Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне

Электронная книга - «La guerra del fin del mundo». Краткое содержание книги:

La guerra del fin del mundo
1 ... 95 96 97 98 99 100 101 102 103 ... 174
Перейти на страницу:

—Largo de aquí —dijo el yagunzo, sacando la cara del manto—. ¿No te dijo Pajeú que te fueras a la entrada de Geremoabo? —No sé cómo ir —respondió Jurema.

«Shhht, shhht», oyó al momento, en varias partes, como si los matorrales y los cactos se pusieran a hablar. Vio que asomaban cabezas de hombres, entre la enramada. —Escóndelos —escuchó ordenar a Pajeú, sin saber de dónde salía la voz, y se sintió empujada al suelo, aplastada por un cuerpo de hombre que, a la vez que la envolvía en su manto de yerbas, le soplaba: «Shhht, shhht». Permaneció inmóvil, con los ojos entrecerrados, espiando. Sentía en el oído el aliento del yagunzo y pensaba si el Enano estaría también así como ella. Vio a los soldados. Se le encabritó el corazón al verlos tan cerca. Venían en columna de a dos, con sus pantalones de tiras rojas y sus casacas azuladas, sus botines negros y el fusil con la bayoneta desnuda. Contuvo la respiración, cerró los ojos, esperando que reventaran los disparos, pero como no ocurría volvió a abrirlos y ahí estaban siempre los soldados, pasando. Podía verles los ojos encandilados por la ansiedad o devastados por la falta de sueño, las caras impávidas o sobrecogidas, y oír palabras sueltas de sus diálogos. ¿No era increíble que tantos soldados cruzaran sin descubrir que había yagunzos casi tocándolos, casi pisándolos?

Y en ese momento la caatinga se encendió en una reventazón de pólvora que, un segundo, le recordó la fiesta de San Antonio, en Queimadas, cuando venía el circo y se quemaban cohetes. Alcanzó a ver, entre la fusilería, una lluvia de siluetas enyerbadas, que caían o se alzaban contra los uniformados, y en medio del humo y del trueno de los tiros se sintió libre del que la sujetaba, izada, arrastrada, a la vez que le decían: «Agáchate, agáchate». Obedeció, encogiéndose, hundiendo la cabeza, y corrió a todo lo que le daban sus fuerzas, esperando en cualquier momento el impacto de los balazos en su espalda, deseándolos casi. La carrera la empapó de sudor y era como si fuera a escupir el corazón. Y en eso vio al caboclo sin nariz ahí a su lado, mirándola con cierta sorna:

—¿Quién ganó la pelea? ¿Tu marido o el alunado? —Se mataron los dos —acezó.

—Mejor para ti —comentó Pajeú, con una sonrisa—. Ahora podrás buscarte otro marido, en Belo Monte.

El Enano estaba a su lado, también jadeando. Ella divisó a Canudos. Se extendía al frente, a lo ancho y a lo largo, sacudido por explosiones, lenguas de fuego, humaredas diseminadas, bajo un cielo que contradecía ese desorden por lo limpio y azul, en el que el sol reverberaba. Los ojos se le llenaron de lágrimas y tuvo un ramalazo de odio contra esa ciudad y esos hombres, entrematándose en esas callecitas como madrigueras. Su desgracia comenzó por ese lugar; por Canudos fue el forastero a su casa y así arrancaron las desventuras que la habían dejado sin nada ni nadie en el mundo, perdida en una guerra. Deseó con toda su alma un milagro, que no hubiera ocurrido nada y que ella y Rufino estuvieran como antes, en Queimadas.

—No llores, muchacha —le dijo el caboclo—. ¿No sabes? Los muertos van a resucitar. ¿No has oído? Existe la resurrección de la carne.

Hablaba tranquilo, como si él y sus hombres no acabaran de tirotearse con los soldados. Se limpió las lágrimas con la mano y echó una ojeada, reconociendo el lugar. Era un atajo entre los cerros, una especie de túnel. A su izquierda había un techo de piedras y rocas sin vegetación que le ocultaban la montaña, y a su derecha la caatinga, algo raleada, descendía hasta desaparecer en una extensión pedregosa que, más allá de un río de ancho cauce, se volvía una confusión de casitas de tejas rojizas y fachadas contrahechas. Pajeú le puso algo en la mano y sin ver qué era se lo llevó a la boca. Devoró a poquitos la fruta de pulpa blanda y ácida. Los enyerbados se fueron esparciendo, pegándose a los matorrales, hundiéndose en escondites cavados en la tierra. Otra vez la mano regordeta buscó la suya. Sintió pena y cariño por esa presencia familiar. «Métanse ahí», ordenó Pajeú, apartando unas ramas. Cuando estuvieron acuclillados en el foso, les explicó, señalando las rocas: «Ahí están los perros». En el hueco había otro yagunzo, un hombre sin dientes que se arrimó para hacerles sitio. Tenía una ballesta y un carcaj repleto de dardos. —¿Qué va a pasar? —susurró el Enano.

—Cállate —dijo el yagunzo—. ¿No has oído? Los heréticos están encima nuestro. Jurema espió entre las ramas. Los tiros continuaban, dispersos, intermitentes, y allí seguían las nubéculas y llamas de los incendios, pero no alcanzaba a ver desde su escondrijo a las figuritas uniformadas que había visto cruzando el río y desapareciendo en el poblado. «Quietos» , dijo el yagunzo y por segunda vez en el día los soldados surgieron de la nada. Esta vez eran jinetes, en filas de a dos, montados en animales pardos, negros, bayos, moteados, relinchantes, que, a una distancia increíblemente próxima, se descolgaban de la pared de rocas de su izquierda y se precipitaban a galope hacia el río. Parecían a punto de rodar en esa bajada casi vertical, pero mantenían el equilibrio y ella los veía pasar, raudos, usando las patas traseras como freno. Estaba mareada por las caras sucesivas de los jinetes y los sables que los oficiales llevaban en alto, señalando, cuando hubo un encrespamiento de la caatinga. Los enyerbados salían de los huecos, de las rama y disparaban sus escopetas o, como el yagunzo que había estado con ellos y reptaba ahora pendiente abajo, los flechaban con sus dardos que hacían un ruido silbante de cobra. Oyó, clarísima, la voz de Pajeú: «A los caballos, a los que tienen machetes». Ya no se podía ver a los jinetes, pero los imaginaba chapoteando en el río —entre la fusilería y un remoto rebato de campanas distinguía relinchos — y recibiendo en las espaldas, sin saber de dónde, esos dardos y balas que veía y oía disparar a los yagunzos desparramados a su alrededor. Algunos, de pie, apoyaban la carabina o las ballestas en las ramas de los mandacarús. El caboclo sin nariz no disparaba. Con las manos iba moviendo hacia la derecha y hacia abajo a los enyerbados. En eso, le apretaron el vientre. El Enano apenas le permitía respirar. Lo sentía temblando. Lo remeció con las dos manos: «Ya pasaron, ya se fueron, mira». Pero cuando ella también miró, había ahí otro jinete, en un caballo blanco, que descendía la roca con las crines alborotadas. El pequeño oficial sujetaba las riendas con una mano y con la otra blandía un sable. Estaba tan cerca que vio su cara fruncida, sus ojos incendiados, y un momento después lo vio encogerse. Su cara se apagó de golpe. Pajeú le estaba apuntando y pensó que era él quien le había disparado. Vio caracolear al caballo blanco, lo vio girar en una de esas piruetas con que se lucían los vaqueros en las ferias, y, con el jinete colgado del pescuezo, lo vio desandar el camino, subir la cuesta, y, cuando desaparecía, volvió a ver a Pajeú apuntándolo y, sin duda, disparándole.

—Vámonos, vámonos, estamos en medio de la guerra —lloriqueó el Enano, incrustándose de nuevo contra ella.

Jurema lo insultó: «Cállate, estúpido, cobarde». El Enano enmudeció, se apartó y la miró asustado, implorándole perdón con los ojos. El ruido de explosiones, de disparos, de clarines, de campanas continuaba y los enyerbados desaparecían, corriendo o arrastrándose por esa lomada boscosa que iba a perderse en el río y en Canudos. Buscó a Pajeú y el caboclo tampoco estaba. Se habían quedado solos. ¿Qué debía hacer? ¿Permanecer allí? ¿Seguir a los yagunzos? ¿Buscar una trocha que la alejara de Canudos? Sintió fatiga, agarrotamiento de músculos y huesos, como si su organismo protestara contra la sola idea de moverse. Se apoyó contra la pared húmeda del foso y cerró los ojos. Flotó, se hundió en el sueño.

1 ... 95 96 97 98 99 100 101 102 103 ... 174
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)