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El Primer Hombre De Roma

Электронная книга - «El Primer Hombre De Roma». Краткое содержание книги:

Collen McCullough nos traslada a los primeros siglos de la civilización occidental y traza un espléndido cuadro de la Roma republicana. La historia se inicia con dos grandes ambiciosos cuyo único y decidido objetivo es llegar a ser el primer hombre de Roma: Mario y Sila. Uno es un plebeyo de mediana edad, enardecido por la comfianza en sus dotes y el enriquecimiento que ha logrado. El otro, un joven y apuesto aristócrata corrompido por la pobreza. Aquél, un militar disciplinado y soberbio, y éste, un desvergonzado epicúreo. Mario se casa por interés para favorecer su carrera política. Sila, por amor. Ambos luchan por el poder y la gloria.
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Ataviado con su toga bordada en púrpura y precedido de sus doce lictores de rojo enarbolando los fasces, Cayo Popilio Lenas salió de Alejandría por la puerta del Sol y avanzó hacia el Este. No era ya joven y se ayudaba para caminar de un largo palo, con paso tan plácido como su rostro. Como sólo los bravos y heroicos romanos construían buenas carreteras, pronto se vio caminando en medio de una polvareda. Pero ¿disuadió eso a Cayo Popilio Lenas? ¡No! El siguió caminando hasta que, cerca del enorme hipódromo en el que los alejandrinos asistían a las carreras de caballos, se tropezó con un muro de soldados sirios y tuvo que detenerse.

El rey Antioco IV de Siria se adelantó a recibirle.

– ¡Roma nada tiene que ver con los asuntos de Egipto! -dijo el asirio amenazador, con el entrecejo fruncido.

– Siria, tampoco -replicó Cayo Popilio Lenas, sonriendo tranquilo y sereno.

– Regresad a Roma -dijo el rey.

– Regresad a Siria -contestó Cayo Popilio Lenas.

Pero ninguno de los dos retrocedió un palmo.

– Estáis ofendiendo al Senado y al pueblo de Roma -añadió Cayo Popilio Lenas al cabo de un rato, mirando fijamente al rostro feroz del asirio-. Se me ha ordenado que os haga regresar a Siria.

El rey rompió a reír sin parar.

– ¿Y cómo me vais a hacer regresar? ¿Dónde está vuestro ejército?

– No necesito ejército, rey Antioco IV -respondió Cayo Popilio Lenas-. Todo lo que Roma es, ha sido y será, lo tenéis ante vos aquí mismo. Yo soy Roma, igual que el mayor ejército romano. Y en nombre de Roma os vuelvo a repetir, ¡regresad a vuestro país!

– No -replicó Antioco IV

Y Cayo Popilio Lenas dio un paso adelante y, pausadamente, con el extremo del palo, trazó un círculo en el polvo alrededor del rey Antíoco IV, que se vio así dentro de éL.

– Antes de que salgáis de ese círculo, rey Antíoco IV, os aconsejo que os lo penséis -dijo Cayo Popilio Lenas-. Y cuando salgáis de él, hacedlo en dirección este y regresad a vuestro país.

El rey no contestaba ni se movía. Popilio Lenas tampoco decía nada ni se movía. Como Cayo Popilio Lenas era romano y no necesitaba ocultar su rostro, todos veían su expresión dulce y serena. Pero el rey Antioco IV cubría el suyo tras una espesa y rizada barba, y aun así no lograba ocultar su ira. Pasó el tiempo y, entonces, dentro del círculo, el poderoso rey de Siria dio media vuelta, miró hacia el Este y salió de él en esa dirección, regresando a Siria con todo su ejército.

Camino de Egipto, el rey Antioco IV había invadido la isla de Chipre que pertenecía a Egipto y que la necesitaba porque Chipre daba madera para naves y casas, trigo y cobre. Así que, después de dejar a los alborozados egipcios en Alejandría, Cayo Popilio Lenas zarpó hacia Chipre, y allí se encontró con el ejército sirio de ocupación.

– Marchaos -les dijo.

Y así lo hicieron.

Cayo Popilio Lenas regresó a Roma y allí dijo tranquilo y sereno y con sencillas palabras que había hecho regresar al rey Antioco IV a Siria, salvando a Egipto y a Chipre de un cruel destino. Ojalá pudiese concluir la historia diciendo que los Tolomeos y su hermana Cleopatra II vivieron y reinaron felices después de esto, pero no fue así. Siguieron luchando entre sí, asesinando a sus parientes y arruinando al país.

Parece que te estoy oyendo decir "¡Por todos los dioses!, ¿por qué me cuentas esas historias infantiles?" Sencillo, mi querido Cayo Mario. ¿Cuántas veces, de niño, en las rodillas de tu madre, no habrás oído la historia de Cayo Popilio Lenas y del círculo en torno al rey de Siria? Bueno, quizá en Arpinum las madres no lo cuenten, pero en Roma es habitual. Desde los de más alcurnia hasta los más humildes, todos los niños romanos conocen la historia de Cayo Popilio Lenas y del círculo en torno a los pies del rey de Siria.

Así, yo te pregunto, ¿cómo ha podido el nieto del héroe de Alejandría marchar al exilio sin tener que someterse a proceso? Proceder voluntariamente al exilio es admitir la culpabilidad, y yo, por mi parte, considero que Cayo Popilio Lenas hizo lo que había que hacer en Burdigala. Y el resultado de ello fue que Popilio Lenas tuviese que someterse a un juicio.

El tribuno de la plebe Cayo Celio Caldo (actuando por cuenta de un grupo senatorial que no nombraré, pero que puedes figurarte, un grupo decidido a hacer recaer el oprobio de Burdigala sobre cualquiera que no sea Lucio Casio, naturalmente) juró que haría condenar a Lenas. Pero como el único tribunal que juzga la traición es el que se ocupa de los encartados por el asunto de Yugurta, el juicio hubo de celebrarse en la Asamblea de las centurias, a la luz pública y con los portavoces de las centurias proclamando el veredicto para que todos lo oyeran. "¡CONDEMNO!" "¡ABSOLVO!" ¿Quién, después de haber escuchado en las rodillas de su madre la historia de Cayo Popilio Lenas y el círculo en torno a los pies del rey de Siria, habria osado gritar "¡CONDEMNO!"?

Pero ¿crees que eso disuadió a Caldo? Claro que no. Lo que hizo jue decretar una ley en la Asamblea de la plebe por la que se incluye el voto secreto de las elecciones para los juicios por traición. Así las centurias llamadas a votar tienen la garantía de que no se conoce la opinión individual de sus miembros. La ley fue aprobada rápidamente.

Al comenzar diciembre, Cayo Popilio Lenas jue juzgado en la Asamblea de las centurias con el cargo de traición. Se realizó una votación secreta como Caldo quería, pero todo lo que hicimos unos cuantos jue arrimarnos al colosal jurado y musitar: "Erase una vez un noble y valiente cónsul llamado Cayo Popilio Lenas…", y ahí acabó todo.

Cuando contaron los votos, todos decían "ABSOLVO".

Así que puedes decir que si se ha hecho justicia, ha sido por encima de todo gracias a los cuentos infantiles.

El quinto año (106 a. JC.)

EN EL CONSULADO DE QUINTO SERVILIO CEPIO Y CAYO ATILIO SERRANO.

Cuando Quinto Servilio Cepio recibió el mandato para marchar contra los volcos tectosagos de Galia y sus aliados germanos, ya tranquilamente asentados en las cercanías de Tolosa, era perfectamente consciente de que iban a dárselo. Tuvo lugar el primer día del Año Nuevo, en la sesión del Senado en el templo de Júpiter Optimus Maximus, tras la ceremonia inaugural. Quinto Servilio Cepio, en su primer discurso como nuevo primer cónsul, anunció a la nutrida asamblea que él no utilizaría el ejército romano de nueva creación.

– Emplearé los tradicionales soldados romanos, no los pobres del censo por cabezas -dijo, entre vítores y aplausos.

Claro que hubo senadores que no aplaudieron, pues Cayo Mario no estaba solo en aquel Senado totalmente hostil. Buen número de los senadores de los bancos de atrás eran lo bastante clarividentes para comprender la lógica de la posición de Mario frente a los irreductibles, e incluso entre las familias ilustres había senadores con criterio independiente; pero el grupo de conservadores que se sentaban en la primera fila de la cámara, junto a Escauro, era el que dictaba la política senatorial; cuando ellos vitoreaban, los demás les secundaban y la cámara emitía su voto a ejemplo suyo.

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