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Tratamiento criminal [Silent Treatment - es]

Электронная книга - «Tratamiento criminal [Silent Treatment - es]». Краткое содержание книги:

La víspera del día en que Evie va a ser operada, su esposo, el doctor Harry Corbett, va al hospital con la esperanza de reconciliarse con ella tras una época de indiferencia y mutismo. Pero cuando llega a la habitación de Evie ya es demasiado tarde. Sin nada que hubiese podido hacer temer por su vida, Harry se la encuentra muerta y se convierte así en el único sospechoso del asesinato. Unos días más tarde, sin embargo, la mano asesina vuelve a actuar de modo tan audaz como desafiante, pero sólo el doctor Corbett sospecha que las muertes no se están produciendo por causas naturales. Empieza aquí una lucha desesperada para desenmascarar al monstruo homicida que tiene en jaque a todos los pacientes del hospital.
Michael Palmer ha conseguido una sobrecogedora novela de intriga médica, un impresionante thriller protagonizado por el médico más siniestro aparecido en la literatura de terror desde los tiempos de Hannibal Lecter.
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«Lo cazaremos -le había dicho uno de ellos-. No se le ocurra tratar de ayudarlo.» «Tengo veintiún nietos y siete biznietos, joven -había replicado Mary-. ¡Lo que iban a presumir ustedes, ante su familia y sus compañeros, si me meten en la cárcel!»

A las doce en punto, Mary Tobin llamó a Harry para darle la dirección y el número de teléfono de Walter, e informarle de su conversación con la policía.

Harry llamó inmediatamente al número de Walter, pero no contestó nadie. Luego, a sólo una manzana de la pensión, lo volvió a intentar. En esta ocasión cogió el teléfono el propio Santana. Tres minutos después, Santana estaba sentado junto a Harry en la caravana. Nada más verlo, Harry se percató de que ya no estaba furioso con él. Por el contrario, se alegraba de poder actuar juntos en lugar de por separado.

– ¡Vaya! ¡A esto lo llamo yo un vehículo para una huida! -exclamó Santana al enfilar Harry por la calle Harlem River.

Ray iba sin afeitar. Harry no lo había visto nunca tan demacrado y nervioso.

– Es de mi hermano. Me alegro de que lograse escapar, Ray. ¿Se encuentra bien? Porque no tiene muy buen aspecto.

– El de siempre, sólo que algo peor. Lo eché todo a rodar en el hospital, Harry. Lo siento.

– ¿Fue a Perchek a quien vio?

– No, a Perchek, no. Era Garvey. Sean Garvey, el cabrón que me entregó a Perchek. Estaba en la cama, medio dormido, y oí su voz. La reconocí inmediatamente, pese a que han pasado siete años. Estoy completamente seguro que también él me reconoció en cuanto me vio. Iba con un grupo de individuos muy trajeados. Se ha teñido el pelo y se ha hecho algo en la cara, pero era él. Cuando llegué a la puerta de mi habitación, echó a correr. Entonces, perdí los estribos y… disparé. El resto me parece que ya lo sabe.

– ¿Tiene idea de por quién se hace pasar ahora Garvey? ¿Qué pinta él en un hospital de Nueva York?

– No sé. Después de lo de Nogales, se esfumó. Debía de tener amigos muy poderosos que ocupasen altos cargos, o algo muy fuerte con qué amenazarlos. Removí cielo y tierra para dar con él, pero nada. No consta en ninguna parte que haya trabajado para organismos del Estado. No tiene número de la Seguridad Social, ni siquiera NIF. Nada. No ha habido manera. En fin… ¿Tiene café hecho?

Harry le indicó dónde estaba el termo. Santana se sirvió una taza y luego encendió el pequeño televisor instalado en el salpicadero. Un periodista informaba sobre la búsqueda del doctor Harry Corbett y de un hombre, conocido como Ray Santana, ex agente «legal» de la Brigada de Narcóticos, cuyas huellas se habían encontrado en la habitación 218 de la planta 2 del edificio Alexander.

– Ocurre cuando menos se piensa -dijo Ray-. Era sólo cuestión de tiempo. ¿Cree que Maura está en peligro?

– Seguro que sí. Ahora vamos al club donde se la presenté. Le he hecho llegar una nota para vernos a las diez de esta mañana o a la una.

– Lo del cadáver de su maletero parece cosa de Perchek. ¿Cree que Maura habrá caído en sus manos?

– Prefiero no pensarlo -dijo Harry en tono angustiado.

– Primero lo de la Tabla Redonda, luego lo de Perchek y ahora lo de ese maldito Sean Garvey. ¡Menudos angelitos, Harry!

– ¿Por dónde cree que deberíamos empezar, Ray? ¿Ray?…

Santana miraba con fijeza la pantalla del televisor.

– Douglas Atwater, vicepresidente de la Cooperativa de Salud de Manhattan. ¿Lo conoce usted, Harry?

– Ya lo creo que lo conozco. Es uno de los pocos que me apoyan en el hospital.

– Pues ahí lo tiene, en directo, rogándole públicamente que se entregue antes de que nadie sufra más daño.

– ¿Cómo dice?

– Que ese hombre, uno de los pocos que lo apoyan en el hospital, según usted, es el hombre a quien intenté matar ayer.

– ¿Garvey?

– En persona.

Capítulo 39

Era absurdo permanecer en la ciudad. Y tenían muy buenas razones para abandonarla.

Harry Corbett y Ray Santana dejaron Manhattan y fueron en dirección norte, por la N-684, hacia el límite entre los estados de Nueva York y Connecticut.

Conducía Harry, que tenía la misma cara de preocupación que Ray. Maura no había acudido a la cita a las 13.00 en el C.C.'s. Ya no parecían caber dudas de que estaba en poder de Perchek y no de la policía.

– Cuanto más pienso en Atwater, más imbécil me siento -se lamentó Harry.

– ¿Por qué? -dijo Santana, que tenía los pies apoyados en el salpicadero.

Había apagado el televisor y miraba por la ventanilla los negros nubarrones que se cernían sobre la zona.

– Hacer que le inyectase el gotero a Evie y administrarle luego Aramine requería cierta planificación -contestó Harry-. Quienquiera que lo hiciese, estaba informado de que Evie iba a ingresar en el hospital aquel día. Yo no lo supe hasta veinticuatro horas antes. Doug era una de las pocas personas, aparte de mí, que estaban al corriente del aplazamiento de la fecha de ingreso.

– ¿Cuándo empezó Atwater a trabajar para su hospital?

– En rigor, no trabaja para el hospital, sino para una sociedad de atención médica que tiene contrato con el hospital.

– ¡Menuda atención… médica!

– Desde luego… A veces parece que está uno ciego. En fin. El caso es que Doug está con nosotros desde hace cinco o seis años.

– Encaja -dijo Santana-. Alguien de la Agencia hizo un primoroso trabajo para «liquidarlo»: nueva vida, nuevo rostro y ninguna constancia documental de que hubiese existido jamás. Probablemente, Garvey se trajo a su amigo Perchek a Nueva York tras incorporarse a esa sociedad de… atención médica. Debe de ganar una millonada Perchek con los de la Tabla Redonda para renunciar a su papel de verdugo internacional.

– Quizá Perchek quisiera algo… más tranquilo.

– Ya. Sin duda. Está en fase de prejubilación. Ahora sólo mata cinco o seis veces por semana.

– ¿Qué hacemos?

– Quizá deberíamos visitar a Garvey -dijo Santana-. Está tan apurado como nosotros. Él sabe que mientras yo ande cerca no podrá vivir tranquilo. Aunque mi disparo no lo matase, le envió el claro mensaje de que no me siento muy dialogante. Además, ha debido de comprender que usted está al corriente de lo de la Tabla Redonda. ¿Por qué, si no, ingresarme en el hospital?

– También debe de estar seguro de que carecemos de pruebas, pues, de lo contrario, lo habríamos denunciado.

– Cierto. Y esoles da la esperanza de seguir con sus manejos, pero a condición de que usted esté en la cárcel, o en el cementerio, y de que consigan comprarme o liquidarme.

– ¿Y Maura?

Santana meneó la cabeza, muy serio.

– Si la tienen en su poder, la utilizarán para negociar, mientras nosotros los acosemos; de lo contrario, está perdida.

– ¡Voy a llamar a ese cabrón! -exclamó Harry, furioso-. ¡Le voy a dar las gracias por su sincera amistad en todos estos años!

– Pero no pierda los estribos.

Harry entró en un área de descanso, detuvo la caravana y marcó el número del despacho de Atwater en el CMM.

– ¿De parte de quién? -le preguntó la secretaria.

– De parte del doctor Charles Mingus -contestó Harry tras un momento de vacilación.

Mingus era uno de los ídolos de Harry -y considerado por muchos, incluido el propio Atwater, el mejor contrabajo de jazz de todos los tiempos-. Había muerto hacía más de quince años. Atwater se puso en seguida al teléfono.

– ¿Es usted, Harry?

– Hola, Doug. ¿Puede hablar?

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