La torre de la golondrina
- Автор: Сапковский Анджей
- Язык: испанский
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La torre de la golondrina». Краткое содержание книги:
La acción comienza con Ciri llegando a una cabaña de un ermitaño al que va contando su historia, y así en un enorme flashback nos pone al día de sus andanzas. A lo largo de los recuerdos de Ciri tendremos momentos llenos de acción, de crueldad, Ciri lo pasa mal, muy mal, de ternura, de humor. Todo esto esta narrado, no solo por Ciri, sino por los numerosos personajes que van apareciendo en sus andanzas, conformando un complejo puzle, que a veces es difícil de seguir, pero que consigue recrear un fresco de las aventuras de la joven en el que una vez que todo encaja asistimos a un final tan climático y abierto que nos dejará ansiosos por comenzar a leer La dama del lago, última entrega de la serie, donde suponemos que asistiremos a un final a la altura de las novelas, en realidad una sola, que conforman la serie.
Como en todas las entregas anteriores destaca la habilidad de Sapkowski para dotar de voces personales a todos y cada uno de los personajes que aparecen, tanto a los viejos amigos como a los nuevos que se incorporan en esta entrega, como el ermitaño o algunos de los bandidos,merito compartido con la excelente traducción, entrelazar una estructura narrativa alambicada en la que las distintas lineas de acción van concordando con la precisión de un reloj, aunque en esta ocasión flojean un tanto las historias de Geralt y Yennefer, mas que nada por lo poco que aportan al destino final de la serie, en comparación con la importancia del personaje de Ciri, lo que lastra el resultado final de esta entrega, que aun así es sin duda uno de los títulos imprescindibles de la fantasía.
Al cabo de un tiempo, cuando oscureció mucho, salió, colgó una lámpara en una estaca. Se quedó junto a un seto, aguzó el oído para escuchar el sonido de los cascos, el chapoteo del agua. Sin embargo, el viento y el ruido de los arbustos ahogaban todos los ruidos. La lámpara en la estaca se agitó primero como loca, luego se apagó.
Y entonces lo escuchó. Desde lejos. No, no del lado por el que se había
ido Ciri. Del lado opuesto. Desde el pantano.
Un grito salvaje, inhumano, agudo, quejumbroso. Un chotacabras. Un instante de silencio.
Y de nuevo. Beann'shie.
El espectro élfico. El heraldo de la muerte.
Vysogota tembló de frío y de miedo. Volvió rápido junto a la choza, murmurando y mascullando, para no escuchar, porque aquello no debía ser escuchado.
Antes de que consiguiera encender de nuevo la lámpara, Kelpa surgió de entre la niebla.
– Entra en la choza -dijo Ciri, suave y conciliadora-. Y no salgas. Horrible noche.
Volvieron a pelearse durante la cena.
– ¡Resulta que sabes mucho de los problemas del bien y el mal!
– ¡Porque lo sé! ¡Y no de los libros de la universidad!
– No, claro. Tú lo sabes todo por propia experiencia. Por la práctica. Has recopilado muchas experiencias en tu larga vida de dieciséis años.
– Bastantes. ¡De sobra!
– Te felicito. Colega científica.
– Tú te burlas -rechinó los dientes- sin tener siquiera idea de cuánto mal habéis hecho al mundo vosotros los científicos seniles, los teóricos con vuestros libros, con siglos de experiencia en la lectura de tratados morales, tan concienzudos que ni siquiera tuvisteis tiempo de mirar por la ventana y ver qué aspecto tiene de verdad el mundo. Vosotros, filósofos, que mantenéis artificialmente una filosofía artificial para cobrar vuestros sueldos en la universidad. Y como ni el tonto del pueblo os pagaría por contar la asquerosa verdad sobre el mundo, os inventasteis vuestra ética y moral, ciencias bonitas y optimistas. ¡Pero mentirosas y tramposas!
– ¡No hay nada más tramposo que un juicio prejuzgado, mocosa! ¡Que una sentencia apresurada y desequilibrada!
– ¡No habéis encontrado remedio para el mal! ¡Y yo, una brujilla mocosa, lo he encontrado! ¡Un remedio infalible!
Él no respondió, pero algo debió traicionarle en su rostro porque Ciri se alzó de la mesa con brusquedad.
– ¿Consideras que digo tonterías? ¿Que hablo por hablar?
– Considero -respondió tranquilo- que hablas así por rabia. Considero que planeas una venganza por rabia. Y te exhorto calurosamente a que te tranquilices.
– Yo estoy tranquila. ¿Y la venganza? Respóndeme: ¿por qué no? ¿En nombre de qué? ¿De razones superiores? ¿Y qué mejor razón que un orden de las cosas en que los hechos malvados reciben castigo? Para tu filosofía y tu ética la venganza es un acto feo, censurable, falto de ética, al fin, ilícito. Y yo pregunto: ¿y dónde está el castigo para el mal? ¿Quién lo ha de confirmar, juzgar y medir? ¿Quién? ¿Los dioses en los que no crees? ¿El gran demiurgo creador con el que decidiste sustituir a los dioses? ¿O puede que la ley? ¿Quizá la justicia nilfgaardiana, los tribunales imperiales, los prefectos? ¡Viejo ingenuo!
– ¿Así que ojo por ojo, diente por diente? ¿Sangre por sangre? ¿Y por esta sangre, más sangre aún? ¿Un mar de sangre? ¿Quieres ahogar el mundo en sangre? ¿Ingenua y herida muchacha? ¿Así quieres luchar con el mal, brujilla?
– Sí. ¡Exactamente así! Porque yo sé de lo que tiene miedo el mal. No de tu ética, Vysogota, no de las prédicas ni de los tratados morales sobre la vida digna. ¡El mal tiene miedo del dolor, de la mutilación, del sufrimiento, de la muerte al fin y al cabo! ¡El mal herido aúlla de dolor como un perro! Se retuerce en el suelo y gruñe, mirando cómo la sangre surge de las venas y arterias, viendo un hueso que asoma de un muñón, viendo cómo las tripas se escapan de la barriga abierta, sintiendo cómo se acerca la fría muerte. Entonces y sólo entonces al mal se le ponen los pelos de punta y grita entonces el maclass="underline" «¡Piedad! ¡Lamento esos pecados! ¡Voy a ser bueno y honrado, lo juro! ¡Pero salvadme, sujetad esa sangre, no me dejéis sucumbir de forma tan terrible!».
»Sí, ermitaño. ¡Así es como se combate el mal! ¡Si el mal quiere prepararte un perjuicio, causarte daño, adelántate a él, lo mejor allí donde el mal no se lo espera! Sin embargo, si no has podido adelantarte a él, si el mal te ha dañado, ¡házselo pagar entonces! Alcánzalo, lo mejor cuando ya no se lo espera, cuando ha olvidado, cuando se siente seguro. Házselo pagar el doble. El triple. ¿Ojo por ojo? ¡No! ¡Los dos ojos por un ojo! ¿Diente por diente? ¡No, todos los dientes por un diente! ¡Hazle pagar al mal! Consigue que aúlle de dolor, que le estallen los globos oculares de tanto aullar. Y entonces, cuando lo mires en el suelo, puedes decir con seguridad y sin miedo que esto que yace aquí ya no va a dañar a nadie, que no supone un peligro para nadie. Porque, ¿cómo va a ser un peligro si no tiene ojos? ¿Si le faltan las dos manos? ¿Cómo puede dañar a nadie si sus tripas se arrastran por la arena y la arena absorbe su sangre?
– Y tú -dijo el ermitaño lentamente- estás con la espada ensangrentada en la mano, miras la sangre que absorbe la arena. Y tienes la insolencia de pensar que has resuelto el problema eterno, que has alcanzado el sueño de todo filósofo. ¿Piensas que la naturaleza del mal ha cambiado?
– Sí -dijo ella retadoramente-. Porque lo que yace en el suelo y sangra ya no es el mal. ¡Puede que todavía no sea el bien, pero con toda seguridad ya no es el mal!
– Dicen -dijo Vysogota lentamente- que la naturaleza no aguanta el vacío. Lo que yace en la tierra y sangra, lo que cayó bajo tu espada, ya no es el mal. Entonces, ¿qué es? ¿Has reflexionado acerca de ello?
– No. Soy una bruja. Cuando me enseñaron, juré combatir el mal. Siempre. Y sin reflexionar.
«Porque cuando se comienza a reflexionar -añadió Ciri con voz sorda- el matar deja de tener sentido. La venganza deja de tener sentido. Y eso no se puede permitir.
Él agitó la cabeza, pero ella, con un gesto, le impidió argumentar.
– Es hora de que termine mi narración, Vysogota. Te la estuve contando durante treinta noches, desde el equinoccio a Saovine. Pero no te conté todo. Antes de que me vaya has de saber lo que sucedió el día del equinoccio en una aldea que se llamaba Licornio.
Ella gimió cuando la arrancó de la silla. El muslo en el que le había golpeado el día anterior le dolía.
Él tiró de la cadena por el collarín, la arrastró en dirección a un edificio iluminado.
A las puertas del edificio había unos cuantos hombres armados. Y una mujer muy alta.
– Bonhart -dijo uno de los hombres, delgado, de cabello moreno, de rostro chupado, que llevaba en la mano un guincho de azófar-. Hay que reconocer que sabes dar sorpresas.
– Hola, Skellen.
El llamado Skellen la miró durante algún tiempo directamente a los ojos. Ella tembló bajo aquella mirada.
– ¿Y entonces? -Se volvió de nuevo hacia Bonhart-. ¿Lo aclarar
todo de una vez o poco a poco?
– No me gusta aclarar nada en la plaza del pueblo, que entran moscas en la boca. ¿Se puede entrar a la casa?
– Adelante.
Bonhart tiró del collarín.
En la casa había todavía otro hombre, desgreñado y pálido, quizá un cocinero, porque estaba ocupado en limpiar de su ropa manchas de harina y crema agria. Al ver a Ciri, los ojos le brillaron. Se acercó.
No era un cocinero.
Ella lo reconoció al punto, recordaba aquellos ojos terribles y la quemadura en la cara. Era aquél que junto con los Ardillas la había estado persiguiendo en Thanedd, de él se había escapado saltando por la ventana y él ordenó a los elfos ir tras ella. ¿Cómo lo llamó el elfo aquél? ¿Rens?