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Un asesinato musical

Электронная книга - «Un asesinato musical». Краткое содержание книги:

De la celebrada autora israeli, Batya Gur, nos llega una nueva novela de Michael Ohayon, la cuarta de esta popular serie de thrillers fascinantes e inteligentes. En esta ocasion, Michael Ohayon, un detective culto, solitario y encantador, entabla amistad con una chelista perteneciente a una familia de musicos de fama internacional. Pero su aficion a la musica le llevara a investigar un inesperado caso de doble asesinato que afecta el entorno de su nueva amiga y que tiene que ver con el descubrimiento de un antiguo requiem barroco. Puede una obra de arte convertirse en el movil de un crimen brutal?
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– ¿Hay alguna novedad? -preguntó Michael, y volvió la cabeza en ambas direcciones, creyendo haber oído pisadas. Pero no había nadie, y la música también había cesado. Oyó entonces una voz potente que hablaba en inglés, procedente de una sala cercana.

– Unas cuantas. Eli te pondrá al día. No quiero meterme en explicaciones ahora. Por teléfono no. Pero sí puedo decirte que hemos encontrado a la canadiense. Y niega haber estado con él ese día. Reconoce que estuvo en Israel, en el Hilton o como se llame ahora, pero no con él. Eli te lo explicará mejor.

– ¿Así que también mintió sobre eso?

– ¿Quién? ¿Dalit?

Michael no dijo nada.

– Sí -respondió Balilty fríamente.

– Tendremos que repasar con lupa todo lo que haya tocado -le advirtió Michael.

– Ya lo estamos haciendo -replicó Balilty sin rechistar-. Hemos verificado lo de la canadiense. Yo mismo hablé con nuestro hombre en Nueva York. Dalit no había cruzado ni una palabra con él. Se lo inventó todo. No quiero más comentarios sobre eso de momento. El tipo de Nueva York, Shatz, te conoce. Dice que os visteis hace unos años. Me va a mandar por fax la transcripción del interrogatorio de la canadiense, y la cinta por correo urgente. La tendremos aquí mañana.

– Es increíble que haya gente que… que pueda pasar algo así… -masculló Michael-. Por lo visto, las personas son una caja de sorpresas inagotable -como Balilty no decía nada, añadió-: Todos cometemos errores.

– Tú lo has dicho -confirmó Balilty indiferente-. Dejémoslo ya. ¿Quieres decirme algo más? ¿Qué tal tu cita en Jolón con la vieja dama?

– Muy interesante -dijo Michael-. Y a la luz de los hechos, de los tuyos y los míos, quiero una orden de registro para las oficinas del auditorio. Los despachos del director administrativo y del director artístico. Y también para el piso de Theo van Gelden. Y para revisar los documentos de la caja fuerte de Felix van Gelden… es decir, para todo. Los documentos de Gabriel también. Quiero examinarlo todo.

– ¿También para el piso de Theo? Puede que nos dé permiso sin necesidad de una orden de registro, como la otra vez…

– No, ya no podemos dar nada por sentado -replicó Michael con severidad.

– ¿Por lo de la canadiense?

– Y por otros motivos. ¿Qué hay de la otra mujer?

Balilty chasqueó los labios sonoramente.

– Hoy nos estamos andando con muchos misterios -bromeó.

– Es porque estamos hablando por teléfono -se excusó Michael-. Te explicaré todo en cuanto nos veamos. Pero ¿qué hay de la otra mujer? También tenemos que hablar con ella, después de…

– Ya está aquí, esperando fuera -lo interrumpió Balilty-. Puedo cometer algún que otro error, pero todavía me funciona el cerebro, ¿sabes? Que Eli te ponga al día de todo lo demás, porque por teléfono no…

Michael no alcanzó a oír las últimas palabras de Balilty porque reparó en que una joven vestida con chaqueta y pantalón negros lo observaba desde el vestíbulo.

– ¿Es usted la persona a la que esperan los dos hombres que han venido con el señor Van Gelden? -le preguntó la joven-. Me han pedido que saliera a recibirlo.

– Volveré a llamarte -dijo Michael por el teléfono, y, sin prestar atención al torrente de instrucciones que Balilty comenzaba a darle, colgó y se volvió hacia la mujer. Le devolvió la sonrisa, rechazó el café que le ofrecía, aceptó un vaso de agua fría y la siguió a una gran sala. Pasó entre una serie de mesas rectangulares dispuestas para el almuerzo, y junto a un piano con la tapa levantada, una butaca floreada y un taburete; tropezó en el borde de una desgastada alfombra persa y echó una ojeada a un par de partituras encuadernadas en negro que reposaban sobre una bandeja de cobre, junto al piano-. Estoy buscando a la señorita Van Gelden -le dijo a la joven.

– Está en la conferencia del señor Van Gelden.

Michael hubo de contenerse para no preguntarle si estaba segura, e incluso se demoró junto a la estantería, manoseó los volúmenes añejos de una edición francesa de Voltaire y luego examinó un panfleto en hebreo sobre los asentamientos de los colonos en la Margen Occidental. Entonces se dio cuenta de que estaba haciendo esperar a la joven. Se disculpó y la siguió a través de una puerta lateral. Recorrieron varios despachos vacíos, en uno de los cuales un enjambre de moscas zumbaba en torno a un tarro abierto de mermelada. Salieron al exterior y echaron a andar por el camino por el que Yuval había desaparecido.

Junto al tronco retorcido y nudoso de un olivo grisáceo, sobre el césped descuidado y amarillento, Eli Bahar descansaba en una silla blanca de plástico, no muy lejos de un somier de hierro que alguien había abandonado en el jardín. A su espalda había un porchecito desde el que descendían unas escaleras, y de aquella dirección procedía la melodía de un piano acompañada por un coro bastante nutrido. La joven de negro sonrió cortésmente y les preguntó si podía dejarlos solos, y luego les comunicó que tenían sitios reservados para comer. Les aconsejó que entraran en la sala de uno en uno, para no molestar.

– Se ha cancelado la clase de canto con acompañamiento de chelo, y en su lugar, los cantantes y el señor Van Gelden trabajarán con acompañamiento de piano. Y, a petición del señor Van Gelden, también se ha suspendido la retransmisión para el canal educativo, simplemente se realizará una grabación sonora -explicó la joven, como si Eli y Michael fueran dos participantes más. No se había mencionado la palabra «policía». Michael se preguntó qué sabría la chica de ellos.

Eli Bahar aguardó a que se fuera y, con un movimiento perezoso, dio la vuelta a una silla que estaba patas arriba sobre el césped agostado y dio unas palmadas en el asiento.

– Me he quedado a esperarte aquí fuera para que pudiéramos hablar. Ahí dentro no se puede, y mientras Theo esté dando clase nadie puede hacerles nada -dijo Eli-. No hay necesidad de asistir a la clase.

Michael tomó asiento y encendió un cigarrillo.

– Es la primera vez que estoy aquí -musitó Eli-. Ni siquiera sabía que existía este lugar. Es precioso, pero mira qué abandonado está.

Michael trató de recordar lo que Nita le había contado de la familia Bentwich y asintió con un gesto.

– Hace unos meses trataron de restaurarlo -explicó Eli-, pero esa chica, la directora, me ha dicho que tuvieron que dejarlo a medias. Los obreros volvieron a poner las ventanas viejas en lugar de otras nuevas y ya ves en qué estado está la pintura y todo lo demás. Es una pena, ¿verdad?

Michael asintió con la cabeza.

Ante él, la luz del sol bañaba un retazo de césped. Una vez más, Michael extendió mentalmente una manta sobre la hierba y puso encima a la nena, boca abajo. ¿Quién la tendría en brazos en esos momentos? ¿Quién estaría aspirando la fragancia de sus mejillas?

– Aquí se organizan conciertos y otras actividades. ¿Habías venido alguna vez?

– Una vez, hace mucho -murmuró Michael, y volvió la cabeza hacia el edificio Beit-Lillian, no muy alejado de donde estaban, y adonde había acudido con Avigail hacía algo más de dos años, una tarde de otoño durante las fiestas de Sukot, pocos meses antes de su ruptura. Aquel día se interpretaba el quinteto La trucha de Schubert. Avigail había permanecido inmóvil, una expresión pétrea en el rostro medio oculto por unas grandes gafas de sol, sin sonreír ni reaccionar de ninguna otra forma ante la música que fluía del auditorio. Se había empeñado en que se quedaran fuera. No era cierto eso de que la tristeza no deja huellas. La alegre obra de Schubert había quedado ligada para siempre en el recuerdo de Michael al abatimiento y el dolor de Avigail, que se negó a quitarse las gafas de sol incluso después del crepúsculo. De su cara sólo se veía su bonita boca fruncida, con los labios secos. Tenía las largas mangas blancas bien abotonadas. De noche, en el hotel, Avigail lloró. El amor que Michael sentía por ella no bastaba para rescatarla de la aflicción.

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