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Электронная книга - «La guerra del fin del mundo». Краткое содержание книги:

La guerra del fin del mundo
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—Las bajas son muy grandes, Excelencia —murmura el Coronel, avergonzado, como si todo fuera culpa suya—. Nuestra posición, insostenible. Debemos retirarnos a un lugar seguro y pedir refuerzos…

—Responderá ante un Tribunal de Guerra por esto —lo interrumpe Moreira César, alzando la voz—. ¿El Séptimo Regimiento retirarse ante unos malhechores? Entregue su espada a Cunha Matos.

«Cómo puede moverse, retorcerse así con la barriga abierta», piensa el periodista miope. En el silencio que se prolonga el Coronel Tamarindo mira, pidiendo ayuda, a los otros oficiales. Cunha Matos se adelanta hacia el catre de campaña:

—Hay muchas deserciones, Excelencia, la unidad está en pedazos. Si los yagunzos atacan, tomarán el campamento. Ordene la retirada.

El periodista miope ve, por entre el Doctor y el Capitán, que Moreira César se deja caer de espaldas sobre la litera.

—¿Usted también traiciona? —murmura, con desesperación—. Ustedes saben lo que significa esta campaña para nuestra causa. ¿Quiere decir que he comprometido mi honor en vano?

—Todos hemos comprometido nuestro honor, Excelencia —murmura el Coronel Tamarindo.

—Saben que he debido resignarme a conspirar con politicastros corrompidos —Moreira César habla con entonaciones bruscas, absurdas—. ¿Quiere decir que hemos mentido al país en vano?

—Oiga lo que pasa allí afuera, Excelencia —chilla el Mayor Cunha Matos, y él se dice que ha estado oyendo esa sinfonía, ese griterío, esas carreras, ese atolondramiento, pero que no ha querido tomar conciencia de lo que significa para no sentir miedo—. Es la desbandada. Pueden acabar con el Regimiento si no nos retiramos en orden. El periodista miope distingue los pitos de madera y las campanas entre las carreras y las voces. El Coronel Moreira César los mira, uno a uno, desencajado, boquiabierto. Dice algo que no se oye. El periodista miope se da cuenta que los ojos relampagueantes de esa cara lívida están fijos en éclass="underline"

—Usted, usted —oye—. Papel y pluma, ¿no me entiende? Quiero levantar acta de esta infamia. Vamos, escriba, ¿está listo?

En ese momento recuerda el periodista miope su tablero, su bolsa, mientras, como picado por una víbora, busca a un lado y a otro. Con la sensación de haber perdido parte de su cuerpo, un amuleto que lo protegía, recuerda que no subió el cerro con ellos, han quedado tirados en la cuesta, pero no puede pensar más porque Olimpio de Castro —sus ojos están llenos de lágrimas — le pone en las manos unos pliegos de papel y un lápiz y el Mayor Souza Ferreiro lo alumbra con la lámpara.

—Estoy listo —dice, pensando que no podrá escribir, que las manos le temblarán.

—Yo, Comandante en jefe del Séptimo Regimiento, en uso de mis facultades, dejo constancia que la retirada del sitio de Canudos es decisión que se toma en contra de mi voluntad, por subalternos que no están a la altura de su responsabilidad histórica — Moreira César se yergue un segundo en el camastro y vuelve a caer de espaldas—. Las generaciones futuras son llamadas a juzgar. Confío en que haya republicanos que me defiendan. Toda mi conducta ha estado orientada a la defensa de la República, que debe hacer sentir su autoridad en todos los rincones si quiere que el país progrese. Cuando la voz, que casi no oía por lo queda, cesa, tarda en descubrirlo, por lo atrasado que está en el dictado. Escribir, ese trabajo manual, como poner trapos llenos de éter en la nariz del herido, es bienhechor, lo libra de torturarse preguntándose cómo se explica que el Séptimo Regimiento no tomara Canudos, que deba retirarse. Cuando levanta los ojos, el Doctor tiene la oreja en el pecho del Coronel y está tomándole el pulso. Se pone de pie y hace un gesto expresivo. Un desorden cunde al instante y Cunha Matos y Tamarindo se ponen a discutir a gritos mientras Olimpio de Castro le dice a Souza Ferreiro que los restos del Coronel no pueden ser vejados.

—Una retirada ahora, en la oscuridad, es insensatez —grita Tamarindo—. ¿Adonde? ¿Por dónde? ¿Voy a mandar al sacrificio a hombres extenuados, que han combatido todo un día? Mañana…

—Mañana no quedarán aquí ni los muertos —gesticula Cunha Matos—. ¿No ve que el Regimiento se desintegra, que no hay mando, que si no se los reagrupa ahora los van a cazar como a conejos?

—Agrúpelos, haga lo que quiera, yo permaneceré aquí hasta el amanecer, para llevar a cabo una retirada en regla. —El Coronel Tamarindo se vuelve a Olimpio de Castro —: Trate de llegar hasta la artillería. Esos cuatro cañones no deben caer en manos del enemigo. Que Salomáo da Rocha los destruya. —Sí, Excelencia.

El Capitán y Cunha Matos salen juntos de la tienda y el periodista miope los sigue, como autómata. Los oye y no cree lo que oye:

—Esperar es una locura, Olimpio, hay que retirarse ahora o nadie llegará vivo a mañana. —Yo voy a tratar de alcanzar a la artillería —lo corta Olimpio de Castro—. Es una locura, tal vez, pero mi obligación es obedecer al nuevo comandante.

El periodista miope lo sacude del brazo, le susurra: «Su cantimplora, estoy muriéndome de sed». Bebe con avidez, atorándose, mientras el Capitán lo aconseja: —No se quede_ con nosotros, el Mayor tiene razón, esto va mal. Márchese. ¿Marcharse? ¿Él solo, por la caatinga, en la oscuridad? Olimpio de Castro y Cunha Matos desaparecen, dejándolo confuso, miedoso, petrificado. Hay a su alrededor gente que corre o camina de prisa. Da unos pasos en una dirección, en otra, regresa hacia la tienda de campaña, pero alguien le da un empellón y lo hace cambiar de rumbo. «Déjenme ir con ustedes, no se vayan», grita, y un soldado lo anima, sin volverse: «Corre, corre, ya están subiendo, ¿no oyes los pitos?». Sí, los oye. Echa a correr detrás de ellos, pero tropieza, varias veces, y queda rezagado. Se apoya en una sombra que parece un árbol, pero apenas lo toca siente que se mueve. «Desáteme, por amor de Dios», oye. Y reconoce la voz del cura de Cumbe que respondía al interrogatorio de Moreira César, chillando también ahora con el mismo pánico: «Desáteme, desáteme, me están comiendo las hormigas».

—Sí, sí —tartamudea el periodista miope, sintiéndose feliz, acompañado—. Lo desato, lo desato.

—Vámonos de una vez —le rogó el Enano—. Vámonos, Jurema, vámonos. Ahora que no hay cañonazos.

Jurema había permanecido allí, mirando a Rufino y a Gall, sin darse cuenta que el sol doraba la caatinga, secaba las gotas y evaporaba la humedad del aire y de los matorrales. El Enano la remecía.

—¿Adonde vamos a ir? —contestó, sintiendo gran cansancio y un peso en el estómago. —A Cumbe, a Geremoabo, a cualquier parte —insistió el Enano, tirando de ella.

—¿Y por dónde se va a Cumbe, a Geremoabo? —murmuró Jurema—. ¿Acaso sabemos? ¿Acaso tú sabes?

— ¡No importa! ¡No importa! —chilló el Enano, jalándola—. ¿No oíste a los yaguznos? Van a pelear aquí, van a caer tiros aquí, nos van a matar.

Jurema se incorporó y dio unos pasos hacia la manta de yerbas trenzadas con la que los yaguznos la cubrieron al rescatarla de los soldados. La sintió mojada. La echó encima de los cadáveres del rastreador y del forastero, procurando cubrirles las partes más lastimadas: torsos y cabezas. Luego, con brusca decisión de vencer el sopor, tomó la dirección por la que recordaba haber visto irse a Pajeú. Inmediatamente sintió en su mano derecha la mano pequeñita y regordeta. —¿Adonde vamos? —dijo el Enano—. ¿Y los soldados?

Ella encogió los hombros. Los soldados, los yaguznos, qué más daba. Se sentía harta de todo y de todos y con el único deseo de olvidar lo que había visto. Iba arrancando hojas y ramitas para chuparles el jugo. —Tiros —dijo el Enano—. Tiros, tiros.

Eran descargas cerradas, que en unos segundos impregnaron la caatinga densa, serpenteante, que parecía multiplicar las ráfagas y salvas. Pero no se veía a ser viviente por los alrededores: sólo una tierra trepadora, cubierta de zarzas y hojas desprendidas de los árboles por la lluvia, charcas fangosas y una vegetación de macambiras con ramas como garras y mandacarús y xiquexiques de puntas aceradas. Había perdido las sandalias en algún momento de la noche y, aunque buena parte de su vida anduvo descalza, sentía los pies heridos. El cerro era cada vez más empinado. El sol caía de lleno en la cara y parecía recomponer, resucitar, sus miembros. Supo que ocurría algo por las uñas del Enano, que se le incrustaron. A cuatro metros los apuntaba una escopeta de caño corto y boca ancha, sujeta por un hombre boscoso, de piel de corteza, extremidades ramosas y pelos que eran penachos de yerbas.

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