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La gardenia blanca de Shanghái

Электронная книга - «La gardenia blanca de Shanghái». Краткое содержание книги:

En la pequeña ciudad china de Harbin, Anya Kozlova, una niña de trece años, vive rodeada del amor de sus padres, unos inmigrantes rusos que huyeron de su país tras la revolución bolchevique. Sin embargo, pocos meses antes del final de la segunda guerra mundial, su padre fallece en un trágico accidente y su madre, Alina, es deportada por las autoridades chinas a un campo de trabajo en Siberia. Sola, desesperada y sin ningún otro familiar al que recurrir, Anya se verá obligada a emigrar primero a Shanghái -una glamurosa ciudad en la que trabajará en la sala de fiestas más famosa del momento- para luego marcharse a la isla filipina de Tubabao, donde se encontrará con otros refugiados rusos, y, desde allí, preparar su posterior partida a la Australia de los años cincuenta, un país aún virgen y salvaje donde, tras muchos esfuerzos, logrará el éxito y reconocimiento personal. Testigo de una época dura, apasionante y decisiva en Europa y en el mundo, recorreremos con Anya continentes, países, paisajes y culturas, la veremos enamorarse, casarse y perderlo todo y asistiremos, también, a su lucha por responder a la única pregunta que da sentido a su vida, ¿qué le ocurrió a su madre?
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– ¡Anya! ¡Al teléfono! -gritó.

Me puse las sandalias y corrí al teléfono compartido en el recibidor.

– Hola -susurró Betty, cuando cogí el auricular-, ¿puedes venir a recogernos, cariño?

– ¿Dónde estáis?

– En la comisaría de policía. La policía no nos deja irnos, a menos que venga alguien a recogernos.

– ¿Qué ha ocurrido?

– Nada.

Escuché a Ruselina hablando con alguien en el fondo, y el sonido de una risa masculina.

– Betty, si no ha ocurrido nada, ¿qué estáis haciendo vosotras dos en la comisaría de policía?

Hubo un instante de silencio antes de que contestara:

– Nos han detenido.

Estaba demasiado sorprendida como para hacer cualquier comentario. Ruselina dijo algo en alto, pero no lo entendí.

– Oh -comentó Betty-, Ruselina pregunta si podrías traernos algo de ropa.

Corrí a la comisaría de policía, con la cabeza dándome vueltas, intentando imaginarme qué podrían haber hecho Betty y Ruselina para que las detuvieran. Betty se había jubilado y, después de vender la casa en Potts Point, había comprado un apartamento de tres dormitorios para ella y Ruselina con un estudio en la planta de arriba para mí. Vitaly e Irina vivían en una casa en Tamarama, a un barrio de distancia. Desde que se mudaron, Betty y Ruselina habían empezado a exhibir un extraño comportamiento. Una vez, se dedicaron a saltar entre las rocas del cabo con cuchillos entre los dientes, alegando que «iban a cazar tiburones en honor de Bea Miles», que había sido la vieja chiflada de Bondi durante muchos años. Había marea baja, y el mar estaba claro y en calma, por lo que no corrieron demasiado peligro de ahogarse, pero el mero hecho de ver a nuestras queridas abuelas flotando en un área sin vigilancia era suficiente como para aterrorizarnos a Irina y a mí. Hicimos que Vitaly las persiguiera para obligarlas a volver a la orilla.

– No os preocupéis demasiado por ellas -nos dijo Vitaly después-. Ambas han sufrido tragedias en sus vidas, pero han tenido que ser fuertes y seguir adelante a pesar de todo. Ahora es un momento en el que quieren dejarse llevar y ser irresponsables. Son afortunadas por haberse encontrado, igual que vosotras dos.

No telefoneé a Vitaly e Irina antes de marcharme hacia la comisaría de policía. Irina estaba embarazada de cuatro meses y no quería disgustarla. Sin embargo, durante todo el camino hacia la comisaría, no pude evitar preocuparme. ¿Por qué no podían Betty y Ruselina dedicarse a la pintura o al bingo como otras ancianas de su edad? El tranvía de Bondi traqueteó y levanté la mirada. Por el rabillo del ojo, vi a una anciana solitaria sentada en un banco del parque. Les echaba trocitos de pan a las gaviotas. Me dio la sensación de que la imagen de su silueta solitaria se quedaba grabada en mi interior, y comencé a preguntarme si yo sería como aquella anciana dentro de cincuenta años.

Cuando llegué a la comisaría de policía, Betty y Ruselina estaban sentadas en la sala de espera, envueltas en sus albornoces de felpa. Betty estaba lanzando anillos de humo al aire. Ruselina sonrió ampliamente cuando me vio. Había un anciano sentado junto a ella, que llevaba una camiseta de tirantes blanca y unos pantalones cortos. Tenía la piel tan morena como el cuero y estaba inclinado con los codos apoyados en las rodillas, muy pensativo. En la esquina opuesta de la habitación, un hombre con aspecto fornido que llevaba un traje de buceo y pantalones cortos se estaba poniendo una bolsa de hielo en la mandíbula. En la tira de su sombrero de paja se leía la palabra «inspector».

El sargento al mando se levantó de su escritorio.

– ¿Señorita Kozlova?

Miré a Betty y a Ruselina, pero ellas se mantuvieron impasibles, sin revelar nada.

– ¿Qué ha ocurrido? -le pregunté al sargento, sentándome en la silla frente a su escritorio.

– No se preocupe -me susurró-, no es nada grave. Solamente se trata de que el inspector de la playa es muy estricto en cuanto al «decoro».

– ¿Decoro? -exclamé. Ruselina y Betty soltaron una risita.

El sargento abrió el cajón de su escritorio y sacó un diagrama que mostraba a un hombre y a una mujer de pie en la playa. Lo empujó hacia mí. Había líneas y medidas dibujadas sobre las siluetas. La cabeza me daba vueltas. ¿Decoro? ¿Qué demonios habrían hecho Betty y Ruselina?

El sargento me señaló varias partes del dibujo con el bolígrafo.

– Las perneras de los bañadores, según el inspector, deben tener una longitud mínima de siete centímetros y medio, y los bañadores de las mujeres tienen que llevar tirantes o algún otro tipo de sujeción.

Negué con la cabeza, sin entender nada. Ruselina y Betty tenían elegantes bañadores de cuerpo entero. Yo misma se los había comprado en David Jones por Navidades.

– Los bañadores de sus abuelas -me susurró el sargento- son demasiado escasos.

De nuevo, Betty y Ruselina se echaron a reír. De repente, caí en la cuenta de lo que había sucedido.

– ¡Oh, Dios mío! ¡No!

Me levanté bruscamente y di varias zancadas hasta donde estaban Betty y Ruselina.

– Vamos -le dije-, ¡enseñádmelos!

Ruselina y Betty se abrieron los albornoces y comenzaron a pasearse por la sala de espera, pavoneándose e imitando a las modelos de pasarela. Betty llevaba unos pantaloncitos tipo pareo de cintura alta y la parte de arriba de un biquini sin tirantes. El bañador de Ruselina imitaba el aspecto de un esmoquin, con el escote en forma de uve. Ambos eran biquinis de la sesión fotográfica. Aunque las dos mujeres estaban en buena forma para su edad, estaba claro que no eran las jóvenes para las que aquellos bañadores habían sido diseñados. Las huesudas caderas de Betty eran demasiado flacas para aquellos pantaloncitos y Ruselina tenía el pecho demasiado caído como para llevar aquel escote, pero ambas posaban con elegancia y desenvoltura.

Las contemplé, estupefacta, durante unos segundos y después me eché a reír.

– No me importa que os pongáis estos bañadores -les dije a Betty y Ruselina más tarde, mientras estábamos sentadas en la cafetería local, bebiendo batidos de fresa-. Pero ¿por qué lo habéis hecho en la playa que tiene el inspector más estricto?

– ¡Que ese viejo imbécil nos persiguiera era parte de la diversión! -cacareó Betty. Ruselina se echó a reír también. El dueño de la cafetería nos miró de soslayo.

– ¿Quién era el otro tipo que estaba en la comisaría? -pregunté-. El de los pantalones cortos.

– Oh, él -dijo Ruselina, con un brillo en los ojos-. Es Bob. Es un verdadero caballero. Cuando el inspector quiso escoltarnos fuera de la playa, Bob se interpuso y le dijo que no «maltratara» a las señoras.

– Y después, le golpeó al inspector en la barbilla -dijo Betty, sorbiendo ruidosamente su batido.

Contemplé las burbujas rosas de mi propio batido y se me ocurrió pensar que aquellas dos abuelas que me habían cuidado durante tanto tiempo se estaban convirtiendo en mis niñas.

– ¿Qué vas hacer esta tarde, Anya? -me preguntó Betty-. Es sábado. ¿Quieres venir al cine con nosotras? Están poniendo Al este del Edén.

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