El Club de París
- Автор: Берри Стив
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El Club de París». Краткое содержание книги:
Sam lo suponía.
– ¿Qué era ese ruido?
– Ashby y otros dos han entrado en la iglesia.
Sam le preguntó quiénes eran las personas que acompañaban a Ashby. Meagan describió a la mujer, a la que el joven no conocía, pero el segundo hombre coincidía con el del barco turístico. Era Peter Lyon. Necesitaba llamar a Stephanie. Rebuscó en el bolsillo de su abrigo y encontró el teléfono.
– Llevan localizadores -dijo Meagan señalando el aparato-. Probablemente ya sepan dónde estás.
No necesariamente. Stephanie y Malone estaban ocupados lidiando con la nueva amenaza que había gestado Lyon. Pero lo habían enviado a cuidar de Thorvaldsen, no a enfrentarse a un terrorista fugitivo. Y además había otro problema. El trayecto hasta allí le había llevado veinte minutos en metro. Estaba muy lejos del centro de París, en un barrio casi desierto, y calado hasta los huesos por una tormenta. Eso significaba que él debía resolver aquel contratiempo.
“Nunca lo olvides, Sam. La estupidez te matará”. Norstrum -que Dios le bendiga- tenía razón, pero Henrik lo necesitaba. Volvió a guardarse el teléfono en el bolsillo.
– No pensarás entrar ahí, ¿verdad? -preguntó Meagan como si le hubiera leído el pensamiento.
Incluso antes de responder, Sam se dio cuenta de lo absurdo que parecía, pero era la verdad.
– Tengo que hacerlo.
– ¿Como en lo alto de la Torre Eiffel, cuando estuviste a punto de morir junto a los demás?
– Algo así.
– Sam, ese viejo quiere matar a Ashby. Nada se lo va a impedir.
– Yo sí.
Meagan meneó la cabeza.
– Sam, me caes bien, de verdad. Pero estás loco. Esto es demasiado peligroso.
La muchacha estaba bajo la lluvia, con el rostro contraído por la emoción. Sam pensó en su beso de la noche anterior, bajo tierra. Había algo entre ellos. Una conexión. Una atracción. Todavía podía verlo en sus ojos.
– No puedo -dijo ella con la voz rota antes de dar media vuelta y marcharse.
Thorvaldsen eligió cuidadosamente el momento para entrar. Ashby y sus dos acompañantes no aparecían por ninguna parte; se habían esfumado en la sombría nave. Fuera, la oscuridad era comparable al tenue interior, así que pudo entrar sin ser visto aprovechando el viento y la lluvia.
La puerta de entrada estaba situada prácticamente en el centro de la extensa fachada sur de la iglesia. Thorvaldsen giró hacia la izquierda y se agazapó detrás de un elaborado monumento funerario que incluía un arco del triunfo, bajo el cual yacían recostadas dos figuras talladas en mármol manchado por el paso del tiempo. Ambas eran representaciones demacradas, más parecidas a un cadáver que a un ser vivo. Una placa de metal identificaba a las efigies como Francisco I y su reina, que vivieron en el siglo xvi.
El danés oyó un clamor de voces agudas detrás de las columnas que se erguían en una vertiginosa muestra de arte gótico. Más tumbas aparecieron bajo la frágil luz, así como sillas vacías dispuestas en ordenadas filas. El sonido llegaba en breves ráfagas. Su capacidad auditiva no era tan buena como antaño y la lluvia que azotaba el tejado no ayudaba. Tenía que acercarse más.
Thorvaldsen abandonó su escondite y correteó hacia el siguiente monumento, una delicada escultura femenina, más pequeña que la primera. Cerca de allí, un aire cálido brotaba de una reja que había en el suelo. Su abrigo goteaba sobre la piedra caliza. Con cuidado, se desabrochó los botones y se quitó aquella prenda empapada, pero antes sacó la pistola de uno de los bolsillos. Se deslizó hacia una columna situada a escasos metros, que separaba el crucero sur de la nave, procurando no tocar ninguna de las sillas. Un solo ruido y su ventaja se iría al traste.
Ashby observó cómo Caroline, que se esforzaba por reprimir sus temores, le contaba a Peter Lyon lo que quería saber y sacaba una hoja de papel del bolsillo.
– Estos números romanos son un mensaje -dijo-. Se llama Nudo Arábigo. Los corsos aprendieron la técnica de los piratas árabes que saqueaban su costa. Es un código.
Lyon cogió el papel.
CXXXV II CXLII LII LXIII XVII
II VIII IV VIII IX II
– Normalmente hacen referencia a una página, una línea y una palabra de un manuscrito en particular -explicó Caroline-. El remitente y el receptor tenían el mismo texto. Como solo ellos sabían qué manuscrito estaba siendo utilizado, era casi imposible que otra persona descifrara el código.
– ¿Y cómo lo ha conseguido usted?
– Napoleón envió estos números a su hijo en 1821. El chico tenía solo diez años por aquel entonces. En su testamento, Napoleón legó al muchacho cuatrocientos libros y nombró uno en concreto. Pero su hijo no había de recibir los libros hasta su decimosexto cumpleaños. Este código es extraño, ya que consiste solo en dos series de números, de modo que han de ser una página y una línea. Para descifrarlos, el hijo, o más bien su madre, pues en realidad era ella a quien escribió Napoleón, tenía que saber qué texto había utilizado. No puede ser el que figura en el testamento, ya que ellos desconocían su contenido cuando Napoleón envió este código. Al fin y al cabo, el emperador seguía vivo.
Caroline divagaba a causa del miedo, pero Ashby la dejó continuar.
– Así que conjeturé que Napoleón había elegido un texto universal al que siempre se pudiera acceder, un texto fácil de encontrar. Entonces me di cuenta de que había dejado una pista.
Lyon parecía verdaderamente impresionado.
– Es usted una auténtica detective.
El cumplido apenas logró templar su ansiedad. Ashby ignoraba todo aquello y sentía tanta curiosidad como Lyon.
– La Biblia -dijo Caroline-. Napoleón utilizó la Biblia.
LXX
Malone estudió uno por uno los rostros de los feligreses. Su mirada se desvió hacia las puertas procesionales de la entrada principal, por la cual deambulaba más gente. Muchos se detenían a mojar un dedo y persignarse en una fuente decorativa. Estaba a punto de darse la vuelta cuando un hombre pasó de largo, ignorando la fuente. Era bajo, de piel blanca, con el pelo oscuro y una nariz larga y aguileña. Llegaba un abrigo negro que le llegaba a la altura de la rodilla y unos guantes de piel, y tenía una expresión solemne. De sus hombros colgaba una abultada mochila.
Un sacerdote y dos acólitos aparecieron ante el gran altar. Una lectora ocupó el pulpito y pidió atención a los fieles, con una voz que resonó a través de un sistema de altavoces. La multitud calló.
Malone avanzó hacia el altar, sorteando a la gente que escuchaba los oficios detrás de los bancos. Por suerte, ninguno de los cruceros estaba abarrotado. En el crucero opuesto vio al hombre narigudo, cuya imagen aparecía y desaparecía entre las columnas.
Otro objetivo despertó su curiosidad, también en el crucero opuesto. Era un hombre de piel color de oliva y cabello corto que llevaba un abrigo varias tallas grande y las manos desnudas. Malone se maldijo a sí mismo por permitir que aquello estuviese ocurriendo. No lo había preparado, no había reflexionado y había dejado que un asesino de masas jugara con él. Perseguía fantasmas, que bien podían ser ilusorios. Aquella no era forma de dirigir una operación.
Volvió a centrar su atención en el segundo hombre. Llevaba la mano derecha metida en el bolsillo del abrigo y el brazo izquierdo pegado al cuerpo. A Malone no le gustaba la mirada de ansiedad de aquellos ojos, pero se preguntaba si estaba llegando a conclusiones irracionales.
Una voz perturbó la solemnidad. Era una mujer. Rondaría los treinta y cinco años y tenía el pelo oscuro y una faz áspera. Se levantó de uno de los bancos, chillando algo al hombre que tenía al lado. Malone entendió algo en francés. Era una discusión. La mujer gritó algo más y luego se alejó del banco.