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La estrella de los gitanos [Star of Gypsies - es]

Электронная книга - «La estrella de los gitanos [Star of Gypsies - es]». Краткое содержание книги:

En el año 3159, la humanidad ha conquistado las estrellas, y los otrora despreciados gitanos son hoy mimados y respetados, porque solo ellos pueden llevar a buen puerto las astronaves en sus largos saltos estelares.
Pero los gitanos tienen también otros talentos,. Arrastrados por su tradición errante, siguen vagando, pero hoy no solo a través del espacio, sino también del tiempo: su facultad de espectrar les permite trasladarse a las más remotas épocas, y volver al viejo y ya desaparecido planeta Tierra para contemplar su vida pasada, desde el esplendor de la antigua ciudad de Atlantis hasta el horror de los campos de exterminio nazis.
Y los gitanos mantienen un antiguo sueño: volver a su mundo de origen. Porque ellos nunca fueron nativos de la Tierra. Y así, contemplan desde el cielo de los mil mundos por los que se hallan ahora dispersos la Estrella Romani, de la que tuvieron que huir precipitadamente para salvar sus vidas, y anhelan el día en que podrán regresar a su hogar. Y quien mas lo anhela es Yakoub, el Rey de los Gitanos, un personaje mezcla de Falstaff y Ricardo Corazón de León, que abdicó de su trono para poner las cosas en su sitio y ahora tiene que volver a él para cumplir con el último destino de la raza rom.
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—Simplemente como un asunto interno rom, Majestad. Una maniobra política, quizá no juiciosamente concebida.

—Ah.

—Ha sido invalidada. Anulada. En lo que a mí y mi pueblo se refiere, no ha habido ninguna interrupción en mi reinado.

—¿Y las pretensiones de vuestro hijo Shandor?

—Una aberración, Vuestra Majestad. Una desesperada insurgencia que en la actualidad se halla ya bajo control. Y, con la muerte de Shandor, todo el asunto queda fuera de órbita. No hay otros pretendientes al trono rom.

Periandros pareció genuinamente sorprendido.

—¿Ha muerto Shandor?

—Durante la invasión de Galgala por parte de las tropas imperiales —dije, quizá demasiado secamente.

Consultó con sus grandes lores. Hubo rápidos murmullos en el opaco dialecto akraki del imperial. Por lo poco que pude captar, vi que Julien me había dicho la verdad cuando señaló que la muerte de Shandor no era obra de Periandros, sino que había sido una contribución espontánea de un general con un exceso de celo. Lo cual al menos me permitiría sentirme un poco mejor en mis tratos con Periandros. Cuando se volvió de nuevo hacia mí, había una mirada casi de compasión en sus ojos. O trastornos intestinales, aunque yo lo interpreté como compasión. Concedámosle algo de crédito. Las emociones humanas iban en contra de su naturaleza, pero se esforzaba. Expresó sus condolencias, y yo le di las gracias. Le dije que Shandor había sido una gran prueba para mí, pero que pese a todo era sangre de mi sangre, etcétera, etcétera. El Decimosexto asintió solemnemente. Con toda probabilidad se sentía muy fascinado por nuestra extravagante y antigua costumbre rom de preocuparnos tanto por los miembros de nuestras familias.

Al cabo de un rato, con evidente alivio por su parte y de hecho también por la mía, dejamos a un lado el tema de Shandor y volvimos al tema del poder, que era mucho más cómodo para ambos.

A su manera personal, frunciendo mucho la boca, reconoció que les dos nos hallábamos en una situación altamente precaria. Pensé que mi situación era considerablemente menos precaria que la suya, pero decidí compartir su opinión. Era lo suficientemente listo como para saber que no se necesitaba un monstruo como Shandor para derribar un rey. Alguien tan leal y dedicado como Damiano podía hacerlo, si empezaba a creer que yo me estaba volviendo demasiado viejo e impredecible como para que pudiera confiarse en mi trabajo. Quizá incluso en connivencia con Polares. Había montones de precedentes en la historia humana de reyes siendo derribados por sus hombres de mayor confianza en aras del bienestar general. Sí, cuanto más pensaba en ello, más arriesgada veía mi posición.

—Sí, nos necesitamos el uno al otro, vos y yo —le dije a Periandros.

La política, dijo el viejo filósofo gaje —Shakespeare, Sócrates, uno de esos— crea extraños compañeros de cama. Nunca imaginé verme a mí mismo inclinándome hacia Periandros. Pero tampoco había imaginado hallar a Periandros sentado en el trono imperial.

Llegamos muy rápidamente a un entendimiento. Habría una espectacular ceremonia pública, con toda la fanfarria, pirotecnia y todo lo demás, a fin de reconfirmarme como Rey de los Roms. El cetro del reconocimiento, toda la parafernalia. Sería invitada toda la nobleza, tanto gaje como rom, de todos los mundos. De hecho, el mayor espectáculo en siglos.

—¿Con lanzas de luz para todos? —señalé.

—Por supuesto, con lanzas de luz —dijo Periandros, irritado —. ¿Cómo podríamos pasarnos de las lanzas de luz, con toda la nobleza reunida aquí?

—Sólo me lo preguntaba —dije.

Pero no, él estaba planeando hacerlo a lo grande, y al diablo los costes. Podía ver lo serio que era al respecto, con sólo tener en cuenta lo que iba a gastar en ello. Aunque se me ocurrió la idea de que tal vez nos pidiera que nosotros contribuyéramos también. Lo cual seria lógico. La ceremonia de reconsagración constituiría un enorme beneficio simbólico para ambos. Para mí, barrería la pequeña ambigüedad que se había suscitado cuando Lord Naria, actuando como regente, había posado el cetro sobre los hombros de Shandor. Para Periandros, serviría igualmente para invalidar lo que Naria había hecho, invalidando así retroactivamente el osado despliegue de autoridad imperial del otro lord. Todos los mundos sabrían que Yakoub Nirano era ahora y para siempre Rom Baro, Rex Romaniorum; e implícito en el reconocimiento de Periandros de mi persona como rey estaba mi reconocimiento de él como emperador.

Había otro pequeño asunto en el paquete. Pero incluso el Periandros desvergonzado estaba demasiado avergonzado para pedírmelo directamente. Lo que deseaba era que yo espiara para éclass="underline" hacer que mis capitanes estelares roms me mantuvieran informado de los movimientos de Lord Naria y Lord Sunteil, y que yo le pasara esos informes a él. De la forma en que consiguió frasear la petición, sin embargo, Sunteil y Naria no estaban explícitamente mencionados, y resultaba posible que yo interpretara que simplemente me pedía detallados análisis estadísticos de los movimientos comerciales entre los mundos. Así, al menos, es como decidí interpretarlo.

—Por supuesto —dije —. No veo ningún problema en ello.

—Entonces, ¿nos comprendemos mutuamente?

—Por completo —dije.

Se levantó y sirvió el vino de la despedida para mí. Me adelanté para aceptarlo, y le eché una atenta mirada de cerca mientras lo hacía. Había estado notando algo raro en él durante los últimos minutos, y deseaba comprobarlo desde más cerca.

Me había parecido que había como una especie de temblor en sus bordes, por decirlo así. Como si perdieran un poco de definición. No estaba seguro de ello; pero, por todo lo que podía decir desde la distancia donde se me había requerido que me sentare, el Decimosexto estaba teniendo algunos problemas en mantener firmes los límites de su cuerpo. Eso, por supuesto, es una característica de los dobles: siempre son plausibles duplicados de los seres humanos de los que son generados, pero se hallan en un constante estado de degeneración desde el momento mismo en que salen del molde, y un ojo atento puede detectarlo a veces, por muy sutil que sea el efecto en sus primeros estadios.

¿Había estado hablando durante todo el rato con un doble del emperador? ¿Sentado allí bebiendo su vino y mirándole a los ojos y realizando pequeñas escaramuzas políticas con él, y durante todo el tiempo había estado tratando con un mero simulacro, mientras el auténtico Decimosexto —mortalmente asustado ante la posibilidad de ser asesinado, incluso a manos de un impensable asesino como el propio rey rom— se ocultaba en algún lugar fuera de mi vista, monitorizando a su doble por conexión cortical, quizás incluso manejando un relé que le indicara al doble lo que tenía que decir? Jesu Cretchuno Moischel y Abraham! ¡Qué absurdo! ¡Qué insulto!

Si era cierto. Miré más de cerca. Pero fui incapaz de asegurarlo. Quizá todo fueran imaginaciones mías. Tal vez el temblor que había creído percibir estaba en mis ojos y no en los bordes del emperador. En cualquier caso, no había forma alguna de pincharle y hurgarle para comprobarlo; tenía que tomar mi pequeño sorbo de vino y bajar de la plataforma.

—¿Y bien? —quiso saber Polarca —. ¿Cómo fue?

—Más o menos como esperaba. Es una pomposa mierdecita: cree realmente que es el emperador. Lo más curioso es que yo también creo que lo es. Pero había algo malditamente extraño.

—¿De qué se trata?

Le expliqué que creía que podía haber estado celebrando todo el rato mi audiencia con un doble del emperador. Polarca dio una palmada y se echó a reír.

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