La gardenia blanca de Shanghái
- Автор: Belinda Alexandra
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La gardenia blanca de Shanghái». Краткое содержание книги:
– Anya -preguntó Irina, mientras su mirada se oscurecía-, ¿por qué estás llorando?
Por suerte para mí, el consulado estadounidense en Sídney no guardaba parecido con el de Shanghái, excepto por las banderas del área de recepción. La decoración estaba compuesta por cuero funcional y madera. Era más formal que chic, y sus guardias uniformados tenían un aspecto decidido y serio. No tenía nada de la opulenta atmósfera de su homólogo en Shanghái. Dan Richards me estaba esperando. Estaba sentado en una butaca de respaldo ancho con una pierna cruzada sobre la rodilla y leyendo el Daily Telegraph. El periódico extendido le tapaba el rostro, pero supe que era él por la pelambrera pelirroja que asomaba por la parte superior del diario y por sus largas y delgadas piernas.
Me deslicé sigilosamente hacia él y le agarré el periódico.
– Deberías estar leyendo el mío -le espeté-, no el de la competencia.
Dan lo arrojó a un lado y levantó la mirada hacia mí, mientras en el rostro se le dibujaba una sonrisa.
– ¡Anya! -exclamó, saltando del asiento. Me cogió por los hombros y me besó en la mejilla. No había cambiado ni lo más mínimo. Era el mismo Dan con aspecto de muchacho, a pesar de haber sido padre ya dos veces-. ¡Anya! -gritó de nuevo-. ¡Estás preciosa!
Los guardias y la recepcionista le miraron de reojo, sin impresionarse por la conmoción que estaba provocando. Dan les ignoró y no bajó el tono de voz.
– ¡Vamos! -me dijo, cogiéndome el brazo y entrelazándolo con el suyo-. Hay un sitio a un par de manzanas donde podemos tomar café y algo de comer.
El restaurante al que Dan me llevó se llamaba Hounds. Era exactamente el tipo de lugar en el que uno esperaría almorzar con diplomáticos. Era elegante y cómodo, con un techo decorado con volutas, sólidos asientos y mesas de madera oscura. Lo impregnaba un olor añejo como el del cuero y los libros. Había una chimenea abierta en la zona restaurante que, por supuesto, no estaba en uso en aquella época del año. Las ventanas estaban abiertas de par en par, y a Dan y a mí nos sentaron junto a una de ellas, con vistas a un patio de tiestos de arcilla con limoneros enanos y macetas llenas de hierbas que habían crecido demasiado.
El camarero me separó la silla para que pudiera sentarme y nos entregó la carta con una rígida sonrisa.
Dan lo observó mientras se alejaba y me sonrió.
– Anya, lo has dejado aturdido. Estás totalmente maravillosa. Me sienta bien que me vean contigo, y eso que llevo muchísimo tiempo casado.
Estaba a punto de preguntarle dónde estaban Polly y los niños cuando el camarero volvió demasiado rápido con la cafetera y perdí la oportunidad.
– Dios, me entra apetito sólo de ver todo lo que hay -comentó Dan, mirándome por encima del borde de su carta-. ¿Te apetece que almorcemos temprano? He oído que el pollo asado está muy bueno.
Era la primera vez que lo miraba directamente. Era el mismo Dan alegre de siempre, pero había algo en su expresión; un brillo en sus ojos que lo hacía parecer intranquilo.
El camarero vino con su libreta y se marchó con el pedido de Dan de pollo y el mío, de sopa de champiñones. De nuevo, volví a percibir aquello. La expresión agitada en el rostro de Dan.
Una opresión nerviosa en su garganta. Por primera vez aquel día, tuve un presentimiento. Temí que algo hubiera sucedido, que algún desastre les hubiera ocurrido a Polly y a los niños. Pero, seguramente, Dan me habría escrito una cosa así antes de venir. Quizás era solamente el cansancio. El viaje entre Nueva York y Sídney era muy largo.
Cogió uno de los bollos de la cesta del pan y comenzó a untarlo con mantequilla, levantando la mirada de vez en cuando y sonriéndome.
– No puedo acostumbrarme al buen aspecto que tienes, Anya. Ya entiendo por qué el negocio de la belleza te pega tanto. Dime, ¿qué sueles hacer en un típico día de trabajo en el periódico?
Sí, había algo raro en todo aquello. Ése era Dan, pero no un Dan despreocupado. Decidí que, fuera lo que fuese lo que le preocupara, tendría que esperar hasta que la comida llegara. Tenía que decirme algo importante, pero yo no quería que el camarero nos interrumpiera. Así que dejé que la charla cordial me tranquilizara, y hablé con él sobre mis costumbres rutinarias. Sobre Sídney y los australianos, sobre Diana, sobre el café de Betty, el apartamento de Potts Point y mi pasión por la moda australiana.
Me dio la sensación de que tardaban siglos en traer la comida. Cuando por fin llegó, Dan la atacó inmediatamente y pareció que no me iba a contar lo que tenía en mente.
– Bueno, ¿cómo está la sopa? -me preguntó-. Aquí estamos, en este caluroso país, comiendo comida caliente. No parece correcto, ¿verdad? ¿Quieres probar el pollo?
– Dan. -Levantó la mirada hacia mí, con la sonrisa todavía en los labios-. ¿Dónde está Polly?
– En Estados Unidos. Con los niños. Están todos bien -me dijo mientras cortaba un trozo de pollo y me lo ponía en un borde del plato-. Elizabeth ya tiene tres años, ¿te lo puedes creer?
– ¿Entonces estás aquí por negocios? -le pregunté. Me falló la voz.
Dan me observó fijamente. Me dirigió una mirada honrada y compasiva. Su expresión era la de un hombre que no deseaba decepcionar a una amiga. Dejó a un lado el tenedor. Sus ojos se nublaron. El cambio de humor entre nosotros fue tan repentino que me sorprendí. Noté que mi cara empalidecía y la sangre empezaba a zumbarme en los oídos. Fuera lo que fuera lo que tenía que contarme, estaba allí, oculto, interponiéndose entre nosotros, como un cadáver en el depósito, esperando a que alguien lo identificara. Dan tomó aliento. Yo me preparé.
– Anya -comenzó-. No he venido por negocios. He venido porque tengo algo importante que decirte.
No había modo de detener lo que vendría a continuación. Yo misma lo había desencadenado. Quizás no habría habido necesidad de que surgiera si yo no hubiera preguntado. Eran malas noticias. Lo sabía por el extraño tono de voz de Dan. Era un tono que nunca le había escuchado antes. Íbamos a hablar de algo angustioso, algo tabú. Sin embargo, ¿qué demonios podía ser?
– Anya, no he podido dormir durante toda la semana pasada -me dijo-. Me he atormentado pensando en qué debo hacer contigo. Por las cartas que me has enviado y, ahora, al verte aquí, sé que eres feliz con tu nueva vida y con tu país de adopción. He tratado de escribirte como mínimo diez cartas y, al final, las he acabado destruyendo todas. Lo que tengo que comunicarte no puede escribirse en una carta. Por eso he venido en persona, creyendo en tu fortaleza y con el consuelo de que aquí estás rodeada de amigos de verdad.
Su discurso era tan incomprensible que casi me eché a reír por los nervios.
– ¿Qué sucede? -Mi voz era tranquila, pero en mi interior, estaba gritando de pánico.
Dan extendió el brazo por la mesa y me cogió la mano.
– Tengo noticias de tu marido, Dimitri Lubenski.
Unos puntos blancos comenzaron a bailarme frente a los ojos. Me eché hacia atrás en mi asiento. Me envolvió una brisa cálida proveniente del patio. Olía a salvia y a menta. Dimitri. Mi marido. Dimitri Lubenski. Repetí aquel nombre para mis adentros. Tenía conexión con mi pasado, pero no podía asociarlo a nada de mi presente. Su nombre evocaba el aroma del coñac y el sonido de los trombones y la percusión de la banda de instrumentos de metal en el Moscú-Shanghái. También lo asociaba a los esmóquines, los vestidos de terciopelo y las alfombras orientales. No formaba parte del restaurante en Sídney donde me encontraba, sentada frente a Dan. No tenía nada que ver con la calidez o el color azul del cielo australiano. Las imágenes se me aparecieron en la mente en fragmentos inconexos: un plato de sopa de aleta de tiburón, la rumba en una atestada pista de baile, una estancia llena de rosas nupciales… Bebí un sorbo de agua, casi incapaz de sostener la copa firmemente con mi temblorosa mano.
– ¿Dimitri? -fue lo único que logré pronunciar.