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Nostromo

Электронная книга - «Nostromo». Краткое содержание книги:

Nostromo (1904), a story of revolution, politics, and financial manipulation in a South American republic, centres, for all its close-packed incidents, upon one idea—the corruption of the characters by the ambitions that they set before themselves, ambitions concerned with silver, which forms the republic’s wealth and which is the central symbol around which the novel is organized. The ambitions range from simple greed to idealistic desires for reform and justice. All lead to moral disaster, and the nobler the ambition the greater its possessor’s self-disgust as he realizes his plight.
Encyclopædia Britannica
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El doctor no creía en la reforma de Costaguana. Y ahora la mina recomenzaba el abandonado método de honradez, con la desventaja de que en lo sucesivo tendría que luchar no sólo con la codicia despertada por su riqueza, sino con el resentimiento que engendraría el designio de sacudir el yugo de la corrupción moral. Esta era la pena del fracaso sufrido. Lo que al doctor le inquietaba era que Carlos Gould pareciera mostrarse débil precisamente cuando el único medio de asegurar el triunfo sería continuar la política de aquiescencia y concesiones. Dar oídos al descabellado proyecto de Decoud había sido una debilidad.

– ¡Decoud! ¡Decoud! -exclamó el doctor levantando los brazos.

Y se puso a renquear de aquí para allá con breves y coléricas carcajadas. Hacía muchos años que sus dos tobillos habían sido lesionados gravemente durante cierto interrogatorio efectuado en el Castillo de Santa Marta por una comisión compuesta de militares. Guzmán Bento les había comunicado el nombramiento a media noche con frente ceñuda, ojos chispeantes y voz tempestuosa.

El viejo tirano, enloquecido por uno de sus repentinos accesos de sospecha, farfulló en su defectuosa pronunciación requerimientos apremiantes a su fidelidad con horribles amenazas e imprecaciones. Las celdas y casamatas del castillo estaban ya llenas de prisioneros; y entre ellos debía la comisión descubrir la conspiración inicua tramada contra el ciudadano-salvador del país.

El temor a las iras del tirano hizo que se aplicara un procedimiento precipitado y feroz. El ciudadano-salvador no estaba acostumbrado a aguardar. Precisaba descubrir a todo trance una conspiración. Los patios del castillo resonaban con retiñir de grillos, sonido de golpes y lamentos de dolor; y la comisión de oficiales superiores trabajó febrilmente ocultándose unos a otros sus congojas y temores, y disimulando en especial ante su secretario, el Padre Berón [5], capellán del ejército y a la sazón persona que gozaba de mucha confianza con el dictador.

Este capellán, enemigo feroz de conspiraciones y rebeldías, era un tipo corpulento, cargado de hombros, de rostro moreno amarillento; con una enorme tonsura en la parte superior de su achatada cabeza, algo lleno de carnes, vestido con uniforme de teniente, manchado de grasa en todo el pecho y una cruz bordada en algodón blanco en el lado izquierdo. Tenia la nariz en forma de porra y el labio inferior péndulo.

El doctor Monygham le recordaba todavía. Le recordaba, a pesar de haber luchado con todo el esfuerzo de su voluntad por olvidarle. El Padre Berón había sido agregado a la comisión por Guzmán Bento con el expreso propósito de que su ilustrado celo y carácter duro y rígido les ayudara en sus trabajos. El doctor no pudo en modo alguno borrar de su memoria el recuerdo de su celo, de su rostro, ni de la voz monótona y despiadada con que pronunciaba las palabras: "¿Quiere usted confesar ahora?"

Este recuerdo no le hacía temblar, pero le había convertido en lo que era ante las personas respetables, esto es, en un hombre despreciador de las conveniencias ordinarias, colocado entre el vagabundo listo y el médico de pobre reputación. Pero no todas las personas respetables hubieran tenido la necesaria delicadeza de sentimiento para comprender con qué turbación de espíritu y exactitud de pormenores el doctor Monygham, médico oficial de la mina de Santo Tomé, recordaba la figura del Padre Berón, capellán del ejército, y un tiempo secretario de una comisión militar.

Después de los muchos años transcurridos, el doctor Monygham, sepultado en el retiro de sus habitaciones del edificio que hacía de hospital en la garganta de Santo Tomé, tenía presente la imagen del Padre Berón con la claridad de siempre. La veía a veces por la noche, en sueños. En esas noches el doctor aguardaba a que amaneciera con una vela encendida, yendo y viniendo de un extremo a otro de sus dos cuartos particulares, mientras se contemplaba los pies descalzos, con los brazos muy ceñidos al cuerpo.

Imaginábase ver al Padre Berón, sentado en el extremo de una larga mesa negra, tras de la que aparecían en fila las cabezas, hombros y charreteras de los miembros militares; y le veía mordiscando las barbas de una pluma de ave, y escuchando con desdén impaciente y cansado las protestas de algún prisionero que ponía al cielo por testigo de su inocencia, hasta que el secretario exclamaba de pronto:

– ¿A qué perder tiempo en estas miserables tonterías? Permítanme ustedes sacarle de aquí por un rato.

Y el terrible secretario, implacable enemigo de conspiraciones y rebeldías, salía detrás del prisionero cargado de sonante cadena y metido entre los soldados. Tales intermedios ocurrieron muchos días, muchas veces y con muchos prisioneros. Cuando el encadenado volvía, estaba dispuesto a hacer una plena confesión, según declaraba el secretario, inclinándose hacia adelante con la mirada embotada y ahíta del glotón tras una copiosa comida.

El secretario, merecedor de la confianza de Guzmán Bento, no había de defraudarla dejando de acudir a todos los medios por falta de instrumentos inquisitoriales adecuados.

La historia enseña que los hombres nunca fueron incapaces de idear arbitrios para infligir a sus prójimos tormentos morales o físicos. Esa capacidad se desarrolló en ellos al crecer la complejidad de sus pasiones y perfeccionarse su ingenio. Con seguridad puede afirmarse que el hombre primitivo no se molestó en inventar torturas. Su indolencia y sencillez de corazón no se lo permitían: rompía ferozmente el cráneo a su vecino con un hacha de piedra por necesidad y sin malicia. El individuo más estúpido es muy capaz de hallar una frase envenenada o de manchar a un inocente con una calumnia cruel.

Un trozo de cordel y una baqueta; algunos fusiles en combinación con una tira de cuero; y hasta un simple mazo de madera dura y pesada, aplicado en ciertas condiciones a los dedos o articulaciones del cuerpo humano, bastan para producir la tortura más exquisita.

El doctor había sido un prisionero obstinado, y, como consecuencia natural de esa "mala disposición" (así la llamaba el Padre), fue preciso subyugarle de la manera mas completa por procedimientos contundentes. De ahí su doble cojera, la retorcida posición de sus hombros y las cicatrices de su cara. Cuando confesó por fin, lo hizo también de una manera completa. A veces, cuando paseaba por las noches, se asombraba, rechinando los dientes de vergüenza y rabia, de la fecundidad de su imaginación al haber sido estimulada por cierta clase de dolor, que hizo aparecer como cosas de escasa importancia la verdad, el honor, el propio decoro y aun la misma vida.

Y le era imposible olvidar al Padre Berón con su monótona pregunta:

"¿Quiere usted confesar ahora?", que percibía en horrible machaqueo y claridad de sentido al través de la delirante incoherencia de un dolor insoportable. No podía olvidar. Pero no era eso lo peor. Si el doctor Monygham hubiera encontrado al Padre Berón en la calle después de tantos años, estaba seguro de que retrocedería en su presencia. No era de temer ahora que tal ocurriera. El Padre había muerto; pero la odiosa certidumbre del espanto que había de causarle su vista impedía al doctor mirar a nadie a la cara.

El infeliz se había convertido de cierto modo en esclavo de un fantasma. Con semejante obsesión, la idea de volver a Europa le parecía absurda a todas luces. Al hacer ante la comisión militar las confesiones que se le arrancaron, el doctor Monygham no pretendía evitar la muerte. Antes al contrario, la anhelaba. Sentado medio desnudo, durante horas, en la tierra húmeda de su prisión, y tan inmóvil que las arañas, sus compañeras, prendían las telas en sus hirsutos cabellos, buscaba consuelo al dolor de su alma, arguyéndose que había declarado crímenes bastantes para una sentencia de muerte y que, habiendo llegado con él a tales extremos, no le dejarían vivir para contarlo.

Pero, por un refinamiento de crueldad, se dejó el doctor Monygham consumirse lentamente en el oscuro sepulcro de su calabozo. A no dudarlo, esperaban que aquello acabara con él sin la molestia de una ejecución; pero el doctor tenía una constitución de hierro. El que murió fue Guzmán Bento, no al golpe del puñal de un conspirador, sino de un ataque de apoplejía; el doctor Monygham fue puesto en libertad a toda prisa.

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[5] Así en el original inglés, probablemente "Barón".

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