La Odisea De Troya
- Автор: Cussler Clive
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «La Odisea De Troya». Краткое содержание книги:
Pero lo que nadie imaginaba, ni siquiera Heidi Lisherness, era que el huracán Lizzie tuviese una mente diabólica propia y que su fuerza dejaría atrás a todos los huracanes atlánticos anteriores. En un plazo muy corto, no bien acabara de juntar fuerzas, comenzaría su viaje asesino hacia el mar Caribe para sembrar el caos a su paso.
2
Rápido y poderoso, un gran tiburón martillo de cinco metros de longitud se movía a través del agua cristalina como una nube gris sobre un prado. Los ojos protuberantes miraban desde los extremos del estabilizador plano que le cruzaba el morro. Captaron un movimiento, y el escualo giró para enfocar a una criatura que nadaba entre el bosque de coral. La cosa no se parecía a ningún pez que el tiburón hubiese visto antes. Tenía dos aletas paralelas que sobresalían por la parte de atrás y era de color negro con rayas rojas en los costados. El enorme tiburón no vio nada sabroso y continuó su incesante búsqueda de presas más apetecibles, sin darse cuenta de que la extraña criatura era un excelente bocado.
Summer Pitt había advertido la presencia del tiburón, pero no le había hecho caso y había continuado con su estudio de los arrecifes coralinos en el banco de la Natividad, a ciento doce kilómetros al nordeste de la República Dominicana. El banco abarcaba una extensión de dos mil quinientos kilómetros cuadrados de peligrosos arrecifes y una profundidad que iba de uno a treinta metros. A lo largo de cuatrocientos años, no menos de doscientos barcos se habían ido a pique, víctimas del despiadado coral que coronaba una montaña submarina que surgía desde las abisales profundidades del océano Atlántico.
El coral de esta sección del banco era prístino y hermoso, y en algunas partes se elevaba hasta quince metros por encima del fondo arenoso. Había delicadas madréporas y enormes políperos de colores brillantes y formas esculturales que se extendían en la profundidad azul como un majestuoso jardín con miles de arcadas y grutas. Summer tenía la sensación de estar nadando en un laberinto de callejuelas y túneles, donde algunos no tenían salida y otros daban paso a cañones y grietas lo bastante anchas para permitir el paso de un camión de gran tonelaje.
Aunque la temperatura del agua superaba los veintisiete grados, Summer Pitt iba vestida con un traje profesional Viking Pro Turbo 1000 hecho de caucho vulcanizado. Llevaba el traje rojo y negro en lugar del suyo habitual más ligero porque le sellaba todo el cuerpo, no tanto para protegerse de la temperatura del agua, que era cálida, sino como defensa contra la contaminación química y biológica que esperaba encontrar mientras hacía su trabajo de evaluación del estado del coral.
Miró la brújula y se desvió ligeramente a la izquierda, con un suave movimiento de las aletas y las manos cruzadas a la espalda por debajo de las dos botellas de aire, para reducir la resistencia del agua. Vestida con el abultado traje y la máscara AGA Mark II, se podía pensar que resultaría más sencillo caminar por el fondo que nadar por encima; pero la superficie desigual y a menudo afilada del coral volvía tal cosa prácticamente imposible.
Su contorno físico y sus facciones quedaban ocultos por el abultado traje y la máscara completa. La única pista de su belleza la daban sus hermosos ojos grises, que miraban a través del cristal de la máscara, y un mechón pelirrojo que asomaba en la frente.
Summer adoraba el mar y bucear en sus profundidades. Cada inmersión era una nueva aventura en un mundo desconocido. A menudo se imaginaba a sí misma como una sirena con agua salada en las venas. Alentada por su madre, había estudiado ciencias oceánicas. Había descollado en los estudios y se había licenciado en el Instituto Scripps de Oceanografía como bióloga marina. Su hermano mellizo, Dirk, se había licenciado en ingeniería marina en la universidad Atlantic de Florida.
Poco después de volver a su casa en Hawai, los hermanos se enteraron por boca de su madre moribunda de que el padre -al que nunca habían conocido- era el director de proyectos especiales de la National Underwater and Marine Agency en Washington. La madre no les había hablado de él hasta que se encontró en su lecho de muerte. Sólo entonces les relató su amor y la razón por la que le había dejado creer que había muerto en un terremoto submarino, ocurrido veintitrés años atrás. Gravemente herida y desfigurada, había considerado que lo mejor para su marido era que viviera su propia vida, sin tener que cargar con ella. Varios meses más tarde había dado a luz a los mellizos. En recuerdo de su amor había llamado a su hija Summer, que era su nombre, y al hijo Dirk, como el padre.
Después del funeral, Dirk y Summer volaron a Washington para conocer a su padre. Su súbita aparición fue toda una sorpresa. Atónito al verse frente a un hijo y una hija de cuya existencia no tenía ni la más mínima idea, Dirk Pitt se sintió abrumado de felicidad, porque durante más de veinte años había creído que el gran amor de su vida estaba muerta. Pero luego lo invadió una profunda tristeza al saber que ella había vivido todos aquellos años como una inválida sin decirle ni una palabra y que había muerto sólo un mes antes.
Feliz a más no poder con la familia que nunca había sabido que tenía, los llevó inmediatamente al viejo hangar donde vivía con su gran colección de coches antiguos. Cuando se enteró de que por influencia de la madre ambos habían estudiado ciencias oceánicas, se había apresurado a conseguirles un empleo en la NUMA.
Ahora, después de dos años de trabajar en proyectos oceánicos por todo el mundo, ella y su hermano se habían embarcado en un viaje extraordinario para investigar y recoger datos de la extraña contaminación tóxica que estaba aniquilando la frágil vida marina en el banco de la Natividad y otros en el mar Caribe.
La mayoría de los arrecifes aún estaba a rebosar con peces y corales sanos. Las doradas se mezclaban con los enormes peces loros -de brillantes colores- y los meros, mientras que los pececillos tropicales de color amarillo y púrpura iridiscente se movían velozmente entre los diminutos hipocampos castaños y rojos. Las morenas miraban con expresión feroz, con la cabeza asomada en los agujeros del coral al tiempo que abrían y cerraban las mandíbulas amenazadoramente, a la espera de clavar sus dientes de aguja en la presa. Summer sabía que ese aspecto feroz sólo se debía a su forma de respirar, dado que carecían de agallas en el cuello. Nunca atacaban a los humanos a menos que se las provocara. Para que a uno lo mordiera una morena moray, casi había que meterle la mano en la boca.
Una sombra se deslizó sobre la arena en un claro del arrecife y la muchacha miró hacia arriba, casi convencida de que el tiburón martillo había regresado para echarle otra ojeada, pero se trataba de un grupo de cinco mantas moteadas. Una de ellas se apartó de la formación como si se tratara de un caza y dio una vuelta alrededor de Summer, mirándola con curiosidad antes de ascender rápidamente y unirse a las demás.
Después de recorrer otros treinta metros pasó por encima de una formación de gorgónidas y avistó un pecio. Una gran barracuda de un metro y medio de largo nadaba sobre los restos, y sus ojos como cuentas vigilaban atentamente todo lo que ocurría en sus dominios.
El buque de vapor Vandalia había naufragado en el banco de la Natividad en 1876, durante un feroz huracán. No había sobrevivido ni uno solo de los ciento ochenta pasajeros y treinta tripulantes. En las listas del Lloyd's de Londres figuraba como perdido sin dejar rastro, y su destino había continuado siendo un misterio hasta que los submarinistas aficionados habían descubierto sus restos cubiertos de coral en 1982.
Quedaba muy poco que permitiera identificar al Vandalia como un pecio. Después de ciento treinta años en el banco, lo cubría una capa coralina y de otras formas de vida marinas que iba desde los treinta centímetros a un metro de espesor. Las únicas señales evidentes de lo que había sido antaño un magnífico buque eran las calderas y las máquinas, que aún asomaban entre las cuadernas. La mayor parte de la madera había desaparecido, podrida por el agua salada o devorada por las criaturas del mar que comían cualquier cosa orgánica.
Construido por encargo de la West Indies Packet Company en 1864, el Vandalia tenía una eslora de noventa y ocho metros desde la punta de la proa al mástil de la bandera en la popa, trece metros de manga, alojamiento para doscientos cincuenta pasajeros y tres bodegas de carga. Hacía la ruta de Liverpool a Panamá; allí desembarcaba a los pasajeros y la carga, que cruzaban el istmo en tren hasta la costa del Pacífico, donde otros buques los llevaban en la última parte del viaje hasta California.
Eran muy pocos los buceadores que habían rescatado objetos del Vandalia. Resultaba difícil de encontrar debido a que se confundía con el resto del arrecife. Quedaba poco del barco después de haber sido aplastado en plena noche por las tremendas olas levantadas por el huracán, que lo habían sorprendido antes de que pudiera refugiarse en los puertos de Dominicana o de las islas Vírgenes.
Summer vagabundeó sobre el viejo pecio, arrastrada por una suave corriente, mientras intentaba imaginarse a las personas que una vez habían caminado por sus cubiertas. Notaba una sensación espiritual. Era como si estuviese volando sobre un cementerio y las almas de los difuntos le hablaran desde el pasado.
No olvidó ni por un momento a la gran barracuda que se mantenía inmóvil en el agua. La comida no representaba un problema para el pez de aspecto feroz. Había suficientes peces que vivían en el viejo Vandalia o en sus alrededores, tantos como para llenar una enciclopedia de ictiología.
Se obligó a no pensar en la tragedia. Nadó con mucha precaución alrededor de la barracuda, que no le quitaba los ojos de encima. Cuando estuvo a una distancia prudencial, se detuvo para leer en el medidor de presión la cantidad de aire que le quedaba en las botellas, marcó su posición en el GPS, alineó la aguja de la brújula en relación con el habitáculo submarino donde ella y su hermano estaban viviendo mientras realizaban sus estudios del arrecife y anotó la lectura. Notó una ligera flotación y la neutralizó, dando salida a un poco de aire del compensador de flotación que llevaba a la espalda.