Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне

Электронная книга - «Ha estallado la paz». Краткое содержание книги:

Después de Los cipreses creen en Dios (época anterior a la guerra) y de Un millón de muertos (época de la guerra), José María Gironella en Ha estallado la paz trata de la posguerra. La familia Alvear sigue siendo el núcleo de la acción del libro y Gerona vuelve a ser la ciudad protagonista. Finalizada la contienda, todos los personajes retornan a sus hogares, excepto los exiliados, que se reparten a voleo por el mundo… La obra abarca los años inmediatamente posteriores a la guerra, con una mezcla de dramatismo, de poesía y de ironía que subyuga desde los primeros capítulos. El clima de aquellos tiempos aparece recreado con singular maestría, de tal modo que para el lector de edad madura constituye la ordenación de sus recuerdos, y para el lector joven un descubrimiento impresionante. En Ha estallado la paz, Gironella alcanza su momento cumbre de novelista nato, gran narrador que consigue fundir la historia con la ficción novelesca.
1 ... 99 100 101 102 103 104 105 106 107 ... 219
Перейти на страницу:

El Gobernador optó por la línea recta.

– En ese caso, la cosa es fáciclass="underline" pides la baja del Ejército y te vistes de paisano -marcó una pausa y añadió-: De no ser así, vas a salir malparado…

El coronel Triguero, sevillano de origen, sonrió. Su seguridad era tal que se hubiera dicho que disponía de una baza escondida que en cualquier momento podía poner en un aprieto al Gobernador. Y no existía tal baza. Simplemente, era un amoral. A raíz de la guerra había decidido "darse la gran vida". Éste era el consejo que le había dado a Ignacio, una y otra vez, en el Servicio de Fronteras y el que lo inducía a esconder en su coche abultados paquetes en sus viajes de Perpiñán a Figueras.

El Gobernador perdió su habitual compostura. Sus gafas negras parecieron dos grandes discos que dijeran: stop. En la mesa del despacho brillaba todavía el falso teléfono amarillo con el que, cuando recibía algún pelmazo, simulaba hablar directamente con Madrid. El coronel Triguero le dijo:

– No te excites. Te comprendo muy bien… De todos modos -añadió-, en tu caso cuesta muy poco acusar a los demás. Quiero decir… que resulta fácil ser honrado cuando se poseen, como tú, miles de cabezas de ganado en la provincia de Santander…

El Gobernador, entonces, súbitamente, recobró la calma. Se levantó y dio unos pasos por el despacho, contraído el abdomen. Se acordó efectivamente de su tierra, del señorío de su familia, que era rica, pero que siempre obró no sólo de acuerdo con la ley sino de acuerdo también con los postulados de equidad y comprensión.

– Siempre has sido envidioso -habló el Gobernador-. Eres el clásico hombre lleno de concupiscencia, que para desahogarse desprecia cualquier principio de buena crianza.

– Estás exagerando -contestó, sin perder la calma, el coronel-. ¡Lees demasiados libros de psicología! No hay más que lo que te he dicho: quiero una casita con jardín y que la mujer que cuide de él no sea siempre la misma… -Luego agregó-: Y no te las des de santón. Yo me dedico a comprar, legalmente, chatarra y otras cosillas; tú te dedicas, legalmente, a ser un virrey. Hasta los acomodadores de los cines se arrodillan cuando tú entras. Estamos en paz. Son las ventajas de haber ganado la guerra.

El Gobernador, al oír esto, sentóse de nuevo y, pegando un puñetazo en la mesa, dijo: "¡Basta!". El coronel entonces se levantó. Ni siquiera le dirigió una mirada de desafío. Encogió los hombros como si se encontrara ante un chiquillo que no comprendía las cosas y luego, esbozando un breve saludo militar, dio media vuelta y se retiró.

El camarada Dávila lo vio marchar y se sintió confuso. Una vez más lamentó haber dejado de fumar, no poder darle con la palma de la mano al mechero de yesca que utilizaba Mateo. Pensó en el doctor Chaos; también, y sin saber por qué, en el director del Banco Arús, Gaspar Ley, cuya sonrisa recordaba la del coronel. Pensó en las promesas que el Movimiento Nacional había hecho a los humildes y en Pablito, su hijo. Le invadió un sensible malestar. Le vino a las mientes una frase de Hitler que había leído una noche en el frente, en víspera de una operación importante: "El hombre, cuando está solo, es más fuerte". Llamó al conserje y le ordenó que hasta nuevo aviso no quería ser molestado. A los pocos minutos reaccionó y, estirando el brazo, lo acercó al teléfono de verdad… al teléfono negro que tenía a su derecha.

Con todo, la escena más violenta fue la que, con pocas horas de intervalo, tuvo lugar entre el general Sánchez Bravo y su hijo. El general se enteró por el propio Gobernador de lo que estaba ocurriendo y citó a su hijo, el capitán Sánchez Bravo, precisamente en la Sala de Armas, donde antaño cruzaban irónicamente sus espadas el coronel Muñoz y el comandante Martínez de Soria.

El general llevaba ya muchos días sintiendo un vivo descontento por el comportamiento de su hijo. De hecho, no sabía qué hacer con él. En su trato social era de una manera; en casa, de otra. Su madre lo había mimado siempre demasiado y él había correspondido despreciándola, considerando a doña Cecilia un ser mediocre, desbordado por las prebendas de que disfrutaba. Se mofaba de sus eternos sombreros y collares y de que enviara al asistente Nebulosa a guardarle turno en la peluquería de señoras. Eso le parecía a él mucho más delictivo que comprar a precio irrisorio viejos vagones de ferrocarril… En cuanto a su padre, el general, lo consideraba un hombre casi perfecto, sin tacha, pero monolítico y corto de alcances. Le hacía gracia verlo mirar por el telescopio en busca de cielos insondables. Por supuesto, admiraba su competencia en el terreno profesional; pero, identificado con las teorías del coronel Triguero, decía de él "que no sabía vivir la vida".

El general se enfrentó con su hijo, al cual ordenó que se cuadrara y escuchara inmóvil lo que iba a decirle. Le recitó el capítulo de acusaciones. Le habló de las partidas de póquer, de su afición a la bebida, de sus excursiones al barrio de la Barca. Por último, se detuvo especialmente en la compra del material de guerra usado.

– En resumen -dijo-, vas a renunciar inmediatamente a tu intervención en esa Sociedad. ¿Entendido?

El capitán Sánchez Bravo, presidente del Gerona Club de Fútbol, que llevaba el pelo cortado a cepillo, al estilo alemán, simuló asombrarse.

– ¿Qué te ocurre, papá? Yo no figuro en ninguna Sociedad.

– Me da igual. Sé que tienes parte en esa Constructora y que pones a su servicio tu influencia.

– ¿Mi influencia?

– Sí, la influencia de tu uniforme.

El capitán Sánchez Bravo parpadeó. Luego miró las tres estrellas de su bocamanga. Luego, las medallas que le relucían en el pecho.

– Hice la guerra, papá… Cumplí como los buenos y como tú me enseñaste. ¿He de vivir el resto de mi vida con la paga de capitán? Estoy cansado de comer rancho.

El general puso cara apoplética.

– ¡Habráse visto! Te mandaré al calabozo…

El capitán Sánchez Bravo no perdió la serenidad.

– Escucha, papá, por favor… No te excites. Intenta comprender. No me mezclaré en ningún negocio turbio ni me dedicaré a la trata de blancas. Pero no veo por qué no puedo tener amigos…

– ¿Amigos? ¿A eso le llamas tener amigos? ¿A liarte con diputados rojos que cumplen condena y con putas del barrio?

– Desenfocas la cuestión, papá… A mi edad… se tienen caprichos.

– ¡Basta ya! Renuncia a esa Sociedad.

– Te repito que no formo parte de ella.

El general juntó los pies.

– No te moverás del cuartel hasta que yo te lo ordene.

Dio media vuelta y se fue.

El capitán Sánchez Bravo, al quedarse solo, torció el gesto. Se quedó pensando un buen rato, mirando los tejados de Gerona a través del ventanal. Luego miró los escudos de armas y las banderas.

Súbitamente, le invadió una indefinible tristeza. Menos curtido que el coronel Triguero, la actitud de su padre le había impresionado. Por un momento recordó su formación castrense, puesta a prueba a lo largo de toda la campaña y rubricada con dos cicatrices. Cuando la terrible batalla de Teruel, en la que soportó los veinticinco grados bajo cero, sin que se le helara el espíritu, él mismo hubiera gritado "¡ladrones!" a quienes hubieran osado hablar de pasar factura más tarde. Y ahora, obsesionado por la vida a flor de piel, caía en la trampa, en tanto que otros muchos oficiales, si bien perdían un poco el tiempo jugando, vaso en mano, interminables partidas de cartas o de dominó, eran honestos y, por supuesto, incapaces de hacer nada que manchase la victoria obtenida con las armas.

Claro que el coronel Triguero opinaba que "la guerra era la guerra, pero que la paz era la paz" y que lo que les ocurría a los hombres como el general era que "les bastaba con exhibir su fajín de mando en los cuarteles".

El capitán Sánchez Bravo, presidente del Gerona Club de Fútbol, se pasó la mano por la frente. Sudaba. Le temía a su padre y le parecía estar oyendo a su madre, doña Cecilia, cuando se enterara de lo ocurrido: "Pero ¿es cierto, hijo, que te dedicas a comprar trenes? ¿Por qué, en vez de esas tonterías, no te buscas por ahí una buena chica, sabiendo la alegría que con ello le darías a tu madre?".

1 ... 99 100 101 102 103 104 105 106 107 ... 219
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)