Los asesinos ocultos
- Автор: Уилсон Роберт
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Los asesinos ocultos». Краткое содержание книги:
Sometido a la presión tanto de los medios En Escocia en pleno siglo XIV, el clan de los Fitzhugh asesina a toda la familia de Morganna Kil Creggar, la protagonista de esta novela pasional, humorística y llena de fuerza. Alta, delgada y atractiva, Morganna jura venganza por este acto al clan enemigo y, para llevar a cabo su cometido, se viste de chico y se hace llamar Morgan. Ello le brinda la oportunidad de trabajar como escudero para Zander Fitzhugh, un miembro del clan y caballero empeñado en unificar su tierra y liberarla del dominio inglés, como del sector político, el inspector Javier Falcón descubre que el terrible suceso no es lo que parece. Y cuando todo apunta a que se trata de una conspiración, Falcón descubre algo que le obligará a dedicarse en cuerpo y alma a evitar que se produzca una catástrofe aún mayor más allá de las fronteras españolas.
– Para un hombre que dirige la investigación criminal más importante de la historia de Sevilla -dijo Ángel, sentándose y pidiendo una cerveza-, se te ve bastante relajado, Javier.
– Tenemos que mostrar una fachada de serenidad ante una población nerviosa que necesita creer que todo está controlado -dijo Falcón.
– ¿Significa eso que no todo está controlado? -preguntó Ángel.
– El comisario Elvira está haciendo un buen trabajo.
– Es posible, desde el punto de vista de un policía -dijo Ángel-. Pero no sabe conseguir que la opinión pública confíe en su capacidad.
Como relaciones públicas es un desastre, Javier. En qué estaba pensando cuando le pidió a ese pobre desgraciado… el juez…
– Sergio del Rey.
– Sí, ese -dijo Ángel-. Lo lleva a la televisión nacional cuando el pobre tipo apenas ha tenido tiempo de leer los expedientes, por no hablar de entender el aspecto emocional del caso. El comisario ya debería saber en este momento que a la televisión no le interesa la verdad. ¿O es de esos que ve los reality shows y piensa que eso es la realidad?
– No seas tan duro con él, Ángel. Tiene muchas buenas cualidades que da la casualidad que no encajan en esta era televisiva.
– Bueno, por desgracia, es la época en la que estamos ahora -dijo Ángel-. Calderón, ese sí encajaba. Le daba a la televisión lo que esta exige: drama, humor, emoción y una superficie brillante. Ha supuesto una gran pérdida para vosotros.
– Tú lo has dicho: «una superficie brillante». Por debajo era bastante más opaca.
– ¿Y en qué situación crees que os ha dejado eso ahora? -dijo Ángel-. ¿Recuerdas los atentados de Londres? ¿Cuál fue la historia que se repitió una y otra vez en los días posteriores a los atentados? ¿La historia que mantuvo el tono emocional y concentró los sentimientos? No fueron las víctimas. Ni los terroristas. Tampoco las bombas ni sus consecuencias. Eso fue una parte, pero la gran historia fue que unos policías de paisano mataran por error a un brasileño, Jean Charles de Menezes.
– ¿Y cuál es nuestra gran historia?
– Ese es vuestro problema. Es la detención, bajo sospecha de haber asesinado a su mujer, del juez de instrucción de toda la investigación. ¿Has visto lo que dicen por la tele de Calderón? Escucha…
Las mesas que los rodeaban estaban llenas, y delante de las puertas abiertas del bar se había reunido mucha gente. Todos hablaban de Esteban Calderón. ¿Lo había hecho? ¿No lo había hecho?
– No se habla de vuestra investigación -dijo Ángel-. Ni de las células terroristas que podrían estar activas en este momento. Ni de la niña que sobrevivió al hundimiento del edificio. Sólo se habla de Esteban Calderón. Dile eso al comisario Elvira.
– Tengo que decirte, Ángel, que para ser un hombre que ama Sevilla más que casi ninguna otra persona que conozca, se te ve… eufórico.
– Es terrible, ¿verdad? Lo estoy. No me había sentido tan lleno de energía en años. Manuela está furiosa. Creo que le gustaba más cuando me moría de aburrimiento.
– ¿Cómo está?
– Deprimida -dijo Ángel-. Cree que tendrá que vender la casa del Puerto de Santa María. De hecho ya la está vendiendo. Se ha acobardado. Está obsesionada con la idea de la «liberación» islámica de Andalucía. Ahora vende la mina de oro para salvar las minas de cobre y de estaño.
– No hay manera de razonar con ella cuando se pone así -dijo Falcón-. ¿Por qué estás tan eufórico, Ángel?
– Si últimamente no has estado viendo las noticias probablemente no sepas que mi pequeño hobby me va bastante bien.
– ¿Te refieres a Fuerza Andalucía? -dijo Falcón-. Hace unas horas vi por la tele a Jesús Alarcón con Fernando Alanis.
– ¿Lo viste entero? Fue sensacional. Después de ese programa las encuestas le dan a Fuerza Andalucía un catorce por ciento. Totalmente inexacto, lo sé. Todo es una reacción emocional, pero es un diez por ciento más de lo que siempre nos daban, y la izquierda se mantiene a trancas y barrancas.
– ¿Cuándo conociste a Jesús Alarcón? -preguntó Falcón con auténtica curiosidad.
– Hace años -dijo Ángel-, y no le presté mucha atención. Era uno de esos banqueros aburridos, y me quedé de una pieza cuando me dijo que quería meterse en política. Pensé que nadie le votaría. No era más que un tipo estirado con traje. Y como sabes, hoy en día lo que cuenta no son tus ideas políticas ni lo mucho que entiendes la política regional, sino la impresión que causas. Pero he llegado a conocerle mejor desde que vino a vivir aquí, y te digo una cosa, esta relación que ha trabado con Fernando Alanis… es oro puro. Como relaciones públicas, es algo con lo que siempre sueñas.
– ¿Cuándo le conociste? ¿Cuando trabajabas de relaciones públicas?
– Cuando dejé la política trabajé de relaciones públicas para el Banco Omni.
– Ese debió de ser un buen trabajo -dijo Falcón.
– Los católicos siempre hacemos piña -dijo Ángel, guiñándole un ojo-. De hecho, el director ejecutivo y yo somos viejos amigos. Fuimos a la escuela, a la universidad y a la mili juntos. Cuando acabé con esos soplapollas del Partido Popular, él sabía que yo no sería capaz de «jubilarme» tan pronto, de modo que me contrató para un trabajo y una cosa llevó a la otra. Eran los banqueros de un grupo que estaba en Barcelona y, como relaciones públicas, preparé la celebración de su cuarenta aniversario; luego había un grupo de seguros en Madrid, una empresa inmobiliaria en la Costa del Sol. Me hubieran dado trabajo si hubiera querido. Pero ya sabes, Javier, hacer de relaciones públicas de una empresa es algo tan… pequeño. Haciendo esa mierda no vas a cambiar el mundo.
– Tampoco lo cambias con la política.
– Si quieres que te diga la verdad, el PP no era diferente. Era como trabajar para una gran empresa: evita riesgos, sigue la línea del partido, que nada se desvíe del guión, no hay manera de abrirse a nuevos horizontes ni de cambiar la manera de pensar y vivir de la gente.
– ¿Y quién quiere cambiar? -dijo Falcón-. Casi todo el mundo odia tanto los cambios que tiene que haber guerras o revoluciones para que ocurran.
– Pero míranos ahora, Javier, hablando así en un bar -dijo Ángel-. ¿Por qué? Porque estamos en crisis. Nuestro modo de vida está amenazado.
– Tú mismo lo has dicho, Ángel. Casi nadie es capaz de afrontarlo, así pues, ¿de qué hablan?
– Tienes razón. Es Esteban Calderón el que está en boca de todos -dijo Ángel-. Pero al menos no se trata de un asunto trivial. Es una tragedia. Es el orgullo desmedido derribando al gran hombre.
– Entonces, ¿qué le dirías al comisario Elvira que haga ahora? -preguntó Falcón.
– ¡Aja! ¿Así que por eso querías verme? -dijo Ángel, con una sonrisa de complicidad-. Me has traído hasta aquí para que aconseje gratis a tu jefe.
– Quiero la visión del relaciones públicas.
– Tenéis que concentraros, y tenéis que concentraros en las certezas. Debido a la naturaleza del atentado, os ha sido difícil, pero ahora que habéis entrado en la mezquita ha llegado la hora de que contéis algo más y seáis concretos. Las evacuaciones de las escuelas y la facultad, ¿a qué han venido? La gente necesita algo a lo que hincarle el diente; la incertidumbre crea rumores, y eso no sirve para sofocar el pánico. El error del juez Del Rey fue que no le había tomado el pulso a la ciudad, de modo que cuando comenzó a propagar más incertidumbres…
– Fue la pregunta del entrevistador lo que propagó la incertidumbre -dijo Falcón.
– No fue eso lo que vieron los espectadores.
– Sólo después Del Rey se enteró de que alguien había filtrado el contenido del texto en árabe.