piernas por la puerta-. Nunca ha conseguido que pierda los nervios, y eso que aún no he cumplido los diecisiete. Cuando se queja de mi manera de tocar, practico de la mañana a la noche, y la siguiente vez siempre toco mejor. Además sé que esto -dijo en pie junto a la puerta abierta del coche- me prepara para enfrentarme a otras dificultades. En la vida de un músico hay muchas tensiones, mucha inseguridad. Me han contado muchas cosas, hasta violinistas muy buenos, y estar con Dora te prepara para eso.

– ¿Crees que lo hace conscientemente, a propósito, para prepararte? -preguntó Michael a la vez que se inclinaba y volvía a abrir la puerta para cerciorarse de que había apagado el radiotransmisor.

– No sé si siempre se da cuenta de lo que hace, si forma parte de un plan. A veces puede resultar muy destructivo. Uno de sus alumnos, un violinista famoso, lo pasaba fatal cada vez que tenía que actuar porque al subir al escenario se acordaba de los sermones y los gritos de Dora y perdía la confianza.

– Así que lo pasas mal con ella -dijo Michael mientras caminaban hacia el edificio principal del Beit-Daniel; bajó la vista hacia las agujas de pino que alfombraban la tierra seca y compacta, la alzó hacia las copas de los cipreses. Sus ojos se detuvieron en la conocida furgoneta con el logotipo de la Compañía Eléctrica. Se sintió aliviado al saber que Theo y Nita ya habían llegado. Le parecía que en aquel lugar Nita estaba a salvo. Pero no podría relajarse hasta que la viera con sus propios ojos. Sintió además una punzada de dolor; porque precisamente allí, bajo aquel pino, se podría extender una manta y acostar encima a una nena, de espaldas, de manera que viera el cielo y el árbol; y uno se podría tumbar junto a ella y escuchar sus alegres gorgoritos. Se podría hacer eso, sí, se podría.

– No es para tanto -dijo Yuval-. Sin ella, lo tendría mucho más difícil. Ahora mismo es la persona más importante de mi vida. Si no la tuviera a mi lado… creo… me temo que no seré capaz de tomar ninguna decisión relacionada con la música sin su aprobación. Me sentiré totalmente perdido si muere.

– Dime, Yuval… -Michael disfrutaba pronunciando aquel nombre, el mismo que el de su hijo. Durante el trayecto a Zichron Yaakov, tal vez a causa de la vista del mar desde la cima de la colina que rebasaron camino del Beit-Daniel, había imaginado por un instante que era el otro Yuval a quien tenía a su lado. Ya había pasado una semana desde su última conversación telefónica, breve y frustrante, una sucesión de «¿Cómo estás?» y «¿Va todo bien?». Eran las únicas preguntas que conseguía hacerle, y las había repetido una y otra vez durante los meses que Yuval llevaba vagando por Latinoamérica. Las postales de su hijo eran concisas y prosaicas. Y él no había mencionado a la nena. No podía contarle algo así durante una conversación telefónica cuyo propósito básico era que el hijo informase al padre de que aún existía. («Hola papá, estoy vivo», le había anunciado Yuval en su última llamada. «¿Vivo y bien?», preguntó Michael. «Estupendamente», le aseguró Yuval sin entrar en detalles. Michael hablaba con la niña en brazos. Con la cabeza reclinada entre su cuello y su hombro, ella emitía leves ronquidos en la oreja libre de Michael. Le habría gustado hablarle de ella a su hijo, pero ya no era necesario.) Yuval, calculó, estaría a punto de salir de México en dirección a Estados Unidos. Pero no tenía ni idea de cuál era su destino concreto-. Dime, Yuval, ¿no crees que ésa es una debilidad suya como profesora? ¿Puedes independizarte si te sientes tan dependiente de ella?

Quedamente, sin vacilar, Yuval dijo:

– Creo que todo irá bien. Sé que cuando la deje para ir a estudiar al extranjero, o cuando comience a dar conciertos por todo el mundo, seré independiente. Al principio me resultará duro. Es la idea que me he formado hablando con sus antiguos alumnos. Con el tiempo, se liberan de ella… No es fácil de explicar… Es como si no hubiera más remedio que aceptarla tal como es, con gritos incluidos.

– Por lo visto, la educación no funciona sin un componente de terror -dijo Michael, y sonrió a la vez que abría la puerta de madera de la angosta entrada y observaba a Yuval, que ascendía los anchos peldaños delante de él, balanceando el estuche del violín.

El vestíbulo estaba desierto. Un gran cuenco lleno de manzanas, platos de papel con corazones de manzana y vasos de plástico con restos de café descansaban sobre un larga mesa de formica.

– Ya ha terminado el descanso -dijo Yuval-. Me he perdido la primera conferencia, pero no importa. Tengo que irme corriendo al otro edificio -explicó, agradeció a Michael que lo hubiera llevado y salió a toda prisa.

Michael se quedó observando por un ventanal cómo Yuval se alejaba por un camino de tierra y desaparecía tras un recodo. Encontró una cabina telefónica junto a los lavabos, situados en un estrecho pasillo que salía del vestíbulo. Mientras revolvía sus bolsillos en busca de monedas, se asomó a una gran sala. Sólo alcanzaba a ver un tramo de pared y una ancha estantería con algunos libros y revistas. De pronto oyó las notas de un piano, a las que se sumaron una voz y luego un chelo.

– ¿Dónde demonios estás? -preguntó Balilty, iracundo, por el teléfono-. ¿Por qué no te has llevado el móvil? ¿Por qué has apagado la radio? ¡No había manera de dar contigo!

– Acabo de llegar al Beit-Daniel. Te estoy llamando desde una cabina -dijo Michael al tiempo que examinaba la fotografía colgada a su lado: dos hombres en pie ante una orquesta. El pie de foto decía que eran Arturo Toscanini y el violinista Bronislaw Hubermann, fundador, en 1936, de la Filarmónica Palestina, como antaño se llamara. Dio un paso atrás para mirarla mejor.

– ¿Has hablado ya con Eli? ¡Habla con Eli! Y no les quites la vista de encima. Le he explicado a Eli todo lo que te tiene que decir. Los Van Gelden están con él, y en lugar de… -Balilty tragó saliva-, en lugar de a Dalit he mandado a un tipo nuevo, un jovencito. ¿Lo has visto?

– No, acabo de llegar.

– Te caerá bien -comentó Balilty, soltando una risita-. Tiene un aire parecido al que tenías tú hace unos veinte años. Alto y delgado, con esos ojos especiales, cejas espesas, el tipo de hombre que gusta a las chicas, pero no es… no tiene… es menos… es más normal -declaró al fin-. Es un novatillo directamente salido de su moshav, sin tonterías en la cabeza. Cuentas con gente suficiente para mantenerlos bajo vigilancia constante. No quiero que el maestro se quede solo ni un segundo. Ni que tenga ninguna conversación larga con su hermana.

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