Juegos De Azar
- Автор: Spencer LaVyrle
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Juegos De Azar». Краткое содержание книги:
Scot, dueño de una taberna en la que el juego y el alcohol son el pan de cada día, oculta tras su vida de libertinaje un corazón destrozado y un espíritu apasionado, capaz de albergar una increíble grandeza…
– Me encanta -afirmó-. ¿Cómo pudiste estar lejos de aquí tantos años?
– No lo sé -respondió Scott-. Ahora que he regresado, realmente no me lo explico.
– Muéstrame lo demás.
La llevó a la sala del frente, a la izquierda, una bella habitación con cuatro ventanas altas, imponentes, una gran chimenea y, a la izquierda de la entrada, un hueco en la pared, rodeado por un decorado de yeso.
– La alcoba nupcial -anunció.
– Preparada para ser usada otra vez -comentó Agatha-. Qué hermosa. Sin duda, debe de estar contenta.
– Jube está fascinada.
– No, Jube no, me refiero a la casa. -Alzó los ojos hacia el alto techo-. Tiene… presencia, ¿no es así? -Caminó alrededor de una silla Chippendale de patas palmeadas, pasó las yemas por la superficie encerada de una mesa Pembroke, el respaldo de un airoso sofá, pasó al piano, donde tocó una nota que quedó vibrando en el aire-. Personalidad.
– Pensé que yo era el único que todavía lo creía. Mi madre también.
Por las ventanas bajas del frente vieron los árboles de boj que la madre de Gandy había llevado desde Georgia.
– Quizá mire desde su tumba, al otro lado del camino, y dé su aprobación al modo en que hiciste revivir la casa.
– Quizá sí. Ven, te mostraré mi habitación preferida.
También a Agatha la oficina de Scott la conquistó a primera vista. Era mucho más personal que la sala del frente, poseía un aspecto de habitación en la que se vivía, con el libro mayor abierto sobre el escritorio, un tintero de cristal, y una pluma con punta de metal que parecía aguardar para ponerse a trabajar una vez más; el humidificador, sin duda lleno de cigarros, los restos de uno en un cenicero de pie, que estaba cerca de la silla junto al escritorio. El olor de Scott, a cigarro, cuero y tinta, predominaba.
– Va muy bien contigo.
Al levantar la mirada, lo sorprendió observándola, y aunque no sonreía se lo veía tan complacido de que ella estuviese ahí como Agatha se sentía de estar, por fin, en la plantación.
– Te mostraré el comedor -dijo, girando para abrir la marcha por el pasillo.
También el comedor era inmenso, con gabinetes empotrados para guardar la porcelana, una maciza mesa rectangular y, sobre ella, otra araña de gas. Bajo la mesa, el suelo estaba desnudo y reluciente, y los pasos de los dos resonaron mientras caminaban por el cuarto.
– El desayuno es a las ocho, el almuerzo al mediodía, y la cena, a las siete. Ésta es siempre formal, y compartimos la mesa con los huéspedes.
– ¿Y Willy?
– Willy también.
Entonces, Scott Gandy le daría otra cosa más: ese inefable sentido de familia que cundía en torno de la mesa de la cena más que en ningún otro lado. Los atardeceres de Agatha ya no serían solitarios, nunca más.
Tenía el corazón rebosante. Quería agradecérselo, pero ya la llevaba hacia la otra sala de adelante.
– Y ésta es tu habitación -le dijo Gandy, cediéndole el paso.
– ¿Para mí? -Entró-. ¡Pero… pero es tan grande…! Lo que quiero decir es que me sobraría la mitad del espacio.
La máquina de coser y los baúles ya estaban instalados en la amplia habitación. Todo brillaba: las cuatro ventanas, una con una vista al sur, hacia los jardines de adelante, el sendero de entrada, los bojes y, al este, el río. Era demasiado, y se sentía abrumada.
– Quería que estuvieras en el suelo principal, para que no tuvieses que subir las escaleras con frecuencia. Si estás de acuerdo, usaremos ese rincón como salón de clase para Willy.
– Oh, estoy más que de acuerdo.
Era una habitación idéntica a la primera sala, sin la alcoba, pero con una rareza: un armario con espacio para entrar, más grande que cualquier despensa que Agatha hubiese visto. Había una elegante cama con colgaduras de brocado blanco, una silla tapizada en tela de flores coloridas, una pequeña cómoda doble con cajones también en la parte superior, un poco más angosta, un espejo de pie de un metro y medio de alto, montado sobre puntales giratorios, y una mesa de biblioteca sobre la que había un gran ramo de forsitias doradas.
– Lo siento, Gussie. No gozarás de mucha intimidad, salvo a la noche. Durante el día, para darte sensación de intimidad, podrías tener las puertas abiertas mientras trabajas aquí. Así, los huéspedes se sentirán como si fueran de la familia.
Delante del espejo de pie, Agatha encontró la mirada de Scott en el cristal. Se dio vuelta con lentitud, preguntándose si tendría noción de lo que significaba para una mujer como ella tener un cuarto semejante en una casa como esa.
– Ya he tenido intimidad, Scott. No es tan deseable. Durante muchos años viví en ese apartamento oscuro y pequeño, sin nadie que fuese a golpearme la puerta e interrumpirme o molestarme. No imaginas lo espantoso que fue. -Esbozó una sonrisa que venía del corazón-. Por supuesto, dejaré las puertas abiertas mientras trabaje aquí. Aunque me provoca algo de culpa quedarme con una de las habitaciones más encantadoras de la casa, que podrían rendir dinero si se usaran para los huéspedes.
– Tu responsabilidad es cuidar de Willy, y no se me ocurre cómo podrías hacerlo desde las cabañas de esclavos. Además, hay otros tres cuartos de huéspedes arriba, tan grandes como éste.
– Pero esto es más de lo que yo esperaba. El lugar más hermoso en el que he vivido.
Gandy dio unos pasos hacia el interior de la habitación y se detuvo junto a la cama.
– Estoy contento de que estés aquí, Gussie. Había pensado…
De pronto, irrumpió Willy por la puerta, y tomó a Agatha de la mano.
– Ven a ver mi cuarto, Gussie.
Tironeó, impaciente, y Scott los siguió y se quedó al pie de la escalera de la derecha, viendo cómo subían.
– ¿Puedes subir sin problema?
– Nada sería capaz de detenerme -contestó, mirando sobre el hombro.
Mientras subían, a Agatha la sorprendió cruzarse con una pareja de mediana edad que bajaba. Vestían ropa de montar.
– Hola -la saludó la mujer.
– Hola.
Al instante, Gandy subió corriendo.
– Ah, señor y señora Van Hoef, ¿van a los establos?
– Así es -dijo el hombre.
– Es un día perfecto para cabalgar. Señor y señora Van Hoef, me gustaría presentarles a Agatha Downing, la más flamante de los residentes permanentes de Waverley. -A Agatha le explicó-: Robert y su esposa, Debra Sue, llegaron ayer de Massachusetts. Son nuestros primeros huéspedes oficiales.
Agatha murmuró una respuesta cortés, y el matrimonio siguió su camino.
– ¿Ya hay huéspedes?
– Van Hoef dirige una harinera, y se lo considera uno de los cinco hombres más ricos de Massachusetts. ¿Sabes por qué está aquí, Gussie?
– No.
– Porque una vez me dijiste algo, cuando estábamos hablando de Waverley. Te referiste a él como un tesoro nacional, ¿recuerdas? -No se acordaba, y prosiguió-. Cuando me marché de Kansas, no tenía idea de cómo haría para que Waverley fuese productivo otra vez. Un día, estaba mirando por la ventana de la rotonda -miró hacia allí, y otra vez a Agatha-, y recordé tus palabras. Entonces, comprendí el potencial que había en este sitio. Si no hubiese sido porque insististe en que volviera, tal vez no lo habría hecho jamás. Quería darte las gracias por instarme a regresar.
– Pero yo no hice nada. Todo lo hicisteis tú y los demás.
Willy se había adelantado y estaba inclinado sobre la baranda de la pasarela, balanceándose sobre la barriga.
– ¡Date prisa, Gussie!
Agatha levantó la cabeza y contuvo el aliento.