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Los asesinos ocultos

Электронная книга - «Los asesinos ocultos». Краткое содержание книги:

Una terrible explosión en un edificio de Sevilla ha causado la muerte de varios ciudadanos. Cuando se descubre que los bajos de la edificación alojaban una mezquita, los temores que apuntan a un atentado terrorista se imponen. El miedo se apodera de la ciudad: bares y restaurantes se vacían, se multiplican las falsas alarmas y las evacuaciones.
Sometido a la presión tanto de los medios En Escocia en pleno siglo XIV, el clan de los Fitzhugh asesina a toda la familia de Morganna Kil Creggar, la protagonista de esta novela pasional, humorística y llena de fuerza. Alta, delgada y atractiva, Morganna jura venganza por este acto al clan enemigo y, para llevar a cabo su cometido, se viste de chico y se hace llamar Morgan. Ello le brinda la oportunidad de trabajar como escudero para Zander Fitzhugh, un miembro del clan y caballero empeñado en unificar su tierra y liberarla del dominio inglés, como del sector político, el inspector Javier Falcón descubre que el terrible suceso no es lo que parece. Y cuando todo apunta a que se trata de una conspiración, Falcón descubre algo que le obligará a dedicarse en cuerpo y alma a evitar que se produzca una catástrofe aún mayor más allá de las fronteras españolas.
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El interrogatorio no seguía el modelo que Calderón había esbozado en su mentalidad de abogado mientras estaba echado en el camastro. En su época de juez había presenciado muy pocos interrogatorios policiales, de modo que no tenía mucha idea de cómo funcionaban. Por esa razón, tan sólo minutos después de que Zorrita comenzara a interrogarlo, ya no sabía por dónde tirar. Le animaba la idea de que Marisa le hubiera llamado su amante, pero le desanimaba pensar que ella considerara que él necesitaba su ayuda, lo cual tenía feas implicaciones. El efecto de esos dos estados de ánimo opuestos iba a socavar su equilibrio. Sus pensamientos no se alineaban con su orden habitual, sino que parecían dar vueltas como un tropel de niños corriendo por el patio de una escuela.

– Así pues, señor Calderón, dígame, por favor, a qué hora llegó al apartamento de su amante.

– Debían de ser las 12:45.

– ¿Y qué hicieron?

– Salimos al balcón e hicimos el amor.

– ¿Hicieron el amor? -dijo Zorrita, con cara de palo-. ¿Por casualidad practicaron el sexo anal?

– Seguro que no.

– Parece muy seguro -dijo Zorrita-. Sólo le hago una pregunta tan personal porque la autopsia ha revelado que su mujer parecía acostumbrada a ser penetrada de ese modo.

A Calderón el pánico le constriñó el pecho. Tras un breve intercambio de frases había perdido el control de la entrevista. Su arrogancia le había costado cara. Su suposición de que podría ganarle por goleada a Zorrita en cualquier enfrentamiento mental o de palabra había resultado infundada. Zorrita estaba acostumbrado a las artimañas de los delincuentes, y había acudido al interrogatorio con una estrategia clara, en la que la mente analítica de Calderón parecía no servir de nada.

– Hicimos el amor -dijo Calderón, incapaz de añadir nada más sin hacer que pareciera una especie de transacción biológica.

– ¿Diría usted que las dos relaciones que mantenía funcionaban por lo general de la siguiente manera? -preguntó Zorrita-. ¿Que trataba a su amante con respeto y admiración, mientras que maltrataba a su mujer como si fuera una puta barata?

El primer sentimiento que asomó en la garganta de Calderón fue de indignación, pero estaba aprendiendo. Comprendió que Zorrita utilizaba dos armas: la puñalada emocional, seguida de la porra de la lógica.

– Yo no trataba a mi mujer como si fuera una puta barata.

– Muy bien, de acuerdo, pero ni siquiera las putas baratas permiten que las aporreen y las sodomicen gratis.

Silencio. Calderón se agarró con tanta fuerza al borde de la mesa que las uñas se le pusieron blancas de la presión. Zorrita se mostraba indiferente.

– Al menos no ha cometido la temeridad de negar que trataba a su mujer de manera tan vergonzosa -dijo Zorrita-. Imagino que su amante no conocía los dos lados de su personalidad.

– ¿Quién cono se cree que es para suponer que tiene la menor idea de cuál era mi relación con mi mujer, o con mi amante? -dijo Calderón. La rabia le había dejado los labios sin sangre-. Un inspector jefe de los cojones, venido de Madrid…

– Ahora entiendo por qué tenía aterrorizada a su mujer, señor Calderón -dijo Zorrita-. Bajo esa brillante mente de abogado, hay un carácter muy colérico.

– Y una mierda colérico -dijo Calderón, dando un puñetazo tan fuerte en la mesa que se le despeinó un mechón de pelo-. Me está acosando.

– Si le acoso, lo hago sin gritarle ni insultarle. Sólo le hago preguntas basadas en hechos probados. La autopsia ha revelado que usted sodomizaba a su mujer y que la golpeaba con tal fuerza que algunos de sus órganos internos estaban dañados. También hay un historial de humillación, en el que se incluye mantener una aventura con una mujer el mismo día que anunció su compromiso.

– ¿Con quién ha hablado? -preguntó Calderón, incapaz de controlar su furia.

– Como sabe, sólo he tenido el día de hoy para trabajar en este caso, pero he podido charlar con su amante, en lo que ha sido una conversación muy interesante, y con algunos colegas suyos y otros colegas de su mujer. También he hablado con algunos de los secretarios del Edificio del los Juzgados y del Palacio de Justicia, y con los guardias de seguridad, claro, que lo ven todo. De las más de veinte personas con las que he hablado, ninguna se ha mostrado dispuesta a defender su comportamiento. La descripción más fría que me han hecho de sus actividades ha sido que era «un mujeriego incorregible».

– ¿Qué ha sido tan interesante de su conversación con Marisa? -preguntó Calderón, incapaz de resistirse al cebo de ese comentario.

– Me ha comentado una conversación que mantuvieron sobre el matrimonio -preguntó Zorrita-. ¿La recuerda?

Calderón parpadeó mientras se le agolpaban los recuerdos. Habían pasado demasiadas cosas en muy poco tiempo.

– La razón por la que se casó con Inés… Maddy Krugman. ¿Hasta qué punto Inés representó la estabilidad tras esa… catastrófica aventura?

– ¿Qué pretende, inspector jefe?

– Refrescarle la memoria, señor Calderón. Usted estaba allí, yo no. Yo sólo he hablado con Marisa. Usted mencionó «la institución burguesa del matrimonio», y que a ella, a Marisa, no le interesaba. Usted estaba de acuerdo con ella, ¿verdad?

– ¿A qué se refiere?

– A que no era feliz en su matrimonio, pero no quería divorciarse. ¿Por qué? -preguntó Zorrita.

Calderón no se lo podía creer. Había vuelto a caer en la trampa para elefantes. Esta vez logró mantener la calma.

– Creo que cuando se contrae un compromiso ante Dios, en la iglesia, hay que mantenerlo -dijo.

– Pero no fue eso lo que le dijo a su amante, ¿verdad?

– ¿Qué le dije?

– Le dijo: «No es tan fácil». ¿Qué quería decir con eso, señor Calderón? Imagino que no tenía miedo de que lo excomulgaran. Lo que le preocupaba no era romper sus votos. ¿Qué era, entonces?

Ni siquiera el poderoso cerebro de Calderón fue capaz de computar en menos de un minuto las numerosas respuestas posibles a esa pregunta. Zorrita se reclinó en su silla y contempló cómo el juez le daba vueltas a todo menos al meollo del asunto.

– No es una pregunta tan difícil -dijo Zorrita, tras un largo minuto de silencio-. Todo el mundo sabe cuáles son las repercusiones de un divorcio. Si uno quiere desvincularse de un compromiso legal, tiene que perder algo. ¿Qué le daba miedo perder, señor Calderón?

Así expresado, no parecía tan malo. Sí, todos los hombres que se enfrentaban al divorcio compartían ese miedo. Y él no era diferente.

– Lo de siempre -dijo por fin-. Me preocupaba mi situación económica y mi piso. Nunca fue una posibilidad que me tomara en serio. Inés era la única mujer a la que…

– ¿Le preocupaba también cómo podría afectar a su posición social y a su trabajo? -preguntó Zorrita-. Tengo entendido que su mujer le apoyó mucho tras la debacle de Maddy Krugman. Sus colegas me han dicho que lo ayudó a volver a encarrilar su carrera.

¿Sus colegas habían dicho eso?

– Nunca supuso una seria amenaza a mi carrera -dijo Calderón-. No había duda de que me nombrarían juez de instrucción para algo tan importante como el atentado de Sevilla, por ejemplo.

– De todos modos, su amante le presentó una solución al problema, ¿verdad? -dijo Zorrita.

– ¿Qué problema? -dijo Calderón, confuso-. Lo único que he dicho que es que no tenía ningún problema con mi carrera, y que Marisa…

– El peliagudo problema de su divorcio.

Silencio. La memoria de Calderón revoloteaba por su cabeza, como una polilla buscando la luz.

– «La solución burguesa a un problema burgués» -dijo Zorrita.

– Oh, se refiere a que podía matarla -dijo Calderón, soltando un bufido de desdén-. No fue más que una broma estúpida.

– Sí, por parte de ella -dijo Zorrita-. Pero ¿cómo le afectó a usted? Esa es la cuestión.

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