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Tratamiento criminal [Silent Treatment - es]

Электронная книга - «Tratamiento criminal [Silent Treatment - es]». Краткое содержание книги:

La víspera del día en que Evie va a ser operada, su esposo, el doctor Harry Corbett, va al hospital con la esperanza de reconciliarse con ella tras una época de indiferencia y mutismo. Pero cuando llega a la habitación de Evie ya es demasiado tarde. Sin nada que hubiese podido hacer temer por su vida, Harry se la encuentra muerta y se convierte así en el único sospechoso del asesinato. Unos días más tarde, sin embargo, la mano asesina vuelve a actuar de modo tan audaz como desafiante, pero sólo el doctor Corbett sospecha que las muertes no se están produciendo por causas naturales. Empieza aquí una lucha desesperada para desenmascarar al monstruo homicida que tiene en jaque a todos los pacientes del hospital.
Michael Palmer ha conseguido una sobrecogedora novela de intriga médica, un impresionante thriller protagonizado por el médico más siniestro aparecido en la literatura de terror desde los tiempos de Hannibal Lecter.
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– Por supuesto. Charles Mingus, ¿eh? Inteligente. Muy inteligente. En buena se ha metido, Harry.

– Lo he visto en la «tele» hace un rato. Gracias por preocuparse tanto por mí.

– De verdad, no sabe cuánto me alegro de oírlo, y de que se encuentre bien. Pero ¿dónde demonios está?

– Por ahí. Trato de localizar a Maura Hughes, Doug. He pensado que, a lo mejor, usted sabe dónde está.

– Lo del dibujo que hizo ha sido formidable, ¿verdad, Harry?

– La ha secuestrado Perchek, ¿no?

– Perchek… Perchek… Ese nombre no me suena. La verdad es que lo siento mucho por su amiga Maura. Sólo la vi una vez en el hospital, pero seguro que debe de ser una mujer muy hermosa, si está sobria, sin cardenales y con pelo. No es una mujer despampanante como Evie, por supuesto, pero es que como ella… ninguna. ¿No cree, Harry?

Corbett tapó el micrófono con la mano.

– La tiene él -le dijo a Santana-. ¿Cuánto quiere por dejarla en libertad, Doug? -añadió tras retirar la mano del micrófono.

– ¿No me ha oído usted, Harry? Le acabo de decir que sólo la vi una vez en el hospital.

– Sé dónde está Ray Santana, Doug. Santana a cambio de Maura.

– ¡Vamos, hombre! En mi vida he tenido una conversación más absurda que ésta. Primero me dice no sé qué de un tal Perchek, de quien no he oído hablar en mi vida; y ahora me sale con un Santana de quien tampoco sé una palabra.

– Oiga, Doug, esa mujer es muy importante para mí. No quiero que sufra el menor daño. No tiene usted más que decirme lo que quiere.

– La verdad es que desde que ese falso paciente suyo se lió a tiros conmigo no he dejado de preguntarme por qué se tomó usted tanto interés en hacer que ingresara en el hospital.

Harry volvió a tapar el micrófono con la mano.

– Me parece que va a picar -le susurró Harry a Santana-. Está bien, Doug -añadió tras retirar de nuevo la mano del micrófono-. Escuche: hablemos claro de una vez. Usted me entrega a Maura Hughes sana y salva, y yo le pondré a Santana en bandeja y le diré todo lo que sé sobre la Tabla Redonda: quiénes de sus caballeros están a punto de tirar de la manta y qué pruebas tienen, exactamente, contra usted.

Atwater tardó varios segundos en reaccionar.

– ¿Qué se propone, Harry?

– Largarme. Lo tengo todo preparado: billetes de avión, pasaporte, dinero, un seguro refugio. Todo. Pero no voy a marcharme sin Maura.

– ¡Ay, Harry! ¿Lo ha cazado, eh? Hágame caso: ninguna merece la pena, salvo la siguiente.

– Sin ella, no me importa lo que me ocurra. Y no pienso marcharme. Lo que significa quedarse sin Santana, y que la Tabla Redonda… se le hunda bajo los pies. Y si Maura y yo nos marchamos, tiene que ser forzosamente mañana al amanecer. De modo que, o lo solucionamos usted y yo esta noche, o se va todo al garete.

– ¿Dónde puedo localizarlo? -preguntó Atwater tras una larga pausa.

– Ni hablar, Doug. Podré estar desquiciado, pero no soy imbécil.

– Desde luego que no lo es. Está bien, amigo. ¿Tiene bolígrafo a mano?

– Sí.

Atwater le dio un número de teléfono con el prefijo 201, que correspondía a la zona norte de Nueva Jersey e incluía Fort Lee.

– Llámeme esta noche a las nueve y hablaremos -dijo Atwater.

– A las nueve entonces. Y escuche bien, Doug: no me queda mucho que perder. Si Perchek le hace algún daño a Maura, le juro que los mataré, a él y a usted.

– Menos lobos, Harry, menos lobos. Hablaremos y veremos qué pasa.

– A las nueve en punto -repitió Harry, que colgó sin dar opción a más.

– ¡Bravo, bravo! -aplaudió Santana-. ¡Ha estado formidable!

– Mejor de lo que usted cree, Ray -dijo Harry con una maliciosa mirada-. Ahora sé con exactitud dónde está Maura.

* * *

Llovía bastante cuando cruzaron el puente Tappan Zee en dirección a Nueva Jersey. El reloj-calendario del salpicadero de la caravana marcaba las 7.06 del 31 de agosto.

31 de agosto… El día anterior a la fecha de la «maldición de los Corbett».

Harry permaneció atento a la carretera mientras Santana se preparaba. Estaba convencido de poder caer muerto el 1 de septiembre, al igual que su abuelo (a los setenta años) y su padre (a los sesenta). Las probabilidades que tenía él de que lo matasen aquella noche eran aún mayores.

Con todo, Santana era un profesional. Harry había tenido que enfrentarse a enemigos armados muchas veces. De modo que estaban preparados y en condiciones para intentar liberar a Maura.

Antes de cruzar el puente, dejaron la autopista y merodearon por la zona hasta encontrar una armería. Ray pasó media hora en el interior y salió con un rifle, dos mochilas llenas de accesorios y un recibo de 1.124 dólares. La armería no tenía mucho surtido, pero el rifle, la mira telescópica y los prismáticos eran de buena calidad.

– ¿Es cierto que en la guerra mató a uno de la manera que dicen los periódicos? -preguntó Santana, que, en cuanto Harry arrancó, examinó el rifle.

– No me enorgullezco de ello.

– Ya. Lo digo porque, sólo si ha matado uno alguna vez, sabe que es capaz de hacerlo. Eso es todo lo que me interesa en estos momentos.

– Tengo tanto odio dentro de mí, Ray… No me costaría nada liquidarlos a los dos.

– Estupendo. Menos trabajo para mí -dijo Santana, sonriente.

Harry nunca había estado en casa de Doug Atwater, pero la había visto desde el mar y desde tierra. Tres años antes, Harry alquiló un yate para darle una sorpresa a Evie el día de su cumpleaños. Era un yate muy grande, lo bastante como para que cupiesen el grupo de jazz del club y unos cuarenta invitados (y aún sobraba espacio). Lo destinaban habitualmente a recorrer el litoral de Manhattan.

Alquilar aquel yate era la mayor extravagancia que Harry se había permitido en toda su vida.

Como por entonces su matrimonio ya se tambaleaba, Harry debió de intentar alegrarlo un poco. Lo cierto era que aquella noche fue la última que recordaba haber visto a Evie verdaderamente feliz.

Atwater se había presentado con su ligue del momento, una exuberante rubia que trabajaba en el teatro, o en el cine, creía recordar Harry. ¿Cómo se llamaba? ¿Sandi? ¿Pati? Ella y Harry se quedaron un momento solos en cubierta al oscurecer. Veían alejarse los acantilados de Nueva Jersey entre dos luces y, de pronto, ella señaló hacia una modernísima casa construida casi al borde del agua.

«¡Es la de Doug! -había exclamado ella, alborozada-. Es la casa de Doug. ¿Ve aquel porche? ¿Y el jardín de al lado? Esta mañana hemos cogido mimosas. Tiene una vista formidable. ¿No ha estado nunca allí?»

El ignoraba que Atwater tuviese aquella casa. Sólo conocía su lujoso ático de la calle 49, en el que había estado varias veces, cuando él y Evie salían con Atwater y su ligue de turno.

Harry sintió curiosidad por aquella casa y memorizó un par de puntos de referencia, en la orilla neoyorquina del río. Luego, por la noche, le pidió al capitán del yate que utilizase sus instrumentos para precisar el emplazamiento de la casa. No estaba lejos de Fort Lee.

Aunque más de una vez se sintió tentado a preguntarle a Atwater por la casa, no había llegado a hacerlo. Él y Atwater tenían una relación amistosa, pero no eran íntimos amigos, pues, de lo contrario, lo habría invitado a aquella casa.

Un día, al cabo de un par de meses, cuando regresaba de visitar a su madre en la residencia de ancianos, Harry pasó a pocos kilómetros de la casa de Atwater y se acercó a verla.

Era una gran mansión de estilo californiano, en lo alto de una loma a la que se llegaba por una arbolada rampa de acceso de más de cien metros de longitud. La enorme verja de la entrada, de hierro forjado, estaba cerrada. Un muro de cemento de casi dos metros de altura se extendía a ambos lados de la verja y daba la impresión de que toda la finca estaba vallada. Entonces no le pasó por la cabeza entrar.

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