Электронная книга - «Un asesinato musical». Краткое содержание книги:
– No te preocupes, ahora mismo lo llamo -dijo al fin. Y se puso en pie-. Yo tampoco quiero que Nita se quede sola ni un segundo.
Michael advirtió la mirada de soslayo que le lanzó Johann Schenk mientras pasaba de largo junto a su mesa, y se preguntó qué le habría contado Theo sobre él. Luego se recordó que para un antiguo ciudadano de la República Democrática Alemana, la proximidad de un policía era suficiente motivo de alarma.
Y por lo visto, ese profundo miedo, del que Johann Schenk no lograba liberarse, fue la causa principal de que perdiera los nervios al comienzo de su clase magistral. Sólo un joven pianista, Theo y Nita se reunieron en un principio con Schenk en el gran salón de actos del Beit-Lillian. Mientras los demás se tomaban un descanso, el pianista iba a ensayar con el gran cantante. Nita tomó asiento al fondo del salón, en el rincón derecho. No habían encendido las luces, y el interior del salón contrastaba con la claridad que relumbraba sobre el césped, al otro lado de las puertas abiertas, donde se habían congregado Michael, Eli Bahar y el sargento Ya'ir. Theo se sentó al piano para pasar las páginas al pianista, un chico más o menos de la edad de Yuval, que comenzó a tocar Winterreise.
Estuvo repitiendo los acordes iniciales un buen rato, pues el gran barítono lo interrumpía continuamente para darle explicaciones. Theo también intervenía, pero desde fuera no se alcanzaban a oír los comentarios, tan sólo un eco de las voces y el sonido del piano; al fin, le dejaron interpretar los acordes sin interrupciones.
Johann Schenk empezó a cantar.
Michael se concentró en escucharle. «Llegué como un extraño,/ y como un extraño partiré», aquellas palabras reverberaron en su interior. «No me es dado planear mi viaje,/ ni el momento escoger,/ yo y sólo yo puedo mostrarme/ el camino en la oscuridad de la noche». Estaban a plena luz del día. El amarillo sol abrasaba la hierba, pero el salón quedaba envuelto en una espesa penumbra. Theo pasó rápidamente una página.
«Franqueo la puerta…/ "Buenas noches", escribo en una nota y la cuelgo de ella,/ para que sepas que he pensado en ti», cantó el gran barítono junto al piano, observando al joven pianista. Luego hizo una pausa.
Michael tuvo la sensación de que interpretaba aquella canción sólo para él. Sintió que una mano fría le asía y estrujaba el corazón. Entró en el salón atraído por la oscuridad. Johann Schenk estaba de espaldas y no reparó en su presencia mientras entonaba la estrofa sobre las gélidas lágrimas. Una vez que hubo concluido el lamento de las lágrimas que fluyen del corazón ardiente, y de cantar la frase «todo el hielo del invierno», hizo al fin una pausa, se sacó del bolsillo un pañuelo bien planchado, se enjugó el rostro y dio media vuelta.
Empezó entonces a dar voces y el muchacho, asustado, dejó de tocar. Theo extendió los brazos.
– ¡Ni hablar! -gritaba el gran hombre en su inglés con acento alemán-. ¡Ni hablar! -le espetó a Theo. Luego se volvió hacia Nita-. A ellos no les he invitado y no cantaré si están aquí. ¡Es una sesión privada! -exclamó, y descargó un puñetazo en el costado del piano-. Esto no es un concierto, y es inadmisible que gente de fuera, y encima polizei -aquel término alemán chirrió en medio del peculiar inglés-, estén presentes.
Sofocado, sumido en la consternación, Michael se retiró al rincón del césped donde seguían apostados Eli Bahar y el sargento Ya'ir. Relajó el gesto y serenó su ajetreada respiración. En aquel momento se sentía como si lo persiguiera una maldición. Como si su persona, por el mero hecho de estar allí en el césped, representara la fuerza bruta y la opresión y mancillara la música. Nadie, excepción hecha de Nita, sabía cuánto le gustaba Winterreise. Y para aquel consumado artista, la presencia de un policía a la puerta de la sala era una profanación.
Transcurrió un rato antes de que volviera a oírse la voz del barítono, y más de media hora hasta que Johann Schenk terminase la última canción del ciclo. Entonces se hizo el silencio.
Al aproximarse de nuevo a la puerta, Michael le oyó explicar a Nita, que seguía en el mismo sitio, que no iba a cantar la última canción, Der Leiermann, porque si la cantaba no podría repetirla en el concierto de la noche. Aquella canción, dijo Johann Schenk, dirigiéndose al pianista, jamás debía cantarse más de una vez por semana. Tras ella no podía haber sino silencio.
Y era precisamente esa canción, la más triste de todas, la canción del hombre muerto en vida, la que Michael anhelaba escuchar en aquel momento, en la oscuridad de la sala. Había algo en ella que sintonizaba a la perfección con el estado de ánimo en que se encontraba. Algo relacionado con la fría desesperación y la resignación de la voz triste, casi ahogada, con que el protagonista le pedía al organillero que lo acompañara. Qué gran vacío sentía Michael en los brazos. Otra persona, pensaba, estaría acariciando la dulce piel de su nena. Pero luego, vencido, reflexionó: «¿Su nena? ¿Por qué suya? ¿Cómo que suya?».
Valerosamente, entró de nuevo en el salón. Vio con asombro que el cantante se apresuraba a descender de la tarima para acercarse a él y pedirle disculpas.
– Un ensayo es algo muy íntimo -explicó Johann Schenk con cierto bochorno-. Y para mí, esta lección al joven pianista es una especie de ensayo. Luego habrá una clase magistral, grabada para la televisión, eso no es problema. ¡Pero esto era distinto! -a continuación, comentó una vez más que nadie le había advertido que habría policías presentes mientras cantaba, aunque tendría que haberlo imaginado, añadió con un suspiro, dado lo que le había ocurrido a Gabriel van Gelden. Hasta esa misma mañana no se había enterado del asunto en detalle-. ¡Qué espantosa tragedia! -estaba más que dispuesto a dedicar unos minutos del descanso a la policía, si es que podía ayudarles en algo. El difunto señor Van Gelden era un hombre de gran talento; se habían visto hacía no mucho en Amsterdam.
Alejándose apenas del Beit-Lillian, en un rincón desde el que se divisaba el tejado de una casita, Michael le preguntó a Johann Schenk si Gabi le había pedido que participara en la interpretación de una obra barroca. El barítono lo miró pasmado, y también asustado, con ese característico miedo al contacto con las autoridades que sienten quienes se han criado en un régimen totalitario. Volvió a enjugarse el ancho rostro con su pañuelo, carraspeó y dijo que, en efecto, la última vez que se vieron, hacía algo más de un mes, Gabriel van Gelden le había enseñado dos páginas de la copia moderna de una partitura para él desconocida. Gabriel no había querido revelarle qué era ni de quién, pero le aseguró que se trataba de una obra maestra barroca de inestimable valor. En realidad, se había compuesto para un bajo, pero como en la actualidad no había bajos de peso, se la había ofrecido a él, pese a que era barítono. Schenk quería saber cómo es que Michael estaba al tanto de la existencia de tal obra, un asunto tan confidencial que hasta le habían pedido que firmara un documento comprometiéndose a guardar el secreto.
En lugar de responderle, Michael le preguntó si conservaba aquellas dos páginas. Alarmado, el cantante repuso tajantemente que no. Gabriel van Gelden se había negado a dejárselas.
Michael preguntó entonces si alguien más sabía de aquella entrevista suya con Gabriel.
Schenk negó con la cabeza. Pero él confiaba en Gabriel. Todo el mundo sabía que era un músico muy serio. Y él había trabajado con Theo varias veces en obras de Wagner, y en óperas de Mozart. También a él le tenía un gran respeto. Y a Nita. Se lo tenía a toda la familia, una familia maravillosa. Los veía siempre que actuaban en Europa, incluso antes de que cayera el Muro de Berlín, porque, gracias a su reputación internacional, le concedían libertad de movimientos para asistir a conciertos en el extranjero. Ellos le habían perdonado que fuera alemán, dijo con una media sonrisa, y él se había mostrado dispuesto a comprometerse con el proyecto de Gabriel sin necesidad de que le explicara de qué se trataba. Sólo sabía que se había hecho un descubrimiento que iba a causar un revuelo sin precedentes. Gabriel van Gelden así se lo había asegurado, y Gabriel no era el tipo de persona que hablaba a tontas y a locas. Era un hombre reservado, totalmente de fiar.