La estrella de los gitanos [Star of Gypsies - es]
- Автор: Силверберг Роберт
- Год: 1988
- Язык: испанский
- Год: J
- ISBN: 84-334-4024-1
- Переводчик: Domingo Santos
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «La estrella de los gitanos [Star of Gypsies - es]». Краткое содержание книги:
Pero los gitanos tienen también otros talentos,. Arrastrados por su tradición errante, siguen vagando, pero hoy no solo a través del espacio, sino también del tiempo: su facultad de espectrar les permite trasladarse a las más remotas épocas, y volver al viejo y ya desaparecido planeta Tierra para contemplar su vida pasada, desde el esplendor de la antigua ciudad de Atlantis hasta el horror de los campos de exterminio nazis.
Y los gitanos mantienen un antiguo sueño: volver a su mundo de origen. Porque ellos nunca fueron nativos de la Tierra. Y así, contemplan desde el cielo de los mil mundos por los que se hallan ahora dispersos la Estrella Romani, de la que tuvieron que huir precipitadamente para salvar sus vidas, y anhelan el día en que podrán regresar a su hogar. Y quien mas lo anhela es Yakoub, el Rey de los Gitanos, un personaje mezcla de Falstaff y Ricardo Corazón de León, que abdicó de su trono para poner las cosas en su sitio y ahora tiene que volver a él para cumplir con el último destino de la raza rom.
—Puede que esté muerto, Yakoub, pero sigue teniendo poder.
—Que lo conserve. Muy pronto no va a tener nada. Tengo que reservar mis energías para tratar con los emperadores que aún no están muertos. Estoy trabajando a largo plazo, Julien. Periandros ya se está descomponiendo. Lo sepa él o no.
—Pero mientras viva…
—No vive. Es un zombi. Es un mulo andante. Y te pido que me lo saques de encima. En bien del gran amor que afirmas que sientes por mí.
—Tu voz es tan dura, Yakoub. Parece haber mucha hostilidad en ella.
—Quizá tú sepas el motivo.
—D’accord —dijo hoscamente Julien —. Le diré a Periandros que necesitas más tiempo para tomar tu decisión.
—Algo así como ochenta millones de años —dije. Y corté el contacto.
Al momento siguiente Polarca entró a grandes zancadas en la habitación, con expresión alterada, agitando un fajo de informes.
—Están luchando en el distrito de Gunduloni —anunció —. Un puñado de leales a Periandros contra un destacamento de las milicias de Naria. Y tropas llevando las insignias de Sunteil se han apoderado de todo un bloque de calles justo al sur del distrito imperial, y están vendo de casa en casa, obligando a la gente a jurar lealtad a ellos. Y en el otro lado de la ciudad se libra una batalla. y nadie es capaz de decir quién está del lado de quién.
—¿Hay alguna otra cosa? —pregunté.
—Una más —dijo Polarca —. Naria te ha convocado al palacio. Desea parlamentar contigo inmediatamente.
12
Era inevitable, por supuesto: el tercer zapato tenía que caer. Periandros y Sunteil se habían dejado oír, y finalmente el último de los grandes lores estaba haciendo sus movimientos para obtener mi apoyo. O eso suponía. Se me requería —y el ayudante de Naria había sonado taxativamente urgente en ello, según Damiano, que había recibido la llamada— que me presentara inmediatamente, y que llevara conmigo no sólo a Polarca sino también a la phuri dai. Astuto Naria, intentando traerse a su lado también a Bibi Savina: quizá mi sitio en el trono de los rom se tambaleara un poco, pero todos los roms de todas partes reverenciaban a la phuri da¡, sin excepción.
Sostuvimos una conferencia acerca de si era prudente aceptar la invitación de Naria, y recibí una respuesta mezclada. Jacinto y Ammagante, cautelosos como siempre, se preguntaban si no sería alguna especie de trampa, un complot destinado a darle a Naria el control de todo el alto mando rom con un solo movimiento. Damiano y Thivt admitían que se trataba de una posibilidad, pero consideraban que era demasiado rebuscado. A Polarca, evidentemente deseoso de salir de aquel palacio donde llevábamos escondidos lo que empezaban a parecer semanas, no le importaba: estaba dispuesto a correr el riesgo, fuera cual fuese, antes que permanecer encerrado más tiempo en aquel agujero.
Miré a Bibi Savina.
—¿Qué dice la phuri dai, entonces?
Ella me miró a mí y a través de mí, hacia reinos muy, muy lejanos.
—¿Se niega el baro rom a acudir a la llamada del emperador? —preguntó.
—¿Pero es Naria el emperador? —se limitó a decir Jacinto.
—Tiene el palacio —indicó Bibi Savina —. Uno de los otros dos está muerto y el tercero se esconde. Si Naria no es el emperador, nadie lo es. Ve a él, Yakoub. Debes hacerlo. Y yo iré de buen grado contigo.
Asentí. La phuri da¡ y yo generalmente hemos visto siempre las cosas del mismo modo a lo largo de los años. Dije a Damiano:
—Dile que estaremos allí en una hora o menos.
—Ha prometido enviar un vehículo imperial a buscarte.
—No —dije —. Lo último que deseo es recorrer hoy la Capital en un vehículo que lleve las insignias imperiales. Tomaremos uno de nuestros propios vehículos. Tres vehículos, de hecho. Nadie va a intentar cortarle el paso al baro rom si ven toda una caravana de vehículos roms.
Palabras atrevidas. De hecho nos dispararon cinco veces durante el trayecto de treinta minutos hasta el palacio imperial. No alcanzaron a nadie: nuestros blindajes eran excelentes. De todos modos, no era buena señal. Toda aquella artillería parecía propia del siglo XX, y yo me sentía desplazado, mil años desplazado y unos cuantos más. No se me había ocurrido que una cosa tan insignificante como una lucha por la sucesión imperial pudiera arrojar tan pronto a los gaje de cabeza hacia atrás en el camino evolutivo. La guerra es un concepto obsoleto. Se lo había dicho a Julien de Gramont el otro día —por decirlo así—, en la tranquilidad de mi retiro en el helado Mulano. Y en el breve espacio de tiempo desde entonces me había visto en medio de una pequeña guerra en Galgala y ahora en lo que parecía ser una a mayor escala aquí en la Capital. Primero en la sede de nuestro gobierno y luego en la suya.
De todos modos, conseguimos llegar a nuestro destino en el mismo número de piezas que habíamos salido. Nunca supimos qué lado estaba disparando. Lo más probable era que las tres facciones se estuvieran turnando, y nadie tuviera la menor idea de a quién disparaba, no más de la que teníamos nosotros de quién nos disparaba. Una guerra anónima: auténtico siglo xx. Si tenía que haber una lucha, que me dieran los días medievales, en los que al menos conocías el nombre de tu enemigo.
La ciudad era un lío tremendo. Jamás hubiera creído que pudieran destrozarse tantas cosas en tan poco tiempo. Al menos media docena de las más altas torres habían sido reducidas a la mitad. Montones de escombres se apilaban hasta la altura de las casas en las amplias avenidas. Un manto de humo negro manchaba el cielo. Aquí y allá un brazo o una pierna se asomaba por entre las ruinas: muertos, auténticos muertos, irreparables e irreversibles. Vidas enteras cortadas por la mitad como habían sido cortadas aquellas torres, hombres y mujeres a quienes se les habían robado cien años o quizá más. ¿Y para qué? ¿Una mezquina disputa sobre si la corona gaje tenía que apoyarse sobre la cabeza de un hombre de Fénix o un hombre de Vietoris, o quizá la figura animada de un hombre muerto de Sidri Akrak?
En medio de aquellas escenas de devastación subsistían, sin embargo, incongruentes signos del esplendor imperial. Estandartes celestes, símbolo de la presencia del emperador en la Capital, llameaban al este, al sur y al norte. Pero era un despliegue de estandartes como nunca antes se había visto allí, porque resplandecían en tres combinaciones distintas de colores, una para Periandros, una para Naria, una para Sunteil. Allá donde aquellas chillones luces se encontraban y chocaban sobre nuestras cabezas se producía un torbellino en el cielo que hería y cegaba los ojos.
Y más lejos al norte, en el anillo exterior de la ciudad…, ¿qué era aquella brillante columna de luz púrpura? ¡Oh, era nada menos que la lanza de luz del baro rom, colocada de nuevo finalmente en el lugar que le correspondía! ¿Obra de Naria? ¿De Sunteil? Bien, en estos momentos era un halago inútil. ¿Creían que podían conseguir mi alianza con un simple despliegue de luz?
El palacio estaba custodiado, nivel tras nivel. por fantásticas defensas. Un anillo de pantallas deflectoras primero, tiñendo todo el lugar de un resplandor púrpura. Dentro de él, una hilera de resplandecientes tanques, todos ojos y cañones. Luego una falange de robots. Una milicia androide. Una enorme hueste de soldados humanos también…, o más bien dobles de soldados, acuñados rápidamente para cubrir la emergencia. Detectores. Ojos celestes. Flotantes nubes de letales proyectiles antipersonas mantenidos en suspensión por redes de fuerza magnética. Y más, mucho más. Lo último, lo más nuevo, un maravilloso y ridículo despliegue de magia tecnológica. El increíble despliegue defensivo de Naria me dijo tanto sobre Naria como sobre el estado actual de las defensas del Imperio.