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La estrella de los gitanos [Star of Gypsies - es]

Электронная книга - «La estrella de los gitanos [Star of Gypsies - es]». Краткое содержание книги:

En el año 3159, la humanidad ha conquistado las estrellas, y los otrora despreciados gitanos son hoy mimados y respetados, porque solo ellos pueden llevar a buen puerto las astronaves en sus largos saltos estelares.
Pero los gitanos tienen también otros talentos,. Arrastrados por su tradición errante, siguen vagando, pero hoy no solo a través del espacio, sino también del tiempo: su facultad de espectrar les permite trasladarse a las más remotas épocas, y volver al viejo y ya desaparecido planeta Tierra para contemplar su vida pasada, desde el esplendor de la antigua ciudad de Atlantis hasta el horror de los campos de exterminio nazis.
Y los gitanos mantienen un antiguo sueño: volver a su mundo de origen. Porque ellos nunca fueron nativos de la Tierra. Y así, contemplan desde el cielo de los mil mundos por los que se hallan ahora dispersos la Estrella Romani, de la que tuvieron que huir precipitadamente para salvar sus vidas, y anhelan el día en que podrán regresar a su hogar. Y quien mas lo anhela es Yakoub, el Rey de los Gitanos, un personaje mezcla de Falstaff y Ricardo Corazón de León, que abdicó de su trono para poner las cosas en su sitio y ahora tiene que volver a él para cumplir con el último destino de la raza rom.
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Escuché las trompetas. Sí, ahí estaban. Pero no la vieja gloria ensordecedora. Más bien un patético balido. ¿Otra de las miserables economías de Periandros? ¿O era simplemente el aroma de los tiempos, que hacía que todo pareciera una pálida y triste sombra de su anterior yo?

Y la voz del millón de altavoces:

—¡Yakoub Nirano Rom, Rom Baro, Rex Romaniorum!

El nombre y los títulos eran correctos, sí. Pero no había convicción en ellos, ninguna fuerza. Recuerdo en una ocasión, cuando estaba espectrando por los antiguos días del imperio romano en la Tierra —y este imperio gaje pretende tener un vínculo de relación con aquél, al menos en algunas de sus ceremonias y terminología que ha tomado prestadas—, y era en sus últimos días, justo antes de que los bárbaros llegaran golpeando a sus puertas. Normalmente, uno no sabe que vive en los últimos días de un gran imperio; tan sólo es consciente de que las cosas no son tan buenas como se suponía que debían ser. El conocimiento de la finalidad únicamente llega después del hecho, cuando los historiadores han empezado a proporcionar una perspectiva. Pero esos romanis de los últimos días sabían que no se trataba sólo de una mala época sino del final de su época, y podías verlo en sus ojos, en la gris expresión de sus rostros, en la curva de sus hombros. Todo alrededor de ellos gritaba que el apocalipsis estaba a la vuelta de la esquina. Ahora era un poco como aquello. El declive y la caída estaban en el aire de la Capital. El viejo orden terminaba, y sólo Dios sabía qué iba a venir a continuación; e incluso las trompetas y los altavoces eran débiles y parecían apagados por las dudas.

—El Decimosexto Emperador del Gran Imperio convoca al Rex Romaniorum ante el trono —llamó el mayordomo. Y eché a andar escalinata arriba. De nuevo. Lentamente. Con un paso no tan vivo como antes. La melancolía y el abatimiento eran contagiosos. Decidí alejarme de aquel lugar tan aprisa como pudiera, una vez completados mis asuntos con Periandros.

Parecía tenso, contraído, demacrado, dentro de sus finos ropajes. El Periandros que recordaba era un hombre más bien grueso, fofo, con la expresión de un amante de los placeres, en sazón, quizá incluso algo pasado. Algo completamente engañoso, puesto que no amaba más los placeres de lo que podría hacerlo una piedra. Probablemente algunas piedras de naturaleza ígnea eran incluso superiores en este aspecto. Dentro de ese blando y consentido cuerpo había un alma mezquina y dura, como un cangrejo acechando dentro de un pulposo melón. Dios sabe que todos son así en Sidri Akrak: todo un planeta de gente siniestra e inquietante que sufre estreñimiento de corazón. Ahora la sazón había desaparecido del cuerpo de Periandros, y en él sólo quedaba el áspero y arrugado núcleo akraki. A su lado, en los asientos que ocupaban los grandes lores del emperador, se sentaban ahora otros tres akrakikanos. Tuve que admirar la totalidad de la toma del poder, y su total estupidez. Normalmente el emperador tenía el suficiente buen sentido como para otorgar el puesto de grandes lores a ciudadanos de distintos planetas importantes, a fin de conseguir algo de apoyo político para sí. Pero no éste, más necesitado del apoyo de otros mundos que cualquier emperador que hubiera gobernado nunca. Oh, no, no éste: se había rodeado por completo de gente de su propia clase. Tres de sus hermanos, por todo lo que sabía. Si es que tenían hermanos en Sidri Akrak. Parecía más apropiado para gente como él haber nacido en probetas, como los androides. Era una visión descorazonadora, ver aquellos rostros hoscos y desapasionados devolverte la mirada desde la cima de la plataforma del trono.

—Éste es un día alegre, Yakoub Rom —dijo Periandros con una voz carente de la más minúscula molécula de alegría. Llana, monótona, un zumbido inhumano —. Eres bienvenido ante nos.

Nos, nada más que eso. ¡Había reinventado el nos real!

Tenía el vino preparado para mí. Tomé la copa. También aquello había perdido su sabor: insípido y ácido, un mal año. Sentí deseos de decirle que se suponía que el vino de bienvenida tenía que ser dulce.

En vez de ello hice el gesto formal que el baro rom hace cuando se halla delante del emperador. Quizá Periandros pensara que era un honor, pero todo lo que yo estaba haciendo era reforzar el mío. Afirmar mi status de rey, antes que afirmar el suyo de emperador. Él no tenía por qué saber aquello.

Consiguió esbozar una pálida y aleteante sonrisa. Una auténtica emoción, estilo Periandros. El equivalente de Periandros de un enorme y rugiente abrazo.

—Ha habido mucha confusión, ¿verdad? —dijo —. ¡Cómo detesto la confusión! —(¿Olvidando ya el nos?) —. Pero el tiempo del caos ya está terminando. La corona imperial ha descendido sobre nos. —(No, sólo un uso inconsistente) —. Y haremos todo lo posible por restablecer el orden en el Imperio. —Una mueca de satisfacción —. Ya hemos hecho mucho, en realidad. Por ejemplo, hemos ayudado a vuestros hermanos romanis en sus tiempos de dificultad.

Metiéndose en nuestros asuntos internos, matando a mi hijo. Sí, una ayuda maravillosa.

—¿Crees realmente que ha desaparecido la confusión, Periandros? —dije.

Siseos y jadeos de sorpresa entre los grandes lores, Una feroz mirada de negro odio de Periandros. Demasiado tarde me di cuenta de mi error. Tutearle y llamarle por su nombre, y sin siquiera el Lord delante. El antiguo Lord Periandros había desaparecido dentro de la grandeza real, lo que Julien llamaba la gloire, del Decimosexto emperador.

No había pretendido insultarle. Simplemente se me había escapado. Recuerdo, al fin y al cabo, el día en que Periandros se había sentado por primera vez entre los grandes lores. No hacía tanto tiempo de ello. La mirada de disculpa del Decimoquinto, como si dijera: es una criaturilla peculiar, lo sé, pero me resulta útil. Me resultaba difícil tomar a aquella criaturilla peculiar en serio. Sentada en el trono de mi viejo amigo. Pero ahora él era el emperador. Al menos, yo había decidido considerarle como el emperador. En bien de la conveniencia. Cubrí mi error con una rápida disculpa. Los viejos hábitos tardan en morir, etcétera, etcétera. Periandros pareció suavizarse algo.

—Ni nos hemos conseguido acostumbrarnos aún por completo a nuestra nueva y encumbrada posición —confesó.

Admiré la elegancia gramatical de aquella confesión. Hubiera podido decir ni nos mismos, lo cual hubiera sido una estúpida redundancia. Pero, por supuesto, yo no había pensado tanto en las sutilezas del nos real como indudablemente lo había hecho Periandros.

Dije piadosamente:

—Debe ser una gran carga, Majestad.

—Nos hemos preparado para ella durante toda nuestra vida. Hay una larga tradición de servicio imperial, ¿sabéis?, en mi mundo de Sidri Akrak. —(Hasta ahora se estaba comportando bien con el nos) —. El Séptimo emperador, y de nuevo el Undécimo…, y ahora, una vez más, nuestro mundo se ha visto honrado en las cúspides del Imperio. —Se inclinó hacia delante, mirándome fijamente, como si intentara leer mi pensamiento. Que Dios me ayudara si podía: hubiera visto el desprecio hasta su miserable alma resplandecer en todas mis circunvoluciones cerebrales, y cinco minutos más tarde yo estaría deseando hallarme de vuelta sano y salvo en la acogedora oubliette de Shandor. Se humedeció los labios —. Este asunto de vuestra abdicación…, ¿cómo se supone que debo interpretarlo?

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