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Un asesinato musical

Электронная книга - «Un asesinato musical». Краткое содержание книги:

De la celebrada autora israeli, Batya Gur, nos llega una nueva novela de Michael Ohayon, la cuarta de esta popular serie de thrillers fascinantes e inteligentes. En esta ocasion, Michael Ohayon, un detective culto, solitario y encantador, entabla amistad con una chelista perteneciente a una familia de musicos de fama internacional. Pero su aficion a la musica le llevara a investigar un inesperado caso de doble asesinato que afecta el entorno de su nueva amiga y que tiene que ver con el descubrimiento de un antiguo requiem barroco. Puede una obra de arte convertirse en el movil de un crimen brutal?
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– ¿Dónde está Nita? -preguntó Michael, saliendo de su ensueño, y Eli se encogió de hombros.

– Dentro, en la sala de conferencias. Al menos su cuerpo está ahí… su espíritu, sólo Dios lo sabe. Su hermano no ha parado de hablar desde Jerusalén hasta Zichron Yaakov y ella no ha dicho ni una palabra. Iba mirando por la ventanilla. Él no ha cerrado la boca. Hablaba y hablaba como si ella le escuchara. Pero a mí me daba la impresión de que Nita no oía nada. Se quedó dormida durante un rato. Yo creo que la tienen dopada. Y el niño… ¡no fue fácil convencerla de que se separase de él! No entiendo por qué… en fin, el hermano se empeñó en que viniera. Le lavó el cerebro con la idea de que ahora tienen que estar siempre juntos. Al menos, hasta que se celebre el entierro. Nita está ahí dentro. La directora me ha dicho que han suspendido su clase magistral. Y están esperando a una gran estrella, un cantante.

– Balilty me ha dicho que ha mandado a un tipo joven en lugar de a Dalit.

– Está dentro también. No lo conozco, pero tiene buena pinta. Es novato, pero al menos no es un psicópata. Se llama Ya'ir. Tzilla ha trabajado con él en el caso Arbeli. Como han reestructurado todo el equipo, nos lo han transferido por recomendación de Tzilla. No tiene mucha experiencia, pero al menos no es un embustero. Apenas habla.

– Por lo visto, el informe sobre la canadiense también era una invención -dijo Michael.

– ¿No te parece increíble? -Eli se enderezó y giró la mitad superior del cuerpo hacia Michael-. Lo que te comenté esta mañana, lo dije por decir, no es que lo creyera. Pero cuando llegué a la oficina, Balilty ya estaba hablando con nuestro hombre en Nueva York. ¡Y no había hablado con ella!

– ¿Con quién?

– Con Dalit, nuestro hombre en Nueva York. No era cierto que se hubiera puesto en contacto con él. ¿Tú lo comprendes?

– A decir verdad, no. No lo comprendo -dijo Michael pensativo. Escuchó distraídamente los cantos del coro. Otra parte de su ser estaba concentrada en las señales de desintegración de la pared desconchada que tenía enfrente. Sobre la alta hierba dorada se derramaban parches grises y amarillos de luz solar-. Se podría decir que está enferma, pero eso no explica nada. Tampoco es necesario comprender todo lo que ocurre en el mundo -se recordó a sí mismo-. Todo tiene un límite.

– Y luego está el asunto de la llave. Dalit tampoco ha hablado con Izzy Mashiah y la llave en cuestión no existe -prosiguió Eli-. Mashiah no sabe nada de ninguna llave de la casa de Herzl. Me tiene pasmado, pero al menos esto ha valido para algo.

– ¿Sí? ¿Para qué?

– Balilty. Se le han bajado un poco los humos. Ya no está tan seguro de ser el rey del universo. Y ha sido Shorer, que se quedó cuando tú te fuiste, quien me ha enviado aquí. Cesó a Dalit fulminantemente. Y la espantó diciéndole no sé qué.

– ¿Cómo? ¿Lo van a dejar correr como si nada? -se escandalizó Michael.

– No tengo ni idea de lo que piensan hacerle, pero ya no es asunto nuestro -dijo Eli Bahar, y entornó los ojos para protegerse del sol-. La han mandado a ver a Elroi. Lo primero que hacen siempre es mandarlos al psicólogo… Pero seguro que luego se emplean a fondo con ella. Habrá una investigación, un expediente disciplinario, y, en todo caso, Dalit se ha hundido con todo el equipo. Yo pensaba que quizá se había quedado colgada de Theo. Y que quizá por eso… Pero si ése fuera el motivo, no explicaría cómo encontró a Herzl ni todo lo demás. No sólo es que esté loca. En su locura no hay ningún método.

– Sí, sí lo hay. La loca ambición de tener éxito. Y de sabotear lo que se le ponga por delante. Para lograr poder y fama, por un lado, y para destruirse a sí misma y destruirlo todo, por otro. E incluso para sufrir un castigo por ello, ya ves que ni se molestó en borrar sus huellas. ¿Qué ha dicho Theo de la canadiense?

– No me ha dicho nada. Sigue pensando que le sirve de sólida coartada -dijo Eli con satisfacción-. Eso te lo dejo a ti. Pero no hay prisa, vamos a pasar aquí todo el día. No va a salir corriendo. Ya lo arrestaremos mañana.

– Su arresto no está justificado. Todavía no. En primer lugar, hay que ver qué pasa con la otra mujer. En segundo lugar, no tenemos un móvil. No está nada claro; incluso si pensáramos en la herencia, ¿por qué precisamente él y precisamente ahora? Me gusta dejar todos los cabos bien atados antes de practicar un arresto. Si es posible.

Eli Bahar hizo una mueca.

– En eso nunca he estado de acuerdo contigo. Terminas por prolongar demasiado las situaciones. Siempre te lo digo. ¿Qué hay de malo en que lo detengas y luego lo sueltes si nos hemos equivocado?

– Y yo siempre te explico que, llegados a un punto como éste, se puede ganar mucho no deteniendo a un sospechoso. Todavía confía en nosotros y aún no le hemos sonsacado todo lo que queremos -argumentó Michael-. Nos quedan muchos cabos sueltos. Ni siquiera sabemos de dónde procede la cuerda…

– Hay cabos que siempre se quedan sueltos -opinó Eli Bahar filosóficamente-. Y hay pistas que no llevan a ningún lado y sólo sirven para perder el tiempo. Como el cuadro ese detrás del que Balilty lanzó a un montón de expertos. Husmeó en todos los rincones del hampa sin llegar a nada. Y luego va y lo encuentra en un armario de cocina, detrás de un bote de cacao. Y puede que todo el asunto sea una falsa alarma, ni siquiera eso lo sabemos con seguridad. Pero Balilty pasó no sé cuántas semanas con expertos sacados de aquí y de allá. ¿Has descubierto tú algo nuevo?

– Quizá -dijo Michael, y se detuvo titubeando-. Pero es algo tan etéreo, tan complicado y quizá tan absurdo, que de momento más vale no mencionarlo.

Eli Bahar guardó silencio, expectante. Su mirada siguió el movimiento de la mano de Michael, que apagó el cigarrillo al borde del césped, se levantó y se acercó a la papelera de la entrada del edificio.

– Como quieras -dijo Eli al fin, un tanto enfurruñado-. ¿Cuándo vas a plantarle cara con lo de la canadiense?

– Más tarde -dijo Michael-. Ahora está dando una conferencia, ¿no es así?

– Sí, todavía tiene para una hora, más o menos, y luego viene la comida. A lo mejor ése sería un buen momento… -apuntó esperanzado.

– A lo mejor -convino Michael-. Quiero entrar. ¿Te quedas tú aquí?

– No tengo nada que hacer ahí dentro -dijo Eli sombrío-. Esperaré aquí. He tenido una noche muy agitada -se caló unas gafas de sol-. Despiértame si me duermo.

– Pásame una cinta virgen. La que tengo en la grabadora está casi llena.

Michael abrió la puerta de una sala mucho menor de lo que había imaginado. Justo frente a él, ante unos ventanales que daban a un porche embaldosado, Nita reposaba en una desfondada butaca de raído brocado. Su cuerpo exánime estaba hundido en la butaca y daba la impresión de que sería una tarea ingente que recobrara el movimiento. Su mirada se cruzó con la de Michael. Él sintió un enorme alivio al verla viva. Lo dominó la emoción y un impulso irrefrenable de tocarla, de oír su voz, de estar a su lado. Ella lo miró un instante, con ojos opacos, inexpresivos. En sus profundidades verde azuladas se encendió una chispa de disgusto, luego los ojos se entornaron hasta quedar casi cerrados. Nita tenía la tez muy pálida. No se movió. No le sonrió, y además tensó los labios y giró la cabeza para mirar a su hermano. Unos quince músicos jóvenes, de ambos sexos, ocupaban la sala, todos los ojos atentos y fijos en Theo, quien les dirigía la palabra sentado frente a ellos, con las piernas cruzadas, en el banco de un pequeño piano de cola con la tapa levantada. Cuando Michael cerró la puerta tras de sí y tomó asiento en una silla al fondo de la sala, Theo lo miró, sorprendido, lo saludó con un gesto de la cabeza, y siguió hablando sin alterar el tono relajado de su voz. Un leve rubor pareció teñir sus mejillas. Sus ojos, de un verde oscuro acentuado por las ojeras, chispearon. Entrelazó las manos sin lograr disimular su temblor. Se recostó en el piano. A los pies de los jóvenes había fundas de instrumentos. Yuval estaba cerca de Nita, junto a un joven de tez aceitunada, sentado muy tieso con los brazos cruzados, que, según dedujo Michael con plena seguridad, era el nuevo miembro del equipo.

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