La gardenia blanca de Shanghái
- Автор: Belinda Alexandra
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La gardenia blanca de Shanghái». Краткое содержание книги:
Después de que Harry me dejara en casa, abrí las ventanas y me tumbé en la cama, escuchando el sonido del mar. Cerré los ojos y traté de acordarme de la sonrisa de Keith. Pero ya había empezado a olvidarme de cómo era. Me preguntaba en serio si me interesaba, o si sólo me estaba obligando a mí misma a que me gustara porque pensaba que debía hacerlo. Después de un rato, en el único en el que podía pensar era en Dimitri. Era como si, justo cuando me estaba preparando para desprenderme de su influencia para siempre, mis recuerdos sobre él regresaran más nítidos que nunca. Me revolví y di varias vueltas en la cama, con la escena de nuestra noche de bodas reproduciéndose en mi cabeza una y otra vez. Aquél fue el único momento feliz de nuestro matrimonio. Antes de la muerte de Serguéi. Antes de Amelia. Mi cuerpo húmedo y suave cubierto de pétalos, apretado contra la dureza de la piel ardiente de Dimitri.
La fiesta a la que Keith me llevó el fin de semana siguiente fue mi primera fiesta verdaderamente australiana. Nunca había ido a una con gente de mi edad y de mi nivel económico, y resultó ser muy revelador para mí.
Mi experiencia en Australia había sido diferente a la del resto de los rusos de Shanghái. Mariya y Natasha consiguieron trabajo en la lavandería de un hospital y sus maridos, aunque ambos eran hombres cultos, trabajaban en la construcción. Pero mi estilo de vida tampoco era típico para las chicas australianas de mi edad. Debido a mi cargo en el periódico, me invitaban a algunos de los eventos más elegantes de la ciudad. Conocía a políticos, a artistas y a actrices famosas, e incluso me habían pedido que formara parte del jurado de Miss Australia. Pero no tenía una auténtica vida social propia.
Ted era el fotógrafo de Keith de la sección de deportes y vivía en Steinway Street en Coogee. Cuando llegamos, la gente se había echado a la calle por las puertas y ventanas de la casa de fibrocemento. Only you sonaba en el tocadiscos, y un grupo de chicos y chicas con pañuelos en el cuello y las solapas de las camisas subidas canturreaban al ritmo de la música. Un chico rubio con patillas y un paquete de cigarrillos metido en la manga de su camiseta se nos acercó apresuradamente. Chocó las manos con Keith y se volvió hacia mí.
– Hola, preciosa. ¿Tú eres la chica de la que Keith me ha estado hablando? ¿La reina de la moda rusa?
– Dale un respiro, Ted -le dijo Keith, echándose a reír. Volviéndose hacia mí, añadió-: Hace falta un poco de tiempo para acostumbrarse a su humor. No te preocupes.
– Así que es tu cumpleaños, Ted -le dije yo, tendiéndole el regalo que Keith y yo le habíamos traído: un disco de Chuck Berry envuelto en un papel de regalo estampado y atado con un lazo.
– Chicos, no teníais que haberos molestado… pero ponedlo en la mesa -dijo Ted sonriendo-. Lucy quiere que los abra más tarde todos a la vez.
– Te va a convertir en toda una nena -bromeó Keith.
El salón estaba hecho un invernadero, húmedo y caluroso por el sofoco de los cuerpos apiñados y el bochorno de la noche de verano. La gente se había repantingado por la alfombra y el sofá, fumando y bebiendo refrescos o cerveza directamente de la botella. Algunas de las chicas se volvieron a mirarme. Me había puesto un vestido ajustado al torso y sin mangas, con cuello de barco. Las otras chicas llevaban pantalones pirata y camisetas ajustadas. Tenían el pelo corto, con el estilo que se llevaba mucho entre las mujeres australianas por aquella época: cepillado hacia delante, como duendecillos. Yo lo tenía largo y con las puntas en forma de bucle. Sus miradas me hicieron sentir incómoda. No parecían amistosas.
Seguí a Keith a la cocina, estrujándome al pasar contra la gente, que olía a gomina Brylcreem y a caramelo. La encimera estaba llena de un desorden de botellas pegajosas de cola y vasos de plástico.
– Toma, prueba esto -me dijo Keith, tendiéndome una botella.
– ¿Qué es? -le pregunté.
– Pruébalo y verás -me dijo, mientras abría una botella de cerveza para él. Tomé un sorbo de la bebida. El líquido era dulzón y potente. Hizo que se me revolviera el estómago. Leí la etiqueta de la botella: ponía «Cherry pop».
– Oye, Keith -llamó una chica. Se abrió paso entre la gente a empujones y lo agarró dándole un gran abrazo. Keith puso los ojos en blanco. La chica lo soltó y siguió la dirección de su mirada. Frunció el entrecejo y preguntó:
– ¿Quién es ésta?
– Rowena, quiero presentarte a Anya.
La chica me dirigió un breve saludo con la cabeza. Tenía la piel pálida y pecosa. Sus labios eran grandes y encarnados, y sus cejas eran como espesas arañas sobre unos bonitos ojos.
– Encantada de conocerte -le dije, extendiendo la mano hacia ella. Pero Rowena no la cogió. Se quedó mirándome los dedos.
– ¿Eres extranjera? -me preguntó-. Tienes acento.
– Sí, soy rusa -le contesté-, nacida en China.
– Así que no tú no te conformas con las chicas australianas, ¿no? -le bufó a Keith, alejándose de él y volviendo a introducirse entre la multitud que salía al jardín.
Keith hizo un gesto avergonzado.
– Me temo que te estoy mostrando lo ignorantes que son algunos de los amigos de Ted -comentó, mientras se sentaba en la encimera. Apartó las botellas y los platos sucios, limpiándola para hacerme hueco.
– Creo que no voy vestida para la ocasión -le dije.
– ¿Tú? -replicó, riéndose-. Me he sentido celoso porque los hombres te han estado lanzando miradas toda la noche. Estás preciosa.
Escuchamos unas risotadas provenientes del salón y nos apiñamos con los demás para ver qué pasaba. Un grupo de hombres y mujeres estaban sentados en círculo en el suelo, con una botella tumbada en el centro. Cada participante tenía una cerveza a su lado, y cuando la botella giraba y se paraba delante de una persona del otro sexo, el que le había dado la vuelta tenía la posibilidad de besar a esa persona o beber un trago de cerveza. Si optaban por beber, la persona a la que no habían querido besar tenía que beberse dos tragos de cerveza. Localicé a Rowena en el grupo. Levantó los ojos, dedicándome una mirada desagradable. ¿O iba dirigida a Keith?
– Otra excusa más de los australianos para beber -comentó Keith.
– Los rusos son iguales. Bueno, por lo menos, los hombres son así.
– ¿De verdad? Apuesto a que los rusos preferirían besar a las chicas antes que beberse la cerveza, si les dan a elegir.
Keith me estaba observando de aquella manera tan directa otra vez, pero no pude mantener su mirada. Me miré a los pies.
Keith me llevó a casa en su Holden. Sentí la tentación de preguntarle quién era aquella Rowena, pero no lo hice. Me di cuenta de que no importaba. Él era joven y atractivo, por supuesto que estaría saliendo con otras mujeres. La rara era yo. La que se había pasado la mayor parte de su juventud sola. Siempre que Keith no miraba, le observaba disimuladamente. Estudiaba la textura de su piel, percatándome por primera vez de que tenía una peca en la punta de la nariz y una ligera mata de vello alrededor de una de las muñecas. Era guapo, pero no era Dimitri.
Cuando llegamos al bloque de mi apartamento, aproximó el coche al bordillo y apagó el motor. Me retorcí las manos y recé para que no tratara de besarme. No estaba preparada para algo así. Pero debió de notar mi incomodidad, porque no lo hizo. En su lugar, hablamos sobre los partidos de tenis que él estaba cubriendo y sobre lo fáciles que eran de entrevistar Ken Rosewell y Lew Hoad. Después de un rato, me estrechó la mano y me dijo que me acompañaría hasta la puerta.
– La próxima vez, te llevaré a algún sitio con un poco más de clase -me dijo. Estaba sonriendo, pero noté la decepción en sus palabras. Tartamudeé, sin saber qué decirle. Me había confundido con una esnob. Quería dejarle claro lo mucho que me gustaba, pero, cuando dije «buenas noches, Keith», me salió tirante e inoportuno.
En vez de irme a la cama feliz, no pude dormir. Me tumbé despierta, aterrorizada porque quizás había arruinado una relación antes de saber si quería continuar con ella.