El nombre de la rosa [Il nome della rosa - es]
- Автор: Эко Умберто
- Год: 1982
- Язык: испанский
- Год: Lumen
- ISBN: 978-84-264-1437-3
- Переводчик: Ricardo Pochar
- Жанр: Исторические детективы
Электронная книга - «El nombre de la rosa [Il nome della rosa - es]». Краткое содержание книги:
Valiéndose de características propias de la novela gótica, la crónica medieval, la novela policíaca, el relato ideológico en clave y la alegoría narrativa, El nombre de la rosa narra las actividades detectivescas de Guillermo de Baskerville para esclarecer los crímenes cometidos en una abadía benedictina… Y a esta apasionante trama debe sumarse la admirable reconstrucción de una época especialmente conflictiva, reconstrucción que no se detiene en lo exterior sino que ahonda en las formas de pensar y sentir del siglo XVI.
Otra vez estuve por lanzarme tras ella, otra vez Guillermo, cuya expresión era muy sombría, me contuvo.
—Quédate quieto, tonto, la muchacha está perdida, es carne de hoguera.
Mientras observaba aterrado la escena, en medio de un torbellino de pensamientos contradictorios, con los ojos clavados en la muchacha, sentí que me tocaban el hombro. No sé cómo, pero antes de volverme supe que era la mano de Ubertino.
—¿Miras a la bruja, verdad? —me dijo.
Yo sabía que no podía estar al tanto de mi historia, y que, por consiguiente, sus palabras sólo expresaban lo que, con su tremenda capacidad para penetrar en las pasiones humanas, había leído en la tensión de mi mirada.
—No… —intenté zafarme—, no la miro… Es decir, quizá la mire, pero no es una bruja. No lo sabemos, quizá sea inocente…
—La miras porque es bella. Es bella, ¿verdad? —me preguntó enardecido y cogiéndome con fuerza del brazo—. Si la miras porque es bella, y su belleza te perturba (sé que estás perturbado porque te atrae aún más debido al pecado del que se le acusa), si la miras y sientes deseo, entonces, por eso mismo, es una bruja. Vigila, hijo mío… La belleza del cuerpo sólo existe en la piel. Si los hombres viesen lo que hay debajo de la piel, como sucede en el caso del lince de Beocia, se estremecerían de horror al contemplar a la mujer. Toda esa gracia consiste en mucosidades y en sangre, en humores y en bilis. Si pensases en lo que se esconde en la nariz, en la garganta y en el vientre, sólo encontrarías suciedad. Y si te repugna tocar el moco o el estiércol con la punta del dedo, ¿cómo podrías querer estrechar entre tus brazos el saco que contiene todo ese excremento?
Estuve a punto de vomitar. No quería seguir escuchando aquellas palabras. Acudió en mi ayuda Guillermo, que había estado oyendo. Se acercó bruscamente a Ubertino, y cogiéndolo por un brazo lo separó del mío.
—Ya está bien, Ubertino —dijo—. Pronto esta muchacha será torturada y después morirá en la hoguera. Se convertirá exactamente en lo que dices: moco, sangre, humores y bilis. Pero serán nuestros semejantes quienes extraigan de debajo de su piel lo que el Señor ha querido que esa piel protegiese y adornara. Y desde el punto de vista de la materia prima, tú no eres mejor que ella. Deja tranquilo al muchacho.
Ubertino quedó confuso:
—Quizá he pecado —murmuró—. Sin duda he pecado. ¿Qué otra cosa puede hacer un pecador?
Ya todos se estaban retirando, mientras comentaban lo sucedido. Guillermo habló un momento con Michele y los otros franciscanos, que le preguntaban qué pensaba de aquello.
—Ahora Bernardo tiene un argumento, aunque sea equívoco. Por la abadía merodean nigromantes que hacen lo mismo que se hizo contra el papa en Aviñón. Sin duda, no se trata de una prueba, y no puede usarse para perturbar el encuentro de mañana. Esta noche tratará de arrancarle a ese desgraciado alguna otra indicación, pero estoy seguro de que no la utilizará inmediatamente. No la utilizará mañana por la mañana, la tendrá en reserva para más adelante, para perturbar la marcha de las discusiones, en caso de que éstas tomen una orientación que no sea de su agrado.
—¿Podría hacerle decir algo que luego le sirviese contra nosotros? —preguntó Michele da Cesena.
Guillermo, dudó un momento:
—Esperemos que no —dijo por fin.
Comprendí que si Salvatore decía a Bernardo lo que nos había dicho a nosotros, sobre su pasado y sobre el pasado del cillerero, y si hacía alguna referencia al vínculo entre ambos y Ubertino, por fugaz que ésta fuese, se crearía una situación bastante incómoda.
—De todos modos, no nos adelantemos a los acontecimientos —dijo Guillermo con serenidad—. Además, Michele, todo estaba decidido de antemano. Pero tú quieres probar.
—Sí, quiero —dijo Michele—, el Señor me ayudará. Que San Francisco interceda por todos nosotros.
—Amén —respondieron todos.
—Pero no es seguro que pueda hacerlo —fue el irreverente comentario de Guillermo—. Quizá San Francisco está en alguna parte esperando el juicio, y aún no ve al Señor cara a cara.
—Maldito sea el hereje Juan —oí que gruñía micer Girolamo, mientras todos volvían a sus celdas—. Si ahora nos quita hasta el auxilio de los santos, ¿dónde acabaremos los pobres pecadores?
QUINTO DÍA
PRIMA
Con el corazón agitado por mil angustias, después de la escena de aquella noche, me levanté la mañana del quinto día cuando ya estaba sonando prima, sacudido con fuerza por Guillermo, que me avisaba de la inminente reunión entre ambas legaciones.
Miré por la ventana de la celda y no vi nada. La niebla del día anterior se había convertido en un manto lechoso que cubría totalmente la meseta.
Al salir, la abadía se me apareció como nunca lo había hecho hasta entonces: sólo algunas construcciones mayores, la iglesia, el Edificio, la sala capitular, se destacaban incluso a distancia, si bien con perfiles confusos, sombras entre las sombras, pero el resto de las construcciones sólo era visible a pocos pasos. Las formas de las cosas y de los animales parecían surgir repentinamente de la nada; las personas parecían fantasmas grises que emergían de la bruma, y que sólo poco a poco, y no sin esfuerzo, se volvían reconocibles.
Nacido en tierras nórdicas, estaba habituado a aquel elemento, que, en otras circunstancias, me habría hecho pensar, no sin ternura, en la planicie y el castillo de mi infancia. Pero aquella mañana me pareció percibir una dolorosa afinidad entre las condiciones del aire y las condiciones de mi alma, y la sensación de tristeza con que me había despertado fue creciendo a medida que me acercaba a la sala capitular.
A pocos pasos de aquel edificio, divisé a Bernardo Gui despidiéndose de otra persona que al principio no reconocí. Pero cuando pasó a mi lado vi que se trataba de Malaquías. Miraba a su alrededor como alguien que no desea ser visto mientras comete un delito, pero ya he dicho que la expresión de ese hombre era por naturaleza la de alguien que oculta, o intenta ocultar, algún secreto inconfesable.
No me reconoció, y se alejó del lugar. Movido por la curiosidad, seguí a Bernardo y vi que estaba hojeando unos folios que quizá le había entregado Malaquías. Al llegar al umbral de la sala capitular, llamó con un ademán al jefe de los arqueros, que estaba cerca, y le susurró unas palabras. Después entró en el edificio, y yo tras él.
Era la primera vez que pisaba aquel sitio, que, por fuera, era de dimensiones modestas y de formas sobrias. Advertí que en épocas recientes había sido reconstruido sobre los restos de una primitiva iglesia abacial, quizá destruida en parte por algún incendio.
Al entrar se pasaba bajo un portal construido según la nueva moda, de arco ojival, sin decoraciones y rematado por un rosetón. Pero una vez en el interior se descubría un atrio, reconstruido sobre las ruinas de un viejo nártex.[137] Y al frente, otro portal, con su arco construido según la moda antigua, y su tímpano de media luna admirablemente esculpido. Debía de ser el portal de la iglesia destruida.
Las esculturas del tímpano eran tan bellas, pero no tan inquietantes, como las de la iglesia actual. También aquí un Cristo sentado en su trono dominaba el tímpano, pero junto a él, en diferentes actitudes y sosteniendo distintos objetos, estaban los doce apóstoles a quienes había ordenado que fuesen por el mundo evangelizando a las gentes. Sobre la cabeza de Cristo, en un arco dividido en doce paneles, y bajo los pies de Cristo, en una procesión ininterrumpida de figuras, estaban representados los pueblos del mundo, los que recibirían la buena nueva. Reconocí por sus trajes a los hebreos, los capadocios, los árabes, los indios, los frigios, los bizantinos, los armenios, los escitas y los romanos. Pero, mezclados con ellos, en treinta círculos dispuestos en arco por encima del arco de los doce paneles, estaban los habitantes de los mundos desconocidos, de los que sólo tenemos noticias a través del Fisiólogo y de los relatos confusos de los viajeros. Muchos me resultaron irreconocibles, a otros pude identificarlos: por ejemplo, los brutos con seis dedos en las manos; los faunos que nacen de los gusanos que se forman entre la corteza y la madera de los árboles; las sirenas con la cola cubierta de escamas, que seducen a los marineros; los etíopes con el cuerpo todo negro, que se defienden del ardor del sol cavando cavernas subterráneas; los onocentauros, hombres hasta el ombligo y el resto asnos; los cíclopes con un solo ojo, grande como un escudo; Escila con la cabeza y el pecho de muchacha, el vientre de loba y la cola de delfín; los hombres velludos de la India que viven en los pantanos y en el río Epigmáride; los cinocéfalos, que no pueden hablar sin interrumpirse a cada momento para ladrar; los esquípodos, que corren a gran velocidad con su única pierna y que cuando quieren protegerse del sol se echan al suelo y enarbolan su gran pie como una sombrilla; los astómatas de Grecia, que carecen de boca y respiran por la nariz y sólo se alimentan de aire; las mujeres barbudas de Armenia; los pigmeos; los epístigos, que algunos llaman también pállidos, que nacen sin cabeza y tienen la boca en el vientre y los ojos en los hombros; las mujeres monstruosas del Mar Rojo, de doce pies de altura, con cabellos que les llegan hasta los talones, una cola bovina al final de la espalda, y pezuñas de camello; y los que tienen la planta de los pies hacia atrás, de modo que quien sigue sus huellas siempre llega al sitio del que proceden y nunca a aquel hacia el que se dirigen; y también los hombres con tres cabezas; los de ojos resplandecientes como lámparas; y los monstruos de la isla de Circe, con cuerpo de hombre y cerviz de diferentes, y muy variados, animales…
137
Atrio o vestíbulo situado a la entrada de las iglesias paleocristianas y bizantinas.