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La estrella de los gitanos [Star of Gypsies - es]

Электронная книга - «La estrella de los gitanos [Star of Gypsies - es]». Краткое содержание книги:

En el año 3159, la humanidad ha conquistado las estrellas, y los otrora despreciados gitanos son hoy mimados y respetados, porque solo ellos pueden llevar a buen puerto las astronaves en sus largos saltos estelares.
Pero los gitanos tienen también otros talentos,. Arrastrados por su tradición errante, siguen vagando, pero hoy no solo a través del espacio, sino también del tiempo: su facultad de espectrar les permite trasladarse a las más remotas épocas, y volver al viejo y ya desaparecido planeta Tierra para contemplar su vida pasada, desde el esplendor de la antigua ciudad de Atlantis hasta el horror de los campos de exterminio nazis.
Y los gitanos mantienen un antiguo sueño: volver a su mundo de origen. Porque ellos nunca fueron nativos de la Tierra. Y así, contemplan desde el cielo de los mil mundos por los que se hallan ahora dispersos la Estrella Romani, de la que tuvieron que huir precipitadamente para salvar sus vidas, y anhelan el día en que podrán regresar a su hogar. Y quien mas lo anhela es Yakoub, el Rey de los Gitanos, un personaje mezcla de Falstaff y Ricardo Corazón de León, que abdicó de su trono para poner las cosas en su sitio y ahora tiene que volver a él para cumplir con el último destino de la raza rom.
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—Te lo he dicho. Hay riesgos para mí si lo hago. Y no veo ninguna recompensa, excepto que se me permita conservar lo que ya es mío por derecho absoluto.

—Oh, habría una recompensa, Yakoub.

—Te sugiero que me la nombres.

—La Estrella Romani —dijo Sunteil —. ¿Qué dices ahora? Dame tu apoyo, y tendrás la Estrella Romani.

11

Tuve que apartar la mirada para que Sunteil no captara mi estupefacción. ¿La Estrella Romani? ¿Cómo conocía él ese nombre? ¿Cómo era posible que un lord del Imperio estuviera hablando de la Estrella Romani?

Sentí un momento de terrible vértigo. Mi rostro ardió y mis rodillas vacilaron, y un repentino e inquietante terror apuñaló mi corazón. Por un desfalleciente instante creí que iba a caerme. Fue un mal momento, como si se hubiera abierto una trampilla en el suelo bajo mis pies. Luego conseguí controlar mis flujos glandulares y transformé mi miedo en ira, lo cual no era más útil pero sí menos debilitante. En el nombre de Dios, ¿qué había dicho Sunteil acerca de la Estrella Romani? ¿Quién había revelado nuestro más precioso secreto a aquel escurridizo gaje? Estrangularía al traidor con mis propias manos. ¿Quién podía haber sido? Miré con ojos llameantes por toda la habitación. ¡Chorian! ¡Chorian! Por supuesto. El pequeño rom personal de Sunteil, su ayuda de campo gitano…, consiguiendo el favor del lord gaje a través de la revelación de los más profundos misterios de nuestro pueblo…

Lancé a Chorian una mirada que deseé que agostara su alma. Se puso escarlata. Y en sus ojos apareció una lamentable expresión de… ¿qué? ¿Angustia? ¿Desconcierto? ¿Un anhelo de perdón que sabía que nunca iba a llegar?

Cuando me hube calmado lo suficiente me volví de nuevo a Sunteil y dije con voz tensa:

—¿Qué sabes de la Estrella Romani?

—Eso no tiene importancia. Lo que tiene importancia es que te garantizo que será vuestra, Yakoub, cuando yo ocupe el trono.

—Eso ya lo has dicho. ¿Pero de qué crees que estás hablando? ¿Qué quieres dar a entender cuando dices «la Estrella Romani»?

Sunteil pareció muy inquieto.

—Una estrella roja, eso es. Con un solo planeta a su alrededor, que también es conocido como la Estrella Romani.

—Adelante.

—Un lugar que por alguna razón es sagrado para el pueblo rom.

—¿Por alguna razón, Sunteil? ¿Qué razón?

—No lo sé.

—¿De veras?

—¿Cómo podría? Es una cosa privada rom. Todo lo que sé es que deseáis terriblemente esa Estrella Romani, pero no os atrevéis a ir allí y reclamarla, ya sea porque pertenece a algún otro o porque pensáis que la querremos para nosotros si descubrimos que vais tras ella, No lo sé, ni me importa. Ni siquiera sé dónde está. Lo que te estoy diciendo, Yakoub, es que esa Estrella Romani será vuestra si me ayudas a ser emperador. ¿No es suficiente para ti? Mi solemne promesa.

La promesa de un gaje, pensé amargamente. La promesa de un fenixi.

—¿No tienes idea de dónde está ni de qué es exactamente, pero me dejarás tenerla?

Respondió, con cierta exasperación:

—Tienes mi palabra de ello. Tú dime: «Este lugar es la Estrella Romani, Sunteil», y yo diré: «De acuerdo, es vuestra» Sea lo que sea. No importa quien la reclame en aquellos momentos. Todo lo que sé es que significa mucho para vosotros, la posesión de esa Estrella Romani. De acuerdo. Para mí significa mucho ser emperador. Tú puedes proporcionármelo. Y yo puedo proporcionarte la Estrella Romani. ¿Qué dices a esto, Yakoub?

Lo estudié atentamente. Empezaba a darme cuenta de que realmente no sabía de la Estrella Romani más de lo que me había dicho. Pero debía tener en cuenta que me hallaba ante Sunteil, que era un hombre de Fénix, un planeta famoso por sus engaños y subterfugios. De todos modos, había sonado sorprendentemente turbado e irritado cuando respondió a mis preguntas sobre la Estrella Romani. Mis instintos me decían que esta vez, al menos, estaba siendo sincero cuando decía que aquello era realmente todo lo que sabía. Lo cual era de todos modos demasiado para un gaje; pero, de hecho, no era mucho.

—Necesito tiempo para pensarlo —dije.

—¿Cuánto tiempo?

—Tengo consejeros a los que debo consultar. Opciones que sopesar.

—¿Estás en contacto con Naria?

—No veo por qué tengo necesidad de decirte esto. Pero, de hecho, no he oído ni una palabra de Naria desde que empezó todo esto. Sólo Periandros. Que todavía sigue suplicándome que me alíe con él.

—Periandros está muerto.

—Alguien que parece Periandros y suena como si fuera Periandros me llamó hace apenas un momento. Un doble, quizá.

—Un doble, seguro —dijo Sunteil —. Periandros está muerto. Puedo asegurártelo de una forma definitiva.

—Supuse que podías —dije.

—Sabrás de Naria más pronto o más tarde. Lo más seguro pronto. Pero no creo que pueda ofrecerte nada que supere lo que te estoy ofreciendo yo. ¿Cuánto tiempo transcurrirá hasta que tenga noticias tuyas?

—No mucho —dije —. Sólo dame algo de tiempo para pensar. Ha sido un honor hablar contigo, Lord Sunteil.

—El honor ha sido mío, Yakoub.

Sunteil hizo una inclinación de cabeza hacia Chorian, como si esperara que el muchacho lo escoltara a la salida. Yo agité negativamente la cabeza e indiqué con un movimiento de un solo dedo que deseaba que Chorian se quedara; y Sunteil, asintiendo, salió con paso incierto de la habitación.

Apenas se hubo ido miré a Chorian con una furia terrible. El muchacho estaba pálido bajo su piel color medianoche.

—¿Cómo es que tu amo sabe de la Estrella Romani? —le pregunté con voz muy contenida.

—No es mi amo, Yakoub.

—Estás en su nómina. Sabe acerca de la Estrella Romani. No es mucho, parece, pero sabe. ¿Cómo es que sabe, muchacho?

—Os lo suplico, Yakoub, creedme… —Su voz se quebró —. Creedme, Yakoub…

—Di lo que sepas.

—Si conoce algo…, y no es mucho, es muy poco, estoy seguro de ello…, si conoce algo, Yakoub, no lo ha oído —de mis labios.

—¿No?

—Os lo juro. —Lo dijo en romani.

—¿Lo juras, realmente?

—Por Martiya el ángel de la muerte, por o pouro Del el dios de nuestros padres, por Damo y Yehwah, por todos los espíritus demonios…

—Ya basta, Chorian.

—Lo juraré por otras cosas. Por cualquier cosa que me pidáis.

Dije fríamente:

—Has aprendido bien tu antiguo folklore gitano, ¿eh? ¿Estudiaste el Swature como un buen chico? ¿Y se lo vendiste todo a Sunteil? ¿Todos esos pequeños y deslavazados fragmentos de mito y tradición, eh, muchacho? ¿Al menos conseguiste un buen precio por ello?

Las lágrimas brillaron en sus ojos.

—¡Yakoub! ¡Lo he jurado!

—Alguien que venda la Estrella Romani a los gaje puede jurar sobre el muli de su madre muerta, ¿y qué significa eso?

—No fui yo, Yakoub. Cuando Sunteil empezó a hablar con vos de la Estrella Romani deseé esconderme, morir, porque sabía que él no debería saber nada de la Estrella Romani, y sabía que vos pensaríais inmediatamente que había sido yo quien se lo había dicho. Pera no fui yo. ¿Qué puedo deciros para hacer que me creáis?

Se acercó hasta mí y me miró fijamente. Estaba temblando. Lloraba. ¿Era tan bueno como para ser capaz de fingir lágrimas? Era fenixi, sí, y los fenixis pueden engañar casi a cualquiera; y además era rom; pero no creía que pudiera fingir emociones como aquélla. Hay fingimiento y hay auténtico sentimiento, y si a mi edad soy incapaz de ver la diferencia entre una y otra cosa, entonces no me sirve de nada el haber vivido tanto.

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