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Tratamiento criminal [Silent Treatment - es]

Электронная книга - «Tratamiento criminal [Silent Treatment - es]». Краткое содержание книги:

La víspera del día en que Evie va a ser operada, su esposo, el doctor Harry Corbett, va al hospital con la esperanza de reconciliarse con ella tras una época de indiferencia y mutismo. Pero cuando llega a la habitación de Evie ya es demasiado tarde. Sin nada que hubiese podido hacer temer por su vida, Harry se la encuentra muerta y se convierte así en el único sospechoso del asesinato. Unos días más tarde, sin embargo, la mano asesina vuelve a actuar de modo tan audaz como desafiante, pero sólo el doctor Corbett sospecha que las muertes no se están produciendo por causas naturales. Empieza aquí una lucha desesperada para desenmascarar al monstruo homicida que tiene en jaque a todos los pacientes del hospital.
Michael Palmer ha conseguido una sobrecogedora novela de intriga médica, un impresionante thriller protagonizado por el médico más siniestro aparecido en la literatura de terror desde los tiempos de Hannibal Lecter.
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Justo en el momento en que Maura se decidió a saltar del taxi, se abrió la puerta y un hombre se abalanzó sobre ella. Era muy alto y corpulento. La empujó en el asiento con tal violencia que la estampó contra la otra ventanilla. Maura notó un fuerte golpe junto a la cicatriz de la operación.

Sin aguardar instrucciones, el conductor aceleró en dirección al río.

Maura reconoció de inmediato al monstruo: era el secuaz de Perchek (el que quedó con vida en el Central Park). Maura se revolvió contra él. Intentó arañarle la cara con la mano derecha a la vez que con la izquierda trataba de sacar el revólver. No consiguió clavarle las uñas, pero acertó a darle un puñetazo en la ceja. Bastó un instante para que, al sujetarla él con menos fuerza, Maura empuñase el revólver, le encañonase las costillas y apretase el gatillo.

El revólver no disparó. La única posibilidad que tenía se había ido al garete. El matón le arrebató el arma y le cruzó la cara. La abofeteó con tal violencia que le partió el labio superior y volvió a estamparle la cabeza contra la ventanilla. Maura se venció hacia delante y quedó con la cabeza entre sus muslos.

– El seguro, el seguro -se burló él con voz aflautada-. No se puede disparar la pistolita sin quitarle el seguro.

El matón la agarró del cuello y la obligó a erguirse en el asiento. Ella le escupió y le manchó de sangre la camisa y la cara. El se limpió la mejilla con el dorso de la mano, lentamente pero muy furioso. Luego volvió a golpearla con saña. Maura quedó inconsciente. El matón la arrodilló a viva fuerza y le estampó la cara contra el asiento.

– Buscamos a tu amiguito Corbett.

– No sé dónde está -farfulló Maura, que apenas podía abrir la boca de tanto como le dolía el cuello. Pero no iba a darle la satisfacción de gritar-. No sé dónde está. Ni siquiera sé si está vivo.

El sacó entonces de la bolsa la camisa de Harry y le levantó a Maura la cabeza para mostrársela.

– ¿Y esto qué es? -le espetó.

– Aunque supiera dónde está, no se lo diría.

– Al Doctor le encantará charlar con usted -dijo él a la vez que volvía a estamparle la cara contra el asiento.

* * *

El fugitivo más buscado de todo Nueva York circulaba por las calles de Manhattan en el interior de una enorme caravana. Maniobraba con cuidado para no llamar la atención, procuraba circular sólo por las amplias avenidas, que discurrían de norte a sur. Si se adentraba en cualquiera de las calles perpendiculares a las avenidas, podía encontrarse con algún camión o con un tramo en obras.

Como Harry apenas utilizaba el coche, porque vivía y trabajaba en el centro, no era un conductor muy experto. Si maniobrar con el BMW a veces ya le costaba, hacerlo con una caravana en una calle estrecha, con coches aparcados a ambos lados, podía ser desastroso.

Había fotografías suyas por todas partes. En cuanto le rozase la chapa a un coche y apareciese un agente, lo detendrían. Así de sencillo.

Eran las diez menos diez. Harry iba por Columbus Avenue. Trataba de sincronizar la velocidad para llegar a la calle 56 a las diez en punto. En cuanto Maura estuviese con él en la caravana podrían salir de la ciudad, aparcar y analizar la situación. Había muchas personas que sabían que era inocente o que, por lo menos, creían que lo era. Maura, Tom Hughes, Mary Tobin, Kevin Loomis, Steve Josephson, Doug Atwater, Julia Ransome, Phil, Gail…

Miró la primera hoja del bloc que tenía en el salpicadero. Había escrito todos aquellos nombres casi como un rito. Añadió el de Ray Santana. Tenía muchos amigos, colegas e incluso pacientes a quienes se les haría muy cuesta arriba creerlo culpable de cualquier delito, y mucho menos de asesinato. Pero la cuestión estribaba en saber quiénes estarían, de verdad, dispuestos a jugársela por él.

Juntos, él y Maura, podrían idear algún plan, sobre todo si lograban localizar a Ray Santana que, ciertamente, había contribuido mucho a complicarle las cosas, pero que no era la causa de sus problemas. Sólo con que consiguiera actuar de acuerdo con Kevin Loomis, tendría una buena posibilidad de salir del atolladero, aunque antes de pensar en otra cosa tenía que reunirse con Maura. Luego, ya procuraría hacer algo para que Loomis siguiese con vida. Finalmente, tendría que localizar a Santana. Y todo eso tenía que hacerlo sin caer en manos de la policía.

«Lo primero es lo primero», pensó Harry al recordar el lema que figuraba en los azules banderines de Alcohólicos Anónimos. «Lo primero es lo primero.»

Harry se adentró en la calle 56. Por suerte, no había camiones de reparto, ni tramo en obras, ni coches aparcados en doble fila. Pero… tampoco estaba Maura.

Frente a la entrada del club C.C.'s no había nadie y la puerta tenía toda la pinta de estar cerrada con llave. Harry redujo la velocidad y pensó en bajar un momento a comprobarlo, pero la impaciencia de un automovilista, que tocaba insistentemente la bocina, le ahorró tomar una decisión.

Rodeó por Ámsterdam Avenue y volvió a pasar por la calle 56. Ni rastro de Maura. Llamó a su apartamento y al de Maura, pero en ambos sólo respondieron los contestadores. Tampoco en el club se ponía nadie al teléfono. Al fin, llamó al «busca» de Phil.

– Hola, Harry -dijo su hermano al llamarlo-. Me parece que he oído hablar de ti un poco en la radio y en la televisión.

– Muy gracioso. ¿Qué tal lo llevan Gail y los niños?

– Digamos que volcados en la defensa del buen nombre de la familia. ¿Qué tal estás tú?

– Gracias a ti, todavía libre. Oye, Phil, la nota que te di era para decirle a Maura dónde teníamos que vernos. Pero aquí no aparece nadie. ¿Estás seguro de que se la han entregado?

– Completamente. Esta mañana he hablado con Ziggy. Se la ha entregado en mano a las tres de la madrugada.

– ¡Mierda!

– ¿Puedo hacer algo?

– De momento no. Ya has hecho bastante. Gracias, Phil. Te volveré a llamar cuando pueda.

– Trátame bien la caravana, eh. Le he prometido a Gail pasar un fin de semana en tu hotel rodante. A lo mejor hasta encontramos alguno de tus fajos por ahí tirado.

Harry siguió dando vueltas alrededor del punto de encuentro durante casi una hora, pero no había ni rastro de Maura. No cabía duda de que se había torcido algo. Pidió el número de Kevin Loomis en información y lo llamó a su casa.

Papá había ido a comprar helados para la fiesta, según le contestó un niño, y mamá estaba en el cuarto de baño.

Harry le dijo al pequeño que volvería a llamar dentro de una hora.

Eran casi las once. Faltaban aún dos horas para el segundo intento de encontrarse con Maura frente al C.C.'s. Harry, por supuesto, acudiría, pero estaba casi seguro de que Maura no. ¿Perchek? ¿Dickinson? ¿Maura, que se había vuelto a emborrachar? Lo último era lo que le parecía menos probable.

Harry miró el salpicadero, que casi parecía el cuadro de mandos de un reactor. Tenía gasolina de sobras.

Corbett volvió al centro de la ciudad. No creía que le quedase más alternativa que tratar de localizar a Ray Santana. Aunque detestaba la idea de poner en peligro a Mary Tobin, no tenía más remedio. Además, si la policía y Mary «llegaban a las manos», pensó Harry sonriente, compadecía a… la policía.

Harry localizó a Mary en su casa. Tal como imaginaba, ella ardía en deseos de hacer lo que fuese para ayudarlo (ella y su extensa familia al completo).

– Mi yerno, Darryl, es el único que se ha permitido hablar mal de usted -dijo Mary-. Volverá a casa en cuanto le hagan radiografías y le den todos los puntos de sutura. Y eso sólo se lo ha ganado de parte de mi hija, porque cuando lo coja yo por mi cuenta…

Mary tardó casi cuarenta y cinco minutos en ir a la consulta, a por las señas y el número de teléfono de Walter, y volver a casa. Había estado tanto tiempo porque, nada más llegar a la consulta, los dos agentes que la registraban la abrumaron a preguntas.

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