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La Odisea De Troya

Электронная книга - «La Odisea De Troya». Краткое содержание книги:

Una marea gigante de agua contaminada amenaza la costa de Nicaragua. Al tiempo, un enorme y misterioso hurac?n se forma en el Caribe y avanza con una velocidad asombrosa.
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En cuanto pisó la cubierta se dirigió inmediatamente al gran laboratorio de la nave con el enigmático objeto que le había dado Summer. Se lo entregó a dos estudiantes en prácticas de la escuela de arqueología náutica A amp;M de Texas.

– Limpiadlo lo mejor que podáis -les ordenó Barnum-. Hacedlo con mucho cuidado. Podría ser un objeto muy valioso.

– Tiene todo el aspecto de ser una olla vieja cubierta de légamo -comentó una de las estudiantes, una rubia con una camiseta de la escuela muy ajustada y pantalón muy corto. Era obvio que no le hacía ninguna gracia el trabajo de limpieza.

– En absoluto -replicó Barnum con un tono severo-. Nunca se sabe qué viles secretos se esconden en el arrecife. Así que ten cuidado, no vaya a ser que te sorprenda el genio maligno que vive en su interior.

Feliz por haber dicho la última palabra, Barnum salió del laboratorio para ir a su camarote, mientras las estudiantes lo miraban marchar con una expresión suspicaz antes de ocuparse del objeto.

A las diez de la noche, la urna iba en un helicóptero que la llevaba al aeropuerto de Santo Domingo, donde la cargarían en un reactor con destino a Washington.

3

El cuartel general de la NUMA estaba en un edificio de treinta pisos en la orilla este del río Potomac, con vista al Capitolio. Su centro informático en el piso diez tenía toda la apariencia de haber sido copiado del escenario de una película de ciencia ficción. El fantástico entorno era el dominio de Hiram Yaeger, un genio de la informática. Sandecker le había dado carta blanca para que creara la mayor biblioteca del mundo sobre temas marinos, sin ninguna interferencia ni limitaciones presupuestarias. La cantidad de información que Yaeger había acumulado y catalogado era inmensa y abarcaba todos los estudios científicos conocidos, investigaciones y análisis, desde los más remotos registros hasta el presente. No había nada que se le pareciera en el mundo entero.

No había paredes en todo el piso. A diferencia de lo que se estilaba en los centros informáticos gubernamentales y privados, Yaeger consideraba que los cubículos eran el peor enemigo de los buenos hábitos de trabajo. Había organizado el vasto complejo a partir de una gran consola circular instalada en una plataforma elevada en el centro. Excepto por la sala de conferencias y los lavabos, el único espacio cerrado era un cilindro transparente del tamaño de un armario que estaba a un lado de la batería de monitores instalada alrededor de la consola de Yaeger.

Como un testimonio de que no había hecho la transición de hippie a ejecutivo, Yaeger continuaba vistiendo tejanos Levi's con chaqueta a juego y unas viejas botas vaqueras. Llevaba los cabellos canosos recogidos en una coleta y observaba sus adorados monitores a través de unas gafas redondas sin montura.

Aunque resultaba un tanto peculiar, el genio informático de la NUMA no vivía de acuerdo con lo que podía sugerir su aspecto. Tenía una encantadora esposa que era una famosa actriz. Vivían en una finca en Sharpsburg, Maryland, donde criaban caballos. Sus dos hijas asistían a un colegio privado y estaban haciendo planes para asistir a un colegio universitario de su elección. Yaeger conducía un lujoso BMW de doce cilindros para ir y venir del cuartel general de la NUMA, mientras que su esposa prefería un Cadillac Esplanade para llevar a las hijas y sus amigas a la escuela y a las fiestas.

Intrigado por la urna que le había enviado por vía aérea el capitán Barnum desde el Sea Sprite, la sacó de la caja y la colocó en el cilindro que estaba muy cerca de su silla giratoria. Después escribió un código en el teclado. En cuestión de segundos la figura en tres dimensiones de una atractiva mujer vestida con una blusa estampada y falda a juego se materializó en el cilindro. Se trataba de un holograma creado por Yaeger que reproducía a su esposa, capaz de hablar y pensar y con personalidad propia.

– Hola, Max -dijo Yaeger-. ¿Preparada para hacer un pequeño trabajo de investigación?

– Estoy a tu servicio, mi amo y señor -respondió Max con voz ronca.

– ¿Ves el objeto que he colocado a tus pies?

– Lo veo.

– Quiero que lo identifiques y me des una fecha aproximada de su fabricación y la cultura que lo hizo.

– ¿Ahora jugamos a ser arqueólogos?

– El objeto lo encontró una bióloga de la NUMA en una caverna de coral en el arrecife de la Natividad -añadió Yaeger.

– Podrían haberse esforzado un poco más en limpiarlo -comentó Max con un tono severo, mientras miraba la urna con restos de las incrustaciones.

– Lo hicieron deprisa y corriendo.

– Eso es obvio.

– Ve a dar una vuelta por las redes de las escuelas universitarias de arqueología, a ver si encuentras algo que concuerde.

Max lo miró con una expresión de picardía.

– Ya sabes que me estás coercionando para que cometa un acto delictivo, ¿no?

– Piratear en los archivos ajenos con fines históricos no es un acto punible.

– Nunca deja de asombrarme la capacidad que tienes para legitimar tus actividades absolutamente infames.

– Lo hago llevado por mi benevolencia natural.

La mujer puso los ojos en blanco.

– No me vengas con esas.

Yaeger apretó una tecla y Max desapareció lentamente como si se vaporizara mientras la urna se hundía en un receptáculo debajo del suelo. En aquel instante sonó el teléfono azul que había entre otros aparatos de colores. Yaeger atendió la llamada sin dejar de escribir en el teclado.

– Dígame, almirante.

– Hiram -dijo la voz del almirante Sandecker-, necesito el archivo de aquella monstruosidad flotante que está anclada frente al cabo San Rafael, en la República Dominicana.

– Ahora mismo se lo llevo a su despacho.

James Sandecker, que tenía sesenta y un años, estaba haciendo flexiones cuando su secretaria hizo pasar a Yaeger al despacho.

Era bajo, de apenas un metro sesenta, y llevaba una barba a lo van Dyke que combinaba con su cabellera pelirroja. Miró a Yaeger con sus ojos azules, que eran como canicas. Fanático de la vida sana, salía a correr todas las mañanas y dedicaba parte de la tarde a ejercitarse en el gimnasio de la NUMA. También era vegetariano. Su único vicio eran los grandes puros que le preparaban a pedido. Miembro desde hacía muchos años de Beltway, el grupo dirigente de Washington, había convertido a la NUMA en una organización modélica dentro de la burocracia gubernamental. Si bien la mayoría de los presidentes a cuyas órdenes había servido como director de la NUMA nunca lo habían considerado parte de su equipo, su impresionante historial y la admiración del Congreso le aseguraban la permanencia en el puesto de por vida.

Se levantó de un salto mientras le indicaba a Yaeger una silla delante de su mesa que había sido parte del mobiliario del camarote del capitán del Normandie, un transatlántico de lujo francés, antes de que se incendiara en el puerto de Nueva York en 1942.

Un minuto más tarde, se les unió Rudi Gunn, el subdirector de la agencia. Gunn medía solo un par de centímetros más que el almirante. Hombre de una inteligencia brillante y antiguo comandante de la Marina que había servido a las órdenes de Sandecker, Gunn miraba el mundo a través de unas gafas con unos cristales muy gruesos. El trabajo principal de Gunn consistía en supervisar los numerosos proyectos de investigación oceánica de la NUMA en todo el mundo. Saludó a Hiram con un gesto y se sentó en una silla a su lado.

Yaeger se incorporó a medias para dejar un abultado expediente sobre la mesa del almirante.

– Aquí está todo lo que disponemos sobre el Ocean Wanderer.

Sandecker abrió el expediente y miró los planos del lujoso edificio que había sido diseñado y construido para servir de hotel flotante. Provisto de todos los servicios como una ciudad en miniatura, lo remolcarían a diferentes lugares exóticos del mundo, donde permanecería fondeado durante un mes hasta que lo llevaran al siguiente fondeadero pintoresco. Después de leer las especificaciones, el almirante miró a Yaeger con una expresión grave.

– Esta cosa es una catástrofe en ciernes -opinó.

– Estoy de acuerdo -manifestó Gunn-. Nuestros ingenieros han analizado cuidadosamente la estructura interior y han llegado a la conclusión de que el hotel no está en condiciones de resistir los embates de una tempestad.

– ¿Qué los ha llevado a semejante conclusión? -preguntó Yaeger con un tono inocente.

Gunn se levantó para desplegar sobre la mesa el plano correspondiente a los cables de amarre, que se sujetaban a unos pilotes de cemento enterrados en el fondo marino para anclar el hotel. Señaló con un lápiz el punto donde los cables estaban asegurados con unos ganchos de grandes dimensiones por debajo de la construcción.

– Un huracán de fuerza cinco podría arrancar los amarres.

– Según las especificaciones, está construido para soportar vientos de hasta doscientos cuarenta kilómetros por hora -señaló Yaeger.

– Aquí el viento no es lo más importante -replicó Sandecker-. Como el hotel está anclado en mar abierto en lugar de tierra firme, está a merced de la fuerza de las olas, que pueden llegar a ser arboladas cuando llegan a aguas poco profundas y hacer pedazos la estructura y acabar con las vidas de los huéspedes y el personal.

– ¿Cómo es que esto no fue tomado en consideración por los arquitectos? -preguntó Yaeger.

En el rostro del almirante apareció una expresión de disgusto.

– Les señalamos el problema, pero el propietario de la empresa que lo explota no nos hizo caso.

– Se quedó satisfecho con el dictamen de un equipo de ingenieros internacional, que lo consideró seguro -añadió Gunn-. Dado que Estados Unidos no tiene jurisdicción sobre una empresa extranjera, no pudimos hacer nada para impedir que lo construyeran.

Sandecker guardó las hojas de las especificaciones en el expediente y lo cerró.

– Confiemos en que el huracán que se está gestando frente a las costas de África no se acerque al hotel o no llegue a convertirse en uno de categoría cinco.

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