El Primer Hombre De Roma
- Автор: Маккалоу Колин
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «El Primer Hombre De Roma». Краткое содержание книги:
– Tienes razón -dijo Sila con una sonrisa-. Es un excelente consejo. Lo seguiré, Cayo Mario.
– Bien.
Se hizo el silencio y Sila notó que Mario estaba nervioso e inquieto, pero no a causa de él, estaba seguro. Y de pronto el cuestor comprendió el motivo. ¿No le había sucedido lo mismo a él? ¿No sucedía igual en Roma?
– Los germanos -dijo.
– Los germanos -repitió Mario, estirando el brazo para coger su taza de vino con mucha agua-. ¿De dónde han venido y adónde se dirigen, Lucio Cornelio?
Sila tuvo un estremecimiento.
– Se dirigen a Roma, Cayo Mario. Eso es lo que todos presentimos. De dónde vienen, no lo sabemos. Quizá sea cosa de Némesis. Lo único que sabemos es que no tienen patria y se teme que quieran apoderarse de la nuestra.
– Serían tontos si no lo hicieran -añadió Mario, sombrío-. Esas incursiones en la Galia son conatos, Lucio Cornelio. Están haciendo tiempo y armándose de valor. Serán bárbaros, pero hasta el bárbaro más inculto sabe que si quiere asentarse en el Mediterráneo tiene que habérselas con Roma. Los germanos llegarán.
– Estoy de acuerdo. Pero no creas que somos los únicos en pensarlo; ésa es la impresión que predomina actualmente en Roma. Una horrible preocupación, un nefando temor a lo inevitable. Y no nos ayudan nada nuestras derrotas -dijo Sila-. Todo se conjura en favor de los germanos. Hay gente, incluso del Senado, que va por ahí hablando de nuestra perdición como si ya se hubiese consumado. Y hay quien habla de los germanos como un castigo divino.
– Un castigo, no -replicó Mario-. Una prueba -añadió, dejando la copa y cruzando las manos-. Dime qué sabes de Lucio Casio. Los escasos despachos oficiales no dicen nada.
– Bien -comenzó Sila, con una mueca-, con las seis legiones que trajo Metelo de Africa…, por cierto, ¿qué te parece lo de el Numidico?…, se encaminó por la Via Domitia hacia Narbo, a donde por lo visto llegó a principios de julio, después de una marcha de dos meses. Eran buenas tropas y podía haber avanzado más rápido, pero nadie le reprocha que no haya abusado de ellas alprincipio de lo que prometía ser una dura campaña. Gracias a la decisión de Metelo el Numídico de no dejar un solo hombre en Africa, todas las legiones de Casio estaban reforzadas por dos cohortes, lo que da una cifra aproximada de cuarenta mil soldados de infantería, más una gran fuerza de caballería que fue aumentando sobre la marcha con galos sometidos; unos tres mil jinetes. Es un gran ejército.
– Eran buenos hombres -dijo Mario con un gruñido.
– Sí. Los ví cuando cruzaban el valle del Po camino del paso alpino del monte Genava. Yo estaba reclutando la caballería y, aunque te cueste creerlo, Cayo Mario, nunca había visto un ejército romano marchando en formación, en filas cerradas, todos bien armados y equipados y con los furgones de pertrechos. ¡Un espectáculo inolvidable! -añadió con un suspiro-. En fin…, parece que los germanos han llegado a un acuerdo con los volcos tectosagos, que dicen ser parientes suyos, y les han cedido tierras al nordeste de Tolosa.
– De acuerdo en que los galos son casi tan misteriosos como los germanos, Lucio Cornelio -dijo Mario, inclinándose hacia adelante-, pero, según los informes, galos y germanos no son de la misma raza. ¿Cómo pueden los volcos tectosagos llamar parientes a los germanos? Al fin y al cabo, ellos ni siquiera son galos de pelo largo; han vivido en los alrededores de Tolosa desde mucho antes que Hispania fuese nuestra, hablan griego y comercian con nosotros. No lo entiendo.
– Pues yo tampoco lo sé. Y parece que nadie -contestó Sila.
– Perdona que te haya interrumpido, Lucio Cornelio. Continúa.
– Lucio Casio marchó desde la costa hasta Narbo por la estupenda vía construida por Cneo Domicio y dispuso su ejército en posición de combate en una zona próxima a Tolosa. Los volcos tectosagos se habían aliado con los germanos y se enfrentaba a una poderosa fuerza; pero Lucio Casio supo atraerlos al combate en un terreno adecuado y los derrotó estrepitosamente. Como buenos bárbaros, tras la derrota no permanecieron en las proximidades, sino que germanos y galos huyeron de Tolosa y de nuestros ejércitos.
Hizo una pausa, con el entrecejo fruncido, dio un sorbo de vino y volvió a dejar la copa.
– Me lo dijo Popilio Lenas en persona, que vino por mar desde Narbo poco antes de zarpar yo.
– Pobre infeliz, será el chivo expiatorio del Senado -dijo Mario.
– Desde luego -asintió Sila, enarcando cauteloso las cejas.
– Los despachos dicen que Casio siguió a los bárbaros fugitívos -añadió Mario.
– Sí, así es -contestó Sila, asintiendo con la cabeza-. Casio los vio partir de Tolosa, huyendo por las dos oríllas del Garumna hacia el mar en absoluto desorden, como era de esperar. Yo diría que él los despreció como bárbaros patanes, porque no se preocupó de desplegar el ejército en formación adecuada para perseguirlos.
– ¿No puso las legiones en orden de marcha defensiva? -inquirió Mario incrédulo.
– No. Quiso perseguirlos como si emprendiera una marcha normal, llevando todos los pertrechos, incluido el botín de los carros abandonados por los germanos. Como sabes, la calzada romana termina en Tolosa, y el avance por el Garumna en territorio extraño fue lento; además, Casio se preocupó más que nada de proteger la columna de pertrechos.
– ¿Y por qué no los dejó en Tolosa?
– Por lo visto no confiaba en los pocos volcos que quedaban en Tolosa -respondió Sila encogiéndose de hombros-. Bien, cuando había avanzado a lo largo del Garumna hasta Burdigala, los germanos y los galos habían tenido al menos quince días para recuperarse de la derrota. Se habían refugiado en Burdigala, que por lo visto es mucho mayor que el oppidum galo habitual y muy fortificada, y no digamos surtida de armas. Las tribus locales no querían un ejército romano en sus tierras y se pusieron totalmente del lado de los germanos y los galos, aportando más tropas y albergándolas en Burdigala. Luego prepararon una ingeniosa emboscada a Lucio Casio.
– ¡Necio! -exclamó Mario.
– Nuestro ejército había acampado al este cerca de Burdigala, y cuando Casio decidió avanzar para atacar, dejó los pertrechos en el campamento, protegidos por la fuerza de media legión aproximadamente. ¡No!, cinco cohortes. ¡Ya me aprenderé la terminología!
– Por supuesto, Lucio Cornelio -dijo Mario con una sonrisa-. Yo me encargo. Sigue.
– Parece que Casio confiaba totalmente en no encontrar resistencia y dio orden de marcha hacia Burdigala sin siquiera cerrar filas, avanzar en cuadro o mandar avanzadillas. El ejército cayó en una trampa perfecta y los germanos y los galos prácticamente lo aniquilaron. El propio Casio cayó en el campo de batalla con su legado mayor. En total, Popilio Lenas calcula que habrán perecido en Burdigala treinta y cinco mil soldados -concluyó Sila.
– Tengo entendido que Popilio Lenas había quedado en el campamento guardando los pertrechos -dijo Mario.
– Exacto. Él oyó el fragor de la batalla, naturalmente, porque estaba contra el viento, que lo arrastraba algunas millas, pero la primera noticia que tuvo del desastre fue cuando vio a un puñado de los nuestros huyendo hacia el campamento para buscar refugio. Esperó y esperó, pero no llegaban más soldados. Los que aparecieron fueron los germanos y los galos. Dice que eran miles y miles, rodeando el campamento como una plaga de ratones. Todo el paisaje era una masa viviente de bárbaros ebrios por el triunfo y fuera de si, esgrimiendo cabezas de romanos en las lanzas y aullando cantos guerreros; gigantes con el pelo erizado con barro seco y cayéndoles en grandes trenzas rubias sobre los hombros. Una visión aterradora, me dijo Lenas.