Los asesinos ocultos
- Автор: Уилсон Роберт
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Los asesinos ocultos». Краткое содержание книги:
Sometido a la presión tanto de los medios En Escocia en pleno siglo XIV, el clan de los Fitzhugh asesina a toda la familia de Morganna Kil Creggar, la protagonista de esta novela pasional, humorística y llena de fuerza. Alta, delgada y atractiva, Morganna jura venganza por este acto al clan enemigo y, para llevar a cabo su cometido, se viste de chico y se hace llamar Morgan. Ello le brinda la oportunidad de trabajar como escudero para Zander Fitzhugh, un miembro del clan y caballero empeñado en unificar su tierra y liberarla del dominio inglés, como del sector político, el inspector Javier Falcón descubre que el terrible suceso no es lo que parece. Y cuando todo apunta a que se trata de una conspiración, Falcón descubre algo que le obligará a dedicarse en cuerpo y alma a evitar que se produzca una catástrofe aún mayor más allá de las fronteras españolas.
– ¿Te describió a los tres hombres?
– Por la manera en que se movían le pareció que los que echaron el bulto al contenedor eran jóvenes… de unos treinta años, fue lo que quiso dar a entender. El conductor era mayor, con más barriga. Todos iban vestidos de oscuro, pero daban la impresión de llevar guantes blancos. Supongo que se refería a guantes de látex. El conductor y uno de los jóvenes tenían el pelo negro, y el tercero o era calvo o llevaba la cabeza afeitada.
– No está mal para un borracho que vive en el ático -comentó Falcón.
– En esa esquina hay alumbrado -dijo Ferrera-. Pero aun así… no está mal para alguien cuya hija dice que bebe hasta caerse.
– Por favor, no incluyas eso en la declaración del testigo -dijo Falcón-. ¿Qué me dices de esas dos bolsas «abultadas pero ligeras» que arrojaron encima del cadáver?
– Probablemente contenían desechos de jardinería: restos de seto podado, cosas así.
– ¿Por qué?
– Dice el hombre que ya había visto arrojar cosas así antes, pero a última hora de la tarde, no a las tres de la mañana.
– ¿Has encontrado en esa zona alguna casa grande que pueda producir esa cantidad de desechos de jardinería? -preguntó Falcón-. En la calle Alfalfa son casi todo pisos.
– Quizá recogieron un par de bolsas de basura en cualquier parte -dijo Ferrera.
– De haber sido así, primero habrían sacado las bolsas, mientras que según tu amigo, primero sacaron «algo pesado».
– Veré qué puedo averiguar.
– Ahora que lo pienso -dijo Falcón-, Felipe y Jorge dijeron que había una bolsa con desechos de jardinería que recogieron cerca del cadáver, en el vertedero. Veré si han tenido tiempo de echarle un vistazo.
Ramírez llamó a Falcón mientras este se encaminaba a la tienda de la policía científica.
– La lista de llamadas del imán -dijo Ramírez-. El CNI la tiene pero no me la quiere dar. O mejor dicho, Pablo ha dicho que la estudiaría, pero no coge mis llamadas ni me las devuelve.
– Veré qué puedo hacer.
En la tienda de la policía científica había más de veinte personas con mono y mascarilla imposibles de identificar. Falcón llamó a Felipe y le dijo que saliera. Felipe recordaba los desechos de jardinería, a los que había podido echar un vistazo.
– Todos procedían del mismo tipo de seto -dijo-. Esos que hay en los jardines ornamentales. Setos de boj. Hojas pequeñas, brillantes y verdes.
– ¿Eran frescos?
– Se habían podado ese fin de semana. El viernes por la tarde o el sábado.
– ¿Alguna idea de si podía ser un seto grande?
– Quizá no eran más que parte de lo que habían podado -dijo Felipe-. Y yo vivo en un piso. Los setos no son mi especialidad.
Calderón estaba echado en la cama abatible de su celda. Apoyaba la cabeza en las manos, mientras que sus ojos contemplaban los cuatro cuadrados blancos de sol que había en lo alto de la pared, encima de la puerta. Cuando cerró los ojos, los cuatro cuadrados le quemaron dentro de los párpados. Si dirigía la vista hacia la oscuridad de la celda se convertían en una brasa verde. Estaba bastante sereno. Estaba sereno desde el momento en que lo habían cogido intentando librarse de Inés. ¿Librarse de Inés? ¿Cómo había llegado a entrar esa frase en su vocabulario?
Lo habían llevado a Jefatura con la primera luz del día. No llevaba camisa porque la policía científica había retenido como prueba aquella prenda manchada de sangre. La policía tenía puesto el aire acondicionado ya a esa hora, y Calderón tenía los pezones duros y temblaba. Mientras cruzaban el río, dos botes de ocho remeros, que habían salido a entrenar temprano, pasaban bajo el puente, y tuvo la sensación de que se quitaba un enorme peso de encima. La relajación de los músculos del cuello y entre los omóplatos fue casi erótica. Era una poderosa droga de efecto posterior al miedo que la química de su cuerpo había elaborado, y el curioso efecto era que se sentía excitado.
Había afrontado el proceso de encarcelamiento sin decir palabra, como un animal a la espera del sacrificio, pasando del coche a la celda de prisión preventiva sin la menor idea de las consecuencias. Habían lomado una muestra de ADN del interior de su mejilla, lo habían fotografiado y le habían entregado una camisa naranja de manga corta. Sintió un alivio inmenso cuando lo dejaron solo, sin posesiones, sin cinturón, tan sólo con un paquete de cigarrillos. Estaba tan exhausto que se echó en la cama. Se quitó los mocasines, se desplomó sobre el duro camastro y se durmió sin soñar, hasta que a las tres de la tarde lo despertaron para comer. Comió y aplicó su tremendo intelecto a lo que iba a decir en el interrogatorio con el detective antes de quedarse embobado contemplando los cuadrados de luz de la pared. Era inesperadamente agradable liberarse de la opresión del tiempo. A las cinco el guardia fue a la celda a decirle que el inspector jefe Luis Zorrita estaba preparado para interrogarle.
– Por supuesto, puede estar presente su abogado -dijo Zorrita tras entrar en la sala de interrogatorios.
– Yo soy abogado -dijo Calderón, aún con su arrogancia anterior al asesinato-. Empecemos.
Zorrita dijo las palabras de presentación al magnetófono y le pidió a Calderón que confirmara que se le había dado la oportunidad de que estuviera presente un abogado y la había rechazado.
– No he querido hablar con usted hasta tener un informe completo del forense -dijo Zorrita-. Ahora ya lo tengo y he podido hacer algunas averiguaciones preliminares…
– ¿Qué clase de averiguaciones preliminares? -preguntó Calderón para demostrar que no pensaba quedarse callado.
– Ya ha quedado más o menos establecido lo que usted y su mujer hicieron en las veinticuatro horas previas al asesinato.
– ¿Más o menos?
– Quedan aún algunos detalles por aclarar de lo que hizo su esposa ayer por la tarde -dijo Zorrita-. Eso es todo. Así que lo que me gustaría que hiciera, señor Calderón, es contarme, con sus propias palabras, qué ocurrió ayer por la noche.
– ¿A partir de qué hora?
– Bien -dijo Zorrita-, empecemos por el momento en que salió de los estudios de Canal Sur y llegó al apartamento de su amante. De lo que pasó antes tenemos total constancia.
– ¿Mi amante?
– Es la palabra que Marisa Moreno ha utilizado para describir su relación -dijo Zorrita, mirando sus notas-. Se mostró tajante en que no quería que la llamaran su querida.
Esa admisión por parte de Marisa casi le hizo ponerse sentimental. Qué ridículo que una investigación policial le hubiera hecho decir eso. No había pensado en ella desde su detención, y de repente la echaba de menos.
– ¿Es esa una descripción exacta? -preguntó Zorrita-. ¿Desde su punto de vista?
– Sí, yo diría que éramos amantes. Hacía unos nueve meses que nos conocíamos.
– Eso explicaría por qué ella ha hecho todo lo posible para protegerle.
– ¿Protegerme?
– Intentó hacernos creer que salió del apartamento más tarde de lo que lo hizo, de modo que no habría tenido tiempo de asesinar a su mujer…
– Yo no maté a mi mujer -dijo Calderón, con toda la severidad de su voz de juez.
– …pero se le «olvidó» que llamó a un taxi por teléfono, y tuvimos acceso al registro de llamadas, así como al libro de servicios, y también hablamos con el taxista, claro. De modo que los intentos de Marisa Moreno por ayudarle han sido, me temo, fútiles.