El Club de París
- Автор: Берри Стив
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El Club de París». Краткое содержание книги:
Sam entró en Saint-Denis agachado, con la esperanza de que nadie le viese. Todo estaba en silencio en el interior. No había rastro de Thorvaldsen, Ashby o Peter Lyon. Iba desarmado, pero no podía permitir que su amigo afrontara aquel peligro solo. Había llegado el momento de devolver el favor que el danés le había hecho.
Apenas podía distinguir nada bajo aquella tenue luz, y el viento y la lluvia del exterior hacían difícil oír algo. Miró a la izquierda y vio la característica silueta curvada de Thorvaldsen a cincuenta metros de él, cerca de una de las enormes columnas. Oyó voces que provenían del centro de la iglesia. Las palabras llegaban entrecortadamente. Tres formas se movían bajo la luz. No podía arriesgarse a ir a hacia Thorvaldsen, así que se agachó y avanzó unos metros.
Ashby esperó a que Caroline explicara lo que había hecho Napoleón.
– Más concretamente -dijo-, utilizó salmos. -Señaló la primera serie de números romanos.
CXXXV
II
– Salmo 135, verso 2 -dijo-. Lo he anotado.
Caroline buscó en el bolsillo de su abrigo y encontró otro trozo de papel.
– “Tú, que estás en la casa del Señor, en la sala de la casa de nuestro Dios”.
Lyon sonrió.
– Inteligente. Continúe.
– Los dos números siguientes hacen referencia al salmo 142, verso 4. “Mira a mi derecha y verás”.
– ¿Cómo sabe…? -dijo Lyon cuando un ruido proveniente del gran altar y de la puerta por la que habían entrado llamó su atención.
Lyon cogió la pistola con la mano derecha y se volvió para enfrentarse al desafío.
– ¡Ayúdennos! -gritó Caroline-. ¡Ayúdennos! ¡Aquí hay un hombre con una pistola!
Lyon apuntó directamente a Caroline. Ashby tenía que actuar. La mujer dio un paso atrás, como si pudiera evitar la amenaza retrocediendo, y sus ojos se iluminaron con un miedo poco común.
– Matarla sería una estupidez -dijo Ashby-. Ella es la única que conoce el escondite.
– Dígale que no se mueva y que cierre la boca -ordenó Lyon apuntando todavía a la mujer.
La mirada de Ashby se clavó en su amante. Alzó una mano indicándole que se detuviera.
– Por favor, Caroline. Basta.
Su compañera percibió la urgencia de la petición y se quedó quieta.
– Con tesoro o sin tesoro -dijo Lyon-, un solo ruido más y está muerta.
Thorvaldsen acechaba mientras Caroline Dodd tentaba al destino. Él también había oído el ruido procedente del portal situado a unos quince metros de distancia, más allá de unas tumbas que formaban una carrera de obstáculos. Alguien había entrado y anunciaba su presencia.
Sam se volvió al oír el ruido que llegaba desde la puerta. Cerca del muro exterior vio una silueta que se aproximaba a una escalinata que conducía a otro nivel situado tras el gran altar. La envergadura y la forma de aquella sombra confirmaron su identidad. Era Meagan.
Ashby se dio cuenta de que el viento y la lluvia habían arreciado, como si las puertas por las que habían accedido a la iglesia se hubiesen abierto de par en par.
– Está cayendo una buena tormenta ahí fuera -dijo a Lyon.
– Cállese usted también.
Lyon empezaba a mostrarse agitado. Ashby sintió el impulso de sonreír, pero no era tan estúpido. Los ojos ámbar de Lyon eran tan vigilantes como los de un dóberman, y escudriñaron la caverna de tenue luz que los envolvía mientras se giraba lentamente empuñando la pistola.
Ashby lo vio en el mismo momento que Lyon: un movimiento, a treinta metros de distancia, en la escalera que se elevaba a la derecha del altar y conducía al presbiterio y el deambulatorio. Había alguien allí.
Lyon disparó dos veces. Por toda la nave se oyó un restallido sordo, como si fueran dos balones explotando. Entonces una silla voló por los aires e impactó en Lyon. Después lo impactó otra.
LXXI
Malone no apartaba la mirada de la mujer, que se abrió paso a codazos para salir del banco. El hombre con el que discutía empezó a seguirla. Ambos se alejaron del altar en dirección a la puerta principal. Él llevaba un delgado abrigo de nailon desabotonado y Malone no detectó nada sospechoso.
Su mirada volvió a escrutar a los feligreses. Vio al hombre narigudo que llevaba la mochila acercándose a un banco medio lleno situado en la parte delantera de la iglesia. Luego se persignó y se arrodilló para rezar.
Vio también al hombre de la piel color de oliva saliendo de entre las sombras cerca del altar, todavía en el crucero opuesto. Sorteó al último feligrés y se detuvo ante unas telas de terciopelo que bloqueaban el acceso. A Malone aquello no le daba buena espina. Se llevó la mano al interior de la chaqueta y cogió la pistola.
Sam vio a Lyon disparar en dirección a Meagan. Oyó cómo las balas mordían la piedra; tenía la esperanza de que eso significara que habían errado el blanco. Otro ruido invadió la iglesia, y luego otro.
Ashby vio cómo las dos sillas plegables golpeaban al desprevenido Lyon, que empezó a tambalearse. Caroline las había arrojado aprovechando un momento de distracción de su captor, que se volvió para ver quién había entrado en la iglesia. Después se perdió en la oscuridad.
Lyon se recuperó y se dio cuenta de que Caroline había desaparecido. Apuntó a Ashby con la pistola.
– Como bien ha dicho, ella es la única que conoce el escondite. A usted no lo necesito.
Al parecer, Caroline no había tenido eso en cuenta.
– Tráigala de vuelta.
– ¡Caroline! -gritó Ashby-. ¡Tienes que volver!
Era la primera vez que alguien le apuntaba con un arma. Era una sensación aterradora que no le gustaba.
– Ahora mismo, por favor.
Thorvaldsen vio cómo Caroline Dodd le lanzaba las sillas a Lyon y luego desaparecía en la oscuridad del crucero oeste. Debía de estar avanzando en dirección a él, utilizando las tumbas, las columnas y la oscuridad como parapeto. No había otra ruta, ya que el otro crucero estaba demasiado cerca de Peter Lyon y mucho más iluminado. El danés estaba acostumbrado a la oscuridad, así que mantuvo su posición, con un ojo clavado en Lyon y Ashby y el otro en la quietud que reinaba a su izquierda. Entonces la vio, caminando lentamente hacia él. Probablemente se dirigía al portal sur, que estaba abierto. Allí, el viento y la lluvia seguían anunciando su presencia. Era la única salida. El problema era que Lyon también debía de saberlo.
Malone cogió la Beretta. No quería hacerlo, pero dispararía al desconocido de la piel color de oliva si era necesario. Su objetivo se encontraba a treinta metros de distancia y esperó a que hiciera un movimiento. Una mujer se le acercó y entrelazó el brazo con el suyo. Lo besó suavemente en la mejilla y el hombre se mostró claramente sorprendido, hasta que la reconoció y ambos empezaron a hablar. Luego dieron media vuelta y caminaron en dirección a la entrada principal. Malone relajó la mano. Falsa alarma.
Volvió la mirada hacia la nave justo cuando comenzaba la misa. Vio al hombre narigudo salir del banco y dirigirse al pasillo central. Malone seguía buscando posibles contratiempos. Debía ordenar la evacuación del lugar, pero aquello podía ser otra falsa alarma.
Una mujer que sostenía una mochila se levantó del banco que el narigudo acababa de abandonar. Con un gesto le indicó al hombre que había olvidado algo. Él la ignoró y siguió andando. La mujer salió al pasillo central y echó a correr tras él. Malone permaneció en el crucero.