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La estrella de los gitanos [Star of Gypsies - es]

Электронная книга - «La estrella de los gitanos [Star of Gypsies - es]». Краткое содержание книги:

En el año 3159, la humanidad ha conquistado las estrellas, y los otrora despreciados gitanos son hoy mimados y respetados, porque solo ellos pueden llevar a buen puerto las astronaves en sus largos saltos estelares.
Pero los gitanos tienen también otros talentos,. Arrastrados por su tradición errante, siguen vagando, pero hoy no solo a través del espacio, sino también del tiempo: su facultad de espectrar les permite trasladarse a las más remotas épocas, y volver al viejo y ya desaparecido planeta Tierra para contemplar su vida pasada, desde el esplendor de la antigua ciudad de Atlantis hasta el horror de los campos de exterminio nazis.
Y los gitanos mantienen un antiguo sueño: volver a su mundo de origen. Porque ellos nunca fueron nativos de la Tierra. Y así, contemplan desde el cielo de los mil mundos por los que se hallan ahora dispersos la Estrella Romani, de la que tuvieron que huir precipitadamente para salvar sus vidas, y anhelan el día en que podrán regresar a su hogar. Y quien mas lo anhela es Yakoub, el Rey de los Gitanos, un personaje mezcla de Falstaff y Ricardo Corazón de León, que abdicó de su trono para poner las cosas en su sitio y ahora tiene que volver a él para cumplir con el último destino de la raza rom.
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—Consumen una gran cantidad de energía. Nos hallamos en tiempos difíciles, mon ami.

—Oh. Lo olvidé. El frugal Periandros.

—Ha ordenado una drástica reducción en el consumo superfluo de energía. Me temo que, temporalmente, no habrá más lanzas de luz. Total, sólo es una exhibición inútil, ¿no crees, mon vieux? ¿Esas candelas romanis brillando constantemente?

—Veo que el emperador tiene sus propios estandartes celestes.

—Sólo unos cuantos —dijo Julien, incómodo —. Al fin y al cabo, debe afirmar su presencia imperial. Pero observarás que allá donde el Decimoquinto tenía centenares de estandartes en el cielo, el Decimosexto apenas tiene unos pocos. Un mínimo simbólico.

—Yo también tengo una presencia que afirmar —indiqué —. Me gustaría tener mi lanza de luz, Julien.

Cher ami, te lo suplico…

—Sí —dije —, mi buena y vieja lanza de luz, brillando púrpura, quinientos metros de alto, diciéndole a la Capital que el baro rom se halla aquí aguardando audiencia con el emperador…

Julien se veía miserable, y no hacía ningún intento por ocultarlo. Pero comprendió lo que yo quería decir. Generalmente me importan un comino las lanzas de luz y los estandartes y las banderas y las medallas y todas las demás trivialidades de este tipo. Pero aquéllos eran tiempos de prueba para todo el mundo. Periandros me debía la cortesía de una lanza. De una forma sutil o no sutil —no era asunto mío—, Julien debería transmitir mis deseos a su amo. Entonces Periandros se vería obligado a sopesar su necesidad de reducir al mínimo los óbolos contra el deseo del venerable rey rom de un poco de pompa y espectacularidad. Y yo descubriría exactamente dónde me hallaba en la estima del nuevo emperador, y cuánta palanca podía ejercer sobre él en los difíciles tiempos que se avecinaban.

El cielo permaneció a oscuras la noche siguiente. Pero, a la otra noche, vi la tradicional lanza de luz real rom atravesar los cielos apenas se hubo puesto el sol.

En su hospitalidad, al menos, el nuevo emperador era pródigo…, o tal vez Julien había arreglado simplemente las cosas como creía que debían ser arregladas. Eso era lo más probable. Periandros hubiera sufrido un ataque de apoplejía si hubiera sabido lo que Julien estaba gastando para mantenerme distraído mientras aguardaba a los consejeros que había llamado para mis reuniones con el emperador.

El inmenso Y espléndido palacio rom se hallaba en un orden inmaculado y disponía de pelotones de sirvientes —robots, androides, esclavos humanos, dobles de esclavos—, un personal tan enorme que resultaba ridículo. Las más espléndidas comidas y vinos se hallaban disponibles a cualquier hora del día y de la noche. Músicos, bailarines, barrios, lo que quisiera. Y otros servicios. Era embarazoso. ¿Quién necesitaba todas esas multitudes, ese jaleo? Especialmente a la luz del tipo de hospitalidad que mi propio hijo me había proporcionado. No era que deseara las cosas que se arrastraban sobre mi cuerpo y las comidas de gachas, entiendan; pero esto iba demasiado en dirección opuesta. Supongo que se darán cuenta ustedes de que éste no es el espíritu rom, esto es puro lujo. Es la idea gaje del espíritu rom, tal vez: o quizá los gaje se sientan tan culpables acerca de la forma que nos han tratado a lo largo de los milenios que ahora tienen la sensación de que deben corregirse a su excesiva manera cuando un baro rom llega a la ciudad.

Día tras día mi gente fue llegando a la Capital, trayendo noticias del horrendo caos que se había extendido por todos los mundos durante el tiempo de mi encarcelamiento, y —¡sean alabados todos los dioses y demonios!— el maravilloso restablecimiento del orden que había seguido al hundimiento de la insurrección de Shandor. Los lores gaje podían seguir disputando, pero al menos nosotros los roms teníamos nuestras rutas espaciales abiertas de nuevo y las naves cumpliendo regularmente con sus horarios.

Polarca fue el primero en llegar, luego Biznaga, luego Jacinto y Ammagante y la phuri dai. Seguidos poco después por Damiano y Thivt. Pero no Valerian. No había mandado llamarle, y tampoco a su espectro. Hubiera sido poco prudente, y además de muy poco gusto, invitar a un enemigo proscrito del Imperio como Valerian a que acudiera a la Capital. Probar a Periandros era una cosa, provocarlo abiertamente otra muy distinta.

También tuve que pasar de Chorian. Me había encariñado mucho con el joven fenixi —no seamos hipócritas; había empezado a quererle como si fuera un hijo—, y planeaba ascenderle a posiciones cada vez de mayor responsabilidad en el gobierno. Todos éramos auténticos fósiles; necesitaba a alguien nacido en aquel siglo para que me ayudara a permanecer en contacto con las realidades. Pero aunque Chorian se hallaba entre aquellos a los que llamé a mi lado en la Capital, no se presentó. Le pregunté a Julien por él.

—No va a venir —dijo Julien.

—¿Cuál es el problema? Creía que las astronaves volvían a funcionar regularmente, ahora que Shandor…

—Las astronaves funcionan regularmente, sí, mon ami.

Dije, instantáneamente alarmado:

—¿Dónde está Chorian, entonces? ¿Le ha ocurrido algo?

—Está bien y a salvo en los mundos del Haj Qaldun, por todo lo que sé —me tranquilizó rápidamente Julien —. No ha recibido tu invitación, eso es todo.

—¿Qué?

—Yakoub —dijo Julien con tono de reproche —. ¿Acaso no te das cuenta? ¿Cómo podía llamarle aquí? Tu Chorian es el hombre de Sunteil.

Sentí que me invadía la furia.

—¡Es rom, Julien! Uno de mis más leales y devotos…

—Quizá sí. Pero sigue siendo el hombre de Sunteil. Lo que pides es imposible, mon vieux. Puedo conseguirte tu lanza de luz, sí. Y otras cosas: sólo tienes que pedirlas. ¿Pero alguien que está en la nómina de un rebelde contra el emperador? ¡Yakoub, Yakoub, Yakoub! —Agitó la cabeza —. ¡Sé razonable… ¡mon ami!

Me sentí irritado, pero comprendí su punto de vista. Rey o no rey, iba a tener que ceder en aquella. De hecho, había sido una estupidez por mi parte pensar que podía tener a Chorian allí en aquel momento. Lo lamenté enormemente. Lo deseaba allí. Hubiera sido bueno para él familiarizarse con la Capital, y útil e instructivo que observara el diario fluir y refluir de mis negociaciones con Periandros. Pero por supuesto no podía presentarse en aquellos momentos. Fuera lo que fuese para mí, también era el hombre de Sunteil. No debería haber necesitado a Julien para darme cuenta de ello. Chorian debería permanecer alejado de la Capital.

Por ahora. Pero estaría a mano para jugar su papel en los cataclísmicos acontecimientos que se avecinaban.

7

De nuevo la cristalina escalinata. La plataforma del trono, muy por encima de mí. ¿Cuántas veces, a lo largo de las muchas décadas de mi vida, me había detenido en la gran losa de ónice que formaba la base de aquel encumbrado trono, mirando hacia arriba al gobernante de todos los mundos gaje?

Nunca había visto al Decimotercero, no en carne y hueso. Entonces yo me hallaba demasiado lejos del centro del poder. Fue el emperador de mi infancia, y también de mi primera juventud, que parecía que iba a vivir eternamente. Había visto su imagen en las pantallas de una docena de mundos, sin embargo: un hombre pequeño, de aspecto débil y rostro cerúleo, perchado allá arriba sobre su plataforma de ónice. ¿Quién podía imaginar que iba a vivir tanto tiempo? El Decimocuarto fue una historia distinta; joven y vigoroso, había ascendido al trono con el propósito declarado de limpiar todas las telarañas que se habían ido formando durante el interminable reinado de su predecesor. Era un hombre de piel morena y cuerpo delgado, de aspecto casi rom, penetrantes ojos dorados y sonrisa fácil, y la fuerza de un auténtico emperador detrás de aquella sonrisa. Procedía de Copperfield, como cinco de los emperadores antes que él. Sería una mentira decir que lo había llegado a conocer bien, pero lo había visto, incluso había hablado con él dos o tres veces. Y luego, repentinamente, había muerto. Corrieron rumores de que había sido eliminado por haber instituido demasiadas reformas demasiado rápido. Y así llegó el Decimoquinto, el pastor de Ensalada Verde, en años posteriores mi amigo y compañero de trabajo, listo y bueno. Bien, él también había desaparecido, pero yo seguía allí, aguardando junto a la escalinata de cristal al que se hacía llamar el Decimosexto, aquel miserable Periandros, el cuarto emperador de mi vida. Si era realmente un emperador, y no sólo un vano pretendiente.

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