Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Научная фантастика » La estrella de los gitanos [Star of Gypsies - es]
La estrella de los gitanos [Star of Gypsies - es] - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

La estrella de los gitanos [Star of Gypsies - es]

Электронная книга - «La estrella de los gitanos [Star of Gypsies - es]». Краткое содержание книги:

En el año 3159, la humanidad ha conquistado las estrellas, y los otrora despreciados gitanos son hoy mimados y respetados, porque solo ellos pueden llevar a buen puerto las astronaves en sus largos saltos estelares.
Pero los gitanos tienen también otros talentos,. Arrastrados por su tradición errante, siguen vagando, pero hoy no solo a través del espacio, sino también del tiempo: su facultad de espectrar les permite trasladarse a las más remotas épocas, y volver al viejo y ya desaparecido planeta Tierra para contemplar su vida pasada, desde el esplendor de la antigua ciudad de Atlantis hasta el horror de los campos de exterminio nazis.
Y los gitanos mantienen un antiguo sueño: volver a su mundo de origen. Porque ellos nunca fueron nativos de la Tierra. Y así, contemplan desde el cielo de los mil mundos por los que se hallan ahora dispersos la Estrella Romani, de la que tuvieron que huir precipitadamente para salvar sus vidas, y anhelan el día en que podrán regresar a su hogar. Y quien mas lo anhela es Yakoub, el Rey de los Gitanos, un personaje mezcla de Falstaff y Ricardo Corazón de León, que abdicó de su trono para poner las cosas en su sitio y ahora tiene que volver a él para cumplir con el último destino de la raza rom.
1 ... 96 97 98 99 100 101 102 103 104 ... 117
Перейти на страницу:

Asentí, y Julien puso a Periandros en la línea. O lo que se suponía que era Periandros.

Curioso. La adversidad parecía sentarle bien. Tenía un aspecto mucho menos demacrado, menos consumido, que el Periandros que había visto en la sala del trono hacía pocos días. De hecho, su apariencia era más carnosa que la del Periandros de antes. Eso despertó inmediatamente mis suspicacias, por supuesto. También parecía mucho más tranquilo de lo que yo hubiera esperado de un hombre que ha sido arrojado fuera de su palacio imperial mediante un golpe de estado aquella misma mañana. Acerqué la nariz a la pantalla, buscando el temblor delatador que me diría que estaba frente a un doble. Y conecté discretamente las extensiones de Polarca y Damiano: quería que ellos observaran también.

—Hemos lamentado vuestro silencio de hoy —dijo Periandros, sin preámbulos. Metiéndose en el tema sin ninguna delicadeza previa. Al menos no había olvidado su nos real —. Esperábamos que emitierais algún comunicado relativo a la anarquía que se ha desatado en la Capital.

Sonaba bien. Convincente. Aquel pomposo y solemne estilo akraki suyo. ¿Era posible que fuese el auténtico Periandros después de todo? ¿El que había estado aguardando en las sombras mientras va ascendía la escalinata de cristal para rendir honores a un doble?

—Hemos tenido muy pocas noticias fidedignas de lo que ha estado ocurriendo —dije —. Me pareció que lo mejor que podía hacer era esperar y ver qué era real y qué no. En cualquier caso, ¿no creéis que resulta muy poco apropiado que el baro rom haga comentarios sobre los asuntos de estado imperiales?

No era una pregunta difícil. Pero provocó una pausa momentánea, una especie de girar de engranajes mentales. A veces los dobles hacen eso. En realidad, no son tan maravillosos como eso a la hora de mantener una conversación. Pero tampoco lo son los akraki. Seguía sin saber qué pensar.

Luego Periandros respondió:

—Hubierais podido actuar como una fuerza estabilizadora. Todavía no es demasiado tarde para ello.

¿Era una ligera ondulación lo que acababa de producirse en aquel momento? ¿Una pérdida de definición en los contornos? ¿Una cierta dificultad en mantener la estructura ósea interna intacta?

¿Y por qué parecía tan malditamente suave?

Le pregunté qué creía seriamente que podía conseguir ve. ¿Persuadiría una declaración mía a Naria de que debía abandonar el palacio, o devolvería a Sunteil a Fénix?

—Contribuiría al restablecimiento del orden —dijo Periandros — el que vos siguierais reconociéndonos a nos como el emperador por derecho. Que dijerais a nuestros súbditos de todos lados que negaran su cooperación a los rebeldes. Que instarais a los lores rebeldes a rendirse en bien de toda la humanidad.

Parecía perfectamente serio.

Sonaba preparado. Incluso programado. Intenté atribuirlo a las normalmente pesadas cadencias del habla akraki. Son tan graves, todos ellos tan mecánicos, molturando incansablemente las palabras a su átona manera. No hay ni un asomo de poesía en ellas, ni la más pequeña chispa de aliento humano. Era exactamente su estilo. Sin embargo, dudaba más y más de que estuviera contemplando a un ser de carne y hueso, especialmente cuando Periandros siguió hablando.

Porque lo que empezó a decir ahora era lo enormemente que tanto él como yo necesitábamos la cooperación mutua: lo precarias que eran nuestras posiciones, lo útiles que podíamos sernos el uno al otro en asegurar nuestros respectivos tronos y en restablecer la salud del Imperio. Le había oído decir aquello mismo antes, por supuesto. Siguió hablando de la gran ceremonia de reconfirmación que montaría para mí tan pronto como yo le hubiera ayudado a sacar a los rebeldes fuera del palacio: el reconocimiento con el cetro, la nobleza acudiendo de todos los mundos a presenciar la ceremonia, un gran e inolvidable espectáculo. Revisó todo aquello exactamente de la misma forma que lo habíamos hablado durante nuestra audiencia anterior, hacía apenas unos días. Ahora estaba convencido de que me enfrentaba a un doble. Un fraude. Fuera quien fuera o lo que fuera lo que me había recibido en aquella audiencia en el trono, era seguro que éste no había sido adecuadamente informado del contenido de aquella otra conversación.

Ahora podía ver las inconfundibles manifestaciones del doble. La pérdida de definición, lo burdo de la densidad de identidad. Lo tenía completamente claro ante mis ojos, incluso en la pantalla.

No intenté interrumpirle. Dejé que siguiera y siguiera su perorata, mientras intentaba calcular las opciones estratégicas. No tenía ningún sentido aliarme con un doble. Ya me había comprometido bastante, suponía, simplemente reconociendo a Periandros en mi anterior audiencia. Pero eso podía arreglarse. Después de todo, él era el único emperador en la ciudad cuando llegué a la Capitaclass="underline" ¿qué se suponía que debía hacer, negarme a aceptarlo? Pero ahora…, con Periandros casi con toda seguridad muerto, y sus pretensiones sostenidas por una o más réplicas de su persona, de corta vida y básicamente absurdas, y un lord rival ocupando ya el palacio, recibiendo el homenaje de los pares…

Sí, pensé, tenía que mantener de algún modo mis distancias con aquel doble, y llegar a un entendimiento con Naria…

En la pantalla, Periandros seguía hablando, estableciendo los términos de la gran alianza que él y yo íbamos a forjar. Apenas escuchaba.

Entonces se abrió la puerta de mi dormitorio y Chorian entró a toda prisa. Le hice furiosas señas y se dejó caer rápidamente al suelo, fuera del ángulo de visión de la pantalla. Se arrastró hacia mí y garabateó una nota, que situó discretamente ante mis ojos:

Ignorad a esa cosa. Periandros está definitivamente muerto, y eso no es más que un doble. Y Lord Sunteil está aquí y desea hablar con vos de inmediato.

10

¿Sunteil? ¿En mi propio palacio?

Debí parecer extraordinariamente sobresaltado, porque incluso el pontificador doble akraki en la pantalla captó mi reacción y dijo:

—¿Os encontráis bien?

—Un asomo de indigestión…, lo tardío de la hora… Necesito pensar en vuestras proposiciones. Os llamaré más tarde…

—No podréis localizarme.

—Entonces llamadme vos. Al mediodía. ¿De acuerdo?

Desconecté la pantalla y me volví a Chorian.

—¿Es eso cierto? ¿Sunteil está aquí?

—Disfrazado, sí. Llegó hace cinco minutos. Dijo que hablaría sólo con vos.

—Tráelo aquí —dije —. Aprisa.

Entró un hombre viejo. Alguien había hecho un excelente trabajo de camuflaje con él. Parecía tener como doscientos veinticinco años, un anciano arrugado, encorvado, horrible…, una figura marchita y encogida, temblorosa y vacilante al andar, con unos pocos mechones de pelo blanco aferrados aún al calvo domo de su cabeza.

Era el náufrago absoluto, el total y terrible cataclismo del tiempo: un hombre al final de sus fuerzas, allá donde ninguna remodelación es ya posible. Y era absolutamente convincente. Pero tenía que ser falso. No había visto a Sunteil desde hacia ocho o diez años, pero no era posible que hubiera envejecido tanto tan rápidamente. Se hallaba en la flor de la edad cuando lo conocí…, sesenta años, quizá setenta como máximo.

Lo único que no había alterado eran sus ojos. Pude verlos resplandecer con torva viveza tras aquella terriblemente arrugada máscara: los auténticos ojos de Sunteil. Sus brillantes, vivos, perversos, inconfundibles ojos.

1 ... 96 97 98 99 100 101 102 103 104 ... 117
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)