La Odisea De Troya
- Автор: Cussler Clive
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «La Odisea De Troya». Краткое содержание книги:
– Ya me he puesto en comunicación con el capitán Barnum -dijo Gunn-, que presta apoyo al Pisces en los estudios del arrecife de coral. No está lejos del Ocean Wanderer, y estará atento a cualquier aviso de huracán que los sitúe en el camino de la tormenta.
– Nuestro centro en Key West está controlando la gestación de uno ahora mismo -indicó Yaeger.
– Mantenedme informado -ordenó Sandecker-. No es el momento más oportuno para tener que enfrentarnos a un desastre por partida doble.
Una luz verde parpadeaba en el panel cuando Yaeger volvió al centro informático. Se sentó frente a la consola y tecleó la orden para que Max apareciera en el interior del cilindro y se elevara la plataforma donde estaba la urna. Esperó a que el holograma estuviera completo antes de preguntar:
– ¿Has analizado la urna del Pisces?
– Por supuesto -respondió Max sin vacilar.
– ¿Qué has encontrado?
– La gente del Sea Sprite no ha podido ser más chapucera a la hora de limpiarla -se quejó Max-. La superficie todavía tiene una capa calcárea. Ni siquiera se tomaron la molestia de limpiar el interior. Está lleno de incrustaciones. Tuve que emplear todos los medios técnicos posibles para conseguir una lectura úticlass="underline" resonancia magnética, rayos X digitales, un escáner láser en tres dimensiones y la red de impulsos neurales. Todo el surtido hasta obtener unas imágenes decentes.
– Evítame los detalles técnicos -le pidió Yaeger amablemente-. ¿Cuáles son los resultados?
– Para empezar, no es una urna. Es un ánfora, porque tiene unas asas pequeñas en el cuello. La fundieron en algún momento entre mediados y finales de la Edad del Bronce.
– De eso hace muchos años.
– Muchísimos -afirmó Max.
– ¿Estás segura?
– ¿Alguna vez me he equivocado?
– No. Debo admitir que nunca me has fallado.
– En ese caso, también confía en mí ahora. He realizado un análisis químico muy meticuloso del metal. Las primeras pruebas para endurecer el cobre comenzaron hacia el tres mil quinientos antes de Cristo, con el añadido de arsénico. El problema era que los mineros y herreros morían jóvenes, envenenados por los vapores de este elemento químico. Más tarde, por casualidad en algún momento desde el dos mil doscientos antes de Cristo, se descubrió que mezclando un noventa por ciento de cobre con un diez por ciento de estaño se conseguía un metal muy fuerte y duradero. Esto marcó el comienzo de la Edad del Bronce. Afortunadamente, había grandes yacimientos de cobre en toda Europa y Oriente Medio. Pero el estaño era bastante más escaso y difícil de encontrar.
– De modo que el estaño era un metal valioso.
– Así es -asintió Max-. Los vendedores de estaño recorrían el mundo antiguo para comprar el mineral y venderlo a las fundiciones. La aparición del bronce dio un gran impulso a la economía y convirtió en ricos a muchos. Las forjas producían de todo, desde armas (puntas de lanza, cuchillos y espadas) a collares, cinturones y hebillas para las mujeres. Las hachas y los escoplos de bronce significaron un gran avance para la carpintería. Los artesanos comenzaron a fundir ollas, urnas y jarras. Visto desde una perspectiva correcta, la Edad del Bronce representó un gran paso en el desarrollo de la civilización.
– ¿Cuál es la historia del ánfora?
– La fundieron entre el 1200 y el 1100 antes de Cristo y, por si te interesa saberlo, utilizaron el método de la cera perdida para producir el molde.
Yaeger se irguió en la silla, cada vez más interesado.
– Eso le atribuye una antigüedad de más de tres mil años.
– Eres muy astuto -opinó Max con una sonrisa sarcástica.
– ¿Dónde la fundieron?
– En la Galia y lo hicieron los antiguos celtas, en una región hoy conocida como Egipto, para ser más precisos.
– ¿Egipto? -repitió Yaeger, sin disimular su escepticismo.
– Hace tres mil años, la tierra de los faraones no se llamaba Egipto, sino L’Khem o Kemi. No fue hasta que Alejandro Magno conquistó el país cuando se le bautizó con el nombre de Egipto, de acuerdo con la descripción de Homero en la Ilíada.
– No sabía que los celtas fuesen un pueblo tan antiguo.
– Los celtas era un grupo de tribus más o menos dispersas que se dedicaban al comercio y la artesanía desde el 2000 antes de Cristo.
– Has dicho que el ánfora fue fabricada en la Galia. ¿Cuándo aparecen los celtas en la escena?
– Los invasores romanos dieron el nombre de Galia a las tierras celtas -explicó Max-. Mi análisis demuestra que el cobre es de las minas próximas a Hallstatt, en Austria, mientras que el estaño fue extraído en Cornualles, Inglaterra. Sin embargo, el estilo apunta a una tribu celta del sudoeste de Francia. Las figuras que aparecen en el diámetro exterior del ánfora son prácticamente idénticas las que muestra un caldero encontrado por un agricultor francés en aquella región en 1972.
– Espero que puedas darme el nombre del escultor que hizo el molde.
Max dirigió a Yaeger una mirada de pocos amigos.
– No me pediste que buscara en los registros genealógicos.
Yaeger consideró la información que le había suministrado Max.
– ¿Tienes alguna idea de cómo una pieza de bronce fundida en la Galia pudo acabar en una caverna de coral en el banco de la Natividad, frente a las costas de la República Dominicana?
– No estoy programada para considerar generalidades -respondió Max, con tono altivo-. No tengo ni la más remota idea de cómo llegó allí.
– Propón alguna teoría, Max -le pidió Yaeger amablemente-. ¿Se cayó de un barco o quizá formaba parte de la carga de una nave que naufragó?
– La segunda es posible, dado que ningún capitán llevaría su barco por las aguas del banco de la Natividad a menos que quisiera suicidarse. Podría tratarse de parte de una carga de objetos antiguos destinada a un coleccionista, o a un museo de Sudamérica.
– Pues como teoría no está mal.
– La verdad es que no tiene mucho sentido -manifestó Max con la mayor indiferencia-. De acuerdo con mis análisis, las inscrustaciones del exterior son demasiado viejas para cualquier naufragio desde que Colón cruzó el océano. Según los valores de la composición orgánica tienen más de dos mil ochocientos años.
– Eso no es posible. No hubo ningún naufragio en el hemisferio occidental antes del siglo quince.
Max levantó los brazos.
– ¿No tienes fe en mí?
– Debes admitir que tu estimación roza el ridículo.
– Piensa lo que quieras. Me atengo a mis hallazgos.
Yaeger se reclinó en la silla mientras pensaba qué hacer con el proyecto y las conclusiones de Max.
– Imprime diez copias de tus hallazgos, Max. Serán el punto de partida.
– Antes de que me envíes al País de Nunca Jamás -dijo Max-, hay una cosa más.
Yaeger la miró con desconfianza.
– ¿De qué se trata?
– Cuando quiten la basura del interior del ánfora, encontrarán una figura de oro con la forma de una cabra.
– ¿Una qué?
– Hasta la vista, Hiram.
Yaeger se quedó absolutamente desconcertado mientras Max desaparecía en los circuitos. Su mente se centró en lo abstracto. Intentó imaginarse a un marino de la antigüedad a bordo de una nave de tres mil años atrás que arrojaba al agua un caldero de bronce a seis mil quinientos kilómetros de Europa, pero no lo consiguió.
Cogió el ánfora y miró en el interior, pero la apartó rápidamente porque le molestó el hedor de las incrustaciones. La dejó de nuevo en la caja y continuó sentado, incapaz de aceptar los descubrimientos de Max.
Decidió que a la mañana siguiente repasaría todos los sistemas de Max antes de llevarle el informe a Sandecker. No estaba dispuesto a asumir el riesgo de que Max hubiese cometido una equivocación.
4
Un huracán tarda normalmente unos seis días en alcanzar toda su magnitud. El huracán Lizzie solo tardó cuatro.
Los vientos se movían en espiral a una velocidad que aumentaba por momentos. Pasó rápidamente por la etapa de depresión tropical, con vientos de sesenta kilómetros por hora. Muy pronto soplaban de forma sostenida a más de ciento veinte kilómetros por hora, y Lizzie pasó a ser por méritos propios un huracán de la categoría 1 de acuerdo con la escala de Saffir-Simpson. Nada satisfecha con ser una tempestad en lo más bajo de la escala, entró sin demora en la categoría 2 y arremetió con ganas para entrar en la categoría 3.
En el Centro de Huracanes de la NUMA, Heidi Lisherness observó con atención las últimas imágenes transmitidas por los satélites geoestacionarios que orbitaban el planeta a una altura de treinta y cinco mil kilómetros por encima del ecuador. La información la recibía un ordenador que utilizaba un modelo numérico para predecir la velocidad, el rumbo y la fuerza de Lizzie. Las fotos de los satélites no eran muy precisas. La meteoróloga habría preferido disponer de unas fotografías más detalladas, pero era demasiado pronto para enviar un avión de seguimiento de tormentas hasta casi el otro extremo del océano. Tendría que esperar antes de conseguir lo que necesitaba.
Los primeros informes distaban mucho de ser alentadores. Esta tormenta tenía todo a su favor para cruzar el umbral de la categoría 5, con vientos superiores a los doscientos cincuenta kilómetros por hora. Heidi no podía hacer otra cosa que rezar para que Lizzie no entrara en las zonas pobladas de la costa norteamericana.
Sólo dos huracanes de la categoría 5 habían tenido tal siniestro honor. El huracán del Día del Trabajo, que en 1935 había cruzado los cayos de Florida, y el Camille, que había golpeado de lleno en Alabama y Misisipí en 1969 y había derribado edificios de veinte pisos.
Heidi se tomó unos minutos para escribirle un fax a su marido, Harley, en el Servicio Nacional de Meteorología para comunicarle las últimas informaciones sobre el huracán.
Harley:
Lizzie se mueve hacia el oeste y se está acelerando. Tal como sospechábamos, ya se ha convertido en una tormenta peligrosa. El modelo informático predice vientos de 150 nudos con olas de 12 a 15 metros de altura en un radio de más de 500 kilómetros. Se está moviendo a la increíble velocidad de 20 nudos.