El Primer Hombre De Roma
- Автор: Маккалоу Колин
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «El Primer Hombre De Roma». Краткое содержание книги:
Los exploradores no localizaron al enemigo, dieron parte de que todo estaba tranquilo y fueron a ocupar sus puestos en la construcción del campamento. Ya se había ocultado el sol, y fue bajo la escasa luz crepuscular que precede a la noche cuando los ejércitos númida y mauritano surgieron por detrás de unas crestas y cayeron sobre el campamento a medio terminar.
La lucha se entabló en la oscuridad y fue una pugna desesperada, desfavorable a los romanos durante unas horas, pero Quinto Sertorio surtió a las tropas auxiliares de antorchas de tea para que Mario pudiera observar el campo y ver cómo se desarrollaba el combate; a partir de ese momento, las cosas comenzaron a cambiar. Sila se distinguió notablemente, reuniendo a las tropas que comenzaban a huir despavoridas y apareciendo en todos los sitios en que era preciso como por arte de magia, pero en realidad porque tenía un don militar congénito que le hacía prever dónde iba a darse un punto débil. Con la espada ensangrentada y lleno él mismo de sangre, luchó como un veterano, valiente en el ataque, prudente en la defensiva y magnífico en los trances apurados.
A la octava hora de la noche, la victoria era de los romanos. Los ejércitos númida y mauritano se retiraron en bastante buen orden, dejando en el campo de batalla miles de soldados, mientras que Mario sufría pocas bajas.
Por la mañana, el ejército romano se puso en marcha, pues Mario había decidido que no era momento para descansar. Los romanos muertos fueron debidamente incinerados y los cadáveres del enemigo quedaron para los buitres. Las legiones avanzaban en cuadro, con la caballería delante y detrás de la compacta columna, y las mulas y el convoy de pertrechos en el centro. Si sobre la marcha se producía un segundo ataque, la maniobra que tenían que hacer los soldados era ponerse de cara a los lados del cuadrado, mientras la caballería se situaba formando alas. La tropa llevaba el casco puesto, con el penacho de crines de colores flameando al viento, y portaba el escudo sin funda y las dos lanzas. No se relajaría la vigilancia hasta que avistasen Cirta.
El cuarto día, cuando estaba previsto alcanzar Cirta a la noche siguiente, los dos reyes volvieron a atacar. Pero esta vez encontraron a Mario preparado. Las legiones formaron en cuadrados, cada uno de ellos configurando un enorme cuadrilátero, con los pertrechos en el centro, y a continuación estos cuadriláteros se deshicieron en filas para duplicar su espesor frente al enemigo. Como siempre, Yugurta contaba con miles de caballos númidas para romper el frente de los romanos. Soberbios jinetes, sus guerreros montaban sin silla ni brida y no llevaban armadura, confiando en la fuerza y la rapidez de la embestida, en su coraje y en la impecable precisión con que manejaban la jabalina y la espada larga. Pero ni su caballería ni la de Boco pudieron abrir brecha en el centro del cuadrado romano y sus fuerzas de infantería se estrellaron contra un compacto muro de legionarios.
Sila combatía en primera línea con la primera cohorte de la primera legión, pues Mario estaba dirigiendo la táctica y el elemento sorpresa era mínimo; cuando las líneas de infantería de Yugurta cedieron, fue Sila quien dirigió la carga, seguido de cerca por Sertorio.
El angustioso deseo de verse libre de Roma para siempre, hizo que Yugurta sostuviese el combate lo más posible, y cuando optó por retirarse ya era demasiado tarde; no le quedaba más remedio que debatirse contra las tropas romanas, ya animadas con la moral del triunfo. La victoria que obtuvieron fue absoluta y terminante. Los ejércitos númida y mauritano fueron destrozados, quedando casi todos sus hombres muertos en el campo de batalla. Pero Yugurta y Boco consiguieron huir.
Mario cabalgó hasta Cirta a la cabeza de una columna exhausta pero jubilosa. Ya no habría guerra a gran escala en Africa, y todos lo sabían. Esta vez Mario acuarteló a sus tropas dentro de Cirta para no exponerlas al enemigo, y las distribuyó entre los hogares de la desventurada población númida, con la cual formó las brigadas que al día siguiente envió a limpiar el campo de batalla, quemar los montones de cadáveres enemigos y recoger los de los romanos para hacerles los funerales adecuados.
Quinto Sertorio quedó encargado de disponer todas las condecoraciones que Mario quería imponer en una revista general del ejército tras la cremación de los caídos, cuya ceremonia también le encomendó. Como era la primera vez que asistía a aquella clase de operación, no tenía ni idea de cómo organizarla, pero era inteligente y mañoso y encontró a un centurión veterano primus pilus, quien le informó.
– Lo que tienes que hacer, Quinto Sertorio -le dijo el veterano-, es coger todas las condecoraciones de Cayo Mario y exponerlas en el estrado del general para que la tropa vea cómo ha sido su carrera de soldado. Estos son buenos chicos, proletarios o no, pero no saben nada de la vida militar ni vienen de una familia con tradición castrense. ¿Cómo van a saber qué clase de soldado ha sido Cayo Mario? ¡Yo sí! Porque he estado con él en todas las campañas en que ha luchado desde… Numancia.
– Pero no creo que tenga aquí las condecoraciones -dijo Sertorio, consternado.
– ¡Claro que las tiene, joven Sertorio! -replicó el veterano de cien batallas y escaramuzas-. ¡Son las que le dan suerte!
Y, si, cuando se presentó ante él, Cayo Mario confesó un tanto incómodo que había llevado sus condecoraciones a lo largo de toda la campaña, hasta que Sertorio le comentó la observación del veterano a propósito de la suerte.
Los habitantes de Cirta se echaron a la calle, pues era una ceremonia impresionante: el ejército entero desfilando en atavío de gala, cada legión con su águila de plata envuelta en los laureles de la victoria y todos los estandartes de las centurias -el vexillum- también cubiertos con laurel. Todos los soldados exhibían sus condecoraciones, pero como era un ejército nuevo, sólo unos cuantos centuriones y media docena de soldados exhibían brazaletes, torcas y medallones. Naturalmente, Publio Vagienio portaba sus phalerae de plata.
¡Ah, pero nadie hacía sombra a Cayo Mario!, pensaba el admirado Quinto Sertorio, mientras aguardaba turno para que le impusiera la corona de oro por un solo combate en el campo de batalla. También Sila aguardaba su corona de oro.
Allí estaban, colocadas todas en el estrado a sus espaldas, las condecoraciones de Cayo Mario: seis lanzas de plata por muerte al enemigo en combate en seis ocasiones, un estandarte vexíllum rojo.bordado en oro y con flecos de oro por dar muerte a varios hombres en un solo combate en la misma ocasión, dos escudos con incrustaciones de plata con la forma ovalada antigua por resistir tenazmente en una posición. Luego estaban las condecoraciones que portaba: coraza de cuero endurecido en lugar de la normal de bronce plateado de oficial mayor, y sobre ella llevaba sus phalerae en los arneses con incrustaciones de oro, nada menos que tres juegos de nueve de oro, dos en el pecho y uno a la espalda; seis torcas de oro y cuatro de plata, pendientes de correillas en hombros y espaldas, así como brazos y muñecas llenos de pulseras, armillas de oro y plata. Luego estaban las coronas. En la cabeza llevaba la corona cívica de hojas de roble, concedida a quien hubiese salvado la vida de sus compañeros, resistiendo en el lugar de la hazaña hasta el final de la batalla; dos coronas más de hojas de roble colgaban de dos lanzas de plata, como muestra de haber ganado la corona cívica nada menos que tres veces; en otras dos lanzas de plata colgaban dos coronas de oro en forma de hojas de laurel, por su notable valor; en la quinta lanza pendía una corona miira!:s de oro con almenas por haber sido el primero en escalar las murallas de una ciudad enemiga, y de la sexta lanza colgaba una corona vallarís de oro, ganada por haber sido el primero en saltar la valla de un campamento enemigo.