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El eco de la memoria

Электронная книга - «El eco de la memoria». Краткое содержание книги:

Una novela sobre el recuerdo y el olvido, de la mano de uno de los escritores con más talento de Estados Unidos.
Una llamada anónima avisa de un accidente en una carretera a las afueras de Nebraska. Mark Shluter es trasladado al hospital donde entra en coma, junto a él había una nota anónima con un extraño mensaje: «No soy Nadie, pero esta noche en la carretera del norte, DIOS me guió hasta ti para que pudieras vivir y traer de vuelta a alguien más». Karin Shluter, hermano de Mark, vuelve a su ciudad natal para cuidar de su hermano. Educados por padres inestables, ninguno de los dos ha encontrado el equilibrio en sus vidas. Un día, Mark despierta del coma con un extraño caso de síndrome de Capgras, un tipo de amnesia en la que el afectado recuerda todos los detalles referentes a su vida salvo los sentimientos ligados a ellos. ¿Vio Mark algo que no debía saber aquella noche en la carretera?
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– «Un pellizco es mejor que un abismo.»

– ¿Qué es eso?

– ¿No lo recuerdas? -se regodeó él-. Teníamos que leerlo en el instituto. Recuerdas el instituto, ¿verdad? Tal vez necesites algún reforzador de la memoria.

– Recuerdo que te llevé de pareja al baile del instituto y que te encontré detrás del malecón, retozando con aquella zorra del equipo de criquet como uno de esos perros que buscan trufas.

– Creía que estábamos hablando de literatura médica.

– Estábamos hablando del futuro de mi hermano.

Él agachó la cabeza.

– Lo siento. Dime qué es lo que te preocupa. El mejor y el peor de los casos.

El mero hecho de que la escuchase era agradable, sin el juicio perpetuo y silencioso. Fumar delante de un hombre, sin ocultarse, era incluso más agradable. Le contó todos sus temores acerca de Mark: que pudiera hacerse daño, que dañara a alguien, que apareciera algún síntoma nuevo y misterioso, convirtiéndole en alguien un poco menos humano, que la medicación pudiera hacerle incluso menos reconocible.

– Me está destrozando, Robert. Había hecho las maletas y estaba preparada para marcharme, y ni siquiera pude hacer eso. Mark tiene toda la razón cuando dice de mí que soy una sustituta. Mira mi vida. Soy una broma, una de esas personas camaleónicas. Nada, en el fondo. La chica Viernes de todo el mundo. ¿Dice que soy una impostora? Está en lo cierto. Todo lo he hecho siempre de una manera mecánica. Nunca he querido nada salvo lo que creía que alguien quería de mí…

– Vamos, mujer-le reconvino Robert-. Tranquila. Puede que necesites tomar alguna de esas píldoras.

Ella no pudo contener una risa triste. Le habló a Robert del juicio por los efectos secundarios de la olanzapina que Daniel había descubierto, fingiendo que era ella quien lo había encontrado. Karsh tomó notas en su agenda.

– Tenemos un bufete de abogados. Pediré a alguien que investigue.

Tan solo hablar con Karsh la tranquilizaba, más de lo que debería. Por supuesto, la postura que adoptaba él era tan parcial como la de Daniel. Ninguno de los dos sabía qué era lo mejor para Mark, pero tan solo oír los contraargumentos de Karsh resultaba liberador. Una decisión errónea ya no pendería exclusivamente sobre su cabeza.

Karsh se tomó el pulso.

– Si decides hacer eso, seguirá habiendo un problema.

– ¿Cuál?

– Lograr que Mark se avenga.

– ¿Lograr que Mark se tome las píldoras? ¿Eso será un problema?

Soltó un bufido, compungida.

– Conseguir que las tome con regularidad. O que cuando suspenda el tratamiento lo haga de la manera apropiada. No sería el más fiable de los pacientes. Si se le ocurre interrumpir la toma de repente…

Ella asintió, una cosa más de la que preocuparse. Ambos habían llegado al límite de su ingesta de café permisible. Era hora de marcharse. Ninguno de los dos se movía.

– He de ir a trabajar -dijo ella.

– ¿Así que ahora eres una voluntaria en el Refugio?

Karin le sonrió de la misma manera sesgada.

– Aunque parezca mentira, me pagan por mis servicios.

Aún no podía creerlo del todo. En el transcurso de unas pocas semanas, esforzándose por demostrar cuanto antes que era digna de que la hubieran contratado, había leído todos los informes publicados por el Refugio. Y muy pronto le habían confiado auténticas responsabilidades. De alguna manera comprometedora, sus nuevas tareas la sacaban del foso de impotencia en el que había vivido desde el accidente de Mark. Un lugar que necesitaba de veras sus energías, una definición útil de sus días. Como Daniel, ahora trabajaba por lo menos cincuenta horas a la semana. Mark no podía culparla, pues los impostores no le debían ninguna lealtad. Ella sabía ahora más sobre el esfuerzo por proteger el río de lo que debería saber cualquier empleada en prácticas. Tenía una información por la que Karsh estaría dispuesto a matar.

– ¿De veras? -replicó él, enarcando las cejas-. ¿Te pagan en dinero contante y sonante? Eso es estupendo. Bueno, ¿qué es lo que haces ahí exactamente?

Lo hacía todo: almacenaba cajas, revisaba informes, hacía llamadas imprevistas a políticos locales y posibles donantes, con aquella voz sonora de mezzosoprano, tan apropiada para las relaciones con los clientes, que era su principal baza.

– ¿Sabes, Robert? No debo decirlo.

– Comprendo. -En sus ojos de color aguamarina apareció un destello de inocencia herida. El viejo Robert, capaz de desmontarla sin necesidad de un manual del propietario, el Karsh del que ya no podía evadirse, como tampoco podía huir de sí misma-. Secretos muy bien guardados de los protectores de las tierras pantanosas. Lo comprendo perfectamente. ¿Qué es tu historia personal comparada con preservar la evolución de cuatro mil millones de años?

Ese mismo mes, dos años atrás, ella había yacido con Robert bajo un diluvio, desnudos en la lodosa orilla, lamiéndole las axilas como una gata.

– Por Dios, Karsh. ¿Qué puedo decir? Es el trabajo más gratificante que he tenido jamás. Algo mucho más importante que mi pequeño mundo, más que el de cualquiera. Estoy lidiando con unos informes que… ¿Sabías que hemos cambiado ese río en cien años más que en los diez mil anteriores…?

– Perdona… ¿unos informes? ¿Qué clase de informes?

– Fotocopias de la Oficina del Condado, si quieres saberlo.

Ya era demasiado, pero seguramente él lo habría conjeturado. Observó a Robert mientras él fingía tranquilidad. Había visto a menudo aquella expresión, pero nunca hasta entonces había podido causarla. Era una expresión capaz de alterar el estado de ánimo.

– Tienes razón, probablemente no deberías decirme nada -replicó él, exudando encanto, un encanto juvenil que resultaba extraño, ahora que el cabello se le estaba volviendo gris-. Pero confírmamelo si lo adivino, ¿de acuerdo?

– Eso depende.

– ¿De qué?

– De lo que tú me digas a cambio.

Él extendió las manos sobre la mesa.

– De acuerdo. Pregúntame lo que quieras.

– ¿Lo que quiera? -Ella soltó una risa socarrona-. ¿Qué tal tu vida familiar?

Él se recostó en su asiento y se rindió con demasiada rapidez.

– Los chicos son… estupendos, de veras. Me alegro mucho de haber sido padre. Cada semana hay algo diferente. Monopatín, teatro de aficionados, piratería de software a escala industrial. Créeme, son fantásticos. Lo de Wendy y yo es otra historia.

– ¿Otra historia que…?

– Mira, no quiero abrumarte con eso, Conejita. No tiene nada que ver con tu vuelta a casa. Era algo que veníamos arrastrando durante meses antes de que te viera.

Al parecer, no se trataba de una historia distinta a la que le había contado durante años. Pero ahora no podía hacerle daño. Como uno de esos correos basura con la indicación: «Urgente. Material con fecha límite. Responda, por favor».

– Estoy segura, Robert. Mis idas y venidas jamás te afectarían.

– Ya sabes que no es eso lo que quiero decir. Pero voy a mostrar una gran agudeza psicológica dejando que me ataques. -A modo de represalia, ella echó sal a la media tira de beicon que quedaba en el plato de Robert. Él se la llevó a la boca, como un acto de contrición-. Esto es exactamente lo que estoy diciendo. -Agitó los brazos, sonriente-. ¿Sabes cuándo fue la última vez que me sentí tan libre? Cuando Wendy y yo recorrimos aquella desinfectada casa de estilo colonial, evaluándonos mutuamente como investigadores de fraudes para cobrar el seguro después de un incendio. Estamos absolutamente hartos el uno del otro. Hemos llegado al punto en que tenemos que separarnos por el bien de los chicos.

Miró por el cristal cilindrado de la ventana que daba a la avenida Central.

– ¿Hay ahí fuera algo que te guste? ¿Atractivas transeúntes de buena mañana?

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