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La Odisea De Troya

Электронная книга - «La Odisea De Troya». Краткое содержание книги:

Una marea gigante de agua contaminada amenaza la costa de Nicaragua. Al tiempo, un enorme y misterioso hurac?n se forma en el Caribe y avanza con una velocidad asombrosa.
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– Entonces, ¿cómo reanudaste el viaje?

– La bondadosa Calipso conocía mi pena. Me despertó una mañana y me habló de su deseo de que regresara a mi hogar. Me ofreció las herramientas, me acompañó al bosque y me ayudó a cortar la madera para construir una embarcación marinera. Cosió las velas, hechas con pieles de vaca, y abasteció la nave con agua y comida. Al cabo de cinco días, ya estaba preparado para zarpar. Me apené mucho al ver su tristeza por tener que dejarme marchar. Era una mujer entre todas las mujeres, una a la que todos los hombres desean. Si no hubiese querido tanto a Penélope, me habría quedado gustosamente. -Ulises hizo una pausa, y las lágrimas asomaron a sus ojos-. Temía que hubiese muerto de pena tras mi partida.

– ¿Qué le sucedió a tu embarcación? -quiso saber Nausícaa-. Habías naufragado cuando te encontramos.

– Diecisiete días de calma acabaron bruscamente. Una violenta tempestad con fuertes lluvias y un viento feroz arrancó la vela. A este desastre lo siguió una violenta marejada que castigó mi frágil embarcación hasta el punto de que apenas si conseguía mantenerse a flote. Fui a la deriva durante dos días antes de acabar en tus orillas, donde tú, dulce y hermosa Nausícaa, me encontraste. -Ulises guardó silencio un momento antes de añadir-: Aquí acaba mi relato de sufrimientos y desgracias.

Todos los presentes en el palacio permanecieron embelesados durante un rato por el increíble relato de Ulises. Después, el rey Alcínoo se levantó para dirigirse a su huésped.

– Nos sentimos honrados de tener a tan distinguido invitado entre nosotros y tenemos una gran deuda contigo por habernos entretenido de una manera absolutamente maravillosa. Por lo tanto, como muestra de nuestro gran aprecio, la más veloz de nuestras naves y nuestra mejor tripulación son tuyas para que te lleven a tu hogar en Ítaca.

Ulises expresó su gratitud, y se mostró abrumado ante tanta generosidad. Pero estaba ansioso por ponerse en marcha.

– Te doy las gracias a ti, mi buen rey Alcínoo, a la graciosa reina Arete, y a vuestra bondadosa hija Nausícaa, por todo lo que habéis hecho por mí. Os deseo que seáis felices en vuestro hogar y que sigáis contando con el favor de los dioses.

Luego Ulises salió del palacio y fue escoltado hasta la nave. Con el mar en calma y buenos vientos, Ulises llegó finalmente a su reino en la isla de Ítaca, donde se reunió con su hijo Telémaco. Allí encontró también a su esposa Penélope asediada por los pretendientes, y los mató a todos.

Así acaba el relato de la Odisea, una historia épica que ha perdurado a lo largo de los siglos y ha avivado la imaginación y el asombro de todos aquellos que la han leído o escuchado. Excepto que no es del todo verídica, o al menos sólo una parte de ella es cierta. Porque Homero no era griego. Tampoco la Ilíada o la Odisea tuvieron lugar donde las sitúan las leyendas.

La verdadera historia de las aventuras de Ulises es absolutamente distinta y no sería revelada hasta mucho, muchísimo más tarde.

PARTE UNO

El infierno no tiene una cólera

comparable a la del mar

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15 de agosto de 2006

Key West, Florida

La doctora Heidi Lisherness estaba a punto de salir para reunirse con su marido y disfrutar de una noche de fiesta en la ciudad, cuando echó una última ojeada a las imágenes recogidas por el satélite de observación veloz. Heidi, una mujer robusta con los cabellos canosos recogidos en un moño, estaba sentada delante del ordenador vestida con un pantalón corto verde y un top haciendo juego, para estar cómoda en un clima caluroso y húmedo como era el de Florida en el mes de agosto.

Estuvo en un tris de apagar el ordenador hasta la mañana siguiente, pero había algo extraño en la última imagen que aparecía en la pantalla transmitida desde el satélite que orbitaba sobre el Atlántico al sudoeste de las islas de Cabo Verde, frente a la costa de África. Miró atentamente la pantalla.

Para el ojo del neófito, la imagen que ofrecía la pantalla no mostraba más que unas pocas e inofensivas nubes que se movían sobre el mar azul. Heidi vio algo más peligroso. Comparó la imagen con otra, recibida dos horas antes. La masa de cumulonimbos había aumentado en tamaño de una manera mucho más rápida que cualquier otra tormenta que ella recordara en los dieciocho años de predecir y rastrear los huracanes en el océano Atlántico por cuenta del Centro de Huracanes de la National Underwater and Marine Agency. Comenzó a ampliar las dos imágenes de la formación de la tormenta.

Su marido, Harley, un hombre calvo de aspecto bonachón con unos mostachos de morsa y gafas sin montura, entró en el despacho con una expresión de impaciencia. Harley también era meteorólogo. Trabajaba para el Servicio Nacional de Meteorología como analista de datos y suministraba los partes meteorológicos a los aviones comerciales y privados, y a las embarcaciones.

– ¿Se puede saber qué te demora? -Señaló su reloj para indicar que llegarían tarde-. Tenemos mesa reservada en el Crab Pot.

Sin apartar la mirada de la pantalla, ella le mostró las dos imágenes.

– Éstas se tomaron con una diferencia de dos horas. Dime lo que ves.

Harley se tomó su tiempo en la observación de las imágenes. Después frunció el entrecejo y se ajustó las gafas antes de acercarse un poco más a la pantalla para ver mejor. Finalmente, miró a su esposa y asintió.

– Está creciendo a una velocidad de locos.

– Demasiado rápido -confirmó Heidi-. Si continúa al mismo ritmo, sólo Dios sabe la tormenta que puede originar.

– Nunca se sabe -manifestó Harley-. Puede llegar como un león y marcharse como un cordero. Ha ocurrido otras veces.

– No lo niego, pero la mayoría de las tormentas tardan días, algunas veces semanas, en alcanzar esta fuerza. Ésta se ha desarrollado en cuestión de horas.

– Es demasiado pronto para prever su dirección o dónde alcanzará la máxima potencia y provocará más daño.

– Tengo el fuerte presentimiento de que será imprevisible.

Harley sonrió al escuchar el comentario.

– ¿Me mantendrás informado de su desarrollo?

– El Servicio Nacional de Meteorología será el primero en saberlo -respondió Heidi, dándole una palmadita en el brazo.

– ¿Has pensado un nombre para tu nueva amiga?

– Si se convierte en algo tan atroz como creo que podría ser, la llamaré Lizzie, como la asesina del hacha, Lizzie Borden.

– Es un poco temprano en la temporada para un nombre que comienza con L, pero no está mal. -Harley le dio el bolso a su esposa-. Ya tendremos tiempo mañana para ver cómo evoluciona. Estoy muerto de hambre. Vamos a cenar cangrejos.

Heidi siguió obedientemente a su marido, apagó la luz y cerró la puerta del despacho. Pero la creciente aprensión no desapareció cuando se sentó en el coche. Su mente no pensaba en la comida. Reflexionaba sobre un huracán que se estaba preparando y que bien podría ser de una fuerza catastrófica.

Un huracán no tiene otro nombre en el océano Atlántico. No ocurre lo mismo en el Pacífico, donde se le llama tifón, ni en el Índico, donde se conoce como ciclón. Un huracán es la fuerza más horrenda de la naturaleza, que a menudo supera los desastres provocados por las erupciones volcánicas y los terremotos, ya que destruye zonas mucho más amplias.

Como en el nacimiento de un ser humano o animal, un huracán necesita de muchas circunstancias relacionadas. En primer lugar, se calientan las aguas de la costa occidental del África, con temperaturas que superan los veintisiete grados. Después, el vapor producido por efecto del calor del sol asciende en la atmósfera hasta encontrarse con el aire frío, y se condensa formando las masas de cúmulos que dan origen a las lluvias y tormentas eléctricas. Esta combinación suministra el calor que alimenta la formación de la tempestad y la hace pasar de la infancia a la pubertad.

En este punto se añaden la espiral de aire, que gira a velocidades de hasta sesenta kilómetros por hora. Estos vientos hacen que descienda la presión atmosférica en la superficie. Cuanto más baja, mayor es la circulación del viento, que gira cada vez más rápido hasta formar un vórtice. Alimentado con estos ingredientes, el sistema, como lo llaman los meteorólogos, ha creado una fuerza centrífuga explosiva que hace girar una pared de viento y lluvia alrededor del ojo, donde reina la calma. En el interior del ojo brilla el sol, el mar está relativamente sereno y la única señal de la tremenda energía son las paredes blancas, que alcanzan una altura de quince mil metros.

Hasta ese momento el sistema recibe el nombre de depresión tropical, pero cuando los vientos alcanzan una velocidad de ciento veinte kilómetros por hora se convierte en un huracán en toda regla. Entonces, de acuerdo con la velocidad del viento que produce, se le asigna un número de la escala. Los vientos entre 118 y 152 kilómetros por hora corresponden a la categoría 1, que se considera mínima. La categoría 2 es moderada, con vientos de hasta 176 kilómetros. La categoría 3, con vientos entre 177 y 208 kilómetros, se denomina extensiva. Los vientos hasta 248 kilómetros de la categoría 4 son extremos, como el huracán Hugo que en 1989 barrió la mayoría de las casas en las playas de Charleston, Carolina del Sur.

Por último, tenemos el monstruo, la categoría 5, con vientos de más de 248 kilómetros. Ésta recibe el nombre de catastrófica, como el huracán Camille, que azotó Louisiana y Misisipí en 1969. El Camille dejó 256 muertos en su estela, una gota de agua comparados con los 8.000 que perecieron en el gran huracán de 1900 que destrozó Galveston, en Texas. En número de víctimas, el récord lo tiene el ciclón tropical que en 1970 se abatió sobre Bangladesh y dejó casi medio millón de muertos.

En cuanto a daños, los destrozos del gran huracán de 1926 que devastó el sudeste de Florida y Alabama se valoraron en 83 mil millones de dólares. Aunque resulte increíble, sólo murieron 243 personas.

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