Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Историческая проза » El Primer Hombre De Roma
El Primer Hombre De Roma - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

El Primer Hombre De Roma

Электронная книга - «El Primer Hombre De Roma». Краткое содержание книги:

Collen McCullough nos traslada a los primeros siglos de la civilización occidental y traza un espléndido cuadro de la Roma republicana. La historia se inicia con dos grandes ambiciosos cuyo único y decidido objetivo es llegar a ser el primer hombre de Roma: Mario y Sila. Uno es un plebeyo de mediana edad, enardecido por la comfianza en sus dotes y el enriquecimiento que ha logrado. El otro, un joven y apuesto aristócrata corrompido por la pobreza. Aquél, un militar disciplinado y soberbio, y éste, un desvergonzado epicúreo. Mario se casa por interés para favorecer su carrera política. Sila, por amor. Ambos luchan por el poder y la gloria.
1 ... 96 97 98 99 100 101 102 103 104 ... 272
Перейти на страницу:

– Enséñamelo -dijo.

– ¡Sí, Cayo Mario, claro, os lo enseñaré! -replicó Vagienio dando un paso atrás-. Pero cuando hayamos recogido los caracoles.

– ¿Y no pueden esperar? -terció Sila con gesto amenazador.

– ¡No, Lucio Cornelio, no es posible! -respondió el ligur, demostrando que conocía perfectamente los nombres de los mandos-. La vía hasta la cumbre pasa por la pista de los caracoles, ¡y son mios! ¡Los mejores caracoles del mundo! Mirad -añadió, descolgando el zurrón de su absurda ubicación cruzado sobre la larga espada de caballería, para abrirlo y extraer cuidadosamente un caracol de dieciséis centímetros, que puso en la mesa de Mario.

Los cuatro lo miraron perplejos, sin decir palabra. Como la superficie de la mesa estaba fresca y lustrosa, al cabo de un rato el caracol comenzó a salir de su concha, porque tenía hambre y llevaba en el zurrón de Publio Vagienio bastante tiempo, estirándose poco a poco como una tortuga, elevando la concha y desplegando su cuerpo bajo ella en viscosas protuberancias disformes. Una de las protuberancias adoptó forma de cola y el extremo contrario se configuró en achaparrada cabeza con unas antenas gelatinosas surgidas como por ensalmo. Una vez completada la metamorfosis, todos pudieron oír cómo mordía la hoja en que Publio Vagienio le había envuelto.

– Esto sí que es un caracol -dijo Cayo Mario.

– ¡Ya lo creo! -añadió jadeante Quinto Sertorio.

– Con caracoles así se podría alimentar un ejército -comentó Sila, a quien los caracoles le apetecían tan poco como las setas.

– ¡Precisamente! -exclamó Publio Vagienio-. ¡No quiero que esos mentulae glotones me quiten los caracoles! -Todos hicieron una mueca-. ¡Hay muchos caracoles, pero quinientos soldados darian cuenta de ellos! Lo que yo quiero es llevarlos a Roma para criarlos, y no deseo que me destrocen el criadero. ¡Quiero esa concesión y que nadie de este ejército de cunní me estropee la parcela donde están los caracoles!

– Un ejército de cunni, si que es -dijo Mario muy serio.

– Se da el caso -terció Aulo Manlio con su marcado acento de clase alta- de que puedo ayudaros, Publio Vagienio. Tengo un cliente en Tarquinia, en Etruria, ¿sabéis?, que ha montado un lucrativo y selecto negocio en los mercados Cuppedenis, de Roma, ¿sabéis?, para la venta de caracoles. Se llama Marco Fulvio, no es un Fulvio noble, ¿sabéis?, y yo mismo le presté algún dinero hace un par de años. Ahora le va bien, pero imagino que llegaría con mucho gusto a un acuerdo cuando vea este magnifico… realmente magnífico, Publio Vagienio… caracol.

– Trato hecho, Aulio Manlio -dijo el ligur.

– ¿Nos enseñas ahora el camino a la cumbre? -inquirió Sila, impaciente.

– En seguida, en seguida -respondió Vagienio volviéndose hacia Mario, que se ataba las botas-. Primero quiero ver qué dice el general para asegurarme que no se destruye la parcela de los caracoles.

Mario acabó de atarse las botas y se incorporó, mirando de hito en hito a Vagienio.

– Publio Vagienio -dijo-, ¡eres un hombre al que aprecio! Unes un buen sentido comercial a un firme espíritu patriótico. No temas: tienes mi palabra de que se respetará la parcela de los caracoles. Ahora, haz el favor de guiarnos hasta ese camino.

Cuando, poco después, el grupo explorador se dispuso a salir, se vio aumentado por el jefe de zapadores. Cabalgaron para ganar tiempo. Vagienio en su mejor caballo; Mario en el corcel viejo pero muy elegante, que montaba principalmente en los desfiles; Sila, haciendo honor a su preferencia, en una mula, y Aulo Manlio, Quinto Sertorio y el zapador, en caballos jóvenes de la reserva.

La fumarola no presentaba dificultades para el zapador.

– Será fácil construir una escalera hasta arriba -comentó, observando la altura de la misma-. Hay espacio.

– ¿Cuánto tardarás? -inquirió Mario.

– Tengo unos carros con tablones y vigas. Así que… un par de días, trabajando día y noche.

– Pues manos a la obra -dijo Mario, mirando a Vagienio con admiración-. Debes de ser unas tres cuartas partes de cabra para subir por ahí -dijo.

– La montaña le hace a uno -respondió modestamente el ligur.

– Bien, tus caracoles no correrán peligro cuando esté la escalera -añadió Mario mientras regresaban al sitio de los caballos-. Y si les sucede algo, ya me encargaré yo de ajustar cuentas.

Cinco días después, la fortaleza del Muluya caía en poder de Cayo Mario, junto con un fabuloso botín de monedas y barras de plata y mil talentos de oro; se hizo también con dos cofrecillos, uno lleno de finísimos y rojisimos carbunculus y el otro de unas piedras desconocidas, unos cristales largos con facetas naturales, cuidadosamente pulimentados, de rosa oscuro por un extremo y con toda la gama del verde por el otro.

– ¡Una fortuna! -dijo Sila alzando una de aquellas curiosas piedras que los indígenas llamaban lychnítes.

– ¡Ya lo creo! ¡Ya lo creo! -exclamó Mario, relamiéndose.

En cuanto a Publio Vagienio, fue condecorado en una revista general del ejército y se le recompensó con nueve phalerae de plata maciza, que eran unos medallones de relieve cincelado montados en grupos de tres sobre bandas engastadas en plata para llevarlos al pecho sobre la coraza o la cota de mallas. A él le agradó aquella distinción, pero le complacía mucho más que Mario hubiese cumplido su palabra, protegiendo del pillaje los caracoles, cubriendo la subida a la cumbre con pieles para que los soldados no pudieran imaginar las exquisiteces que circulaban morosamente por la concavidad de los helechos. Una vez tomada la fortaleza, Mario ordenó derruir la escalera. Y no sólo eso, sino que Aulo Manlio escribió a su cliente el innoble Marco Fulvio acordando una sociedad para cuando acabase la campaña africana y Publio Vagienio quedase licenciado.

– Os advierto, Publio Vagienio -dijo Mario mientras le imponía las nueve phalerae de plata-, que los cuatro esperamos la justa compensación en años venideros de tener caracoles gratis en nuestra mesa, y una participación para Aulo Manlio.

– Contad con ello -dijo Publio Vagienio, que había comprobado apesadumbrado la desaparición de su afición por los caracoles desde aquella indigestión. Pero ahora los veía con el ojo vigilante del conservador, más que del consumidor.

A finales de agosto, el ejército emprendió el camino de regreso desde las tierras fronterizas, bien alimentado porque era época de cosecha. La visita a los confines del país del rey Boco dio el resultado apetecido, pues el monarca, convencido de que una vez conquistada Numidia Mario no iba a detenerse, decidió unirse a la suerte de Yugurta y se apresuró a conducir su ejército moro al río Muluya, donde se entrevistó con su yerno, que había esperado a que Mario se fuera para volver a ocupar su saqueada fortaleza.

Los dos reyes siguieron a los romanos en su marcha hacia el este, sin prisa por atacar y a suficiente distancia para no ser avistados. Y cuando Mario se hallaba a cien millas de Cirta cayeron sobre él.

Estaba oscureciendo y el ejército romano estaba montando el campamento. Pese a ello, el ataque no los sorprendió del todo porque Mario procedía a montar los campamentos con escrupulosas medidas de seguridad. Los agrimensores habían marcado las cuatro esquinas con sus respectivas estacas y a continuación todo el ejército procedió con meticulosa precisión a situarse en el interior del recinto previsto, dirigiéndose maquinalmente cada legión a su ubicación, con cada cohorte y cada centuria bien distribuidas dentro de las mismas. Nadie entorpeció los movimientos de los demás y ninguno se equivocó ocupando más espacio del previsto. Metieron también el convoy de pertrechos, y las tropas auxiliares de las respectivas centurias condujeron las mulas de cada octeto y el carro de la centuria, mientras los mozos montaban los establos y colocaban los carros. Con las herramientas de excavar, las estacas de empalizada y su respectivo armamento, los soldados se situaron en los segmentos de perímetro asignados, trabajando con cota de mallas, espada y puñal al cinto y las lanzas clavadas en tierra, con el escudo apoyado en ellas y el casco colgado de las mismas por delante para que en caso de una ráfaga de viento no se volcasen. De ese modo, toda la tropa tenía a mano el casco, el escudo y la lanza sin dejar de trabajar.

1 ... 96 97 98 99 100 101 102 103 104 ... 272
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)