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El Club de París

Электронная книга - «El Club de París». Краткое содержание книги:

Cuando Napoleón Bonaparte murió en 1821, se llevó a la tumba un impactante secreto. Como emperador, había saqueado incalculables riquezas de palacios y tesoros nacionales, e incluso de los Caballeros de Malta y el Vaticano. En sus últimos días, sus captores británicos esperaban averiguar dónde se ocultaba el botín. Pero él nos les desveló nada. ¿O tal vez sí? Cotton Malone está a punto de averiguarlo cuando los problemas llaman a la puerta de su librería: un agente del servicio secreto estadounidense que terminara convirtiéndose en su aliado. Sólo igualando el ingenio de un terrorista a sueldo, frustrando un atentado catastrófico, y emprendiendo una desesperada búsqueda del legendario tesoro perdido de Napoleón, podrá Malone evitar la anarquía económica internacional. Desde Dinamarca, pasando por Inglaterra y terminando en las calles de París, Malone participa en un intenso juego de duplicidad y muerte, todo para conseguir un tesoro de valor incalculable. Pero, ¿a qué precio?.
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Malone pensó en su negocio, que le había comprado a Thorvaldsen, su casero, su amigo, en sus cenas de los jueves en Copenhague, en sus numerosos viajes a Christiangade, en sus aventuras. Habían pasado mucho tiempo juntos.

– Sam va a tener trabajo -murmuró.

Un torrente de taxis anunciaba la llegada a la Gare du Nord. Las instrucciones de Lyon eran llamar cuando divisaran la estación de ferrocarriles. Stephanie marcó el número.

Sam salió de la estación de metro y echó a correr bajo la lluvia, aprovechando los salientes de las tiendas para guarecerse. Se dirigía a una plaza identificada como Place Jean Jaurès. A su izquierda se encontraba la basílica de Saint-Denis, cuya armonía estética medieval se echaba a perder por la ausencia de la aguja. Había optado por el metro como el medio más rápido para llegar hasta el norte y evitar así el tráfico de última hora de la tarde.

Buscó a Thorvaldsen en la gélida plaza. El pavimento mojado, que parecía charol negro, reflejaba la luz amarilla de las farolas. ¿Habría entrado en la iglesia?

Sam paró a una pareja joven que se dirigía hacia el metro y preguntó por la basílica. Le dijeron que el edificio estaba cerrado desde el verano por una profunda remodelación, cosa que confirmaba el andamiaje que cubría el exterior. Entonces vio a Thorvaldsen y Meagan cerca de uno de los remolques estacionados unos doscientos metros a la izquierda y fue hacia ellos.

Ashby se subió el cuello del abrigo para protegerse de la lluvia y recorrió la calle desierta con Caroline y Peter Lyon. El cielo encapotado envolvía el mundo en un manto de estaño. Habían utilizado la lancha y habían surcado el Sena en dirección oeste, hasta el tramo en que el río iniciaba su trayecto hacia el norte para alejarse de París. Al final se habían desviado a un canal y habían atracado en un muelle de cemento cercano a un paso elevado situado varias manzanas al sur de la basílica de Saint-Denis.

Pasaron frente a un edificio con columnas identificado como “Le Musée d’Art et d’Histoire”, y Lyon los llevó por debajo del pórtico. En ese momento sonó su teléfono. Lyon contestó, escuchó unos momentos y dijo:

– Tomen el Boulevard de Magenta en dirección norte y giren en el Boulevard de Rochechouart. Llámenme cuando encuentren la Place de Clichy.

Lyon finalizó la conexión.

Caroline seguía aterrorizaba. Ashby se preguntaba si entraría en un estado de pánico e intentaría huir. Sería una estupidez. Un hombre como Lyon la mataría en un abrir y cerrar de ojos, aunque ello supusiera quedarse sin el tesoro. Lo más inteligente, lo único que podían hacer, era esperar que cometiera un error. Si eso no ocurría, tal vez podría ofrecer a aquel monstruo algo que le fuera de utilidad, como un banco a través del cual blanquear dinero sin que nadie hiciese preguntas.

Se ocuparía de ello cuando fuese necesario. Ahora mismo solo esperaba que Caroline conociera las respuestas a los interrogantes que le formulara Lyon.

LXVIII

Thorvaldsen y Meagan recorrieron un camino de grava adyacente a la cara norte de la basílica situado lejos de la plaza.

– Hay una antigua abadía en la fachada sur -le dijo Meagan-. No es tan antigua como la basílica. Data del siglo xix, aunque algunas secciones son anteriores. Ahora es una especie de colegio universitario. La abadía es el núcleo de la leyenda que rodea este lugar. Después de ser decapitado en Montmartre, el evangelista san Dionisio, el primer obispo de París, supuestamente echó a andar portando su cabeza. Una mujer santa lo enterró en el mismo lugar donde se desplomó. En aquel lugar se erigió una abadía -señaló la iglesia- que al final se convirtió en esta monstruosidad.

Thorvaldsen intentaba descubrir cómo podrían entrar. En la fachada norte había tres portales, todos cerrados con barras de hierro. Más adelante vio lo que sin duda era el deambulatorio, medio círculo de piedra salpicado de ventanas con cristales de colores. La lluvia seguía cayendo. Necesitaban encontrar cobijo.

– Doblemos esa esquina -dijo el danés-, y probemos en la cara sur.

Ashby admiró la basílica, una auténtica maravilla de destreza y artesanía. Caminaban por un sendero de gravilla en la cara sur del edificio y habían accedido a la iglesia por una abertura en la improvisada barrera de construcción.

Tenía el cabello y la cara empapados y las orejas le ardían de frío. Gracias a Dios que llevaba un abrigo y unos guantes de lana gruesos y ropa interior larga. Caroline también iba preparada para aquel clima, pero tenía el cabello rubio pegado a la frente. Pilas de mampostería rota, bloques de travertino y fragmentos de mármol se amontonaban junto al camino, que discurría entre la basílica y un muro de piedra que separaba la iglesia de varios edificios adyacentes. Más adelante había un remolque de construcción apoyado en unos bloques de cemento y detrás de él se alzaba el andamiaje frente a los muros articulados. Al otro lado del remolque, en lo alto de varias docenas de escalones de piedra, se atisbaba un portal gótico que iba estrechándose hasta llegar a dos puertas dobles cerradas con unas placas de hierro de color azul.

Lyon subió los escalones y forcejeó con el pestillo. Estaba cerrado.

– ¿Ven ese trozo de cañería de hierro? -dijo Lyon señalando el montón de escombros-. Lo necesitamos.

– ¿Piensa forzar la puerta? -preguntó Ashby.

Lyon asintió.

– ¿Por qué no?

Malone observó a Stephanie mientras esta marcaba el número del teléfono móvil de Ashby una vez más. Habían llegado a la Place de Clichy, un ajetreado nudo vial.

– Diríjanse al sur por la Rue d’Amsterdam, pasada la Gare St. Lazare -indicó Lyon a través del altavoz-. La iglesia que buscan está enfrente de esa estación de trenes. Yo de ustedes me daría prisa. Va a ocurrir en los próximos treinta minutos. Y no llamen más. No responderé.

El conductor oyó la dirección y aceleró. La Gare St. Lazare apareció en menos de tres minutos. Al otro lado de la concurrida estación había dos iglesias, una junto a la otra.

– ¿Cuál? -murmuró Stephanie.

Sam rodeó la cara norte de la basílica siguiendo a Henrik y Meagan bajo la lluvia. Ya habían doblado la esquina que quedaba cien metros más adelante. La cara opuesta de la basílica era redondeada, llena de curvas, carente de los ángulos rectos de la fachada que daba a la plaza.

Sam avanzaba con cuidado; no quería alertar a Thorvaldsen de su presencia. Siguió el medio círculo que describía la iglesia y giró hacia la cara sur. Al momento vio a Thorvaldsen y Meagan, apiñados bajo una sección cubierta que sobresalía de la basílica y conectaba con una estructura contigua. Oyó un ruido que llegaba a lo lejos, más allá de donde se encontraba Thorvaldsen. Después, más ruidos.

Ashby golpeó el cerrojo con la pesada tubería metálica. A la cuarta embestida, el cerrojo cedió. Con la siguiente arremetida, la palanca de hierro negra cayó rodando por los escalones de piedra.

Lyon abrió la puerta.

– Ha sido fácil.

Ashby arrojó la tubería al suelo. Lyon empuñaba su pistola, motivo suficiente para no hacer ninguna tontería, y apuntó con ella a Caroline.

– Ha llegado el momento de descubrir si sus sospechas eran ciertas.

Malone tomó una decisión.

– No pensarías que Lyon iba a ponernos las cosas fáciles, ¿verdad? Acércate a la iglesia por la derecha, yo iré por la izquierda.

El auto se detuvo y ambos salieron bajo la lluvia.

Ashby se alegraba de estar dentro. El interior de la basílica era cálido y seco. Sobre sus cabezas solo ardían un puñado de artefactos luminosos, pero bastaban para apreciar la majestuosidad de la nave. Imponentes columnas estriadas de unos treinta metros de altura, elegantes arcos y una bóveda puntiaguda infundían una sensación de sobrecogimiento. Las innumerables vidrieras de colores, oscurecidas por aquel día deprimente, no proyectaban el sensual poder que sus luminosos tonos sin duda podían transmitir. Pero la impresión de que los muros eran ingrávidos se veía acentuada por la ausencia de elementos visibles que mantuvieran erguido algo tan alto. Ashby sabía, por supuesto, que los arbotantes se encontraban en el exterior. Se obligaba a sí mismo a concentrarse en los detalles para mantener la calma. Necesitaba pensar, estar listo para actuar llegado el momento.

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