Tratamiento criminal [Silent Treatment - es]
- Автор: Палмер Майкл
- Год: 1996
- Язык: испанский
- Год: Editorial Planeta
- ISBN: 84-08-01878-7
- Переводчик: Victor Pozanco
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Tratamiento criminal [Silent Treatment - es]». Краткое содержание книги:
Michael Palmer ha conseguido una sobrecogedora novela de intriga médica, un impresionante thriller protagonizado por el médico más siniestro aparecido en la literatura de terror desde los tiempos de Hannibal Lecter.
Ahora, sin embargo, iba a visitar el lugar en compañía de Santana.
– Pare en la primera área de servicio que encuentre -dijo Ray-. Usted tiene que prepararse y yo tengo que echarle un vistazo al equipo.
Pese a su débil aspecto físico y a sus tics nerviosos, Ray siempre daba la impresión de arrogancia y seguridad en sí mismo. Pero después de oír cómo le había hablado Harry a Sean Garvey, estaba algo cohibido. Por otra parte, parecía más tranquilo: apenas se le notaba el tic de la boca y no le temblaban las manos.
De aquel mismo aplomo debió de armarse Santana en el Central Park, pensó Harry, la noche que les disparó a quienes los atacaron a él y a Maura.
El área de servicio en la que Harry detuvo la caravana no estaba muy concurrida. Santana le dio un jersey negro de cuello alto, un chaleco antibalas, un pasamontañas y un frasco de grasienta pintura negra.
– No olvide untarse el dorso de las manos, Harry -dijo Santana, que bajó de la caravana con el rifle en una funda de lona.
Arreciaba la lluvia. Por el este, a lo lejos, un relámpago hizo azulear el cielo.
Harry dejó su equipo junto al asiento. Evie, Andy Barlow, Sidonis, ¿Maura? Estaba dispuesto a luchar. Dispuesto a lo que fuese. Pero antes de disponerse a ir a la batalla, tenía algo importante que hacer: una llamada telefónica.
Kevin Loomis miró el reloj y trató de imaginar hasta dónde debía de llegar ya el agua en el sótano.
La lluvia los había obligado a hacer la barbacoa en el interior de la casa, pero no importaba. Todo transcurría como él lo había planeado. Ya faltaba poco.
Debía de hacer cosa de media hora que había dejado la fiesta y había salido por la puerta de atrás, so pretexto de ir a por su tarjeta de puntuación de golf al garaje. Cogió la tarjeta de la bolsa, que estaba junto a la puerta del garaje, y luego rodeó por detrás de la casa para aflojar el tubo de la lavadora. Dentro de diez minutos «descubriría» el desaguisado.
Kevin volvió a mezclarse con los invitados. Se mostró dicharachero y alegre, eficazmente ayudado por el alcohol. Resultaba extraño saber con exactitud el momento de la propia muerte. ¿Habría hecho las cosas de otro modo, de haberlo sabido desde niño? Era una pregunta meramente retórica. Habría vuelto a aceptar ser miembro de la Tabla Redonda, tal como él creyó que era el grupo. Desde la primera reunión habría sido uno más. Y, a partir de ahí, nada hubiese cambiado lo más mínimo.
El día anterior se despidió de sus hijos lo mejor que supo. Luego, hizo el amor aceptablemente con Nancy antes de que la tensión lo rindiese.
Ahora, estaba en la cocina y miraba el cajón en el que tenía las linternas. Sólo faltaban unos minutos. De pronto, oyó sonar el teléfono. Lo cogió por si la llamada tenía que ver con alguno de sus hijos.
– Diga.
– ¿Kevin Loomis?
– Sí.
– Soy Harry. Harry Corbett. ¿Qué tal está?
– Bien. Pero tenemos una fiesta. No puedo hablar.
– No importa. Sólo escuche. Seré breve. ¿Sabe lo del asesinato por el que me buscan, el del cirujano?…
– Sí.
Desde la puerta de la cocina, Nancy preguntó con elocuentes ademanes si era una llamada importante. Kevin meneó la cabeza.
– Es Atwater, Kevin -prosiguió Harry-. Doug Atwater, de la Cooperativa de Salud de Manhattan. Él es el… caballero que está detrás de todos los asesinatos, el que manipula a Perchek, el médico de quien le hablé.
– Lo sospechaba. Atwater es Galahad, el caballero encargado de seguridad. Lo he visto antes en las noticias de la televisión.
– Los restantes miembros del grupo han podido participar, pero estoy convencido de que él es el cerebro. Vamos a por él ahora mismo… y a por Perchek.
– Buena suerte.
– Oiga, Kevin, lo he llamado para rogarle que espere a ver cómo termina todo esto. Si los cazamos, necesitaremos el testimonio de usted para procesarlos, pero si no lo conseguimos, los pacientes que corren un grave peligro van a necesitar de usted aún más.
– Yo… No sé por qué me habla en estos términos -dijo Kevin-. Por supuesto que voy a esperar a ver cómo termina todo esto. Les deseo suerte para esta noche. No obstante, ahora perdone, pero he de dejarlo.
– No se rinda, Kevin, porque tiene demasiado que perder. Todos tenemos mucho que perder.
Kevin colgó sin contestar. «¡Maldito Corbett! Claro… ¡como él no tiene hijos!», exclamó para sí Kevin, que abrió el grifo del fregadero. Apenas salía un hilillo de agua.
Loomis llamó a voces a Fred (uno de los vecinos elegidos para que prestasen testimonio en su momento).
– Nos hemos quedado sin presión de agua. ¿Qué puede ser?
Fred se encogió de hombros, aunque dijo:
– Vayamos a echar un vistazo al sótano.
Kevin dejó que abriese la puerta del sótano y pulsase el interruptor de la luz.
– Debe de estar fundida la bombilla -continuó Fred-. O será cosa del interruptor.
Desde abajo les llegaba claramente el murmullo del agua que inundaba el sótano. Kevin le pasó a Fred una linterna. Luego llamó al reverendo Pete Peterson y le dio otra.
– Me parece que esto se ha inundado -dijo Kevin, ya muy nervioso-. Y precisamente tengo las botas de agua ahí abajo. Sujeten la escalera y alúmbrenme. A ver qué pasa…
«A punto de pasar está», pensó Kevin, algo desconcertado ante la idea de que toda su vida desembocase allí dentro de unos instantes.
Bajó con sus dos amigos hasta el sótano. Mientras ellos lo alumbraban, él fue hacia la lavadora, con el agua hasta media espinilla.
– Es el tubo de la lavadora -dijo Kevin desde la oscuridad-. Se ha salido un poco. Alúmbrenlo bien.
Las cosas que creía tan importantes… carecen ahora de sentido…
– Tenga cuidado -dijo Peterson.
– ¿Ven? Ya está. Problema resuelto -anunció Kevin tras ajustar el tubo.
Hago lo debido. Lo mejor para Nancy. Lo mejor para los niños, lo mejor para todos. Perdóname, Dios mío…
Sir Tristán, caballero de la Tabla Redonda, respiró hondo y tocó con la mano la parte de atrás de la secadora. Su cuerpo se quedó rígido. Empezaron a saltar chispas de sus piernas por donde le llegaba el agua. El corazón se le paró de inmediato. Su mano se crispó alrededor del cable.
Kevin Loomis llevaba muerto quince segundos al desplomarse en el inundado sótano.
Capítulo 40
Green Dolphin Street
Estaban aún lejos de la mansión de Atwater cuando Harry oyó la melodía en su interior. Tamborileaba con los dedos en el volante y seguía el ritmo con la cabeza.
Santana lo miró inquisitivamente.
– ¡Ah, la música!… Siempre que estoy excitado recuerdo la misma melodía. A veces, no me doy cuenta de que estoy excitado hasta que la oigo en mi cabeza.
Ray lo miró más inquisitivamente aún. Enmarcado por la grasienta pintura negra, sus ojos parecían irisadas perlas.
– Pues siga con la música, siga.
Fueron en dirección al Hudson, hasta la estrecha y sinuosa carretera del litoral que discurría frente a las mansiones. Harry apagó las luces y redujo la velocidad. No se veían coches por las inmediaciones, ni circulando ni aparcados.
Las casas daban todas al Hudson desde majestuosos altozanos. Estaban rodeadas de frondas y a conveniente distancia de la carretera. Con la lluvia y la oscuridad, era imposible ver más que las luces de las ventanas.
– ¿Seguro que no se ha desorientado, Harry? -preguntó Santana.
– Ya no estoy tan seguro como hace un rato -contestó Harry, que trataba de ver algo a través del parabrisas de la caravana, rítmicamente barrido por aspas anchas como palos de hockey-. Quizá por eso no dejo de oír la condenada melodía.