El Primer Hombre De Roma
- Автор: Маккалоу Колин
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «El Primer Hombre De Roma». Краткое содержание книги:
– Claro que tengo vino -contestó.
– Me encantaría tomar una copa -dijo Julilla, que se había estado reprimiendo, porque sabía que su hermana podía hacer algún comentario y no era agradable hacerse reprender por una hermana mayor, más virtuosa y de mejor posición. Pero al final no había podido aguantarse, tanto más cuanto que ya habían agotado la conversación.
Aquellos días se veía incapaz de aguantar a su familia, no le interesaba nada; le aburría. Y sobre todo la admirada Julia, esposa del cónsul, que con gran rapidez se estaba convirtiendo en una de las matronas jóvenes más apreciadas de Roma. Nunca daba un mal paso, Julia. Feliz con su destino, enamorada de su horroroso Mario, esposa modelo, madre ejemplar. Qué aburrido.
– ¿Sueles beber vino por las mañanas? -inquirió su hermana sin particular énfasis.
Un encogimiento de hombros, un revoloteo de manos, con una mirada furiosa por el comentario, pero al mismo tiempo sin tomarlo en serio.
– Bueno, Sila lo hace, y le gusta que le acompañen.
– ¿Sila? ¿Le llamas por el sobrenombre?
– ¡Oh, Julia, qué anticuada eres! -replicó Julilla, echándose a reír-. ¡Claro que le llamo por el sobrenombre! ¡No vivimos en el Senado! Hoy día, en nuestros círculos, todo el mundo emplea el sobrenombre; es de buen gusto. Además, a Sila le gusta que le llame así; dicé que le hace muy mayor que le llamen Lucio Cornelio.
– Pues entonces es que soy anticuada -replicó Julia, esforzándose por no sonar irónica. Una sonrisa iluminó su rostro, y quizá fuese la luz, pero parecía mucho más joven que su hermana y más hermosa-. Claro que es explicable, porque Cayo Mario no tiene sobrenombre.
Trajeron el vino y Julilla sirvió una copa, haciendo caso omiso de la jarra de alabastro con agua.
– Siempre he pensado en eso -dijo, dando un buen trago-. Pero seguro que cuando derrote a Yugurta es de suponer que adopte un buen sobrenombre. Aunque creo que ese estirado y desabrido Metelo hará que el Senado le deje celebrar un triunfo y asumir el cognomen de Numídico. ¡El sobrenombre de Numídico habrían debido reservarlo para Cayo Mario!
– Metelo el Numídico -añadió Julia, puntillosa con la realidad- ha merecido ese triunfo, Julilla, porque ha matado a muchos númidas y ha traído un buen botín. Y si quería llamarse el Numídico y el Senado le ha autorizado, pues ya está. Además, Cayo Mario siempre ha dicho que a él le basta con el simple apellido latino de su padre. Sólo hay un Cayo Mario, mientras que hay docenas de Cecilios Metelos. Ya verás como mi esposo no necesita diferenciarse de la multitud por algo tan artificial como un cognomen. Mi Mario será el primer hombre de Roma, y eso gracias a su capacidad sin igual.
¡Qué fastidio oír a Julia alabando los méritos de Cayo Mario! Los sentimientos de Julilla respecto a su cuñado eran una mezcla de gratitud natural por su generosidad y de disgusto, producto de la influencia de sus nuevas amistades, que le despreciaban por arribista, y en consecuencia despreciaban a su esposa. Julilla volvió a llenar su copa y cambió de tema.
– Es bueno este vino, hermana. Aunque, claro, Mario se lo puede permitir -dijo dando otro sorbo más breve que los de la primera copa-. ¿Estás enamorada de Mario? -inquirió, percatándose de pronto de que realmente no lo sabía.
Julia se ruborizó y, molesta por ello, contestó en un tono a la defensiva.
– ¡Claro que estoy enamorada! Y, además, le echo muchísimo de menos. Supongo que no hay nada de malo en ello, incluso entre los círculos que tú frecuentas. ¿No amas tú a Lucio Cornelio?
– ¡Sí! -exclamó Julilla, a su vez a la defensiva-. Pero yo no le echo de menos ahora que está lejos, tenlo por seguro. Porque si está fuera dos o tres años no volveré a estar embarazada en cuanto nazca éste -añadió, sonándose-. Mi concepto de la felicidad no es ir por ahí con un talento más de peso. A mí me gusta flotar como una pluma y detesto sentirme pesada. En todo el tiempo que llevo casada no he hecho más que estar embarazada o a punto de quedarme. ¡Uf!
– Tu obligación es estar embarazada -añadió Julia, muy tranquila.
– ¿Y por qué las mujeres no podemos aspirar a un trabajo? -replicó Julilla, ya con los ojos húmedos.
– ¡Bah, no seas absurda! -replicó Julia tajante.
– Pues es horroroso estar obligada a vivir esta vida -añadió finalmente Julilla, sublevada bajo los efectos del vino, que comenzaba a animarla. Hizo un esfuerzo y sonrió-. ¡No discutamos, Julia! Ya es bastante lamentable que nuestra madre no sea capaz de tener la cortesía de dirigirme la palabra.
Y era cierto, se dijo Julia. Marcia no había perdonado a su hija menor el comportamiento para con Sila, aunque el motivo era realmente un misterio. La frialdad del padre había durado sólo unos días, después de lo cual volvió a tratar a Julilla con todo el cariño y la alegría motivados por el inicio de su recuperación física; pero la frialdad de la madre continuaba. ¡Pobre Julilla! ¿Sería verdad que a Sila le gustaba que le acompañase bebiendo vino por la mañana, o era una excusa? ¡Mira que llamarle Sila! Qué poco respeto.
Sila llegó a Africa al final de la primera semana de septiembre con las dos últimas legiones y ocho mil magníficos jinetes celtas de la Galia itálica, y se halló con un Mario febrilmente dedicado a preparar una importante expedición a Numidia, que le recibió alborozado y le puso inmediatamente manos a la obra.
– He obligado a Yugurta a huir -dijo Mario, eufórico-, a pesar de no tener el ejército completo. Ahora que has llegado tú, vamos a atacar a fondo, Lucio Cornelio.
Sila le entregó las cartas de Julia y de Cayo Julio César, y a continuación se armó de valor y le dio el pésame por la muerte de su segundo hijo.
– Te ruego que aceptes mis sentimientos por el fallecimiento de tu pequeño Marco Mario -dijo con torpeza, sabedor de que su propia hijita, la enclenque Cornelia Sila, seguía con vida.
Una sombra cruzó el rostro de Mario, pero sólo duró un instante.
– Gracias, Lucio Cornelio. Tiempo habrá para hacer más hijos; además, tengo al pequeño Mario. ¿Estaban bien la madre y el hijo cuando los dejaste?
– Muy bien. Y los Julios César también.
– ¡Estupendo! -exclamó Mario, olvidando inmediatamente los asuntos familiares, dejando las cartas en una mesita y llegándose al escritorio, en el que tenía desplegado un mapa de piel de ternera tratada con un proceso especial-. Llegas justo a tiempo para hacerte una idea directa de Numidia. Dentro de una semana salimos para Capsa. -Los despiertos ojos castaño escrutaron el rostro de Sila, pelado por el sol-. Lucio Cornelio, te aconsejo que busques en los mercados de Utica un sombrero bien fuerte con ala lo más ancha posible. Ya sé que has estado por toda Italia este verano, pero el sol de Numidia es mucho más intenso y aquí uno se abrasa como yesca.
Era cierto; la blanca e impoluta tez de Sila, hasta entonces indemne por una vida fundamentalmente sedentaria, acusaba los avatares al aire libre de aquellos meses de viaje por Italia, entrenando tropas y aprendiendo él mismo lo más posible. Su orgullo no le había permitido permanecer a la sombra mientras los demás sufrían el sol, y por orgullo se había impuesto llevar el casco ático, símbolo de su alcurnia, que no le protegía convenientemente. Ya había pasado lo peor, pero tenía muy poco pigmento cutáneo para que estuviera atezado, y las zonas ya curtidas y en curso de curación eran tan blancas como siempre; sus brazos habían salido mejor librados que la cara, y era muy posible que pasado un tiempo brazos y piernas pudiesen aguantar la insolación, pero jamás su rostro.
Algo debió de imaginar Mario mientras observaba la reacción de Sila a su consejo de procurarse un sombrero, porque tomó asiento y señaló la bandeja con el vino.
– Lucio Cornelio, desde que entré en las legiones, a los diecisiete años, siempre he causado irrisión por una cosa u otra. Al principio, por ser escuálido y pequeño; luego, por ser demasiado grande y torpe. No hablaba griego; era provinciano y no de Roma. Así que me hago cargo de lo humillado que te sientes por tener una piel blanca tan delicada; pero para mi es más importante, como comandante jefe, que tengas buena salud y te sientas fisicamente cómodo y no que conserves lo que consideras tu imagen ante tus iguales. ¡Búscate un sombrero! Y sujétatelo con un pañuelo de mujer, con cintas o con un cordón oro y púrpura si lo encuentras. ¡Y riete tú de ellos! Hazlo como algo excéntrico, y pronto observarás como nadie se fija. Te recomiendo también que busques alguna crema o ungüento que reduzca la cantidad de sol que absorbe la piel. Y si la más adecuada apesta a perfume, ¿qué más da?