El Primer Hombre De Roma
- Автор: Маккалоу Колин
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «El Primer Hombre De Roma». Краткое содержание книги:
A finales de julio, la plata había llegado a la costa, fue descargada, y los carros habían vuelto a Tolosa a por el oro. Cepio, cumpliendo su palabra, se había agenciado otros cien carros.
Mientras cargaban el oro, Cepio se paseaba arrobado entre los sacos de áureos ladrillos, sin poder resistir la tentación de acariciar uno de vez en cuando. Mordiéndose el canto de la mano, pensando con tesón, lanzó un suspiro y dijo:
– Mejor será que partas con el oro, Marco Furio. Alguien con alta autoridad debe estar en Narbo hasta que se embarque la última barra. La plata ya está camino de Roma, ¿verdad? -añadió, volviéndose hacia su liberto griego Bias.
– No, Quinto Servilio -contestó Bias, sumiso-. Los barcos de transporte que viajaron con gran carga, con los vientos de invierno a principios de año se hallan dispersos. Sólo he podido localizar doce buenas naves, y consideré más prudente reservarlas para el oro. La plata está bien guardada en un almacén. Creo que cuanto antes embarquemos el oro para Roma, mejor. Cuando vayan llegando mejores barcos, los reservaré para la plata.
– Bueno, la plata quizá podamos enviarla por tierra -dijo Cepio sin pensarlo mucho.
– Aun con los riesgos de naufragio, Quinto Servilio, yo preferiría el mar para las barras de oro y de plata -replicó Marco Furio-. Por tierra existen muchos riesgos a causa de las tribus alpinas.
– Sí, tienes razón -dijo Cepio con un suspiro-. ¡Oh, es un sueño!, ¿no es cierto? ¡Estamos enviando a Roma más oro y plata de la que hay en todos sus tesoros juntos!
– Cierto, Quinto Servilio -añadió Marco Furio-. Es magnífico.
El oro salió de Tolosa en cuatrocientos cincuenta carros a mediados de agosto. Lo escoltaba una sola cohorte de legionarios, pues la vía romana cruzaba por terreno civilizado que no se había alzado contra Roma en mucho tiempo y los agentes de Cepio le habían informado de que el rey Copilo con sus guerreros seguían en Burdigala, esperando a que el cónsul se aventurase por el camino que había llevado a Lucio Casio a la muerte.
Una vez alcanzada Carcaso, la carretera seguía virtualmente cuesta abajo hasta el mar, por lo que aumentó el ritmo del convoy de carros. Todos iban contentos y despreocupados; los soldados de la cohorte comenzaban ya a bromear diciendo que se olía el aire salino; sabían que al anochecer entrarían en las calles de Narbo y no pensaban más que en ostras, salmonetes y mujeres.
Los asaltantes, en número de un millar, surgieron dando alaridos por la derecha de un espeso bosque que bordeaba la carretera por ambos lados, desplegándose delante del primer carro y del último, a unas dos millas más atrás, con la cohorte de escolta distribuida la mitad en cada extremo. En poco tiempo no quedó un soldado romano con vida y los conductores de los carros fueron simples montones de cuerpos desmadejados.
Había luna llena y era una noche cálida; durante las horas en que el convoy de carros había esperado a que se hiciera de noche, no había habido tráfico alguno en ambas direcciones de la carretera, pues las vías romanas eran para el movimiento de tropas, y el comercio en aquella región de la provincia era escaso entre la costa y el interior, sobre todo desde que los germanos se habían asentado en las cercanías de Tolosa.
Cuando ya la luna estaba alta, volvieron a enganchar las mulas a los carros y parte de los atacantes montaron al pescante, mientras el resto flanqueaba el convoy. En el punto en que el bosque ya no bordeaba la carretera, la caravana tomó por una franja costera en la que pastaban las ovejas. Al amanecer tenían a la vista Ruscino y su río. El convoy volvió a entrar en la Via Domicia y cruzó los Pirineos a la luz del día.
Pasados los Pirineos, siguió un camino tortuoso, alejado de todas las vías romanas, hasta cruzar el río Sucro a la izquierda de la ciudad de Saetabis, y de allí se encaminó a la llanura de los Juncos, una zona desierta y árida situada entre dos sistemas montañosos hispánicos, pero que no se utilizaba como atajo por su falta de agua. Después se perdió su rastro y los agentes de Cepio nunca supieron a dónde fue a parar el oro de Tolosa.
Un mensajero que llevaba un despacho de Narbo tuvo la mala fortuna de hallar los montones de cadáveres a lo largo del tramo de carretera que bordeaba el bosque al este de Carcaso, y al presentarse ante Quinto Servilio Cepio, en Tolosa, éste se desmoronó y rompió a llorar. Lloró por la suerte de Marco Furio, de la cohorte de soldados romanos y por las viudas y huérfanos que dejaban en Italia, pero sobre todo lloró por aquellos montones relucientes de barras de oro, por la pérdida del oro de Tolosa. ¡No era justo! ¿Qué había sucedido con su suerte?, se lamentaba. Y no cesaba de llorar. Ataviado con toga negra de luto, túnica negra y sin franja en el hombro derecho, Cepio volvió a llorar cuando mandó formar al ejército y les comunicó la noticia que ya se había difundido por el campamento.
– Pero al menos aún tenemos la plata -dijo, enjugándose las lágrimas-. La plata sola garantiza una buena ganancia para todos al final de la campaña.
– Yo estoy agradecido dentro de lo malo -comentó un veterano a su compañero de tienda que, como él, había sido obligado a abandonar la granja en Umbría, a pesar de haber servido antes en diez campañas durante más de quince años.
– ¡No me digas! -replicó el compañero, algo más lento en su discurrir, a causa de una antigua herida en la cabeza.
– ¡Ya lo creo! ¿Tú has visto algún general que comparta el oro con nosotros, la escoria de la tropa? No sé cómo, pero siempre encuentran alguna razón para quedárselo ellos. Ah, y el erario se lleva una parte; así es como se las arreglan para quedárselo: sobornando a los del Tesoro. Al menos nos darán algo de plata, y de plata había una montaña. Pero claro, con todo el revuelo que se ha organizado con la pérdida del oro, al cónsul no le quedaba más remedio que ser justo repartiendo la plata.
– Ya te entiendo -dijo el compañero-. Vamos a pescar un salmón gordo para cenar, ¿eh?
El año avanzaba y el ejército de Cepio aún no había entrado en combate, salvo la malhadada cohorte destinada a escoltar el oro de Tolosa. Cepio escribió a Roma contando toda la historia desde la marcha de los germanos hasta la pérdida del oro, y pidió instrucciones.
En octubre le llegó la respuesta, que era más o menos la que se esperaba: se le ordenaba permanecer en las cercanías de Narbo con su ejército, invernar allí y esperar nuevas órdenes en primavera. Lo que significaba que le habían prorrogado un año el mando y seguía siendo gobernador de la Galia romana.
Pero no era igual sin el oro. Cepio se mostraba irritable y mohíno y a veces lloraba; sus oficiales advirtieron que le costaba sentarse y no hacía más que pasear arriba y abajo. La impresión general era que se debía a su carácter y nadie creía que derramase lágrimas por la muerte de Marco Furio y de sus soldados. Cepio lloraba por el oro perdido.
Una de las principales características de una larga campaña en tierra extranjera es el modo en que el ejército y su jerarquía de mando se amoldan a un estilo de vida en el que el país extranjero llega a adquirir categoría de hogar semipermanente. A pesar de todos los movimientos de incursiones y expediciones, el campamento cobra aspecto de ciudad y la mayoría de los soldados encuentran mujer y casi todas ellas dan a luz; tiendas, tabernas y comerciantes se multiplican fuera de las fortificaciones y las casuchas de adobe para las mujeres y los niños crecen como setas en un improvisado sistema de callejas.
Tal era la situación en el campamento romano en las afueras de Utica, y, en menor grado, la del campamento de Cirta. Como Mario elegía a sus centuriones y tribunos militares con gran cuidado, el período de las lluvias invernales, durante el cual no se combatía, se dedicaba, además de a la instrucción y a maniobras, a dividir a la tropa en octetos de afinidad por tiendas y a solventar los mil y un problemas disciplinarios que por fuerza se dan entre tantos hombres obligados a vivir juntos durante plazos tan largos.