La gardenia blanca de Shanghái
- Автор: Belinda Alexandra
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La gardenia blanca de Shanghái». Краткое содержание книги:
– Hola -saludó, extendiendo la mano para estrechármela-, soy Keith.
– Muy bien -dijo Diana, dándome unas palmaditas en la espalda-. Voy a ver qué tal va la cena, mientras, vosotros aprovecháis para charlar un rato.
Con estas palabras, Diana se apresuró a salir de la habitación. En ese momento, Harry estaba entrando en el salón con una botella de vino en la mano. Diana le agarró y tiró de él hacia el recibidor, como si fuera un mal actor al que estuvieran retirando a toda prisa de escena.
Keith se volvió hacia mí. Era guapo, con ojos azul cobalto, pelo rubio, una nariz bonita y labios carnosos.
– Diana me ha estado diciendo lo maravillosa que eres -comentó-. Y, por lo visto, tienes una anécdota sobre arroz que tengo que oír durante la cena.
Me sonrojé. Diana no me había contado nada sobre Keith. Pero tampoco es que yo hubiera preguntado.
– Keith trabaja para la sección de deportes -explicó Harry, entrando en la habitación con una tabla de quesos y ahorrándome el bochorno de ponerme en ridículo. Me di cuenta entonces de que debía de haber estado escuchando detrás de la puerta.
– ¿De verdad? ¡Qué interesante! -dije, pareciéndome más a Diana que a mí misma.
Harry me guiñó el ojo sin que Keith lo viera. Diana apareció con una bandeja de galletitas saladas que llevaban encima aceitunas cortadas por la mitad. También debía de haber estado esperando detrás de la puerta.
– Sí -comentó-, Keith ganó un premio por su cobertura de la Melbourne Cup.
– ¡Es genial! -dije, volviéndome hacia Keith-. Yo no gané. Obviamente, debieron de pensar que mi reportaje sobre los sombreros de los asistentes al acontecimiento no era lo suficientemente impresionante.
Keith abrió los ojos de par en par, hasta que Harry y Diana se echaron a reír y entonces consideró que él podía también unirse a sus risas.
– Una chica con sentido del humor -comentó-. Eso me gusta.
Harry instaló una mesa grande en la terraza cubierta. Diana puso un mantel de color crema y un servicio de mesa azul marino. Dobló ramitas de fucsias alrededor de la base de las velas. Hacía mucho tiempo que no disfrutaba de una elegancia tan distendida. Era un efecto que mi padre lograba crear con facilidad. Froté entre mis dedos el borde del mantel de lino y sopesé la vajilla de plata. Como centro de mesa, Diana había colocado un cuenco con rosas centifolias. Aspiré su dulce fragancia. La vela parpadeó y me dio la sensación de ver a Serguéi de pie, entre las sombras, con los brazos cargados de flores nupciales. Dimitri flotó desde la oscuridad hacia mí y cogió mis manos entre las suyas. «Déjame marchar, Dimitri, por favor», dije para mis adentros. Sin embargo, un instante después, descubrí que estaba dentro de una bañera llena de pétalos. Dimitri estaba bebiéndose el agua de entre las palmas de sus manos. Pero cuanta más agua bebía, más ligero se volvía. Hasta que, finalmente, comenzó a desvanecerse.
– Anya, ¿te encuentras bien? Estás terriblemente pálida -exclamó Diana, dándome unos golpecitos en el brazo. La miré con ojos entornados, desorientada.
– Es el calor -dijo Harry, levantándose de la mesa para abrir más las ventanas.
Keith cogió mi copa.
– Te serviré un poco de agua.
Me froté la frente.
– Lo siento. Todo es tan precioso que se me ha olvidado dónde estaba.
Keith puso un vaso frente a mí. Una gota de agua se resbaló por el lateral y se cayó sobre el mantel. Parecía una lágrima.
La cena consistía en escalopes escalfados con salsa mornay y champiñones a la crema. La conversación era superficial y Diana cambiaba continuamente de tema con habilidad. «Keith, tienes que hablarle a Anya sobre la granja de tus padres. Le he oído decir a Ted que es preciosa» o «Anya, el otro día vi el samovar antiguo más maravilloso que he visto nunca en casa de Lady Bryant, pero ninguna de las dos teníamos ni idea de cómo funcionaba. ¿Podrías explicárnoslo, querida?». Era consciente de que la mirada de Keith estaba fija en mí y trataba de prestarle cortésmente atención cuando hablaba, para no desanimarle, como Diana me había acusado de hacer en otras situaciones similares. No me había enamorado perdidamente como con Dimitri. Me sentía como una flor a la espera de una abeja.
Después de recoger los platos de la mesa, pasamos a la sala de estar para tomar el postre: pastel de mousse de albaricoque y helado de vainilla.
– Y ahora -dijo Diana, moviendo su cuchara en el aire-, sólo falta que le cuentes tu historia sobre arroz a Keith.
– Sí -dijo Keith, echándose a reír y acercándose a mí-, tengo que oírla.
– Ésa no la he oído yo tampoco -comentó Harry-. Cada vez que Diana intenta contármela, comienza a reírse tanto… que nunca llego a enterarme del final.
La comida y el vino me habían relajado, y me sentí menos tímida. Estaba contenta de que Keith se hubiera sentado más cerca de mí. Me caía simpático. Me alegraba que no le preocupara demostrar que yo a él también le gustaba. Mi regreso al mundo del romance no estaba siendo tan desastroso como yo me temía.
– Muy bien -comencé-, un día fui a visitar a mi mejor amiga y a su marido, y empezamos a hablar sobre la comida que echábamos de menos de China. Por supuesto, el arroz probablemente sea el ingrediente más difícil de encontrar en este país, y casi todos los platos de nuestra niñez contenían arroz. Así que decidimos ir al barrio chino un día y llevarnos a casa suficiente arroz como para que nos durara al menos tres meses.
»Eso fue en 1954, cuando Vladimir Petrov y su esposa recibieron asilo en Australia a cambio de haber delatado a espías rusos, por lo que denunciar a espías se convirtió en una actividad de vital importancia para mucha gente, incluida la anciana vecina de mis amigos. Nos vio arrastrando sacos de arroz para introducirlos en la casa y hablando en ruso, y llamó a la policía.
Keith se echó a reír y se frotó la barbilla. Harry se rió entre dientes.
– Continúa -me dijo.
– Así que dos jóvenes policías vinieron y nos preguntaron si éramos espías comunistas. Pero Vitaly, de algún modo, los convenció de que se quedaran a cenar. Cocinamos risotto Volgii, que está hecho de salteado de bulgur, brécol y acelgas aliñado con cebolla y ajo y servido con acompañamiento de berenjenas y yogur. Además, negarse a beber cuando uno come con rusos es realmente complicado, y negarse a hacerlo en compañía de un hombre ruso es abiertamente insultante. Así que Vitaly consiguió convencer a los policías de que la única manera de desarrollar una verdadera «amistad internacional» y pagarle por la «mejor comida» que habían probado en toda su vida era vaciar unos cuantos vasos de vodka. Cuando los policías se pusieron tan borrachos que sus rostros comenzaron a retorcerse en muecas extrañísimas, los metimos en un taxi y los enviamos de vuelta a la comisaría, donde, como os podréis imaginar, su sargento no se puso demasiado contento de verles. Y, aunque la señora Dolen del número doce aún llama para delatarnos de vez en cuando, no hemos vuelto a recibir ninguna visita de la policía desde entonces.
– ¡Dios mío! -rugió Harry, guiñándole un ojo a Keith-. ¡Anya es una granuja! ¡Ten cuidado con ella!
– Lo haré -dijo Keith, sonriéndome abiertamente, como si no hubiera nadie más en la habitación-. Créeme que lo haré.
Después, cuando Harry estaba sacando el coche del garaje para llevarme a casa, Keith me acompañó hasta la puerta. Diana pasó a nuestro lado corriendo, buscando a un gato invisible.
– Anya -me dijo Keith-, la semana que viene es el cumpleaños de mi amigo Ted. Me gustaría llevarte a la fiesta. ¿Vendrás conmigo?
– Sí, me encantaría. -Aquellas palabras salieron de mi boca antes de que tuviera tiempo de pensarlas. Pero me sentía cómoda con Keith. No parecía tener ningún secreto. No como yo. Yo estaba llena de secretos.