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El Primer Hombre De Roma

Электронная книга - «El Primer Hombre De Roma». Краткое содержание книги:

Collen McCullough nos traslada a los primeros siglos de la civilización occidental y traza un espléndido cuadro de la Roma republicana. La historia se inicia con dos grandes ambiciosos cuyo único y decidido objetivo es llegar a ser el primer hombre de Roma: Mario y Sila. Uno es un plebeyo de mediana edad, enardecido por la comfianza en sus dotes y el enriquecimiento que ha logrado. El otro, un joven y apuesto aristócrata corrompido por la pobreza. Aquél, un militar disciplinado y soberbio, y éste, un desvergonzado epicúreo. Mario se casa por interés para favorecer su carrera política. Sila, por amor. Ambos luchan por el poder y la gloria.
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Había sido una campaña fácil; el ejército de Yugurta no se había dejado ver, las poblaciones no podían ofrecerles resistencia y en ningún momento les había faltado comida ni agua. El inexorable régimen de galleta, gachas de legumbres, tocino salado y queso salado se había visto adornado con suficiente carne de cabra, pescado, ternera, cordero, frutas y verduras para que todos estuvieran de buen humor, y el vino agrio que a veces daba el ejército se había visto mejorado con cerveza beréber de cebada y buen vino.

El río Muluya constituía la frontera entre Numidia y Mauritania oriental. Si a finales del invierno era un turbulento torrente, a mediados de verano quedaba reducido a una serie de pozas y a finales de otoño se hallaba completamente seco. En medio de aquella llanura, no muy distante del mar, se alzaba un abrupto elevamiento volcánico en el que Yugurta había construido una fortaleza. Y en ella -le habían informado a Mario sus espías- se guardaba un gran tesoro porque la fortaleza era el cuartel general occidental de Yugurta.

El ejército romano llegó a la llanura, se aproximó a las altas riberas que el río había excavado y construyó un campamento permanente lo más cerca posible de la fortaleza de la montaña. Luego, Mario, Sila, Sertorio y Aulo Manlio, con el resto de los mandos, se dedicaron a estudiar la inexpugnable posición.

– Hay que descartar la idea de un asalto frontal -dijo Mario-. Y, la verdad, no veo el modo de sitiarla.

– Porque no hay ningún modo de sitiarla -dijo sin vacilación el joven Sertorio, que había efectuado varias inspecciones del picacho desde todos los ángulos.

Sila alzó la cabeza para ver la cumbre, bajo el ala de su sombrero.

– Creo que vamos a estarnos aquí abajo plantados sin poder subir -dijo, con una sonrisa-. Aunque construyésemos un caballo gigantesco de madera, no podríamos hacerlo llegar hasta las puertas.

– Ni tampoco una torre de asalto -añadió Aulo Manlio.

– Bien; tenemos un mes por delante antes de regresar al Este -concluyó Mario-. Vamos a pasarlo acampados aquí, haciendo la vida lo más agradable posible a los hombres. Lucio Cornelio, mira a ver de dónde vas a aprovisionarte de agua, y, después, busca río abajo unas pozas profundas para el baño. Aulo Manlio, organiza grupos de pesca para que vayan hasta el mar, que queda a unas diez millas, según los exploradores. Mañana, tú y yo cabalgaremos a lo largo de la costa para echar un vistazo. No van a correr el riesgo de hacer una incursión fuera de la fortaleza para atacarnos, así que podemos dejar que la tropa se divierta. Quinto Sertorio, encárgate del aprovisionamiento de fruta y verdura.

– Esta campaña ha sido como unas vacaciones -dijo Sila a Mario cuando estuvieron solos en la tienda-. ¿Cuándo voy a tener el bautismo de sangre?

– Deberías haber estado en Capsa, aunque se rindieron sin lucha dijo Mario, mirando inquisitivo a su cuestor-. ¿Te estás aburriendo, Lucio Cornelio?

– En realidad, no -contestó Sila, ceñudo-. No me habría imaginado lo interesante que es esta forma de vida; siempre hay algo útil que hacer, problemas interesantes que resolver. ¡Ni siquiera me importa la contabilidad! Lo que sucede es que necesito entrar en combate. Mira tu caso: cuando tenías mi edad ya habías participado en cincuenta batallas, mientras que yo soy un novato.

– Ya entrarás en combate, Lucio Cornelio, y espero que pronto.

– ¿Ah, sí?

– Claro. ¿Por qué crees que estamos aquí, tan lejos de todo centro importante?

– No, no me lo digas. ¡Déjame adivinarlo! -replicó Sila sin dejarle seguir-. Estás aquí porque… porque esperas darle un buen susto al rey Boco para que no se alíe con Yugurta… Porque si Boco se une a Yugurta, éste se sentirá lo bastante fuerte para atacar.

– ¡Excelente! -dijo Mario, sonriendo-. Este país es tan grande, que podríamos pasarnos diez años recorriéndolo de arriba abajo sin llegar a encontrar a Yugurta. Si éste no contara con los gétulos arrasando las regiones habitadas, se habría acabado su resistencia, pero los tiene a ellos. Sin embargo, es demasiado orgulloso para hacerse a la idea de un ejército romano haciendo de las suyas por las ciudades de Numidia, y no cabe duda de que debe de estar pasando apuros por nuestros pillajes, sobre todo por el de sus reservas de grano. De todos modos es lo bastante astuto para arriesgarse a una batalla campal estando yo al mando. A menos que empujemos a Boco para que se una a él, y en ese caso los moros formarían una buena fuerza de veinte mil hombres y cinco mil excelentes jinetes. Así que, si Boco se le une, Yugurta atacará. Estoy seguro.-

– ¿Y no te preocupa que con Boco nos sobrepase en número?

– ¡No! Seis legiones romanas bien entrenadas y con buen mando pueden hacer frente a cualquier enemigo, por nutrido que sea.

– Pero Yugurta ha aprendido a hacer la guerra con Escipión Emiliano en Numancia -replicó Sila-, y luchará al estilo romano.

– Hay otros reyes extranjeros que luchan al estilo romano -replicó Mario-, pero no tienen tropas romanas. Nuestros métodos han sido concebidos para que se adapten a la mentalidad y carácter de nuestra gente, y en este aspecto no hago distingos entre romanos, latinos e itálicos.

– ¿Disciplina? -inquirió Sila.

– Y organización -dijo Mario.

– Pero ninguna de esas cosas nos va a llevar a la cumbre de esa montaña -replicó Sila.

– ¡Cierto! -añadió Mario, riendo-. Pero siempre hay una posibilidad, Lucio Cornelio.

– ¿Cuál?

– La suerte -respondió Mario-. Nunca olvides la suerte.

Se habían hecho buenos amigos, pues, aunque eran muy distintos, había una similitud básica entre ambos: ninguno de los dos era de mentalidad ortodoxa y ambos eran capaces de gran desprendimiento y pasión. Pero la semejanza más importante era que tanto a Mario como a Sila les gustaba hacer su cometido lo mejor posible. Los aspectos de su carácter que habrían podido separarlos estaban latentes durante aquellos primeros años en que el joven no podía esperar rivalizar a ningún nivel con el mayor, y el más joven no necesitaba utilizar su sangre fría, del mismo modo que el mayor no necesitaba hacer gala de su iconoclastia.

– Hay quienes sostienen que un hombre es el propio artífice de su suerte -dijo Sila, estirando los brazos por encima de la cabeza.

Mario abrió unos grandes ojos, con la consiguiente elevación de sus espesas cejas.

– ¡Desde luego! ¿Pero no es bonito saber que se tiene?

Publio Vagienio, que procedía del agro de Liguria y servía en un escuadrón auxiliar de caballería, se encontró con más trabajo del que le gustaba cuando Mario montó el campamento a orillas del río Muluya. Suerte que la llanura estaba cubierta por una espesa capa de hierba, plateada por el sol estival, de modo que el pasto de los miles de mulas del ejército no representaba un problema, pero los caballos eran más delicados y comían a regañadientes aquella correosa cobertura vegetal. Por eso había que llevarlos al norte de la fortaleza, en el centro de la llanura, a que pastaran en un sitio en que las aguas subterráneas habían estimulado el crecimiento de hierba más tierna.

Si el comandante no hubiese sido Mario, pensaba enfurruñado Publio Vagienio, la caballería habría acampado aparte, cerca de unos pastos adecuados. Pero no; Cayo Mario no quería tentar a los de la fortaleza y había ordenado que todas las tropas acampasen juntas. Así que todos los días los escuchas tenían que asegurarse de que el enemigo no acechase por los alrededores y luego los auxiliares de caballería llevaban a los animales a pastar, para volver a traerlos de nuevo al campamento por la tarde; ello implicaba atar a los caballos, para que pastaran sin peligro de que escaparan.

Así, todas las mañanas, Publio Vagienio tenía que montar en uno de sus dos corceles y llevarlo con el otro al centro de la llanura hasta los buenos pastos, trabarlos para que pacieran apaciblemente todo el día y volver a cubrir las cinco millas que los separaban del campamento, en donde, apenas habían comenzado (le parecía a él) sus horas de descanso, ya tenía que reunir de nuevo a los caballos y volver a lo mismo. A lo que había que añadir que a nadie de caballería le gustaba andar al paso.

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