La guerra del fin del mundo
- Автор: Варгас Льоса Марио
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «La guerra del fin del mundo». Краткое содержание книги:
—Le ruego que me deje cargar con el escuadrón —balbucea Olimpio de Castro.
—A usted lo necesito aquí —responde el Coronel, secamente.
Oye nuevos toques de corneta y minutos después asoman, por la cumbre donde se hallan, los jinetes, en pelotones de diez y quince, con un oficial al frente, que al pasar junto a Moreira César saludan levantando el sable.
—Despejen las iglesias, empújenlos hacia el Norte —les grita éste. Está pensando que esas caras tensas, jóvenes, blancas, oscuras, negras, aindiadas, van a entrar en ese torbellino, cuando lo sacude otro ataque de estornudos, más fuerte que el anterior. Sus gafas salen disparadas y él piensa, con terror, mientras siente la asfixia, las explosiones en el pecho y en las sienes, la comezón en la nariz, que se han roto, que alguien puede pisarlas, que sus días serán niebla perpetua. Cuando el ataque cesa, cae de rodillas, palma con angustia en derredor hasta dar con ellas. Comprueba, feliz, que están intactas. Las limpia, se las calza, mira. El centenar de jinetes ha bajado el cerro. ¿Cómo han podido hacerlo tan rápido? Pero pasa algo con ellos, en el río. No acaban de cruzarlo. Las cabalgaduras entran en el agua y parecen encabritarse, rebelarse, pese a la furia con que son urgidas, azotadas, por las manos, las botas, los sables. Es como si el río las espantara. Se revuelven en media corriente y algunas botan a sus jinetes.
—Deben haber puesto trampas —dice un oficial.
—Los tirotean desde ese ángulo muerto —murmura otro.
— ¡Mi caballo! —grita Moreira César y el periodista miope le ve entregar sus prismáticos a un ordenanza. Mientras monta al animal, añade, con fastidio —: Los muchachos necesitan un estímulo. Quédese en el mando, Olimpio. Su corazón se acelera al ver que el Coronel desenvaina su sable, espolea al animal y comienza a bajar la cuesta, de prisa. Pero no ha avanzado cincuenta metros cuando lo ve encogerse en la montura, apoyarse en el pescuezo del caballo, que se detiene en seco. Ve que el Coronel lo hace girar, ¿para regresar al puesto de mando?, pero, como si recibiera órdenes contradictorias del jinete,
el animal gira en redondo, dos, tres veces. Ahora entiende por qué oficiales y escoltas profieren exclamaciones, gritos, y corren pendiente abajo, con los revólveres desenfundados. Moreira César rueda al suelo y casi al mismo tiempo se lo ocultan el Capitán y los otros que lo han cargado y lo están subiendo, hacia él, apresuradamente. Hay un vocerío ensordecedor, disparos, ruidos diversos.
Permanece alelado, sin iniciativa, viendo al grupo de hombres que trepan al trote la ladera, seguidos por el caballo blanco, que arrastra las bridas. Se ha quedado solo. El terror que se apodera de él lo impulsa cerro arriba, resbalándose, incorporándose, gateando. Cuando llega a la cumbre y brinca hacia la tienda de lona, vagamente advierte que el lugar está casi vacío de soldados. Salvo un grupo apiñado a la entrada de la tienda, apenas divisa uno que otro centinela, mirando asustado en esta dirección. «¿Puede ayudar al Doctor Souza Ferreiro?», oye, y aunque quien le habla es el Capitán no reconoce su voz y apenas su cara. Asiente y Olimpio de Castro lo empuja con tanta fuerza que se lleva de encuentro a un soldado. Adentro, ve la espalda del Doctor Souza Ferreiro, inclinada sobre la litera y los pies del Coronel.
—¿Enfermero? —Souza Ferreiro se vuelve y al darse con él su expresión se avinagra. —Se lo he dicho, no hay enfermeros —le grita el Capitán de Castro, remeciendo al periodista miope—. Están con los batallones, allá abajo. Que él lo ayude. El nerviosismo de uno y otro lo contagian y tiene ganas de gritar, de zapatear. —Hay que extraer los proyectiles o la infección acabará con él en un dos por tres — gimotea el Doctor Souza Ferreiro, mirando a un lado y a otro como en espera de un milagro.
—Haga lo imposible —dice el Capitán, yéndose—. No puedo abandonar el Comando, tengo que informar al Coronel Tamarindo para que tome… Sale, sin terminar la frase. —Remánguese, fricciónese con ese desinfectante —ruge el Doctor. Él obedece a toda la velocidad que su torpeza se lo permite y un momento después se descubre, dentro del aturdimiento que se ha adueñado de él, con las rodillas en tierra, empapando unos chisguetes de éter que le hacen pensar en las fiestas de Carnavales en el Politeama, unas vendas que aplica en la nariz y boca del Coronel Moreira César, para mantenerlo dormido, mientras el médico opera. «No tiemble, no sea imbécil, mantenga el éter sobre la nariz», le dice el Doctor un par de veces. Se concentra en su función — abrir el tubo, embeber el paño, colocarlo sobre esa nariz afilada, sobre esos labios que se tuercen en una mueca de interminable angustia — y piensa en el dolor que debe sentir ese hombrecillo sobre cuyo vientre hunde la cara el Doctor Souza Ferreiro como oliendo o lamiendo. Cada cierto tiempo echa una ojeada, a pesar de sí mismo, a las manchas esparcidas por la camisa, las manos y el uniforme del médico, la manta de la litera y su propio pantalón. ¡Cuánta sangre almacena un cuerpo tan pequeño! El olor del éter lo marea y le provoca arcadas. Piensa: «No tengo qué vomitar». Piensa: «¿Cómo no tengo hambre, sed?». El herido permanece con los ojos cerrados, pero a ratos se mueve en el sitio y entonces el médico gruñe: «Más éter, más éter». Pero el último de los tubos está ya casi vacío y él se lo dice, con un sentimiento de culpa.
Entran ordenanzas trayendo unas palanganas humeantes y en ellas lava el Doctor bisturíes, agujas, hilos, tijeras, con una sola mano. Varias veces, mientras aplica las vendas al herido, escucha al Doctor Souza Ferreiro hablando solo, palabrotas, injurias, maldiciones, insultos contra su propia madre por haberlo parido. Lo va ganando una modorra y el Doctor lo recrimina: «No sea imbécil, no es momento para siestas». Balbucea una disculpa y la próxima vez que traen la palangana, les implora que le den de beber.
Nota que ya no están solos en la tienda; la sombra que le pone una cantimplora en la boca es el Capitán Olimpio de Castro. Allí están también, las espaldas pegadas a la lona, las caras amargadas, los uniformes en ruinas, el Coronel Tamarindo y el Mayor Cunha Matos. «¿Más éter?», pregunta, y se siente estúpido, porque el tubo está vacío hace rato. El Doctor Souza Ferreiro venda a Moreira César y está ahora abrigándolo. Asombrado, piensa: «Ya es de noche». Hay sombras y alguien coloca una lámpara en uno de los postes que sujetan la lona. —¿Cómo está? —murmura el Coronel Tamarindo.
—Tiene el vientre destrozado —resopla el Doctor—. Mucho me temo que…
Mientras se baja las mangas de la camisa, el periodista miope piensa: «Si ahora mismo era el amanecer, el mediodía, cómo es posible que el tiempo vuele de ese modo». —Dudo, incluso, que recobre el sentido —añade Souza Ferreiro.
Como respondiéndole, el Coronel Moreira César comienza a moverse. Todos se acercan. ¿Le incomodan las vendas? Pestañea. El periodista miope lo imagina viendo siluetas, oyendo ruidos, tratando de entender, de recordar, y a su vez, recuerda, como algo de otra vida, ciertos despertares después de una noche serenada por el opio. Así debe ser de lento, de difícil, de impreciso, el retorno del Coronel a la realidad. Moreira César tiene los ojos abiertos y observa con ansia a Tamarindo, repasa su deshecho uniforme, los arañones de su cuello, su desánimo. —¿Tomamos Canudos? —articula, roncando.
El Coronel Tamarindo baja los ojos y niega. Moreira César recorre las caras abrumadas del Mayor, del Capitán, del Doctor Souza Ferreiro y el periodista miope ve que también lo examina, como autopsiándolo.
—Lo intentamos tres veces, Excelencia —balbucea el Coronel Tamarindo—. Los hombres han combatido hasta el límite de sus fuerzas.
El Coronel Moreira César se incorpora —ha palidecido aún más de lo que estaba — y agita una mano crispada, iracunda: —Un nuevo asalto, Tamarindo. ¡De inmediato! ¡Lo ordeno!